María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús
1 Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Lucas 11, 27-28
Todos necesitamos en la vida un acompañante que vaya a nuestro lado en el camino; nos da seguridad, nos da confianza y nos hace perder los miedos, en determinados momentos nos puede servir de guía cuando no encontramos bien el camino y es alentador sentir a nuestros pasos los pasos de quien nos acompaña en el camino. Muchas veces en nuestra autosuficiencia y en nuestros orgullos los negamos y hasta rechazamos porque nos decimos que no tenemos miedo o que nos sabemos bien el camino, y olvidamos también aquello que popularmente se dice que cuatro ojos ven más que dos.
Y no estoy refiriéndome solamente a caminos geográficos que tengamos que realizar con sus consiguientes peligros y desorientaciones, por una noche oscura, por los peligros que nos puedan acechar en el camino, abismos que nos rodean o espesuras de bosque que nos envuelvan, por sus dificultades o porque podamos ser asaltados, sino creo que todos entendemos que la imagen pueda tener un significado más amplio. Es sencillamente la presencia de una madre o de unos padres que nos acompañan en nuestro crecimiento; ese consejero y confidente al que le pedimos que nos ilumine nuestros rumbos o nos ayude a encontrar nuestras metas y que camina a nuestro lado haciéndonos ver lo que necesitamos pero dejándonos hacer nuestro camino; ese amigo de toda confianza al que siempre sentimos a nuestro lado y sin decirnos quizás demasiadas cosas nos hace ser más razonables en nuestros caminos. Nos acompañan en nuestro caminar y nos dan confianza también en nuestras posibilidades.
Es lo quiero sentir con el evangelio en la mano donde Dios nos hace sentir la presencia y la fuerza del Espíritu en nuestro interior que nos ilumina, nos impulsa, nos fortalece, nos acompaña en el camino para que no perdamos nuestros rumbos. Cuidado que nos creamos que lo sabemos todo y que no necesitamos ese acompañante, en este caso, el Espíritu Santo. Ahí lo tenemos todo, es cierto, aunque no siempre nos dejamos conducir, nos dejamos guiar y en nuestro orgullo nos lo queremos saber todo y decir que por nosotros mismos somos capaces de todo.
Pero hay algo más como regalo de la misericordia divina y es que Jesús nos ha querido dejar su madre como nuestra madre, como lo vemos en su testamento de la cruz. María va jalonando nuestro camino como ha sido y ha hecho a lo largo de la historia. Es en consecuencia la devoción tan tierna que tenemos a María, la madre del Señor. Hoy precisamente celebramos una fiesta de María que en la tradición cristiana vemos esa presencia de María en aquellos primeros momentos de la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el Pilar de Zaragoza, ese signo y señal que allí nos ha quedado como recuerdo perpetuo de la predicación del Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas y cómo María, viviendo aún en carne mortal de alguna forma misteriosamente se hizo presente al Apóstol como acompañante de su camino de evangelización.
Son tradiciones que se ahondan en el mito de la leyenda pero que sin embargo con ese signo milagroso del pilar a lo largo de los siglos hemos sentido siempre esa señal de la presencia de María que siempre ha estado en nuestro camino; se han multiplicado los nombres con que invocamos a María en los distintos lugares y regiones, pero siempre ha permanecido esa invocación de la Virgen del Pilar, porque María en verdad ha sido un pilar de nuestra fe al tiempo que un punto de arranque y partida para labor evangelizadora que nuestros misioneros ha realizado a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo.
Sintamos, pues, a María, la madre de Jesús, la Madre de Dios, que nos dejó como regalo como madre para que nos acompañara en ese camino de nuestra fe, de nuestra vida. Ahí está misteriosa esa presencia de María, que no quiere ocupar ningún lugar que no le corresponda, que solo es la madre, que solo es la que nos acompaña en ese camino de nuestra vida. Así con María nos sentirnos seguros y fuertes en nuestras luchas y en nuestros caminos, iluminados porque nos refleja siempre la luz de Jesús en toda situación e impulsados por su amor para que también nosotros seamos testigos de nuestra fe, seamos evangelizadores en ese mundo que tanto necesita del Evangelio. María como madre nos ayuda a crecer porque ella siempre nos llevará a Jesús donde encontraremos ese vino nuevo de la gracia.
Démosle un buen sentido a nuestra devoción y nuestro amor a la Virgen María; con ella no nos sentiremos confundidos, con ella a nuestro lado tenemos la certeza de que hacemos el camino de Jesús y no simplemente nuestros caminos.

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