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viernes, 14 de mayo de 2021

La celebración de la fiesta del Apóstol san Matías y el recuerdo de su elección nos ayuda a ver la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia

 


La celebración de la fiesta del Apóstol san Matías y el recuerdo de su elección nos ayuda a ver la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia

 Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

El grupo de los apóstoles había sido constituido por el mismo Cristo con el número de Doce. Así entre todos los discípulos que lo seguían había elegido y llamado a Doce para constituirlos apóstoles. Los evangelios en distintos momentos nos hablan de ese momento en que Jesús después de pasar la noche en oración había llamado por su nombre a aquellos doce y los había constituido apóstoles. Le habían seguido desde el principio, habían escuchado su llamada en distintos momentos, y a ellos de manera especial instruía sobre los misterios del Reino y habían sido testigos de su muerte y resurrección.

Había fallado el hijo de la perdición, como en algún momento se le llama, Judas Iscariote el que lo entregó y acompañó a aquellos que fueron a prenderle en el Huerto y ahora reunidos los once con gran número de discípulos – se habla de que estaban reunidos unos 120 – deciden buscar como sustituto a uno de los que también desde el principio habían caminado con Jesús y había sido también testigo de su resurrección.

La primera lectura de este día nos habla de esta elección de Matías que iba a formar parte del grupo de los Doce y del discurso de Pedro con los razonamientos del por qué de su elección.

Es la fiesta de un apóstol que hoy celebramos, san Matías. Un momento que nos viene bien recordar y celebrar porque nos está llevando también a los orígenes de la comunidad cristiana, y aunque aun en este episodio no había sucedido la manifestación del Espíritu en Pentecostés, sin embargo estamos viendo como la Iglesia siempre se ha dejado conducir por el Espíritu del Señor que anida en nuestros corazones y que se hace presente en la vida de la Iglesia.

Es un episodio previo a Pentecostés y que este año también tenemos cercano a las fiestas de la Ascensión del Señor al cielo y posteriormente Pentecostés con la venida del Espíritu Santo. Si hemos venido reflexionando en estos días en las palabras de Jesús que nos anuncia y promete la asistencia del Espíritu Santo la celebración de la fiesta de este Apóstol y el recuerdo de su elección que se nos hace en la Palabra de Dios nos puede ayudar a ver esa acción del Espíritu continuamente en la vida de la Iglesia.

No podemos comprender el sentido de la Iglesia sin la fe en don del Espíritu Santo que Jesús nos promete y nos envía. Es el Espíritu el que nos ayuda a comprender el misterio de la Iglesia; es el Espíritu el que nos lleva más allá de ese grupo humano que formamos los que creemos en Jesús para comprender que nuestro sentido y nuestra vida eclesial no tendrían sentido ni valor sin la acción del Espíritu en nosotros.

Es quien nos congrega pero para ser algo más que un grupo de personas que se reúnen desde unos intereses o unas motivaciones muy particulares. Es algo más que desarrollar un programa, tener unos objetivos y unas metas, porque es sentir por la fuerza del Espíritu la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros. Lo que nos convoca y nos reúne es la fe, y desde esa fe nos sentimos congregados en la fuerza del Espíritu para poder vivir ese Reino de Dios anunciado y constituido por Jesús.

Vivimos en este mundo y con los pies bien afirmados en nuestro mundo, pero nuestra meta no es conquistar ese mundo o constituirnos en un grupo de poder en medio de él; nuestra postura principal será siempre la del servicio, para hacer sí que nuestro mundo sea mejor impregnándolo de los valores del Reino de Dios. Será el Espíritu el que nos guíe, nos ilumine, nos fortalezca en la tarea, será el Espíritu el que haga posible que resplandezcan esos valores con los que buscamos siempre la gloria de Dios y el bien del hombre.

Que la imagen de los apóstoles que recibieron el mandato del Señor de anunciar la Buena Nueva de la Salvación sea para nosotros un estímulo para el seguimiento del camino del Señor pero para ser en verdad sus testigos en medio del mundo.

jueves, 13 de mayo de 2021

No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

 


No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

Tenemos que saber interpretar la vida. Hacer una buena lectura de la vida. Si somos reflexivos, la vida nos enseña; claro que hay que masticar muchas veces lo que la vida nos ofrece, las cosas que nos suceden, no podemos ir siempre a la carrera sin detenernos para saber mirar y para saber escuchar; en aquello que nos acontece siempre podemos encontrar un mensaje, siempre podemos encontrar un estimulo para seguir nuestro camino y siempre con actitud constructiva positiva. A veces no es fácil, pero desde nuestra interioridad podemos entresacar las enseñanzas.

Claro que el creyente le añade una visión distinta. No somos creyentes por unas afirmaciones que hagamos en un momento determinado, que también tenemos que hacerlo, sino porque añadimos a toda esa mirada reflexiva que nos hacemos de la vida el aceite y el perfume de la fe. Así podremos en aquello que ahora nos sucede la transparencia de lo que un día el Señor nos prometió o nos enseñó y todo aquello que ha sido para el creyente la historia de la salvación la va a ver plasmada en su vida y sentirá como en su vida Dios igualmente le habla.

Hoy Jesús pronuncia unas palabras en el evangelio – estamos en la cena de despedida, la última cena – que a los discípulos les cuesta comprender; les parecen poco menos que un trabalenguas aunque después que se desarrollaron todos aquellos acontecimientos de la Pascua llegarían a comprender bien el sentido de sus palabras. ‘Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver’, les dice Jesús y ellos se preguntan qué pueden significar estas palabras. Con lo que Jesús a continuación les dice terminará por afirmarles ‘en verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Como decíamos después de los acontecimientos de la pascua vinieron a comprenderlo. Desde el prendimiento de Jesús en el huerto todo fue tristeza y sensación de abandono en los discípulos. Con miedo encerrados estaban en el cenáculo aun aquel primer día de semana, y veremos a los discípulos de Emaús tristes y cariacontecidos mientras marchaban con sensación de fracaso a su pueblo. Pero ¿qué sucedió en aquel primer día de la semana? El Señor resucitado se les manifiesta y ellos se llenan de alegría. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les había dicho. Entendieron y entendemos las palabras de Jesús.

Pero eso lo leemos en nuestra historia y en nuestra vida. Cuántos momentos de oscuridad se han tenido a lo largo de la historia como fueron los momentos de las persecuciones o han sido momentos de verdadera crisis que se han sucedido muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Momentos de confusión, momentos de soledad, momentos que parecían de fracaso para los cristianos y para la Iglesia. Pero la Iglesia siempre ha salido fortalecida de esos momentos, con vitalidad siempre nueva, porque además siempre tenemos la certeza de la presencia del Espíritu del Señor con nosotros.

¿Serán distintos los tiempos que vivimos? Oscuridades de todo tipo afectan a la humanidad en estos momentos y también por qué no a la Iglesia y a nosotros los cristianos. La misma situación social en que nos encontramos son momentos de agobio, de tristeza ante tanto sufrimiento, de desconcierto pero hemos de saber encontrar una luz que nos haga mirar todo esto con una mirada nueva, con una mirada distinta.

No podemos perder la esperanza, no nos podemos hundir con lo que está sucediendo, algo tenemos que descubrir, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo. Nos puede parecer que poco menos que estamos abandonados de Dios, tan duro es lo que se está pasando. Muchos hablan incluso de castigos divinos. Pero nos cuesta entender, nos cuesta encontrar esa lectura nueva, las repuestas locas que vemos muchas veces alrededor aún nos desconciertan más.

Pero Jesús nos está diciendo que todo esto pasará y que recobraremos la alegría, que habrá una nueva alegría son sabores de plenitud. Hay momentos en que nos parece que no vemos la presencia de Dios, pero sabemos bien que ahí está. Es importante que no perdamos la esperanza. ‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu dejándonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace partícipes de su misma vida

 


Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu dejándonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace partícipes de su misma vida

Hechos de los apóstoles 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

El estudiante comienza con ilusión su carrera, pero a medida en que avanza en sus estudios se va dando cuenta de que aquello es mucho más complejo que lo que había imaginado; quiere conocer y aprender, quiere seguir avanzando, pero hay momentos en que se ve desbordado; como se suele decir hay que dar tiempo al tiempo y todo se irá caminando.

Pongo el ejemplo del estudiante o podemos pensar en otras muchas situaciones de la vida en que también nos sentimos desbordados; la complejidad de los problemas, los nuevos caminos que se abren ante nosotros, la posibilidad de hacer que las cosas cambien, pero exige esfuerzo, dedicación, no perder el entusiasmo, continuar en la tarea a pesar de los pesares como suele decirse.

Los discípulos de Jesús lo habían ido conociendo poco a poco; aquel grupo más íntimo y más particular que constituían los que Jesús había elegido y los había llamado apóstoles iban teniendo cada vez un conocimiento más profundo de Jesús, sin embargo algo nuevo iban descubriendo cada día del misterio de Cristo que algunas veces les costaba entender y aceptar; ahora se encontraban en una encrucijada con los anuncios que había hecho Jesús de lo que iba a suceder; los recuerdos de todo lo que Jesús les había enseñado se iba como acumulando y les costaba asimilarlo.

Y, ¿cuándo Jesús no estuviera, dado los anuncios que estaba haciendo? Les parecía casi imposible recordarlo todo para llegar a vivir aquel nuevo sentido de vida que Jesús les estaba enseñando. Es lo que Jesús les esta anunciando ahora. No han de temer porque el Espíritu será su sabiduría.


‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará’.

El Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Buscamos la verdad, está en el deseo más profundo del hombre. Es una constante que se repite continuamente en el evangelio. Jesús nos dirá que El ha venido para dar testimonio de la verdad, esa es su razón de ser. Será cómo responderá a Pilato cuando éste le pregunta sobre su identidad, aunque ante la respuesta de Jesús el Procurador se preguntará con sorna qué es la verdad. Un hombre que procedía del mundo gentil, de la cultura griega y romana donde habían abundado los filósofos, maestros que enseñan el camino de la sabiduría y de la verdad, al final tiene dudas de lo que es la verdad. Por eso la pregunta-respuesta que se hace Pilatos aunque no espera la respuesta de Jesús. ‘¿Qué es la verdad?’

Pero ya Jesús a lo largo del evangelio nos irá dando testimonio de la verdad, porque nos está descubriendo todo el misterio de Dios que es en fin de cuentas descubrirnos también todo el misterio del hombre. Y ahí está nuestra sabiduría, ahí está la verdad que buscamos y que tenemos que creer. Por eso Jesús terminará afirmándonos que El es la Verdad. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida, nadie va al Padre sino por mí’. Es Jesús mismo la respuesta a esa eterna pregunta de la humanidad.

Y hoy nos dice Jesús que tendremos con nosotros el Espíritu de la Verdad que nos lo revelará todo y nos guiará hasta la verdad en plenitud. Es el Espíritu que nos va a guiar al conocimiento pleno de Jesús. Y ese conocimiento pleno de Jesús va mucho más allá de saber muchas cosas de Jesús. Hay muchos que saben muchas cosas de Jesús, pero les falta algo importante, la fe en Jesús, creer en Jesús.

La fe no nos la da solamente el conocimiento que podamos tener, aunque también lo necesitemos, sino el Espíritu que anida en nuestro corazón y que será quien en verdad despierte la fe en nosotros. Sin dejarnos guiar por el Espíritu Santo no llegaremos al conocimiento pleno de Jesús, no llegaremos a poner toda nuestra fe en Jesús. Porque será el Espíritu el que nos revele en nuestro corazón quién es Jesús, el secreto y el misterio de Jesús para reconocer en El al Hijo de Dios que es nuestra Salvación.

Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu, preparémonos con intensidad para la celebración de la venida del Espíritu, y dejémonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace participes de la vida misma de Jesús para ser también nosotros hijos de Dios.

martes, 11 de mayo de 2021

Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

 


Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

A veces sucede en el ámbito de la sociedad en la que vivimos que se han formado grupos humanos que alguien supo aglutinar en torno quizás a unos objetivos o unas metas; ese líder que ha sabido reunir y mantener ese grupo humano, puede fallarnos algún día, porque con el paso de los años quiera dar paso a otras personas que lo lideren o por circunstancias de la vida que le hace imposible su permanencia junto a ellos. Seguro que por la cabeza de más de uno pasará la idea de que aquello se viene abajo, se preguntará quien podrá mantener una unidad entre todos y cosas así por el estilo.

¿Qué estaba sucediendo en el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús con todos los anuncios que Jesús les hacia, incluso en el hecho de que les hablaba de que iba a ser entregado en manos de los gentiles y seria atormentado hasta la muerte en la cruz? De alguna manera era también un grupo humano aunque allí había otros grandes ideales y todo en aquel grupo tenia otra trascendencia.

El ambiente en aquella cena con todos los gestos y signos que se iban sucediendo, con las palabras de Jesús que sonaban a despedida, estaba recargado con las nubes de la tristeza y en cierto modo el miedo y la angustia. ¿Qué iba a suceder? De alguna manera hasta les costaba hacerle preguntas al Maestro sobre todo aquello que les decía, tanta era su tristeza.

‘Ahora me voy al que me envió, les dice Jesús, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.

La fuerza que uniría al grupo de los creyentes en Jesús sería el Espíritu Santo. El Espíritu Santo que Jesús les promete y que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que sigue siendo el alma de los cristianos, la fuerza y la vida de la Iglesia, de todos los que nos congregamos en una fe en Jesús.

No son meros lazos humanos los que nos unen; no es simplemente la amistad lo que constituye el grupo de los seguidores de Jesús; no son unos ideales o unos sueños de un mundo mejor por el que queremos luchar aunque todo eso esté presente en nuestra vida. Es la fe en Jesús que al sentirnos unidos plenamente a El nos hace llenarnos de su Espíritu.

Algunas veces no terminamos de comprender todo el misterio de la Iglesia. Ya sé que desde fuera nos pueden mirar como un grupo, una asociación como tantas o una sociedad más de las que hay en el mundo; ya sé que muchos nos atribuyen unos signos de poder para mover los hilos de la sociedad desde unos determinados intereses; desde fuera no siempre se entiende la misión de la Iglesia y qué es lo que realmente nos mantiene unidos; muchas veces también los mismos cristianos parece que no lo tenemos muy claro y así andamos dando bandazos de un lado para otro.

Solo la fe nos reúne y nos congrega; y es la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado la que está con nosotros y la que se hace presente en la Iglesia. Muchas veces también andamos como aturdidos por los problemas que en la vida se nos presentan y por los problemas que afectan también a la misma vida de la Iglesia, y como los discípulos en la noche de la última cena, también andamos tristes y preocupados. Pero es que estamos olvidando algo importante que es la asistencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, la fuerza del Espíritu del Señor en cada uno de nosotros, que no nos hará sentirnos solos y abandonados porque así siempre sentiremos la presencia del Señor con nosotros.

Que se despierte nuestra fe en la presencia y fuerza del Espíritu Santo, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y así nos podremos mostrar ante el mundo como lo que realmente somos.

lunes, 10 de mayo de 2021

Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad

 


Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

‘Ya te lo había dicho’, nos dice el amigo que nos había prevenido pero a cuyas palabras habíamos hecho poco caso. Y nos sucedió como nos lo había dicho el amigo. Son cosas que nos pasan en la vida, alguna cosa que queríamos emprender pero que el amigo quizás veía los peligros de fracaso o dificultad, una tarea en la que nos habíamos comprometido pero por nuestra falta de constancia no fuimos capaces de llevar hasta el final a pesar de que el amigo que nos conocía muy bien nos había prevenido.

Jesús también nos previene con todo cariño ante lo que nos puede pasar, aunque muchas veces nos parece que todo va a ir bien y quizás bajamos la guardia, no ponemos toda la atención y la intensidad que tendríamos que poner en muchos aspectos de nuestra vida cristiana. Es lo que hoy escuchamos en las palabras de Jesús, aunque lo hemos escuchado muchas veces; quizás nos pensamos que esos tiempos de persecución o dificultad son propios de otros tiempos, recordamos acontecimientos de la Iglesia del pasado, pero no somos capaces de abrir los ojos para ver lo que hoy también nos puede pasar.

Claro que cuando nos vemos incomprendidos, o no somos aceptados nos sentimos mal y hasta podemos amargarnos porque nos parece que no vamos a encontrar salida o no vamos a tener la fuerza para enfrentarnos a esas situaciones. Son cosas que nos pueden suceder hoy, de hecho en esta sociedad tan plural en la que vivimos, tan dominada por tendencias de todo tipo, tan esclavizada a un materialismo imperante o un sensualismo que pareciera que es lo único importante en la vida, cuando nosotros queremos ser fieles a unos principios y a unos valores nos vamos a encontrar un muro muy fuerte en contra.

Todos por otra parte estamos sujetos a muchas tentaciones de todo tipo y si bajamos la guardia en nuestra espiritualidad fácilmente nos vamos a ver debilitados y arrastrados por mil cosas que nos alejan del espíritu cristiano que tendría que envolver nuestra vida.

Jesús hoy les dice a los discípulos en su despedida – estas palabras corresponden a los discursos de despedida de Jesús en la última cena – que incluso van a ser expulsados de las sinagogas, lo que para un judío tenia que ser algo muy doloroso.

Pero Jesús al tiempo que les anuncia esas dificultades con las que se van a encontrar también les promete que el Espíritu Santo será su guía y su fortaleza, que El será luz en esos momentos de dificultad y oscuridad, pero será también la fuerza para mantenerse firmes porque incluso pondrá palabras en sus labios para responder a los ataques que puedan sufrir.

‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

El Espíritu de la verdad que procede del Padre. Es la promesa de Jesús que iremos escuchando repetidamente en estas semanas y días del tiempo pascual. Es el Espíritu divino que fortalece nuestra vida. No actuamos solos y por nuestra cuenta; no actuamos solo con nuestras fuerzas humanas por mucha fuerza de voluntad que digamos que tenemos. Aparece la debilidad de nuestra condición humana, aparece la debilidad que se puede llamar confusión, aparece la debilidad que nos llena de desanimo, aparece la debilidad de nuestros desencantos porque nos habíamos imaginado quizá un mundo muy irreal, aparece la debilidad cuando contemplamos fracasos en quienes creíamos fuertes y eso nos desalienta.

Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y Jesús nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad que dará testimonio en nosotros. Pero frente a todas esas debilidades tenemos la seguridad de la fortaleza del Espíritu. Invoquémosle con fervor para sentir su gracia y su presencia.

domingo, 9 de mayo de 2021

El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 


El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Para que llegue hasta nosotros la energía, llamémosla energía eléctrica, necesitamos unos conductores que desde la central, donde se produzca o esté concentrada, sin interrupción llegue a ese instrumento, por ejemplo, en el que la vamos a utilizar. Ya conocemos las consecuencias cuando, por ejemplo, a causa de un temporal se cortan esas líneas de alta tensión, o cuando se produce alguna avería seria en alguno de sus transformadores, por ejemplo.

Podríamos decir que el amor es esa energía de Dios y hemos de reconocer en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener hacia los demás parte de Dios. Ya se nos ha dicho claramente hoy en la carta de san Juan. ‘Dios es amor’. Y el amor no parte de nosotros sino que parte de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’.

Es la gran revelación que nos hace Jesús. Aunque si hacemos una buena lectura nos damos cuenta de que toda la historia de la salvación es una historia de amor – la historia del pueblo elegido es una historia de amor de Dios para con su pueblo -, en Jesús alcanzamos la plenitud de esa revelación de lo que es el amor de Dios. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor…’ y terminará diciéndonos, ‘pues así amaos los unos a los otros como yo os he amado’.

No es un amor cualquiera ni con cualquier medida. Es el amor de la entrega total. No es amar solo a aquellos que me aman, no solo es el amor de amistad, aún con todo lo bello que puede ser. Es el amor que se hace ‘ágape’, se hace comida, como comida se hizo Cristo mismo para que nosotros lo comiéramos; es el amor que llega a la entrega más sublime porque es capaz de darse hasta la muerte para dar vida, para que haya fruto en nosotros. Y podemos recordar al grano de trigo que es enterrado para que muera al germinar y producir una nueva vida. Es el amor supremo del que da la vida por el amado, como lo hizo Jesús. ‘Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado’.

Ahí estamos contemplando ese hilo conductor del amor de Dios, que se nos manifiesta en Jesucristo y que tendrá que irse reflejando luego en nuestra vida, amando con el mismo amor, amando con la misma medida del amor, ‘como yo os he amado’. No nos podemos permitir ninguna ruptura, por eso nos dice, ‘permaneced en mi amor’. Pero además recordemos que ha venido hablándonos con muchas imágenes como la de la viña en que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar frutos. ‘Sin mi no podéis hacer nada’, nos dice.

Es el amor que tiene una característica especial, porque es un amor muy concreto; no es un amor genérico con el que decimos que amamos a todos, no es un amor interesado porque solo amamos a los que nos han amado antes a nosotros, no es un amor en el que ponemos unas condiciones de correspondencia, sino que es un amor generoso y total pero muy personal y concreto a cada uno. Así es el amor que el Señor nos tiene, porque El nos ha elegido, luego, podríamos decir, nos está amando con nuestro nombre. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Es un gozo sentirnos amados así; es un gozo poder hacernos participes de un amor así. Disfrutemos de ese amor que el Señor nos tiene pero disfrutemos nosotros amando de la misma manera. Jesús nos está diciendo que todo esto nos lo revela para que nuestra alegría sea completa, nuestra alegría llegue a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Qué felices somos cuando nos sentimos amados, por eso la fe que tenemos en el Señor es el motivo de la mayor alegría. Los cristianos que nos sabemos amados de Dios tendríamos que ser las personas más felices del mundo, tendríamos que ir repartiendo alegría y felicidad por doquier. Y es que amando así de esa manera los demás tenemos que sentirnos las personas más dichosas, porque estamos haciendo felices a los que nos rodean. Es una lástima que los cristianos no contagiemos esa alegría; tristes cristianos que aunque se dicen muy creyentes van con caras de amargados y caras de circunstancias allá por donde van.

Tendríamos que tomar la temperatura de nuestro amor, tomando como referencia todo esto que nos ha hecho reflexionar hoy la Palabra de Dios. quizás el mercurio de nuestro amor no nos da la medida de la temperatura porque aun seguimos amando con medidas raquíticas, escogiendo a quien amamos o quienes queremos ser buenos, sopesando primero lo que hayamos podido recibir de los otros para entonces llegar a amarlos.

Quizá los hilos conductores que nos hacen llegar ese amor de Dios a nosotros los hemos roto e interrumpido, o puesto muchos obstáculos o averías en el camino. ¿Seremos el sarmiento unido a la vid que tiene vida o nuestra vida es un sarmiento reseco que no da fruto y solo sirve para arrojarlo al fuego? Mucho tendríamos que analizar.

‘Esto os mando, nos dice Jesús, que os améis los unos a los otros’. Ya sabemos cómo.

sábado, 8 de mayo de 2021

Madurez y profundización en nuestra vida cristiana dejándonos conducir por el Espíritu con una profunda espiritualidad

 


Madurez y profundización en nuestra vida cristiana dejándonos conducir por el Espíritu con una profunda espiritualidad

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Muchas veces nos puede la inseguridad en lo que hacemos o decimos. Quizás nos falta tener ideas claras, pero también la suficiente madurez para saber mantener nuestra postura sin dejarnos influir por miedos, desconfianzas – que son muchas veces en nosotros mismos – o temor a que lo que hacemos no sea, como se suele decir, lo políticamente correcto. ¿Y qué es actuar según lo políticamente correcto? Pues ocultar nuestra personalidad, dejarnos influir por el ambiente, por lo que los otros piensan o dicen, y si aquello que yo voy a expresar se va a encontrar en contradicción a lo que piensan los demás, me lo callo y me acomodo.

Quizás nos sentimos apabullados por la palabrería de los demás, crea inquietud en nuestro corazón lo que vemos que hacen los demás pero no somos capaces de enfrentarnos, optamos por la callada o a algo parecido a la huida. ¿Dónde está nuestra personalidad? ¿Por qué tenemos que andar siempre con acomodos y no somos capaces de entrar en un diálogo abierto y valiente con los que nos rodean para expresar también nuestra opinión? Se habla mucho hoy de libertad de opinión, pero muchas veces en los que escuchamos parece que los únicos que pueden tener libertad para expresarse son ellos y lo demás no vale nada, y así nos achicamos y nos escondemos. No es fácil, es cierto, entrar en diálogo con los demás.

Eso que puede pasar en muchas facetas de la vida, es algo desgraciadamente muy común en nuestra vida cristiana, en la vida de muchos cristianos. Nos cuesta enfrentarnos al mundo que nos rodea que parece que quiere apabullarnos, y con aquello que decíamos de la libertad de expresión hoy en nuestra sociedad pareciera que los únicos que tienen libertad de expresión son los que van contra todo sentido religioso o van contra la Iglesia. Si quieres expresar tu pensamiento desde tus principios y tu fe, no se nos respeta y vienen las descalificaciones y no sé cuantas cosas más.

Lo que hoy Jesús nos dice en el evangelio es querer prevenirnos precisamente para eso que nos vamos a encontrar en el mundo. Como no queremos actuar según los criterios del mundo, como decíamos antes, simplemente actuando desde lo políticamente correcto, nos vamos a encontrar oposición y persecución.

‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’, nos dice Jesús. Y no recuerda que el siervo no es más que su amor, que lo que hicieron con El con nosotros también lo harán.

Haciendo una lectura lineal del evangelio y viendo los acontecimientos que siguieron a estas palabras, llegamos quizá a comprender que los discípulos tuvieran miedo a los judíos y por eso en el día de Pascua estaban encerrados en el Cenáculo. Si a Jesús habían logrado llevarlo hasta la Cruz, ¿qué no harían con sus discípulos? Claro que aun no habían recibido la fuerza del Espíritu que Jesús les había prometido. Más tarde cuando el sanedrín les prohíbe hablar de Jesús e incluso llegan a azotarlos, ellos salen contentos por haber padecido por el nombre de Jesús.

Jesús nos anuncia lo que nos podrá pasar, la oposición y persecución incluso que vamos a tener que sufrir, pero nos promete la asistencia y la fuerza del Espíritu. En los próximos días lo iremos escuchando en el evangelio en esta cercanía ya al final del tiempo pascual y a la fiesta del Espíritu, la fiesta de Pentecostés.

Todo esto nos hace pensar en la necesaria madurez y profundización de nuestra vida cristiana. Algunas veces somos demasiado infantiles, y nos dejamos influenciar por esos miedos y temores al qué dirán o a lo que puedan hacer incluso con nosotros. Tenemos que fortalecernos en el Espíritu del Señor, tenemos que profundizar en nuestra fe para que nos sintamos seguros, tenemos que ahondar en una verdadera espiritualidad porque será desde esa hondura donde podremos en verdad con la fuerza del Espíritu dar respuesta a los retos que se nos plantean hoy en nuestro mundo.

viernes, 7 de mayo de 2021

Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

 


Amar, nuestra verdadera grandeza, lo más hermoso que podemos hacer, lo que nos hace felices, con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean para un mundo mejor

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Cuando buscamos la importancia de una persona en la vida podemos tener la tentación de buscar grandezas humanas bajo el epígrafe del poder, del prestigio, de la riqueza, de los títulos que hayamos conseguido y cuando no somos capaces de alcanzarlo por ahí porque otros se nos han adelantado podríamos sentirnos frustrados, amargados o como seres inútiles. Ya sabemos como colocamos en nuestros despachos o en aquellos lugares de honor de nuestras casas los títulos que hayamos conseguido para recordarnos a nosotros mismos quizás, pero para restregárselo por las narices a quienes los vean, lo importante que nosotros somos.

En el ámbito en que probablemente se lea esta reflexión quizá me podéis llamar exagerado, o incluso decirme que esos no son nuestros estilos habitualmente. Pero me vais a permitir que mantenga esta consideración inicial, porque en el fondo hemos de reconocer que son tentaciones por las que pasamos y que es muy fácil dejarnos arrastrar por la corriente.

¿Dónde está verdaderamente esa grandeza del ser humano? Directamente tenemos que decir en nuestra capacidad de darnos hasta ser capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos. El que se da y es capaz de darse sin medida – lo que no siempre es fácil – ha comprendido la verdadera grandeza de su vida, está mostrándonos la madurez a la que ha llegado y ha descubierto lo que da verdadero sentido a su vida.

Es cierto que trabajamos y nos afanamos en la vida porque también queremos tener unos rendimientos que mejoren nuestra propia vida y la de aquellos que están bajo nuestra responsabilidad; así desarrollamos de la mejor manera todas nuestras posibilidades y capacidades, sacamos a relucir los mejores valores y cualidades, pero lo hacemos no encerrándonos en nosotros mismos y solo en unos intereses particulares sino que además estamos viendo todo lo que podemos contribuir con esa riqueza de nuestra vida al bien de los demás, a la mejora de nuestra sociedad.

La grandeza mayor de nuestra vida es amar. Y cuando amamos aunque alcanzamos un grado de felicidad insuperable no estamos pensando solo en nosotros mismos sino que estamos queriendo enriquecer y hacer felices a aquellos a los que amamos. Por eso Jesús nos dirá hoy que lo mayor que podemos hacer es amar hasta ser capaz de dar la vida por aquellos a los que amamos.

La verdad que es sublime lo que Jesús nos propone. Y es que ese será el verdadero sentido de nuestra vida; como nos dice hoy, su único mandamiento. Pero cuando Jesús nos está hablando aquí de mandamiento no nos está hablando de una imposición, de algo que tenemos que hacer simplemente porque está mandado, sino que nos está hablado de un sentido de nuestro existir. Amar no se puede por obligación.

Tendríamos que escuchar de nuevo con detenimiento las propias palabras de Jesús. Rumiarlas en nuestro corazón porque será la manera de hacerlas vida nuestra. ‘Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando’.

¿Y de donde arranca todo esto?, podríamos preguntarnos. Como escuchábamos ayer, de que somos amados de Dios, de que Dios nos ama. Y como nos dice Jesús El nos ha elegido. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros’. Si nos ha elegido es porque nos ha amado; elegimos a los que amamos. Por eso nos llama amigos. Por eso nos dice que así nos ha revelado todo lo que es el corazón de Dios. Nos eligió para regalarnos su amor, pero nos eligió para que viviéramos en ese amor, para que así amáramos también a los demás.

Es nuestra verdadera grandeza. Es lo más hermoso que podemos hacer. Es lo que nos hace felices y con lo que haremos más felices a cuantos nos rodean haciendo un mundo mejor.

jueves, 6 de mayo de 2021

Disfrutemos del amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad, haciendo partícipes a los demás de ese amor de Dios


 

Disfrutemos del amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad, haciendo partícipes a los demás de ese amor de Dios

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

‘Bueno, ya está hecho, yo hay cumplí por hoy’, habremos escuchado decir a una buena persona, por ejemplo, cuando salió de la Iglesia el domingo después de gozar Misa – en expresión muy canaria -. Ya está todo cumplido (¿?). De ahí viene que por lo contrario oigamos decir, bueno yo soy bueno, yo en el fondo también soy muy religioso, pero es cierto que no cumplo con la Iglesia, en expresión que viene a significar que no suele ir por la Iglesia a Misa.

Si vamos por ahí haciendo una encuesta de, por ejemplo, que es lo más importante que tienes que cumplir para ser buen cristiano, te irán diciendo lo de cumplir con la Iglesia, en el sentido de ir a Misa, lo de tener buen corazón y ayudar cuando se pueda, lo de respetar el ayuno cuando lo manda la santa iglesia, lo de tener buen corazón para con los demás, cumplir con tus obligaciones, o lo de cumplir tus promesas e ir a ver a la Virgen en el Santuario de nuestra devoción o el de nuestra patrona, y lo de rezar sobre todo a los muertos.

No queremos entrar a juzgar ni valorar con dureza estas respuestas porque quizá es lo que se ha ido transmitiendo para tratar de mantener la llama de la fe encendida, quizá no siempre se le haya ofrecido algo más al conjunto del pueblo cristiano sino más bien nos hemos contentado muchas veces en el conservadurismo de mantener unas tradiciones, de manera que la mayoría de la gente te dirá que eso es lo que ha recibido de sus padres, de sus mayores.

Quizás en la Iglesia dábamos por sentado que la gente era cristiana ya porque bautizaba sus hijos, se casaba por la Iglesia y venían cuando podían a Misa y nos dormimos en los laureles de algunas manifestaciones religiosas multitudinarias en algunos lugares o en determinados momentos sin tratar de infundir más el espíritu del Evangelio. Ahora nos cuesta levantar cabeza, las cosas se van deteriorando más con el paso del tiempo y es bien costoso cambiar un ambiente para impregnarlo de verdad del evangelio.

El texto que se nos ofrece hoy es muy sencillo, pero no sé si todos los cristianos lo han llegado a saborear debidamente. Jesús terminará diciéndonos que tiene que producirnos mucha alegría en el corazón. ¿Cómo no nos va a producir alegría y alegría grande si nos está diciendo que Dios nos ama y que eso es lo verdaderamente importante? Sentirnos amados de Dios. Esa es la gran maravilla y el eje y fundamento de todo.

Somos importantes para Dios, nos ama. Porque quien se siente amado, se siente considerado, se siente que es tenido en cuenta. Dios no nos olvida, Dios está siempre regalándonos su amor. Tenemos que saber descubrirlo, experimentarlo en nuestra vida. Por eso, recordemos lo que ha sido nuestra vida, nuestras luchas, nuestros fracasos, nuestros momentos oscuros, las dificultades por las que hemos ido pasando, y aquí estamos. Y estamos aquí por un milagro del amor de Dios. El es quien ha sido esa fuerza en la lucha y en la dificultad, El es quien ha sido esa luz en medio de la noche tenebrosa de nuestra vida que nos ha abierto una ventana de esperanza, El es quien ha estado con nosotros cuando más hundidos estábamos y fue su mano la que nos levantó, nos hizo creer en nosotros mismos y nos dio ánimos para seguir adelante. Tenemos que pensar y reconocer de cuantas maneras Dios ha derramado, ha derrochado su amor en nosotros.

Hoy nos dice Jesús: ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. ¿Nos sentimos amados? Disfrutemos de ese amor de Dios, sintamos gozo en nuestro corazón, saboreémoslo de verdad. Hagamos partícipes a los demás de ese amor de Dios amándolos nosotros también. Así llenaremos de alegría el mundo. Cuánta falta le hace.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Glorifiquemos al Señor con alegría porque si permanecemos unidos a El podremos ofrecer frutos de santidad siempre para la gloria del Señor

 



Glorifiquemos al Señor con alegría porque si permanecemos unidos a El podremos ofrecer frutos de santidad siempre para la gloria del Señor

 Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Con el buen tiempo climatológicamente hablando que hemos tenido es un encanto pasear estos días por nuestros campos. Vivo en una zona fundamentalmente dedicada al cuidado de la vid pero al mismo tiempo son múltiples los cultivos de frutos menores que llenan de verdor y bella floración nuestros campos. Es un encanto ver la frondosidad con que van creciendo los sarmientos de nuestras vides, dándonos ya muestras de lo que serán los futuros frutos en los pequeños racimos que comienzan a cernir y florear; lo mismo podemos decir de los otros cultivos que se entremezclan con el cultivo de la vid. deseamos ansiosos que no se malogren esas futuras cosechas, aunque aun nos queda tiempo y un verano por medio para poder recoger los frutos; seguimos deseando que caigan las suaves lluvias que mantengan la necesaria humedad de la tierra para hacer que esos frutos crezcan y maduren a su tiempo.

¿Será así el campo de nuestra vida? ¿Estaremos aprovechando en verdad todo ese regadío de Dios, vamos a llamarlo así, que siembra en nosotros tantas buenas semillas para que también nosotros un día demos fruto?

Hoy el evangelio vuelve a hablarnos de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder obtener los mejores frutos, pero también de la importancia de mantenernos bien unidos a la vid porque de lo contrario no podremos obtener fruto. Es el mismo evangelio que se nos proclamó el pasado domingo, pero que ahora en medio de semana en una lectura continuada nos ha vuelto a aparecer. Pero como siempre hemos dicho no lo escuchemos como algo que se repite, sino sintamos la novedad que ahora en estos momentos es el evangelio para nosotros como tiene que serlo siempre.

Cuando hablábamos antes de nuestros campos deseábamos esas suaves lluvias que mantuvieran la necesaria humedad en la tierra para que no se malogren esos frutos que esperamos. Así tiene que ser también en la tierra de nuestra vida desde esa unión que hemos de mantener con el Señor en la escucha de la Palabra y con nuestra súplica y oración. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’, nos decía hoy Jesús en el evangelio.

Pero además añadía: ‘Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará’. Con qué confianza podemos acercarnos al Señor. ‘Pediréis lo que deseáis, y se realizará’, nos dice. Es que tenemos que decir que nuestra oración no es solo ese momento en que vamos a presentarle, por así decirlo, la lista de nuestras peticiones al Señor.

Nuestra oración está desde ese momento en que queremos permanecer unidos al Señor. Es algo más, la oración es estar en el Señor; no es simplemente que hagamos un acto de fe para decir estoy en la presencia de Dios, sino que es algo más, es estar en el Señor. ‘Permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros’, nos dice. Nos estamos metiendo en Dios, sumergiéndonos en Dios, empapándonos de la presencia y de la vida de Dios. Por eso cuando hacemos verdadera oración nos estamos sintiendo transformados desde lo más hondo de nosotros mismos.

Por eso terminará diciéndonos, ‘con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. No damos gloria a Dios solamente porque digamos ‘Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo’ – hay que hacerlo y decirlo siempre con todo sentido -, sino cuando en verdad sintiéndonos inundados de Dios damos frutos de vida nueva en la santidad de nuestra vida. Igual que el agricultor cuando recoge la cosecha de los frutos de sus campos se siente feliz y dichoso por aquel fruto de su trabajo, así es la alegría que sentimos en Dios cuando vivimos los frutos de esa santidad y con ello en verdad estamos glorificando al Señor.

 

martes, 4 de mayo de 2021

Aprendamos a recorrer el camino de la paz de Jesús, que es camino de paz interior nacida en la ternura del corazón, la misericordia, la compasión y el perdón

 


Aprendamos a recorrer el camino de la paz de Jesús, que es camino de paz interior nacida en la ternura del corazón, la misericordia, la compasión y el perdón

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Hay gente que no lo entiende. Hablas de paz a la gente, tienes buenos deseos de armonía y de querer hacer que nuestro mundo sea mejor y enseguida te dicen que están bien los buenos deseos, pero que miremos el mundo como anda con tantas violencias, con tantas miserias e injusticia, con tantas desigualdades y tanta maldad, y me dicen que cómo se puede hablar de paz en un mundo así, que cómo podemos hablar de un mundo mejor con tantos males que nos afectan por todos lados. Gente desesperanzada que parece que viene ya de vuelta de las luchas de la vida, pero vienen derrotados.

Hace tiempo que cada día a mis amigos de redes sociales trato de enviarles un saludo lleno de optimismo que despierte ilusión y esperanza. Mis semillitas, las llamo yo. En lugar de un ‘frío’ buenos días o un hola trato de poner palabras que despierten el corazón, que pongan ilusión en la vida, que estén llenas de algo positivo. Hay personas que me lo agradecen y las están esperando cada día, pero también en alguna ocasión alguien me responde con negatividad en sus palabras y en su corazón viendo como algo imposible el buen deseo que les ofrezco. Si vamos en la vida con negatividad solo veremos lo negativo, si encendemos la luz de la esperanza siempre podemos descubrir algo positivo y enriquecedor. 

Son las palabras que nos deja hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de paz, la paz que nos deja y que ya nos dice que no es la paz que nos da el mundo. En ese sentido negativo alguien se preguntaría cómo Jesús habla de paz, momentos antes de comenzar su pasión, que El bien sabía que iba a suceder así. Lo iban a meter en un mundo de violencia y de muerte y El nos habla de la paz que nos deja. Es precisamente la maravilla que nos deja Jesús.

‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Y nos dice que no nos agobiemos ni nos llenemos de miedo. No va a ser fácil. Es cierto que queremos esa paz donde haya tranquilidad y armonía, donde no haya violencia ni nos tratemos mal los unos a los otros; es cierto que es la paz que deseamos para vivir en armonía, pero es la armonía interior la que es más importante, porque si no tenemos ese sosiego interior de nada nos vale todo lo que externamente podamos tener.

Cuesta muchas veces entender y cuesta lograr esa paz interior, porque muchas veces no sabemos dónde buscarla y la tenemos bien cerca de nosotros mismos. Empezando por sentirnos amados; cuando nos sentimos amados nos sentimos tenidos en cuenta y valorados, porque cuando sabemos llenar nuestro corazón de amor, de ternura, de compasión y misericordia nos sentimos en paz y con esa paz comenzaremos a contagiar a los demás y será cómo poco a poco iremos desterrando de la vida violencias y malos tratos, nos acercaremos a los demás de manera nueva y habrá comprensión en el corazón para ser capaces también de perdonar a los demás; son unos pasos maravillosos para ir haciendo ese mundo de paz.

El Jesús que hoy nos dice que nos da la paz, su paz, es el que veremos perdonando a los demás, incluso disculpando a aquellos que lo están crucificando; lo van a meter en ese mundo de violencia que va a sufrir en su carne pero será capaz de poner su espíritu en las manos del Padre, y aunque en un momento se sienta solo y abandonado, sabe que está en las manos de Dios y a El se confía.

¿Aprenderemos nosotros a recorrer ese camino? ¿Aprenderemos a sentir esa paz del corazón sin dejar que nada nos perturbe ni angustie por muchos que sean los males que tengamos que sufrir? ¿No tendremos en verdad que ir sembrando esas semillas de paz y de armonía en nuestro mundo para ir creando esa ilusión y esperanza por un mundo nuevo y mejor?

lunes, 3 de mayo de 2021

Quizás resaltando las cruces que nos quedan en los caminos o plazas de nuestros pueblos podemos dejar señal de la cruz que en estos momentos sufre la humanidad

 




Quizás resaltando las cruces que nos quedan en los caminos o plazas de nuestros pueblos podemos dejar señal de la cruz que en estos momentos sufre la humanidad

 

Nuestra tierra está sembrada de cruces. No es solo a una referencia a un ‘camposanto’ o cementerio donde enterramos a nuestros difuntos y sobre cada tumba tenemos la hermosa y cristiana costumbre de colocar una cruz; están, por ejemplo, los calvarios que en todos los pueblos se levantan, incluso con sus cruces intermedias del recorrido del Vía crucis, ya sea en medio de la población o en su cercanía, pero es que además nos encontramos junto a los caminos o veredas, en nuestros campos o en lo alto de las montañas o allí donde haya sucedido algo extraordinario o especial cruces a las que les damos el nombre del lugar o el lugar toma nombre de aquella cruz allí colocada, o que son una referencia a algún personaje o a algún hecho acaecido tiempos atrás, como un accidente o la muerte de alguna persona. Yo podría hacer una lista muy extensa de las cruces de mi pueblo.

Cruces algunas que han quedado en su simplicidad y sencillez, pero otras colocadas sobre pedestales son como hitos en el cruce de nuestros caminos o como adorno monumental de nuestras plazas o se han convertido en pequeñas capillas cargadas de historias y de tradiciones.

En la locura de nuestra vida moderna muchas veces pasan desapercibas y en ocasiones nos encontramos con gente interesada en hacerlas desaparecer, pero que ahí han quedado como señales de una simplicísima religiosidad y como testigos de la fe de nuestros antepasados que sabían leer los acontecimientos desde una mirada religiosa, y ahí nos dejaron unos signos de su fe.

Ya sabemos que en nuestra variada sociedad nos encontraremos con quienes son como alérgicos a estos signos de fe y religiosidad queriendo borrar con su desaparición parte de nuestra historia que siempre estuvo impregnada por la fe, aunque fuera en una religiosidad muy simple. Si borramos nuestra historia estaremos queriendo hacer desaparecer lo que ha sido fundamento de la vida de nuestros pueblos haciéndoles perder su identidad; un pueblo que pierde su identidad está perdiendo algo inherente a su propio ser y existir.

En el día de hoy, 3 de mayo, en que se recuerda el momento en que fue encontrada la cruz de Jesús en el Gólgota por santa Elena, nuestras cruces aparecen todas ornamentadas con flores, con vistosos adornos que son en algunos lugares verdaderas obras de arte, e incluso con joyas que manifiestan el amor a la cruz que aun perdura en nuestro pueblo. En nuestra tierra que además somos tan dados a la pirotecnia no es raro escuchar desde la víspera los cohetes que nos recuerdan allí donde se ha enramado una cruz. En su entorno se congregan los vecinos con aires de fiesta y alegría o los familiares de aquel que había sufrido accidente en aquel lugar.

Es una bonita tradición que creo que deberíamos todos alentar y mantener. Como decíamos nos recuerdan hitos de nuestra historia en los que quizá sería necesaria profundizar más, para tener un conocimiento de por qué está esa cruz en ese lugar. Pero son signos también de nuestra religiosidad y de nuestra fe que tenemos que hacer resplandecer también en el mundo de hoy que tan carente está de esos signos religiosos.

Es cierto que la cruz en sí misma, como tormento de suplicio y de muerte que era, nos recuerda el sufrimiento y el dolor, y en ello si miramos la historia está la razón de muchas de esas cruces que encontramos en campos, caminos y hasta en ciudades por los accidentes o muertes violentas a las que están adheridas, pero también para nosotros los cristianos que tenemos una forma especial de mirar la cruz veremos un signo del amor.

Para nosotros los cristianos la cruz siempre hace referencia a Jesús y a su pasión y muerte; cargó con la cruz hasta el Gólgota y en la cruz fue crucificado hasta morir; pero nosotros en la cruz de Jesús vemos el amor, el amor más supremo de quien fue capaz de dar la vida por los que amaba, por nosotros. Ya nos lo enseña El que no hay amor más sublime. Para Jesús aunque pudiera parecer lo contrario no fue una muerte impuesta, sino que El entregó su vida libremente. Nadie me arrebata la vida sino que yo la doy libremente, nos había dicho a lo largo del evangelio.

Por eso en este día, los que creemos en Jesús miramos la cruz como signo del dolor y del sufrimiento de la humanidad – Jesús lo había tomado sobre sí – pero también hemos de saber poner la mirada del amor. Amor que tiene que hacer que nos sintamos en verdad solidarios con todos los que sufren. Y tenemos una razón muy grande en lo que en estos momentos esta padeciendo la humanidad entera. En este mundo nuestro que se ha oscurecido con el dolor y sufrimiento de la pandemia que aún seguimos sufriendo es necesario hacer brillar de nuevo una luz que llene de esperanza.

Es la luz que tenemos que saber encender desde el amor que encontramos en esa cruz que nos tiene que hacer más solidarios los unos con los otros, que tiene que hacer que no sea un sufrimiento sin sentido, que tiene que hacer brillar ese mundo nuevo y mejor que hemos de hacer surgir.

Hoy quizás en la modernidad de nuestro mundo no dejaremos como señales para el futuro unas cruces que recuerden este momento de dolor que está viviendo la humanidad como lo dejaron nuestros antepasados en esas cruces signos de su historia que es también nuestra historia, pero alguna señal sí hemos de dar de ese mundo nuevo que queremos hacer surgir. Quizás resaltando esas cruces que nos quedan en nuestros caminos o en las plazas de nuestros pueblos podemos dejar señal de esa cruz que en estos momentos vive la humanidad. No las dejemos desaparecer.

 

domingo, 2 de mayo de 2021

Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

 


Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Tengo un amigo que trabaja en la agricultura, en concreto, en la recolección de la fruta, pero hay ocasiones en que me dice que al día siguiente lo envían a otra cosa, lo envían a la poda o lo envían a quitar chupones; para que se pueda tener buena fruta es necesario cuidar debidamente la planta, el árbol o lo que sea de lo que recogemos la fruta, por eso cada año se necesita la poda, como también cada cierto tiempo se cortan o arrancan los chupones que son esos ramajes que muchas veces surgen pero que no dan ningún fruto y lo que hacen es chuparle la vida al árbol.

Aparte de yo ser también hijo de agricultores y vivir en un lugar donde se cultiva intensamente la vid, me vino también la imagen del trabajo de este amigo que he mencionado al escuchar hoy el evangelio. De eso nos habla Jesús como una imagen de gran riqueza para nuestra vida cristiana.

Hemos de reconocer que en muchas ocasiones nuestra vida cristiana es mediocre, no se ven los frutos que tendrían que resplandecer. Un poco nos contentamos, como solemos decir, en lo de siempre – siempre se ha hecho así, decimos para contentarnos – y la vida que contemplamos muchas veces en nuestras comunidades es lánguida, pobre, amorfa, donde falta valentía para hacer un anuncio claro del evangelio, para lanzarnos a algo más y desear poder llegar a los más lejanos, o nos cargamos de rutinas y tibiezas en las que no brilla lo suficiente el compromiso por un auténtico amor.

De muchos sarmientos inútiles que como chupones estamos rodeados o tenemos en nuestra propia vida; nos vamos consumiendo en hacer lo de siempre pero nos faltan iniciativas, riesgo para lanzarnos en la búsqueda de algo nuevo para vivir con intensidad el evangelio y para poder mejor hacerlo llegar a todos; nuestros templos se nos vacían, nos faltan elementos jóvenes y con ardor en nuestras comunidades que manifiesten la energía de nuestra fe y la energía que tendría que brillar en nuestra comunidad; algo nos está fallando que no trasmitimos el evangelio a los demás, no contagiamos de nuestra fe a los que nos rodean.

Es esa tibieza espiritual en la que vivimos porque nos falta poner en práctica esto que hoy nos señala Jesús en el evangelio. Tener fe en Jesús no es solo cuestión de tener unas ideas que mantenemos como tradiciones en nuestra vida sino que es necesario que en verdad estemos bien enraizados en Jesús. El hoy nos está repitiendo que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Como el sarmiento que no está unido, enraizado en la cepa para que tenga la misma savia, la misma vida.

Pero también Jesús nos habla de la poda que es necesario realizar para quitar aquellos sarmientos que no dan fruto, pero Jesús aun más nos dice que a los que dan fruto el viñador los poda para que den mejores frutos. Y es donde tenemos que mirar con sinceridad nuestra vida. Muchas cosas hemos dejado apegar a nuestro corazón y que se convierten en rémoras en nuestro caminar, porque son un peso muerto, porque no nos dejan avanzar, porque nos van arrastrando y casi empujándonos hacia atrás. Como esos chupones, como esos sarmientos inservibles.

Y aquí tendríamos que revisar actitudes pasivas y negativas que hemos ido dejando introducir en nuestra vida que se convierten en rutinas, que nos llevan a esas posturas de tibieza, que nos llenan de miedos y cobardías, que nos van quitando esa capacidad de iniciativa y esa creatividad que tendría que haber en un corazón lleno de amor.

Son las cojeras de la vida cristiana con que andamos en nuestras comunidades que se han dedicado más a conservar que a abrirse a la iniciativa y creatividad para llegar a nuestros campos, para realizar cosas nuevas, para intensificar todo lo que significa el compromiso de nuestro amor. Nos encontramos así comunidades empobrecidas y envejecidas que no es cuestión solo de años o de la edad que tengamos, comunidades demasiado ritualistas quizás y por otra parte muy rutinarias en sus costumbres y tradiciones, comunidades a las que les falta vida.

Tenemos que despertar, tenemos que volver a la fuente, tenemos que buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y en consecuencia nuestra vida cristiana esté verdaderamente enraizada en Jesús y en el evangelio, tenemos que despertar de nuevo la esperanza y la ilusión en el trabajo pastoral, tenemos que abrirnos a esa creatividad que nos da el Espíritu del Amor. Para eso tenemos que estar muy unidos a Jesús porque sin El nada somos ni nada podremos hacer.