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viernes, 13 de septiembre de 2019

Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás


Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42
Conocida es la anécdota de la señora que comentaba a su marido cada mañana que su vecina era una persona descuidada y nada limpia; le decía que mirara por la ventana desde la que se veía el patio de la vecina con su ropa tendida a secar y le decía que se fijara en lo mal lavada que tendía su ropa hasta que un día el marido abrió la ventana y le señaló que la ropa no estaba sucia, sino que eran los cristales de su ventana los que había que limpiar porque era mirando a través de ellos como se veía manchado todo lo que estaba en el exterior. Eran los cristales a través de los que miraba los que tenían falta de limpieza.
Mucho de esto nos pasa en la vida; cuando miramos a los demás con qué facilidad lo vemos llenos de defectos, de cosas que no nos gustan y con qué facilidad criticamos la vida y lo que hacen los demás. ¿Pero no serán nuestros ojos, o más bien nuestro corazón los que no están límpidos para mirar a los demás? Vemos a través de nuestros ojos, vemos a través de lo que hay en nuestro corazón y con qué frecuencia la malicia de la que hemos llenado nuestro corazón es lo que nos hace ver malicia en la vida de los demás.
Nuestros propios sentimientos, las actitudes o las posturas que tengamos dentro de nosotros hacia los demás marcan la mirada que tenemos hacia los otros. De la misma manera que nos dejamos influenciar por lo que nos dicen los otros, cualquier cosa que nos digan y que siembre duda en nosotros en relación a los demás, hará que nuestra postura sea diferente, que ya estemos con recelos hacia lo que los otros hacen, y esas dudas que siembran en nosotros con comentarios y murmuraciones interesadas corroen muchas veces una amistad hasta hacerla desaparecer.
Ojalá fuéramos capaces de ir siempre con buen corazón hacia los demás, arrancando de nosotros sentimientos de desconfianza, olvidando y borrando viejas cicatrices para que nuestra mirada sea limpia y seamos así capaces de ver todo lo bueno que hay en los otros. Sabemos que no somos perfectos y todos tenemos nuestras debilidades y flaquezas, pero ¿por qué fijarnos en eso y no ser positivos para ver lo bueno que hay en los demás? Digo muchas veces que seamos capaces de ir siempre con una sonrisa en nuestro semblante, porque eso puede significar lo positivo con que andamos en la vida y no solo  nos hacemos agradables a los demás, sino que también seremos capaces de ver todo lo positivo que hay en los otros.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que cómo un ciego puede guiar a otro ciego. Y ciegos vamos caminando por la vida cuando la pupila de los ojos de nuestra vida los tenemos enturbiados por la malicia que hay en nosotros. Seamos capaces de arrancar esa malicia de nuestro corazón, pongámonos ese colirio del amor que todo lo limpia para que nuestra vida y nuestra postura al lado de los demás sean siempre positiva.
Nos habla Jesús de que quitemos esas vigas que llevamos en nuestros ojos, antes de querer limpiar las pequeñas pajuelas que pueda haber en los ojos de los demás. Así no seremos ciegos guía ciegos, sino que con luz y claridad, la luz y la claridad del amor, de la ternura, de la comprensión, de la humildad podremos caminar junto a los otros y ayudarnos mutuamente.

jueves, 12 de septiembre de 2019

El amor del cristiano tiene otra sublimidad mayor que amar solamente a los que me aman porque tiene que ser tan generoso y universal como es el amor de Dios


El amor del cristiano tiene otra sublimidad mayor que amar solamente a los que me aman porque tiene que ser tan generoso y universal como es el amor de Dios

Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas 6,27-38
Soy bueno con los que son buenos conmigo, soy amigo de mis amigos son expresiones que escuchamos con frecuencia y que sustentan la mayoría de las relaciones con mantenemos con los demás. En principio una buena base, ya que si actuáramos al menos así nos estamos rodeando de un buen clima al menos con aquellos con los que nos sentimos más cercanos. Si ese es un tacaño que nunca ayuda a nadie, por qué voy a ayudarle, que se las arregle ya que él no cuenta con nadie, alguna vez nos aparece una reacción así en nuestro interior o en nuestra manera de reaccionar en nuestras relaciones con los demás. Y creamos abismos que se nos hacen intransitables, y que evitamos quizá en muchas ocasiones.
Son complejas las relaciones humanas que en alguna ocasión pueden caer por una pendiente de inhumanidad porque nos hacemos separaciones poniendo barreras, encerrándonos en nuestros círculos donde nos sentimos a gusto y no queremos complicarlos la vida. Por qué voy a mezclarme con esas personas que buscan su aislamiento, nos decimos sin darnos cuenta que nosotros estamos haciendo también esos círculos que nos aíslan.
Humanamente hablando, si pertenecemos a una misma humanidad, que es decir como a una misma familia, no tendría que ser otra relación más generosa la que tengamos. Pero el estilo que impera se nos impone y comenzamos a entrar en esos círculos cerrados. ¿No tendríamos que romper esa inercia?
¿Cuál ha de ser nuestro estilo como cristianos? Hoy Jesús nos lo propone de manera sublime si lo queremos entender. Hemos de reconocer que por más que escuchemos el evangelio se nos resisten las palabras de Jesús. Tan influenciados estamos por el estilo del mundo que hasta pensamos que haciendo así como veníamos diciendo hasta somos buenos cristianos.  Pero ¿no tendría que haber una diferencia?
Jesús nos lo dice claramente, si saludamos solo a los que nos saluda qué hacemos de especial. Si prestamos solo a los que nos prestan, ayudamos solo a los que nos ayunan, eso, nos dice Jesús, lo hacen también los paganos, los que no tienen a Dios como centro de sus vidas. Por eso, tenemos que pensar seriamente qué hacemos de especial si hacemos lo que todos hacen.
Hoy Jesús directa y claramente nos habla del amor a los enemigos. Sí, a los que tenemos enfrentados con nosotros, a los que  nos han hecho mal, a los que nos han ofendido, a los que nunca nos prestan nada, a los que piensan de manera distinta, a los que tienen otro sentido de la vida. Jesús es tajante y radical y con oídos bien abiertos tenemos que escuchar sus palabras.
Y nos pone la referencia de que tenemos que diferenciarnos de lo que hacen todos, porque el estilo del amor que nos propone es más sublime. No podemos llamar amor de verdad cuando lo que hacemos es como una compraventa, porque tú me ayudas y yo te ayudo. Y es que si nos trataran así no nos quedaríamos contentos, por eso nos dice Jesús que tratemos a los demás como queremos que ellos nos traten.
Pero nos pone otra referencia aun más sublime, y es el amor que Dios nos tiene y que es el que tenemos que copiar en nuestra vida. ‘Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo’, nos dice tajantemente. El modelo del nuestro amor tiene que ser el amor que Dios nos tiene. Y de ahí tiene que arrancar todo. Y entonces porque amamos con un amor como el que Dios nos tiene seremos compasivos, seremos misericordiosos, estaremos siempre dispuestos a perdonar, no juzgaremos ni condenaremos a nadie, sino que siempre prevalecerá en nuestro corazón la comprensión y el perdón.
Y esto claro no lo hace todo el mundo; el amor cristiano es algo más que tenemos unos sentimientos recíprocos en que correspondemos a lo que nos hacen. Es algo más a lo que estamos llamados y que con la fuerza del Espíritu de Jesús es como podremos realizar. Ahí sí tenemos que diferenciarnos y es que tenemos otra motivación más sublime para el amor.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, pareciéndonos una paradoja y seguimos corriendo detrás de risas vacías y de vanidades


Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, pareciéndonos una paradoja y seguimos corriendo detrás de risas vacías y de vanidades

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26
Queremos vivir en un mundo de risas. Entendámonos. Soy de los que dicen que una sonrisa en el semblante hace agradable la vida de aquellos con los que te encuentras en el camino aunque su camino sea costoso y duro. Ojalá sepamos ir con una agradable sonrisa en nuestros labios aunque nos llore el corazón, pero porque queremos hacer felices a los demás. Pero ahora estamos queriendo decir otra cosa.
Un mundo de risas, decíamos. La risa, es cierto, es expresión de alegría pero tanto una como no siempre tiene la verdad de lo autentico. Reímos porque nos sentimos satisfechos y llenos quizás de nosotros mismos, de nuestros orgullos o de esas cosas en que decimos que vencemos porque nos parece tenerlo todo; nos sentimos llenos pero con una riqueza, podríamos decir, externa y muchas veces vacía, porque simplemente nos apoyamos en nuestros tesoros, en nuestros poderes, en esos ‘prestigios’ con los que queremos estar por encima de los demás. No queremos ni aceptamos ningún tipo de sufrimiento o de lagrimas y quizá queremos ocultarnos con esos sucedáneos que se nos puedan ofrecer desde el poder del dinero, por ejemplo.
Y ocultamos ese vació interior con una carcajada, con una ostentación, con mucha vanidad porque nos creemos estar por encima de todo, de sufrimientos, de carencias y no endiosamos con esos poderes que creemos que tenemos. Es por eso por lo que diferencio una sonrisa de una risa, aunque quizá cueste entenderlo o nos parezca contradictorio lo que estoy diciendo.
Hablando de contradicciones es lo que parece decirnos Jesús hoy en el evangelio. Las palabras de Jesús forman parte de lo que solemos llamar el sermón del monte, aunque en este caso nos las ofrece Lucas, con sus características especiales. Por eso digo que las palabras de Jesús pueden sonarnos contradictorias porque llama felices a los pobres, los que lloran, los que nada tienen, los que están hambrientos o los que son perseguidos. Por el contrario dice que no pueden ser felices ni los ricos ni los que se sienten satisfechos en si mismos porque se sienten saciados de todo, ni los que convierten su vida en una risa superficial y vacía.
Son las paradojas del evangelio. Unas palabras que cuando las pronunció Jesús en medio de aquella multitud que le seguía y quería escucharle en medio de tantos sufrimientos pero también de aquellos que en la orilla estaban al acecho y en actitud distante porque no se iban a mezclar con toda clase de gentes, tenían que haber sonado como un aldabonazo muy fuerte, una campanada que restallaba en sus oídos pero sobre todo en sus corazones.
Todos se verían sorprendidos aunque no todos lo escucharan de la misma manera. Sorpresa en cierto modo llena de dudas en principio, con esperanza después al ir asimilando el mensaje la gran mayoría de los que allí estaban; estupor por otro lado en quienes allí estaban satisfechos de si mismos que no comprendían lo que Jesús les quería decir o que rompía todos sus esquemas y maneras de entender la vida y las cosas.
Ahí estaba el mensaje de Jesús. Era la novedad del Reino de Dios para el que había que convertirse para creer en él. Porque si Dios es en verdad el Rey y Señor las cosas tienen que cambiar; Dios no se hace sordo al gemido de los que sufren y de los que lloran, son los preferidos del Señor y para ellos Jesús tiene una palabra de vida, que no son solo palabras sino que es en verdad salvación, salir de ese estado de sufrimiento para ofrecerles una dicha y una alegría verdadera.
Claro que esas palabras de Jesús lo cambian todo, porque quienes creemos en El, quienes queremos pertenecer a su Reino otras tienen que ser ya para siempre sus actitudes, su manera de ver la vida y de ver a los demás, la manera de actuar. También nosotros tenemos que estar al lado de los pobres y de los que sufren, también nosotros vamos a transformar todo en esa alegría nueva; también nosotros tenemos que comenzar por despojarnos de esas grandezas y de esas vanidades con que tantas veces queremos llenar la vida, tenemos que vaciarnos de nosotros mismos y de esos orgullos nuestros para sentirnos pobres ante de Dios y dejar que solo sea El quien llene nuestro corazón.
Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, siguen pareciéndonos una paradoja y todavía seguimos corriendo detrás de esas risas vacías y de esos orgullos nuestros. ¿Cuándo cambiaremos para vivir todo el sentido del evangelio de Jesús?

martes, 10 de septiembre de 2019

Una reflexión que se hace oración para sentirnos impulsados a ir al llano de la vida y encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás



Una reflexión que se hace oración para sentirnos impulsados a ir al llano de la vida y encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás

Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19
La persona madura es una persona reflexiva. No se toma las cosas a la ligera. No solo rumia en su interior una y otra vez lo que le va sucediendo, lo que va recibiendo de la vida, lo que puede aprender de los demás, sino que a la hora de tomar decisiones se lo toma con calma, como solemos decir, porque reflexiona hondamente sobre la decisión a tomar, la tarea a emprender, o simplemente al enfrentarse cada día a lo que ha de vivir. Sopesamos una y otra vez lo que tenemos que decidir para hacer la mejor opción viendo los ‘pros’ y los ‘contras’ cuidando siempre que sea lo mejor y que no podamos dañar a nadie con nuestras decisiones. Tenemos unos principios, unos valores, nos hemos trazado unas metas y ahora vamos planificando objetivos en el día a día desde una reflexión profunda.
Pero el creyente añade algo más a esta reflexión. Quiere que su reflexión no sea algo por si mismo desde nuestros pensamientos o desde nuestra fuerza de voluntad, sino que en todo momento queremos sentir la mano de Dios, el Espíritu de Sabiduría divina que nos inspire y nos ayude dándonos fuerza para lo que decidimos y para lo que tenemos que realizar. Por eso, nuestra reflexión se convierte en oración; nuestra reflexión nos la queremos hacer en la presencia del Señor, invocándole, sintiéndole presente, dejándonos iluminar. No es solo ya pensar por nosotros mismos sino dejarnos inspirar, escuchar allá en lo hondo del corazón la voz del Señor que nos habla también a través de muchos signos que se van realizando en nuestra vida.
Es la verdadera oración con la que llenamos de sentido y de fuerza sobrenatural la vida, es un diálogo de amor porque siempre nos sentimos amados y queremos responder de la mejor manera a ese amor con lo mejor de nuestra vida. Nunca emprenderemos una tarea sin sentir esa presencia de Dios en nosotros.
Es lo que hoy estamos contemplando en Jesús. ‘Subió Jesús a la montaña y pasó la noche orando a Dios’, nos dice el evangelista. Algo que veremos repetido muchas veces a lo largo del evangelio. Lo veremos en la sinagoga en el día de la oración y de la escucha de la Palabra como lo veremos en la montaña o en descampados; lo veremos en el templo de Jerusalén o cómo se retira al monte de los Olivos para orar. Por algo sabia Judas donde encontrar a Jesús; en lo alto del monte de los Olivos hoy se levanta también un templo, el templo del padrenuestro, allí donde la tradición nos recoge que Jesús lo enseñara a los discípulos cuando le piden que les enseñe a orar, después de verlo pasar largos ratos en oración.
Jesús ahora va tomar decisiones importantes. Se nos dice que al amanecer llamó a los discípulos y escogió aquellos Doce a los que iba a llamar apóstoles, enviados, y a los que les iba a confiar un misión especial como centro de aquel grupo que eran los discípulos que le seguían. Luego bajará al llano y se encontrará multitudes que le esperan y que cada uno viene con sus dolencias y su vida cargada de sufrimientos y frustraciones. Para todos tendrá Jesús un signo de vida, curando a los enfermos y despertando la ilusión y esperanza de algo nuevo para todos.
Seguro que tras esos momentos que no son solo reflexión sino también oración nos sentiremos impulsados a ir al llano de la vida para encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás. Ojalá seamos capaces de llevar siempre un signo de vida y de esperanza con nuestra presencia a todos esos que nos vamos a encontrar en el camino de la vida.

lunes, 9 de septiembre de 2019

No nos preguntamos solamente qué es lo que está permitido sino lo seríamos capaces de hacer en colaboración con los demás sea quien sea



No nos preguntamos solamente qué es lo que está permitido sino lo seríamos capaces de hacer en colaboración con los demás sea quien sea

Colosenses, 1, 24-2, 3; Salmo 61; Lucas, 6, 6-11
‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’, la pregunta viene a cuento de que un sábado al entrar Jesús en la sinagoga los escribas y fariseos están acechando a ver la actitud de Jesús, a ver lo que hace Jesús.
Ya todos conocían cómo Jesús curaba a los enfermos pero también con lo que enseñaba se estaba enfrentando a los rigoristas de turno que no comprendían ese sentido nuevo que Jesús quería darle a las cosas cuando les trasmitía el mensaje del Reino de Dios. Por una parte se habían hecho unas ideas de lo que tendría que ser el Mesías que no concordaba según sus apreciaciones con la manera de presentarse Jesús, aunque todo el mundo estaba admirado con lo que decía y con lo que hacia; pero por otra parte quizá podían ver en peligro su situación de dominio y prepotencia con la que ellos se presentaban como únicos maestros de la ley ante el pueblo.
Había en la sinagoga un hombre que tenía una mano paralizada. ¿Qué iba a hacer Jesús? Era sábado y en el sábado no estaba permitido ningún tipo de trabajo. ¿Se podía considerar un trabajo el que Jesús milagrosamente curara a aquel hombre con sus discapacidad, con su invalidez? Para ellos quizá podía considerarse un trabajo porque en la multitud de normas y explicaciones que ellos se habían hecho de la ley de Moisés todo estaba muy reglamentado, muy pormenorizado. ¿Qué haría Jesús cuando viera la discapacidad de aquel hombre?
Pero es Jesús el que se les adelante y le pide a aquel hombre que se ponga en pie allí en medio. Y lanza la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ Poniéndolo así como ahora Jesús se los platea, nadie se atreve a decir nada. No iban ellos ahora a ponerse en contra de lo que sabían que querían todas aquellas personas, que era salvar a aquel hombre, que se viera curado de su invalidez. No serían ellos los que ahora se opusieran. Pero Jesús sí actuó. Y curó a aquel hombre.
Allí estaban aquellos que ni comían ni dejaban comer, como se suele decir en el dicho refranero. Como sigue sucediendo. No vamos ahora a quedarnos en el hecho de que fueran tan legalistas y estuvieran con tantos rigorismos, como hemos comentado muchas veces. Pero la actitud de aquellos que estaban allí al acecho es algo que se repite. Los que ni comen ni dejan comer, como decíamos.
Siempre hay gente que está al acecho, que está a la contra de todo, que no hace nada pero que todo son críticas a lo que los otros hacen; los que no mueven un dedo, pero los vemos allí por detrás observando, fijándose en detalles para luego criticar, para juzgar, para decir que las cosas no se están haciendo bien, para decir que ellos lo  hubieran hecho de otra manera, pero al final hablan y hablan pero nunca hacen nada. Y lo malo que con sus críticas y entorpecimientos tampoco dejan que otros hagan.
Nos encontramos con gente negativa, siempre con sus juicios y comentarios, siempre por detrás pero no se ponen en medio y toman la iniciativa; son los que frenan continuamente las cosas buenas que se pueden hacer; son los que ven siempre dobles intenciones en los que se atreven a hacer alguna cosa buena; son los que no son capaces de ver ni aceptar lo bueno que hacen los otros, porque son de otra manera de pensar, porque son de otra ideología, o de otro partido político, nada bueno pueden ver en los otros y cuando puedan si ellos llegan a tener el mando, por decirlo así, lo que harán será destruir todo lo que han hecho los otros. Lo vemos tantas veces en la vida social.
No podemos ir con esas negatividades en la vida. Tenemos que saber ser constructores sabiendo aceptar y valorar la colaboración de los otros. No podemos ir buscándonos méritos y galardones sino que tenemos que ser capaces de poner siempre nuestra colaboración a todo eso bueno que entre todos podemos hacer. Cuando será el tiempo en que entre todos, aunque tengamos opiniones distintas, maneras de enfrentar las cosas de forma distinta, seamos capaces de ponernos a colaborar, a buscar entre todos eso bueno que es necesario hacer y que tenemos que ser capaces de hacer.
Es un mundo nuevo que tenemos que crear y en eso tenemos mucha parte los cristianos, porque desgraciadamente muchas veces colaboramos o no según de donde vengan las ideas o las propuestas, seguimos haciéndonos nuestras discriminaciones que son tan lejanas del amor del evangelio. Es la pregunta que tenemos que hacernos no solo de lo que está permitido o no en determinados momentos, sino qué es lo que tenemos que ser capaces de hacer en nuestra colaboración con los demás sea quien sea, tenga el pensamiento o ideología que pueda tener.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Ser cristiano es haber encontrado el tesoro escondido que es Jesús y el evangelio y estar dispuesto a todo por vivirlo


Ser cristiano es haber encontrado el tesoro escondido que es Jesús y el evangelio y estar dispuesto a todo por vivirlo

Sabiduría 9, 13-19; Sal 89; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33
Necesitamos tener criterios claros en la vida para no andar dando bandazos de un lado para otro, sentirnos frustrados porque no alcanzamos nuestras metas, sentir quizá el fracaso de que lo intentamos pero no sabíamos bien a donde queríamos ir y por una parte nos sentimos desorientados o no tenemos las fuerzas ni los medios para conseguirlo.
Tener criterios claros significa saber bien a lo que aspiramos pero de alguna manera ver las fuerzas o los medios con los que contamos. Cuando estamos seguros, tenemos clara la meta o los objetivos y consideramos que aquello que buscamos es la mejor y mayor riqueza que podamos obtener, ya pondremos todo nuestro esfuerzo, ya buscaremos los medios, las orientaciones, los caminos para lograrlo.
Claro que eso significará tener que dejar a un lado aquello que no es tan importante para centrarnos en lo que merece la pena. Para comprar, por ejemplo, una propiedad que anhelamos, haremos sacrificios por un lado o por otro sabiendo que lo que vamos a conseguir es lo mejor y que merece la pena. El que estudia y quiere conseguir un carrera universitaria que él ve como la vocación de su vida donde pueda en verdad realizarse, tendrá que poner todo su esfuerzo, renunciando incluso a momentos buenos cuando tiene que rendir de una materia, pero sabe que aquello es el sueño de su vida y merece la pena todo ese esfuerzo. Y así en tantas cosas de la vida.
Quizá llegue el momento en nuestra reflexión de preguntarnos si tenemos criterios claros en lo que comporta el seguimiento de Jesús. ¿Es en verdad Jesús ese tesoro escondido por el que merece venderlo todo, como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio? Es importante este planteamiento porque es cuando adquieren todo su sentido las palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio.
Ser cristiano no es una religión en la que simplemente se nos pide que renunciemos a cosas y más cosas así porque si. Quizá ha sido la confusión que muchos hemos tenido en nuestra cabeza y es la razón por la que tantos abandonan y ya no les dice nada lo de ser cristiano. Es una opción que hacemos por Jesús y por el Reino de Dios que El nos anuncia. Pero tenemos que ver que es importante, pero no con una importancia cualquiera. Tantas cosas que vemos importantes en la vida pero que en un momento nos decidimos por unas y en otro momento elegimos otras. El seguimiento de Jesús tiene una radicalidad mayor.
Tampoco es que digamos que somos cristianos porque lo hemos sido de toda la vida, por eso fue lo que me enseñaron, esa fue la religión de mis padres y de mis antepasados y solamente lo vemos como una tradición más que hay que seguir. Escuchando en estos días declaraciones y comentarios que se hacen desde los medios de comunicación con motivo, por ejemplo, de las fiestas de la Virgen o del Cristo que se proliferan en estos meses por todas partes, las gentes o los comentaristas de los medios hablaban de por qué iban a aquellos santuarios en estas ocasiones.
Respuestas de las más variadas con muy buena voluntad, que si es la fe que le tengo a esta Virgen o este Cristo que es muy milagroso, que si lo hacemos por devoción y como un sacrificio que ofrecemos, que así nos lo enseñaron nuestros padres y nosotros lo hemos hecho siempre, que son unas tradiciones que no hemos de perder, y no digamos nada en los que van por la fiesta o simplemente por pasarlo bien y hasta como un deporte. No me lo invento, lo he escuchado hoy mismo. Sin quitar la buena voluntad de estas personas ¿vemos aquí unas convicciones profundas sobre lo que es el ser cristiano y lo que nos dice el Evangelio para hacer un seguimiento total de Jesús con toda mi vida?
¿Significa que nos hemos encontrado con Jesús como la verdadera luz de mi vida, mi única salvación? Es que tenemos que ver que es lo que en verdad significa creer, creer en Jesús, decir que soy cristiano. Un nuevo sentido de vivir que me hace entrar en otra orbita de relación con Dios, pero también de relación con los demás y con el mundo en el que vivo.
Claro eso significará clarificar muy bien los criterios que tengo en la vida, purificando, cambiando si es necesario para emprender ese camino nuevo que se nos ofrece. Tendré que desprenderme mi yo, de mis antiguos criterios, de otras formas de vivir la vida, pero lo hago por conseguir lo mejor, por vivir lo mejor que es lo que encuentro en Jesús. Ya mencionábamos antes lo de venderlo todo para conseguir el tesoro escondido pero que hemos encontrado. Ahí nos dice Jesús que tenemos que aprender a decir no, a renunciar a muchas cosas que no son compatibles con el sentido del evangelio, con el sentido de Jesús.
Hoy nos habla Jesús de renunciar incluso a aquellos que más amamos, si son un obstáculo para alcanzar a vivir esa sabiduría de Dios; nos habla de negarnos incluso a nosotros mismos, que es por donde tenemos que empezar, aunque eso signifique abrazarme a la cruz del sufrimiento, porque será algo doloroso y algo que cuesta.
No nos pide Jesús el negarnos por negarnos, el cargar la cruz por hacer un sacrificio de sufrimiento, significa desprenderme de aquello que me puede producir desgarro en el corazón, pero por alcanzar la vida. Y claro mientras vamos caminando por la vida con estos nuevos criterios, los del evangelio, vamos a encontrar la cruz de los que no nos entienden e incluso se nos van a poner en contra, pero que en mi fidelidad he de mantenerme firme.
Pero todo eso porque nos hemos encontrado con el tesoro que es Jesús y el evangelio para nosotros. Y merece la pena. Y lo vivimos con alegría aunque haya cruz, porque en todo eso hay amor y el amor nos llena de plenitud.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes deshumanizante y poniendo nuestros pequeños gestos de ternura y cercanía que alegran el corazón


Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes deshumanizante y poniendo nuestros pequeños gestos de ternura y cercanía que alegran el corazón

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5
La vida está hecha de pequeñas cosas; esos pequeños detalles, esos pequeños gestos, esas pequeñas acciones que vamos realizando casi como una rutina cada día, pero que han de tener hondo contenido que nos ayude a nuestra realización como persona y que también puedan ayudar a los demás.
Depende de cómo las realicemos, porque un pequeño gesto nuestro puede resultar molesto u ofensivo para alguien, pero un pequeño gesto realizado desde un corazón sincero y lleno de ternura pueda hacer muy agradable la vida de los que nos rodean. Esas pequeñas cosas le van dando intensidad y calor a nuestra vida porque queriendo hacer felices a los demás, por ejemplo con una sonrisa o una buena cara, también nosotros nos sentimos felices y vamos llenando de alegría y paz nuestro corazón.
Hay gente que no sabe sonreír a los demás y por su expresión muchas veces dura dan la impresión que llevan su corazón lleno de amarguras que no han sabido superar. Pero a personas así hemos de saber hacerle frente con nuestra sonrisa, con nuestra alegría interior, con una bonita palabra que les hace salir de su ensimismamiento y les haga olvidar las cosas negras que puedan llevar en su corazón.
Creo que los cristianos, los que de en verdad nos tomamos en serio a Jesús y su buena noticia, tenemos que ser siempre las personas con más alegría del mundo. Nos sentimos amados por quien en verdad puede llevarnos a la plenitud y eso tiene que hacer que nos sintamos felices; por eso siempre tenemos que ir repartiendo esa alegría, esa esperanza poniendo ilusión en los corazones de todos aquellos con los que nos encontramos. De ahí lo importante de esos pequeños gestos de bondad, como decíamos antes, que tenemos que ir repartiendo por doquier.
Vivimos con alegría y con paz, queremos seguir los caminos del evangelio, nos caminos que nos traza Jesús y sabemos muy bien que cumpliendo sus mandamientos seremos felices nosotros y haremos felices a cuantos están a nuestro lado. Y es que no solo nunca les haremos daño, sino que siempre le estaremos ofreciendo amor, paz y serenidad para sus corazones. Cumplir la ley del Señor para nosotros no es una agonía que nos esclavice, sino un camino que nos llena de felicidad. Siempre la ley del Señor busca el bien del hombre para la gloria de Dios.
Desgraciadamente todos no lo entienden así y viven con amargura en su corazón, pero es que no han descubierto el verdadero sentido de lo que es la voluntad de Dios para el hombre. No es un capricho, sino un camino de felicidad. Lo que nos sucede muchas veces es que nos hacemos unas interpretaciones muy sesgadas de lo que son los mandamientos del Señor, los llenamos de cosas en su entorno que nos aprietan y terminan esclavizándonos, cuando nos fueron dados para nuestra libertad.
Un ejemplo lo tenemos en lo que nos ofrece hoy el texto del evangelio. El sábado era el día santo para glorificar al Señor, pero al mismo tiempo era el día del descanso del hombre. El ser día de descanso prohibiéndose todo tipo de trabajo era una forma también de humanizar la vida del hombre para que no viviera el trabajo como una esclavitud; el bien del hombre al tiempo que la santificación del nombre del señor era su sentido. Pero lo habían encorsetado de tal manera con tantas prohibiciones que lo habían convertido en algo esclavizante, que entonces se llegaba a vivir con amargura. La muestra la tenemos en lo quisquillosos que eran lo escribas y fariseos que vienen a echar en cara a los discípulos de Jesús que no guardan el descanso del sábado simplemente por coger unas espigas que calmasen la fatiga del camino. ¿Era eso humano? Es en cierto modo la respuesta que les da Jesús.
Hagamos humana la vida del hombre liberándola de esclavitudes innecesarias y deshumanizante. Hagamos humana la vida del hombre buscando siempre el bien de la persona; hagamos humana la vida con nuestra ternura, con nuestra cercanía a las personas, con esos pequeños gestos de humanidad que hemos de tener los unos con los otros.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Desde los valores nuevos del evangelio es necesario unas nuevas actitudes y posturas para vivir la novedad del hombre nuevo del Reino de Dios


Desde los valores nuevos del evangelio es necesario unas nuevas actitudes y posturas para vivir la novedad del hombre nuevo del Reino de Dios

Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39
Algunas veces somos muy especiales, prontos siempre para el juicio y la condena. Nos dejamos llevar por las apariencias, actuamos desde unas rutinas de la vida muchas veces sin saber el por qué de lo que hacemos, no escuchamos las razones o motivos de la actuación de los demás. Y surge en nuestro interior el juicio y hasta la condena.
Nos choca lo que es nuevo en contraposición a nuestras rutinas y tradiciones y nos sentimos bien en lo que hacemos con espíritu conservador y no soportamos ninguna innovación que pretenda mejorar.
Y eso nos sucede en todo el ámbito de la vida social en que enseguida nos ponemos en alerta ante nuevos movimientos, prejuzgándolos sin conocerlo y queremos pasar todo por nuestra lupa que con el paso del tiempo puede estar desenfocada como nos sucede con nuestros ojos que pierden una visión clara por el paso de los años. Eso nos sucede por ejemplo en el ámbito de nuestras comunidades vecinales en que nos ponemos alerta cuando se quieren mejorar cosas que faciliten una actividad viva e innovación.
¿No nos sucederá también en el campo de la fe, de la religión, de la vida de la Iglesia? Ya costó mucho la aceptación de las directrices del concilio  en su tiempo. Como cuesta ahora el movimiento renovador que quiere impulsar el papa Francisco para una renovación de la vida de la Iglesia. Cuántos detractores salen de debajo de las piedras por doquier; cuantas desconfianzas en muchos ámbitos de la vida de la Iglesia; cuantos que como rémoras quieren retardar los impulsos nuevos que se van sintiendo en la vida de la Iglesia, y que son impulsos del espíritu del Señor, al que nos resistimos tantas veces.
Ya le sucedió a Jesús como vemos hoy en el texto del evangelio. Por allá aparecen unos fariseos pidiendo cuentas a Jesús de lo que hacen sus discípulos, en este caso por lo del ayuno. Jesús había comenzado pidiendo conversión desde lo hondo del corazón para poder creer en la buena nueva del evangelio. Y esa renovación cuesta. Para muchos aquello no entraba en sus planes. El Mesías tenia que tener otro sentido y otras tenían que ser las liberaciones. Pero Jesús pide la liberación y renovación desde el fondo del corazón; lo que pide Jesús es una renovación total, hombre nuevo, odres nuevos, vestido nuevo y nada de remiendos o arreglitos.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús. Habla de la alegría de los amigos del novio cuando están la boda de su amigo, donde no tienen que caber tristezas sino todo tiene que ser fiesta. ¿No tendría que ser así la vida del cristiano que se siente unido a Jesús? Tenemos que vivir la alegría de la fe, pero muchas veces nuestros rostros adustos y serios dan la impresión que nos falta esa alegría interior que tenemos que sentir siempre desde la fe.
Quien sigue el camino de Jesús ha de sentirse un hombre nuevo, y quien se siente nuevo se siente con alegría, con deseos de búsqueda, de renovación, de algo nuevo que nos llene de vida; quien sigue a Jesús no puede estar viendo dificultades todo el día, porque se siente con la fuerza del Espíritu; quien sigue a Jesús está queriendo hacer un mundo nuevo, no se contenta con remiendos ni rutinas sino que se siente impulsado a una renovación total. Pero todavía sigue habiendo cristianos que caminan bajo el peso de las rutinas, como cansados y desalentados y criticarán todo lo que significa renovación. Nos sentimos acomodados y ponemos mil dificultades para salir de esa comodidad.
Nos habla Jesús de una vida nueva que no se puede contener en los odres viejos; una vida nueva que no se puede quedar en apaños y remiendos. A vino nuevo, odres nuevos. Cuánto nos queda por hacer en la vida de la Iglesia.


jueves, 5 de septiembre de 2019

Con la confianza puesta en la Palabra de Jesús hemos de tener una mirada más amplia y valiente para seguir lanzando las redes y las semillas del Evangelio al mundo



Con la confianza puesta en la Palabra de Jesús hemos de tener una mirada más amplia y valiente para seguir lanzando las redes y las semillas del Evangelio al mundo

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11
Nos cuesta aceptar lo que nos digan los demás cuando nosotros nos creemos sabedores de la materia ¿Qué me va a decir a mí?, nos decimos runruneando en nuestro interior un tanto rebeldes.  Sobre todo cuando hemos estado batallando con el asunto y a pesar de todo lo que nosotros sabíamos sobre el tema nos vimos abocados al fracaso de no poder hacerlo. Decimos que tenemos experiencia, que tenemos conocimientos, que nosotros siempre lo hemos hecho… pero en cierto modo nos sentimos humillados porque venga otro a decirnos lo que tenemos que hacer.
Nos cuesta dejarnos guiar; queremos ser muy autodidactas y de alguna forma autosuficientes. Pero hemos de aprender a tener otras perspectivas en la vida, descubrir otras posibilidades, no quedarnos superficialmente en la orilla sino ser capaces de ir mar adentro, de adentrarnos con profundidad en la vida, de abrir otros horizontes. Y para eso nos hace falta dejarnos guiar, no pensar solo en nuestras corazonadas, sino que alguien nos ayude a descubrir algo nuevo, algo distinto para nuestra vida. Confiar, fiarnos, saber apoyarnos también en el otro que tanto nos cuesta por nuestra autosuficiencia.
Cuando lo hacemos, cuando ponemos confianza en la palabra del otro o en su mano tendida para emprender un nuevo rumbo, vemos que aquello que nos parecía tan difícil, casi imposible, se pudo realizar. Nos sentimos, entonces, incómodos dentro de nosotros mismos y en cierto modo avergonzados por no haber confiado antes; quisiéramos huir por la vergüenza pero no tenemos donde escondernos y a partir de entonces estaríamos dispuestos a todo, a lanzarnos a una nueva aventura si fuera necesario; pasada la cura de la humildad estaremos dispuestos a lo que sea, nos lanzaremos a cruzar otros mares si fuera necesario.
¿Será esto lo que nos está enseñando el evangelio de hoy? Jesús que estaba en la orilla del lago ve como mucha gente se reúne a su alrededor porque quieren escucharle; buscando una forma de situarse para poder hablar a todos se sube a una de las barcas, cuyos pescadores estaban ahora limpiando las redes después de una noche de faena. Desde allí habla a la multitud y cuando termina le pide a Pedro que reme lago adentro para echar de nuevo las redes para pescar.
Pedro se ve sorprendido por las palabras del Maestro, él que acaba de regresar después de una noche infructuosa. Bien sabía que no había nada que hacer después de la noche que han pasado. Además qué iba a saber el Maestro que era de tierra adentro, de Nazaret de las artes de la pesca. Eso que se lo dejara a él y su hermano o también a los Zebedeos que sí eran entendidos en las artes de la pesca. Muchas dudas surgieron en su interior.
Pero se fió, remó mar adentro y echaron las redes. ‘En tu nombre…’ porque tu lo dices me voy a fiar. Alguna confianza se había despertado ya en su interior después de escuchar a Jesús y se atrevió a lanzar de nuevo las redes quizá antes las miradas interrogantes y llenas de duda de sus compañeros de barca. Pero la redada de peces fue grande, se reventaban las redes, tuvieron que pedir ayuda. Algo había pasado, pero no era la exteriormente sino en su propia interior.
‘Apártate de mi que soy un pecador’, fue la reacción postrándose ante Jesús. Había sido posible y a él le costaba entender, pero había sucedido. Trágame tierra, o trágame mar, podía estar pensando sintiéndose avergonzado por sus dudas pero admirado por cuanto había sucedido. Era la obra de Dios que se estaba realizando en su interior.
‘De ahora en adelante serás pescador de hombres’, le estaba diciendo Jesús. Nuevos horizontes se estaban abriendo en su vida aunque no sabía bien a donde le iban a llevar, pero se confiaba. Ahora estaría para siempre con Jesús, aunque en ocasiones le vinieran las dudas ante sus palabras o lo que anunciaba y sucedía.
Lo que antes reflexionábamos como introducción a este comentario podría quedarse meramente en actitudes o comportamientos humanos, que también tenemos que iluminar con la luz de la fe, con la luz del evangelio. Esa apertura del corazón a nuevos horizontes tenemos que hacerla desde nuestro espíritu de fe, desde nuestra confianza en el Señor, desde ese dejarnos conducir por su Espíritu. Amplio es el campo que se abre ante nuestra vida, inmensa es la tarea, aunque algunas veces nos sintamos inútiles o pensemos que nada podemos hacer porque las cosas son como son.
Pero ese conformismo no es congruente con nuestra fe. Hay un confianza en nuestro corazón que nace de esa fe que tenemos que tiene que impulsarnos a algo nuevo, a nuevos horizontes y campos de trabajo. Es tanto lo que podemos hacer si con la confianza puesta en el Espíritu del Señor nos adentramos en ese mar de la vida donde tenemos que seguir lanzando las redes, lanzando la semilla, haciendo el anuncio del Reino de Dios.



miércoles, 4 de septiembre de 2019

Jesús nos tiende la mano para levantarnos y nos enseña a abrir nuestras manos para no quedarnos en nosotros y aprender a ir a los demás



Jesús nos tiende la mano para levantarnos y nos enseña a abrir nuestras manos para no quedarnos en nosotros  y aprender a ir a los demás

Colosenses 1,1-8; Sal 51,10.11; Lucas 4,38-44
Hay momentos en que uno necesita sentir una mano amiga sobre su hombro, que te tienden con generosidad y cariño la mano para dar ese paso que necesitas dar en la vida y que tanto te cuesta, ese brazo sobre nuestros hombros que se convierte en abrazo que conforta, que seca nuestras lágrimas o que hace más benigno el dolor que llevamos en el alma.
Hay quienes rehúsan y rechazan ese contacto físico, porque quizá se sienten tan puritanos que les parece que les va a manchar, o son tan solitarios que quieren caminar solos, y no sabrán lo que es la ternura que solo se siente en el corazón pero que parece que corre por nuestra piel y como que nos electriza dándonos una nueva energía, pero que tampoco serán capaz de trasmitirla a los demás, porque a ellos mismos quizá les falta.
No rehúsa Jesús el contacto físico, más bien lo busca y lo ofrece. Se sentirá apretujado en medio de las multitudes que le cercan, dejará que la mujer quizá impura por sus flujos de sangre le toque el manto, o tenderá la mano como hoy vemos en el evangelio para levantar a la suegra de Simón de su postración, un día a la hija de Jairo para levantarla de su sueño y de su muerte y así darle vida, o le veremos hoy que a cuantos vienen con sus dolencias y enfermedades de todo tipo les impone las manos y los sana.
Es bello el gesto que hoy contemplamos en Jesús y tendrá que ser ese gesto con que nosotros aprendamos a ir a los demás, que si bien no siempre se reducirá a un contacto físico, con nuestra sonrisa, nuestra mirada, nuestra cercanía podremos ser rayos de sol para muchos que van ensombrecidos en sus tristezas y agobios por los caminos de la vida.
Son distintos los gestos y los signos que le vemos realizar hoy a Jesús en el corto evangelio que se nos ha ofrecido. Primero, como hemos venido comentando, esa cercanía expresada en esos gestos que nos hablan de su ternura y de su misericordia. Luego le veremos otro gesto hermoso. Al amanecer se retiró solo a un lugar apartado. Como decimos hoy estaba buscando un espacio para sí. Como tantas veces nosotros necesitamos, momentos de silencio, momentos de alejarnos del ruido, momentos de soledad, momentos para pensar en uno mismo, reprogramarse y como se suele decir recargar las pilas. Nos lo recomiendan por todas partes. Lo necesitamos.
Pero para Jesús, como tendría que ser para nosotros también, fue mucho más. El evangelista paralelo que nos hace el mismo relato nos dice que se fue al descampado a orar. Algunos nos pueden decir que es lo mismo. Pero en este aspecto de la oración hay algo más, no es solo encontrarnos con nosotros mismos que en la oración también hemos de saber hacerlo, sino darle además otra trascendencia. Es mirar a lo alto, es dirigir nuestro pensamiento y nuestro corazón a Dios, es encontrarnos con el Señor de mi vida, que va a ser mi verdadera fuerza y mi verdadera luz.
En Dios nos encontraremos de verdad con nosotros mismos, en Dios sentiremos esa luz y esa fuerza que necesitamos, en Dios aprenderemos también a salirnos de nosotros mismos, no quedarnos encerrados en nuestro yo, sino comenzar a sentir y tener una mirada más amplia que me haga ir a los demás, que me haga ir al encuentro de ese mundo al que tengo que llevarle una luz.
Es lo que hoy nos enseña también el evangelio. Tras el encuentro con Jesús que le sana la suegra de Pedro se puso a servirles. Ahora Jesús tras ese momento de silencio se pone en camino porque tiene que ir también a los otros pueblos, a las otras gentes, porque esa es su misión, para eso ha venido, porque a todos tiene que llevar su luz.
Cuánto nos enseña el evangelio. Gestos, detalles, silencios, apertura a los demás, ponernos en camino.

martes, 3 de septiembre de 2019

Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás


Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26;  Lucas 4, 31-37
Todos tenemos experiencia de habernos encontrado en la vida con personas que nos merecen toda admiración y respeto a las que escuchamos con gusto porque sus palabras están llenas de sabiduría en su sencillez, pero que nos llegan hondo al corazón. Son personas humildes y sencillas, personas de gran corazón y con una paz en su alma que trasmiten a través de todos los sentidos, y en quienes vemos reflejadas todas aquellas sabias consideraciones que nos hacen. La autoridad de sus palabras está en su porte, en su manera de ser y de estar, en esa ternura con que nos trasmiten sus sabios consejos. Nos quedaríamos para siempre con ellos escuchándoles y bebiéndonos sus palabras.
Hoy nos dice el evangelio cómo las gentes estaban asombradas por la autoridad con que hablaba Jesús y la sabiduría de sus palabras. Allá en la sinagoga de Nazaret al principio se habían visto sorprendidos, aunque luego la cerrazón de su corazón les llevara finalmente a rechazarle. Pero allí con el texto del profeta proclamado y que El decía que aquella Escritura se estaba cumpliendo en el hoy y allí que estaban viviendo, había anunciado que el Espíritu del Señor estaba sobre El que le enviaba a anunciaba la Buena Nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos por el diablo.
De nuevo podía decir ahora en Cafarnaún que aquella Escritura allí se estaba cumpliendo. Les ensañaba como solo podía hacerlo El que era el verdadero maestro para todos, pero además los signos anunciados allí se estaban realizando. En medio de las gentes, ahora en la sinagoga de Cafarnaún, había un hombre poseído por un espíritu inmundo que incluso se pone a gritar interrumpiendo al mismo Jesús y a todos. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.
Era, sí, un reconocimiento de quien era Jesús, aunque las gentes aun no lo habían reconocido como tal. Pero ellos era solamente el Maestro, cuanto más reconocerían que un profeta había aparecido en medio de ellos, pero aquel hombre poseído por el maligno lo estaba reconociendo como el Santo de Dios. Era en cierto modo un reconocimiento de que era el Hijo de Dios.
Pero eran los signos del Reino de Dios que llegaba. ‘Cierra la boca y sal’, fueron las palabras de Jesús. Y aquel hombre quedó liberado del mal. No es extraño que la gente se quedara admirada por la autoridad de las Palabras de Jesús. ‘¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.» Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca’. Y es que en Jesús podemos ver esas señales de autoridad de las que antes hablábamos y que nos hacia admirar la sabiduría  de aquellos hombres que decíamos nos agradaba escuchar. Era la liberación del mal, la buena noticia para los pobres y los oprimidos.
Era la obra de Jesús pero que tiene que ser también nuestra obra. Si hemos venido considerando la autoridad de las palabras de Jesús porque a sus palabras acompañaban los signos, quizá tendríamos que estarnos planteando qué autoridad tienen nuestras palabras cuando queremos hacer el anuncio de Jesús.
Cada cristiano tiene que ser un mensajero. Esa misión nos confió Jesús. Y queremos enseñar, queremos trasmitir el evangelio, queremos despertar la fe en el mundo que nos rodea, pero ¿creerán nuestras palabras? ¿No estaremos muchas veces haciendo una enseñanza teórica de Jesús y del evangelio? Nos hace falta algo más, nos hace falta que transmitamos en nuestras palabras esa autoridad del mensaje del evangelio.
No son solo palabras lo que tenemos que trasmitir, lo que tenemos que enseñar. Nos hace falta dar signos de esa liberación del mal. ¿Tenemos que ir haciendo milagros, cosas extraordinarias?
Cosas extraordinarias no hace falta, sino que vayamos dando en las cosas pequeñas de cada día signos de esa liberación del mal. Empezando por nosotros mismos con el estilo y sentido de nuestra vida, con el testimonio que demos a través de nuestras obras, de nuestra manera de vivir de que estamos en verdad liberados del mal. Hay tantos males que nos acechan, que nos dominan, que nos esclavizan y no terminamos de dar esas señales. De la misma manera que tenemos que ser signos en los demás, en lo que luchemos por la liberación del mal en cuantos nos rodean. Son las obras del amor, de un amor comprometido, que tenemos que realizar. Será la autoridad con que podamos presentarnos para hablar de Jesús.

lunes, 2 de septiembre de 2019

No andemos nosotros en nuestra vivencia religiosa como las gentes de Nazaret con nuestras permanentes desconfianzas y hasta chantajes espirituales


No andemos nosotros en nuestra vivencia religiosa como las gentes de Nazaret con nuestras permanentes desconfianzas y hasta chantajes espirituales

1Tesalonicenses 4, 13-17; Sal 95; Lucas, 4, 16-30
Todos tenemos la tendencia de hacer como dice el refrán de arrimar el ascua a nuestra sardina. Queremos que lo nuestro se cocine bien, que nuestros proyectos sean los que salen adelante, o que los beneficios que puedan resultar sean para nosotros. Nos arrimamos a aquellos que puedan beneficiarnos y manipularemos lo que sea para ganarnos su favor.
Cuando ya no cumplen con nuestros intereses los descartamos; si no hacen lo que a nosotros nos gusta o nos beneficia ya los consideramos como enemigos; mientras vemos las posibilidades de obtener alguna ganancia nos arrimamos de mil manera a su lado, pero si no podemos conseguir lo que son nuestros deseos los abandonamos y hasta somos capaces de hacerle la guerra.
Muchos ejemplos de todo esto tenemos en la vida de cada día, en la vida social, en la política, en las relaciones con los que están cerca de nosotros e incluso de nuestros familiares. No hace falta ir muy lejos, que a nosotros mismos nos puede suceder como sufrientes de esas circunstancias desde las actitudes o posturas de los otros, o por lo que nosotros mismos podemos llegar a hacer.
Hoy el evangelio nos presenta el relato de la presencia de Jesús en la sinagoga de su pueblo Nazaret. Mucho comentamos de la lectura profética que allí proclamó y de su comentario, diciéndonos que aquella Escritura se estaba cumpliendo allí mismo en aquel momento con su presencia. Toda una declaración programática de lo que eran la misión del que estaba lleno del Espíritu del Señor y era enviado a anunciar la buena nueva a los pobres y a todos los que sufren, proclamando el año de gracia del Señor.
Pero queremos fijarnos en lo que a continuación sucede. El orgullo primero de aquel pueblo que ve allí a uno de los suyos,  a uno que ha salido de aquel pueblo – allí están sus parientes y vecinos – haciendo aquella proclamación y pronunciando aquellas palabras de gracia. Se sentían orgullos y se admiraban de su sabiduría preguntándose donde había aprendido todo aquello, como sucede también entre nosotros cuando alguien de los nuestros destaca de alguna manera.
Hasta ellos habían llegado también noticias de lo que Jesús hacia en Cafarnaún y en otros lugares. Ahora ellos querían también sentirse beneficiarios de aquellas obras de Jesús. Seguía existiendo la desconfianza en sus corazones pero al mismo tiempo, como decíamos antes, querían arrimar el ascua a su sardina, que allí hiciera también aquellos prodigios para poder manifestar su orgullo pueblerino ante sus pueblos vecinos. 
Pero el actuar de Jesús no va por esos derroteros, no es el milagrero de turno que realiza prodigios para ganar fama y congraciarse con los suyos. La misión de Jesús es anunciar el Reino y para ello es necesaria una actitud de conversión en el corazón de quienes le escuchan. Por eso terminan rechazadote y hasta queriendo tirarle por un barranco en la cercanías del pueblo.
Pero no nos quedamos en juzgar el actuar de las gentes de Nazaret de aquellos tiempos. El juicio de la Palabra de Dios tiene que llegar a nuestros corazones y convertirse quizá en interrogante para nosotros. Y es el preguntarnos por nuestra fe y nuestra manera de vivir la religión. Es el preguntarnos por esa actitud de conversión que tiene que haber en nuestros corazones y que algunas veces pasamos por alto. Es el preguntarnos por la forma en que nosotros buscamos la relación con Dios con el que queremos mantener nuestra amistad pero para que nos salgan bien las cosas, para que tengamos suerte en la vida, para que se nos resuelvan nuestros problemas… y así muchas cosas en este sentido.
¿No querremos nosotros también algunas veces manipular a Dios para que a nosotros nos dé una suerte especial en la vida? ¿No andaremos nosotros también al chantaje con Dios cuando le hacemos nuestras promesas o cuando hacemos determinadas ofrendas, pero que queremos en consecuencia una compensación para nosotros y nuestras cosas? ¿Algunos interrogantes se podrían plantear en nuestro interior?

domingo, 1 de septiembre de 2019

Un camino nuevo de sabiduría que pasa por la humildad y el servicio que rompe los mitos de las grandezas del mundo


Un camino nuevo de sabiduría que pasa por la humildad y el servicio que rompe los mitos de las grandezas del mundo

Eclesiástico 3, 19-21. 30-31; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª;  Lucas 14, 1. 7-14
‘En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes’.
Merece la pena comenzar nuestra reflexión volviendo a escuchar las sabias palabras del sabio – valga la redundancia – del Antiguo Testamento. Gravadas tendrían que estar en nuestra frente y en nuestra memoria para que fueran sentido de nuestro actuar y de nuestro vivir. Es un camino de sabiduría, es un camino de buen vivir.
La humildad bien valorada por quien sabe comprender lo que es la verdadera grandeza del hombre aunque se convierte en un contra testimonio ante un estilo de vivir y de hacer las cosas que predomina entre los que se creen poderosos en medio del mundo. Les parece a muchos que si no van de prepotentes por la vida avasallando a quien se encuentre por delante no pueden alcanzar el camino de triunfo al que aspiran. La vanidad nos hace engreídos y nos quiere hacer ir con un escalón por encima de los demás para expresar ese dominio y esas grandezas que al final se quedan en fuegos fatuos.
Son los que miran siempre por encima del hombro porque quieren estar por encima del hombre, de la persona; son a los que nada importan las personas que están en su entorno si no les sirven para lograr mayores cuotas de poder que muchos entienden como una forma de enriquecerse no importándole los caminos por los que lleguen a sus avarientos bolsillos; son los que, aunque aparece siempre con una sonrisa en los labios para conquistar a quien sea, sin embargo no saben ser felices de verdad ni disfrutar de lo que han conseguido; son a los que no le importa el manipular todo lo que caiga en sus manos para sus propias ganancias y beneficios que alimenten el orgullo de sus corazones avariciosos y siempre ambiciosos de más.
No son estos pensamientos o reflexiones que nos inventemos para resaltar lo que es la malicia del corazón del hombre cuando nos dejamos influenciar por estas actitudes o maneras de pensar y de actuar, sino que fácilmente, sin querer entrar en juicios condenatorios, al ir recorriendo cada una de las cosas que hemos dicho nos salen nombres y rostros de tantos y tantos del entorno social, cultural y político de la sociedad de nuestra época.
¿No nos hablan hoy los medios continuamente de corrupción y de tantos que por ello son llevados ante los tribunales de justicia? ¿Por qué se ha llegado a ese estado de corrupción? Como hemos reflexionado en más de una ocasión andar por caminos de ese estilo es caminar por pendientes peligrosas y resbaladizas que nos arrastran a esos abismos.
Hoy Jesús se encuentra en medio de una situación embarazosa de este sentido. Un fariseo principal lo había invitado a comer y al llegar con los otros invitados y a la hora de sentarse a la mesa allá andaban dándose de codazos por querer ocupar los puestos principales en la mesa del banquete. Por otra parte conociendo ya lo que enseñaba Jesús a sus discípulos andaban espiándole para ver qué es lo que hacía o la actitud que tomaba.
Allí se estaban manifestando aquellos deseos de poder, de influencia, de grandeza de los que veníamos hablando. Estar entre la gente principal pareciera que nos da lustre y allá vamos orgullosos por la vida diciendo con quien nos codeamos, quienes son esos amigos importantes que tenemos, cómo nosotros también somos importantes y podemos conseguir lo que queramos que para esos tenemos nuestras influencias o nuestros padrinos.
Jesús es sincero como ellos mismos le reconocerán en otro lugar y no obra ni deja de hablar y decir lo que tenga que decir por lo que los otros puedan pensar de él. Les habla claramente en lo que incluso podrían ser unas elementales normas de cortesía y de urbanidad. No andes buscando puestos principales que pudiera ser que el que te haya invitado te diga que ese no es tu sitio y te vas a ver en un bochorno peor. Ocupa los últimos sitios que si el que te invitó lo juzga conveniente ya te llevará a otro lugar más principal. Y viene la sentencia que se repite varias veces en el evangelio. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.
Pero quiere decirnos Jesús algo más. Ya les dirá directamente a sus discípulos cuando anden preocupados y peleándose por los primeros puestos que entre ellos no puede ser como entre los poderosos de este mundo, sino que el que quiere ser primero que se haga el último, el que quiera ser principal que se haga el servidor de todos.
Pero ahora nos habla del estilo que hemos de tener en nuestras relaciones. ¿Buscamos tener a los poderosos o los influyentes a nuestro lado? ¿Es a esos importantes, a los que son los amigos de siempre, o a los que nos invitan también a los que vamos a invitar a nuestras comidas? Las palabras de Jesús son bien claras, invita al que no te puede pagar, al que no puede corresponderte invitándote a su vez porque es pobre y nada tiene. ‘Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
Son bien distintos los parámetros que usamos en nuestra vida de cada día. Es bien distinto el estilo del mundo. Es bien distinto a lo que nosotros solemos hacer, que parece que está todavía bien lejos del estilo del evangelio. ¿Nos hará pensar todo esto? ¿Serán necesarias unas nuevas actitudes, una nueva manera de actuar?  Miremos con sinceridad allá dentro de nosotros lo que tendríamos que hacer.