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sábado, 7 de marzo de 2009

Autenticidad, conversion, amor...

Ez. 12, 21-28
Sal. 129
Mt. 5, 20-26

El Señor nos pide rectitud y autenticidad, conversión y amor. No nos valen las apariencias ni las simulaciones. En cada momento hemos de saber comportarnos con dignidad y santidad.
Pero conocemos nuestra condición limitada, finita, caduca y surge el pecado en nuestra vida, nuestra ofensa a los demás, nuestra falta de amor, nuestra ruptura con Dios cuando nos apartamos del buen camino. Como no podemos presentarnos ante Dios si no es con autenticidad de vida para que nuestra ofrenda sea agradable al Señor, necesitamos la reconciliación con los hermanos y por otra la conversión de nuestro corazón al Señor.
Nos habla de ello Jesús en el evangelio y nos habla el profeta Ezequiel.
Frente a nuestro desamor y a nuestras rupturas no nos queda otra cosa que la reconciliación. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda en sobre el altar, te acuerda allí mismo de que tu hermano tienes quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.
Frente a la ruptura con el Señor a causa de nuestro pecado no nos queda sino la conversión y el camino de vuelta hacia el Padre. ‘Si el malvado se convierte de los pecados cometidos… de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida… ciertamente vivirá y no morirá…’
Grande puede ser nuestro pecado, pero el amor de Dios por nosotros es mayor aún, es un amor infinito, es el amor de quien da la vida por nosotros. Si así es el amor de Dios no nos queda sino caminar por el camino recto, y no volvernos a apartar de la senda de sus mandatos; convertirnos al Señor que no recordará ya los delitos cometidos. ‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’ Pero el Señor porque ama, perdona y cuando nos perdona olvida para siempre nuestros pecados.
Estamos escuchando día a día en este camino de cuaresma la invitación repetida que nos hace el Señor a la conversión. Para que le demos la vuelta a nuestra vida. Para que la llenemos de amor. Pero un amor que tiene que hacer entrega y delicadeza cada día con aquellos que están a nuestro lado.
Nos es fácil decir que amamos a todo el mundo, mientras pensamos quizá en los que está lejos y no nos hacen difícil la convivencia de cada día. Nos costará más, pero en eso tenemos que empeñarnos para vivir un amor concreto, en ser delicados en nuestros gestos y palabras con los que están a nuestro lado. Son aquellos a los que quizá hacemos sufrir con nuestras impertinencias y caprichos y a los que nos cuesta quizá más aceptar porque conocemos sus limitaciones. De ello nos ha hablado Jesús en el evangelio hoy. Ya no es sólo no matar, sino no estar peleado o no pronunciar palabras hirientes hacia esos que están a nuestro lado.
Por eso nos decía Jesús ‘si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el reino de los cielos’. Como decíamos al principio no nos podemos quedar en apariencias y simulaciones, sino que tenemos que darle autenticidad y rectitud a nuestra vida, llenarla de delicadeza y amor, tener generosidad en el corazón para el compartir, pero también para la compasión y el perdón. Como generoso es Dios con nosotros que está siempre dispuesto a perdonarnos.
‘Del Señor viene la misericordia y la redención copiosa: y el redimirá a Israel de todos sus delitos’, hemos rezado en el salmo.

jueves, 5 de marzo de 2009

Cuanto te invoqué, me escuchaste, Señor

Esther, 14, 11.3-5.12-14

Sal. Sal. 137

Mt. 7, 7-12

Jesús nos inspira confianza, nos da seguridad y nos hace sentir la fortaleza de la gracia del Señor cuando nos enseña a orar. Es lo que contemplamos hoy en las palabras de Jesús en el Evangelio pero es lo que nos manifiesta El mismo con su vida y su presencia en medio de nosotros. ¿Qué padre le da a un hijo una piedra cuando le pide pan? ‘Pues si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?’ Nuestro Padre del cielo nos dará cosas buenas cuando acudimos a El.

Hoy nos ha dicho: ‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Son claras las palabras de Jesús. Esa es nuestra confianza y nuestra seguridad.

Pero quizá podemos preguntarnos, ¿cómo es ese actuar de Dios, esa respuesta a nuestra súplica y oración?

Creo que la oración de la reina Esther nos enseña muchas cosas en este sentido. Con el Señor de nuestra parte siempre nos sentimos seguros. ‘Señor mío, único rey nuestro, - comienza la oración Esther – protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor que tú’. Pero es que no nos sentimos nunca solos. Tendría que faltarnos la fe. En esos pasos del camino de nuestra vida siempre podremos ver la presencia del Señor a nuestro lado.

Humildemente reconoce Esther que somos pecadores, y que nada merecemos, sino el castigo por nuestros pecados. Pero cuánto podemos decir nosotros los cristianos que sabemos cómo Cristo ha derramado su sangre por nosotros; murió por nosotros, aun siendo nosotros pecadores. Por eso, una actitud de humildad, pero de confianza certera en la misericordia del Señor. Como hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía y nos ponemos en la presencia del Señor.

‘Muéstrate propicio en la tribulación, dame valor, Señor’, continúa suplicando. Muéstrate propicio, vuelve tu rostro sobre nosotros. Y esa mirada de Dios hacia nosotros será siempre una mirada de misericordia. Será una mirada de presencia de Dios a nuestro lado. No nos faltarán las tribulaciones, los problemas, las dificultades, las tentaciones. Pero Dios estará siempre de nuestra lado.

‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león’, le suplica. Nosotros somos los que tenemos que actuar, porque la oración no nos va a resolver las cosas de forma automática, como si fuera una varita mágica. Pero Dios pone palabras en nuestra boca, fortaleza en el corazón, inspiración de lo bueno en nuestro actuar, para luchar contra el maligno que nos tienta, para superar la dificultad, para hacer siempre el bien.

Es lo que tenemos que pedir. Que no nos falte esa gracia que nos fortalece y esa inspiración del Señor. Porque las cosas no se resuelven milagrosamente sino que Dios actúa en nosotros y a través de nosotros. El Señor nos acompaña y está a nuestro lado, cambia las actitudes del corazón y nos ayudará para que encontremos siempre el camino mejor.

Podemos pensar en muchas situaciones de nuestra vida. Quizá un problema que tenemos con alguien y quizá lo primero que se nos ocurre es pedir al Señor para que aquella persona cambie y se solucionen los problemas. Pero quizá lo que el Señor nos hará es mover nuestro corazón para que cambiemos de actitud hacia aquella persona y entonces veremos como si vamos a encontrar esa solución y esa paz que necesitamos.

O miramos el mundo que nos rodea y contemplamos todos los problemas del mundo de hoy: pobreza, hambre, guerras, injusticias, maldad, falta de paz, corrupción de todo tipo como nos están hablando continuamente las noticias. Y pedimos al Señor para que el mundo sea mejor, para que no haya hambre, para que tengamos paz, para que se acabe tanta maldad…¿Cómo se van a resolver todas esas cosas? ¿La varita mágica que antes decíamos?

Seguro que el Señor nos va a inspirar allá en lo hondo del corazón el que cada uno pongamos nuestro granito de arena para la solución de esos problemas. En ese cambio del corazón que el Señor nos inspira está esa acción de Dios que va a actuar a través nuestro haciendo que cada día el mundo sea mejor. Es la respuesta del Señor a nuestra oración.

Como decíamos en el salmo ‘cuando te invoqué, me escuchaste, Señor, acreciste el valor en mi alma’.

miércoles, 4 de marzo de 2009

No se les dará más signo que el de Jonás

Jonás, 3, 1-10

Sal. 50

Lc. 11, 29-32

Los hechos, los acontecimientos, las cosas que se nos dicen o se nos narran en la Escritura Santa, la Biblia, sea del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento, son para nosotros siempre ejemplo y estímulo para nuestra vida, para nuestra fe. Los llamamos historia de salvación porque es la historia del actuar salvífico de Dios para con su pueblo, que es historia de ese actuar de amor de Dios en nuestra vida.

Jesús mismo vemos que utiliza hoy, en el texto proclamado en el evangelio, los hechos del Antiguo Testamento como un estímulo y un aliciente para el pueblo que le rodeaba. Los judíos son insaciables; están contemplando la obra, el actuar, la vida de Jesús, con sus enseñanzas y milagros, y aún siguen pidiendo más signos, más señales que les lleven a creer en Jesús.

Jesús les dice que ‘no se les dará más signo que el de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación…’

Y hace referencia Jesús a Jonás y a los habitantes de Nínive con su conversión, como también a la Reina del Sur que vino a conocer a Salomón famoso por su sabiduría. ‘Y aquí hay uno que es mayor que Salomón’, les dice. Por eso concluye Jesús. ‘Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’.

Está haciendo referencia a lo que hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Jonás que había sido enviado a Nínive a predicar la conversión, y que como sabemos se resistió y quiso embarcarse en dirección contraria, al final tras una serie de señales que vio él en lo que le sucedió, fue a Nínive, a la gran ciudad, a predicar el mensaje que le había dado el Señor. Y ya hemos escuchado cómo fue la respuesta de aquel pueblo. Hicieron penitencia y se convirtieron al Señor.

Todos estos hechos sucedieron y se nos narran en imagen de lo que somos nosotros o de lo que nosotros hemos de hacer. Por eso lo que en el fondo estamos preguntándonos ya es cómo respondemos nosotros a la invitación y llamada a la conversión que el Señor nos hace.

Cuando llegue la hora del juicio, ¿habrá también quien se levante contra nosotros y nos condene porque nosotros teniendo la gracia de Dios a nuestra mano sin embargo no respondemos o acaso la rechazamos?

Estamos haciendo este camino de Cuaresma y la Palabra del Señor está resonando en nuestros oídos y en nuestro corazón cada día. Pidámosle al Señor que conceda la fuerza y la luz de su Espíritu para que nuestro corazón se sienta compungido ante la Palabra que cada día se nos proclama y escuchamos. ‘Ahora es el tiempo de gracia, el tiempo favorable, el tiempo de la salvación’, hemos escuchado desde el primer día de la Cuaresma. Que no caiga en saco roto esa gracia salvadora del Señor.

‘Mira complacido a tu pueblo, Señor, que desea entregarse a una vida santa’, pedíamos en la oración litúrgica. Que logremos sentirnos ‘transformados interiormente mediante el fruto de las buenas obras’. Ha sido nuestra oración, ha de ser nuestro compromiso, es la tarea que tenemos que emprender y llevar a término para vivir con toda intensidad la Pascua del Señor.

martes, 3 de marzo de 2009

Oración: diálogo de amor

Is. 55, 10-11

Sal. 33

Mt. 6, 7-15

Dos aspectos de la oración se nos señalan hoy en la Palabra de Dios proclamada, que como nos enseñan los santos es un diálogo de amor.

En un diálogo no es sólo uno el que habla. Es intercambio. Un diálogo tiene que tener siempre mucho de escucha. ¿No hemos visto algunas veces a personas que están hablando pero que no se escuchan, hablan los dos al mismo tiempo y pareciera que en la conversación cada uno se va por su lado con sus cosas, sus pensamientos o lo que quiere decir? Es un diálogo de sordos, decimos.

Sordos somos algunas veces en nuestra oración porque llegamos a rezar y empezamos a recitar oraciones y oraciones porque decimos que tenemos que pedirle tantas cosas al Señor, que nunca nos detenemos a escucharle y a saborear su presencia.

Llegamos, por ejemplo, a la Iglesia – al templo – y sin más empezamos a rezar oraciones sin habernos detenido antes para hacer un acto de fe en la presencia de Dios, saborear su amor que quiere llenar nuestro corazón y comenzar por adorarle y alabarle y darle gracias. Lo normal es que lo primero que hacen dos que se encuentran es un saludo. Ese saludo sería nuestro acto de fe y de alabanza, por ejemplo, al sentirnos en la presencia del Señor.

Pero es que además hemos de saber hacer silencio en nuestro corazón; venimos con los sentidos llenos de ruidos, de imágenes, de agobios, y nos es necesario detenernos para hacer silencio, para pensar en lo que vamos a hacer y hacerlo bien, hacer desierto, sentir paz y escuchar su voz que quiere hablarnos en lo hondo del corazón. Con todos esos ruidos que traemos no sólo en los oídos sino en el corazón no lo podremos escuchar. Por eso hemos de prepararnos para poder empezar a hacer nuestra oración. Y no lo hacemos la mayoría de las veces.

Diálogo de amor donde no sólo le digamos cosas a Dios con la lista de cosas que siempre traemos preparada, sino donde sobre todo sepamos escucharle en lo hondo de nuestro corazón.

Es el silencio de la tierra que se abre a la lluvia empapadora que la hará fecunda y que hará posible que germine la semilla sembrada en ella, broten las nuevas plantas que den fruto al ciento por uno. Es lo que hemos escuchado al profeta. ‘Como bajan la lluvia y la nieve… para empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…’ Es la Palabra del Señor que tenemos que escuchar en nuestro corazón; Palabra que ilumina y que da vida; Palabra que hará fecunda nuestra vida porque nos llevará a dar frutos de vida y santidad.

Y en el evangelio vemos a Jesús que nos enseña a orar, como nos dice, ‘no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’

Jesús nos da la pauta, la línea por donde ha de ir la verdadera oración. No para repetir palabras rutinariamente - ¡con qué facilidad caemos en la rutina y repetimos y repetimos sin decir nada al fin en el fondo del corazón! -, sino para enseñarnos cómo tenemos que ir a lo fundamental. Y lo fundamental es la búsqueda de Dios y de su Reino, que, como nos dice en otro lugar del evangelio, ‘lo demás se nos dará por añadidura’. Buscamos a Dios, sentimos a Dios, nos gozamos en su amor, deseamos en verdad que todo sea siempre para su alabanza.

Santificar el nombre del Señor. Y para santificar el nombre del Señor tenemos que ser santos. Por eso buscamos vivir su reina, se haga realidad en nosotros haciendo su voluntad, alejándonos del mal. No es la petición de cosas materiales lo que ocupa un lugar principal en esa oración que Jesús nos enseñó. Es la búsqueda de Dios y su reino lo fundamental.

Oramos porque le hablamos a Dios, pero oramos porque escuchamos a Dios. Diálogo de amor, decíamos al principio. Es su Palabra que escuchamos y es la oración que elevamos desde nuestro corazón.

lunes, 2 de marzo de 2009

Hazte amor para los demás y Jesús te reconocerá

Lev. 19, 1-2.11-16

Sal. 94

Mt. 25, 31-45

¿Qué pensaría ustedes de un estudiante que por el medio que fuera pudiera conocer de antemano la pregunta clave que el profesor va a poner en el examen pero que no se preparara ni estudiara y llegado el examen no supiera responderla y suspendiera? Creo que no hacen falta comentarios

pero algo así nos pasa a nosotros los cristianos. San Juan de la Cruz he recogido en una hermosa frase, que seguramente todos conoceremos, y que compendia y resumen lo que el Señor quiere decirnos hoy en el Evangelio. ‘En el atardecer de la vida seremos examinados de amor’.

Esa es la pregunta esencial que Jesús nos hará cuando nos presentemos ante El para el juicio final. No nos preguntará por las grandes obras que hayamos hecho y que puedan hacer memorable nuestro nombre sobre toda la tierra, sino que nos preguntará por nuestro amor. Es lo que nos enseña Jesús hoy en el Evangelio. Jesús nos reconocerá si nosotros lo hemos reconocido a El en el amor que le tengamos a los demás. ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me hospedasteis…’

Hay un canto que hemos utilizado muchas veces en nuestras celebraciones que nos viene a decir lo mismo. ‘Con vosotros está y no le conocéis, con vosotros está… su nombre es el Señor… y pasa hambre… y tiene sed…’ pero como dice el canto quizá teníamos prisa por llegar temprano al templo y no fuimos capaces de reconocerlo. Como el sacerdote y el levita de la parábola del Samaritano. ‘Dieron un rodeo y pasaron de largo…’

Y El está a la vera del camino y nos tiende la mano, y espera una mirada o una sonrisa, que nos detengamos a saludarle o a escucharle, que levantemos su esperanza y creemos ilusión en su corazón… Cuántas cosas sencillas podemos hacer cada día con el hermano con el que nos encontramos.

Leí hace unos días en una revista que una persona había comenzado una campaña, que quizá alguien podría llamar quijotesca, para que la gente se salude por la calle aunque solo fuera con un hola o unos buenos días. Dicha persona contaba que caminaba por las calles de la gran ciudad e iba saludando a todo el mundo, pero la mayoría de la gente iban tan abstraída en sus cosas o sus preocupaciones que ni se enteraban del saludo, mientras otras miraban con cara de extrañeza al que les saludaba porque no lo conocían de nada, mientras algunos, unos pocos, respondían con una sonrisa.

Vamos abstraídos por la vida, demasiado absortos en nuestras cosas que no vemos al prójimo que pasa a nuestro lado y que no nos pediría quizá sino una mirada o una sonrisa.

El libro del levítico hoy nos ha dicho: ‘Seréis santos porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Santos porque Dios es Santo. Santo imitando a Dios y queriendo copiar en nosotros su santidad. Pero quiero unir a este texto lo que san Juan nos dice en su primera carta cuando nos define a Dios: ‘Dios es Amor’. Concluyo, seremos santos si nos parecemos a Dios que es Amor. Seremos santos cuando como Dios nos hagamos amor.

Hazte amor para los demás y Jesús te reconocerá.

domingo, 1 de marzo de 2009

Dejémonos sorprender por la Buena Noticia de Salvación


Domingo I de Cuaresma

Gén. 9, 8-15; Sal. 24; 1Ped. 3, 18-22; Mc. 1, 12-15

Que ‘celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar a la Pascua que no acaba’. Así vamos a expresar enel prefacio de este primer domingo de Cuaresma el sentido del camino que hemos inaugurado. Y éste es nuestro deseo, como hemos pedido en la oración litúrgica: ‘avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud’.

Para esto hemos iniciado el camino cuaresmal que nos conduce a la Pascua. Queremos llegar a celebrar con toda intensidad el Misterio Pascual, como decíamos para poder pasar un día ‘a la Pascua que no se acaba’, y ahora queremos aprovechar este tiempo de gracia y el salvación que Dios nos ofrece en su Iglesia en esta Cuaresma. Es el hoy de la salvación de Dios en nuestra vida. Un hoy irrepetible que no podemos desaprovechar.

Un camino a la imagen de aquel desierto que el pueblo de Israel atravesó desde su primera pascua hasta la llegada a la tierra prometida; un camino de desierto como contemplamos a Jesús en el evangelio en el comienzo de su vida pública.

Desierto, como imagen de la tentación a la que nos vemos sometidos, pero también de la purificación que nos lleva al hombre nuevo en Cristo. Desierto que tiene que ser señal para nosotros de esa proximidad de Dios a nuestra vida, cuando en el silencio de nuestro corazón le escuchemos para descubrir su voluntad. Desierto como interiorización dentro de nosotros mismos para intentar conformar cada vez más y mejor nuestra vida con lo que es la voluntad del Señor. Un desierto al que somos conducidos por el Espíritu, como lo fue Jesús, si nosotros en verdad nos dejamos hacer y guiar por la gracia de Dios que nos transforma.

Hoy el evangelio nos habla de las tentaciones a las que Jesús se sometió en el monte de la cuarentena, aunque el evangelista Marcos, que escuchamos en este ciclo, no nos especifica detalladamente cuáles fueran esas tentaciones. Como proclamamos en el prefacio Jesús ‘al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado…’

Nos puede servir para nuestro examen y reflexión lo que nos dice el evangelista a continuación. ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio’. Nos habla de proclamación del Evangelio de Dios y de conversión. Y une la conversión a que creamos en el Evangelio, porque el Reino de Dios está cerca.

Evangelio, Buena Noticia de Salvación, conversión al Reino de Dios, fe. Son las actitudes profundas que hemos de poner en nuestro corazón que luego se van a reflejar en los actos de nuestra vida de cada día. Es importante, pues, abrir los oídos de nuestro corazón y nuestra vida para escuchar esta Buena Noticia.

Una posible tentación que podemos sufrir: no escuchar ya el Evangelio como una Buena Noticia de Dios que hoy, aquí y ahora llega a nuestra vida; que nos acostumbremos tanto al evangelio que ya no nos sorprendamos ante su anuncio y llegue a no decirnos nada. Eso ya me lo sé, lo he escuchado tantas veces, pensamos en tantas ocasiones. Una actitud negativa, podríamos decir, ante la Palabra de salvación que se nos proclama. Y así ya no hará mella en nosotros, porque no nos dirá nada, o mejor, porque nosotros no queramos escuchar nada, porque no nos queremos dejar sorprender por el Evangelio.

El Reino de Dios está cerca. Creer en esa Buena Noticia. Pero ¿creemos en ese Reino de Dios, deseamos ese Reino de Dios? ¿Qué es el Reino de Dios? ¿Qué es sentir que Dios reina en nuestra vida, en nuestro mundo, en nuestra sociedad? Queremos ser muchas veces los únicos dioses de nosotros mismos o nos llenamos de dioses, de ídolos en las cosas en las que ponemos nuestra confianza porque sin ellas nos parece que no podemos vivir. Sustituimos a Dios por nuestro yo o por nuestras cosas y apegos.

Por eso, conversión. Tenemos que dar la vuelta a nuestros esquemas, a nuestra manera de entender las cosas y quizá a eso no estamos dispuestos, sino que muchas veces queremos hacernos nuestros arreglos. ¿Es o no es Dios el único Señor de nuestra vida?

Nos encontramos tan bien como estamos que ya nos creemos que no tenemos que cambiar nada. Y nos hacemos oídos sordos. El reconocimiento de que hay cosas que tenemos que cambiar quizá nos humilla porque en nuestro orgullo nos creemos tan seguros de nosotros mismos y de lo que hacemos. ¿Qué es lo que voy a cambiar si yo soy una persona buena…? Si lo que hago yo no se diferencia de lo que hace todo el mundo… Se nos ciegan los ojos y los oídos de la fe.

Tentaciones que nos cierran a la aceptación del Reino de Dios, a la verdadera fe. Necesitamos ir al desierto y dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Escuchemos la invitación a la conversión y a la fe. Dejémonos sorprender por esa Buena Noticia de Salvación que se nos proclama al anunciarnos el Reino de Dios. Estaremos, entonces, caminando hacia la Pascua del Señor.

sábado, 28 de febrero de 2009

Ofreció en su honor un gran banquete en su casa

Ofreció en su honor un gran banquete en su casa

Is. 58, 9-14

Sal. 85

Lc. 5, 27-32

Cuando el pasado miércoles iniciábamos la Cuaresma escuchábamos al profeta que nos invitaba a la conversión. ‘Convertíos a mí de todo corazón… rasgad los corazones no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso…’

Hoy es Jesús quien nos sale al encuentro en nuestra vida, allí donde estamos. Se hace el encontradizo con nosotros y nos invita a ir con El. Quiere que estando con El descubramos y experimentemos todo lo que es ese amor compasivo y misericordioso para con nosotros que se manifiesta en El. Y que viviendo con El y experimentando su amor nos sintamos movidos a más amarle y mejor seguirle convirtiendo de verdad nuestro corazón a El.

Es lo que escuchamos en el relato del Evangelio, en este texto hoy proclamado, pero tenemos que decir que también en otros muchos. ‘Al salir, Jesús vio a un recaudador llamado Leví sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme… y Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa…’ Jesús llega allí donde esta el publicano, el mostrador de los impuestos, en lo que era su vida, y va a su casa y come con él. Y allí estará todo lo que es su vida como estarán sus amigos y compañeros, sean quienes sean. Ya sabemos las reacciones porque a los recaudadores de impuestos los consideraban unos pecadores. Pero Jesús llega hasta él, no le importa ni su trabajo ni la consideración social que pudiera tener. Como con Zaqueo, que todos recordamos. ‘Quiero hospedarme en tu casa…’

Será allí en el encuentro personal con Jesús, donde experimente el amor de Dios compasivo y misericordioso, cuando el pecador se arrepienta y se convierta. Jesús no le está pidiendo sino que vaya con El, que le reciba en su casa, y la transformación del corazón se realizará. Lo vimos en Zaqueo; lo vemos hoy con Leví. ‘Dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Es así cómo quiere llegar el Señor a nuestra vida. Es así como quiere mover nuestro corazón. Llega a nosotros, donde estamos, donde está nuestra vida, con lo que somos, con nuestras debilidades y flaquezas o con nuestros valores y cosas positivas, con aquellas personas también de las que nos rodeamos. El Señor quiere contar con nosotros. Porque ‘no necesitan médico los sanos, sino los enfermos’. Porque ‘no he venido a llamar a los justos sino a los enfermos’. Es así como tenemos que experimentar que el Señor llega a nuestra vida en este camino de cuaresma que estamos iniciando. Y le abrimos nuestro corazón, le abrimos la casa de nuestra vida para que Jesús se hospede en nosotros.

Y tenemos que recibirlo con alegría, con gozo en el alma. Porque el Señor no viene a nosotros para el temor, sino para la paz. ‘Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa y estaban a la mesa con ellos un gran número de recaudadores y otros…’ La alegría de Leví porque el Señor había contado con El, porque le había llamado y porque ahora podía seguirlo. Como la alegría con que Zaqueo lo recibió prontamente en su casa. La alegría de nuestro corazón por nuestro encuentro con El.

Diríamos que la fiesta la hace Jesús, la hace el Padre del cielo. No somos nosotros, aunque tenemos que vivir esa alegría. ‘Más alegría hay en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia’. Y Jesús hace fiesta porque nos ofrece un banquete, como el Padre que hace fiesta cuando vuelve el hijo pródigo. Jesús nos invita a comerle a El en el banquete de la Eucaristía.

Dejémonos interpelar por la presencia de Jesús. Levantémonos prontamente y pongámonos a caminar con El, por ese camino de santidad que El nos traza, que El nos ofrece.

viernes, 27 de febrero de 2009

El ayuno que yo quiero es...

Is. 58, 1-9

Sal. 50

Mt. 9, 14-15

En la oración litúrgica de este viernes de la semana de la ceniza hemos pedido al Señor ‘que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón’. No unos actos externos, sino algo que brote de lo hondo del corazón. Precisamente hacemos esta oración en el día penitencial de la semana que es el viernes, que en la cuaresma tiene la especial indicación de la abstinencia de carne.

En este sentido podemos decir que van las lecturas de la Palabra de Dios hoy proclamada. Por una parte en el evangelio ‘los discípulos de Juan se le acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’ Parecía que no se podía ser discípulo de un profeta, un hombre de Dios o un maestro espiritual sin realizar el ayuno. Pero ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos?’ El sentido está claro. La llegada del Mesías es como un banquete de bodas – recordemos las parábolas de Jesús – y estando con el Mesías todo ha de ser la fiesta del banquete, no cabe el luto.

El profeta que hemos escuchado es un fuerte toque de atención, un grito que tiene que sonar fuerte en los corazones. ‘Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta…’ Así de fuerte tiene que resonar la Palabra de Dios, como una trompeta que toca a arrebato. Es una llamada de atención, una denuncia y un señalarnos un sentido nuevo. Decimos que queremos estar cerca del Señor y comenzamos a ofrecerle cosas. Surgen las ofrendas, los sacrificios, los ayunos. Pero mientras no escuchamos al Señor. Nos es tan fácil ofrecer cosas. Más difícil ofrecer los corazones, el hacer ofrenda de nuestra voluntad.

¿Qué es lo que nos pide el Señor? Quizá más bien tendríamos que preguntarnos qué es lo que nos ofrece. Pero miremos también lo que es el discurrir de nuestra vida mientras decimos que ayunamos o queremos oír la voz del Señor. Primero nos ha denunciado lo que nosotros hacemos. ‘Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores. Mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad…’ Seguimos siendo interesados, no buscamos sino nuestro propio bien. Seguimos dejándonos arrastrar por nuestros orgullos y violencias, no terminamos de tener un dominio sobre nuestra propia vida. ‘¿Es ese el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?...¿a eso llamáis ayuno, día agradable al Señor?’

¿Cuál es el ayuno agradable al Señor? Lo que el Señor quiere es la misericordia y el amor en nuestro corazón. No nos contentemos con ofrecer cosas, sino ofrezcamos un corazón humilde, misericordioso y compasivo. Nos puede ser muy fácil ofrecer cosas, pero es mucho más costoso saber aceptar al otro, aunque no me caiga bien o me haya ofendido; controlarme para no dejarme llevar por la ira o por el orgullo, perdonar al que me ha tratado mal o me ha hecho daño.

‘El ayuno que yo quiero es éste. Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne’. ¡Cuántos cepos que romper, cuántas ataduras que desatar, cuantas barreras que eliminar, cuánto es lo que tengo que saber con partir con los demás! Cuando llenemos el corazón de amor y misericordia ‘entonces nacerá una luz como la aurora…’ alcanzaremos la verdadera salvación y daremos gloria a Dios con toda nuestra vida.

Es que un corazón humilde y lleno de amor es agradable al Señor. Como decíamos en el Salmo ‘un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’.

Haremos sí sacrificios y ayunos privándonos de muchas cosas, pero como un aprendizaje para saber poner nuestro corazón a tono para el Señor. Como decimos en los prefacios y ya hemos reflexionado ‘con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas… a dominar nuestro afán de suficiencia… refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu… nos enseñas a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad…nos das fuerza y recompensa…’ Aprendemos a decirnos no a nosotros mismos, para decir siempre Si a lo que es la voluntad del Señor que se convierte en nuestro alimento y nuestra vida.

jueves, 26 de febrero de 2009

Os pongo delante la vida y la muerte

jueves de ceniza

Deut. 30, 15-20

Sal. 1

Lc. 9, 22-25

Jesús nos habla en el evangelio de hoy de ganar la vida y de perder la vida; que quien quiere ganar, pierde y que quien es capaz de perderla, gana. Visto así a primera vista podría parecer un juego de palabras, pero es mucho más. Sus palabras son: ‘Porque el que quiere salvar la vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’.

Por eso tendríamos quizá que preguntarnos ¿qué es lo que quiere decirnos Jesús? ¿Qué es perder la vida para Jesús y qué es ganarla?

Nuestros parámetros o categorías son bien diferentes. Ganar será tener más, salir vencedor, y perder será ser derrotado o quedarnos sin nada. Vivimos en este mundo de locas carreras porque siempre queremos ser los primeros y los vencedores.

Por su parte el libro del eclesiástico nos ponía en dilema: ‘Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… os pongo delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición…’ Es cierto que todos queremos la vida; nadie quiere morir. Pero ¿cuál será ese vivir o ese morir?

¿Dónde está nuestra vivir? ¿el vivir sólo para sí o el ser capaz de vivir para los demás? Tenemos que contemplar la vida de Jesús, su actuar, sus palabras, sus obras, para darnos cuenta lo que en verdad era vivir para El. Nos enseñó a amar, pero El amó primero.

Si hoy escuchamos que Jesús nos dice ‘el que quiere seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo’, es que ante El nos había dicho cuál era el camino que El había escogido. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Después que nos había dicho cuál era el camino de su vida, nos pide a nosotros seguirle por el mismo camino.

El sube libremente a Jerusalén sabiendo lo que allí le espera. ‘Doy mi vida libremente, nadie me la quita’, había dicho. Y sabiendo que en Jerusalén le esperaba la cruz, sube allá, aunque los apóstoles no lo entiendan y, como hemos reflexionado tantas veces, Pedro incluso quiera disuadirlo de subir a Jerusalén, porque eso no le puede pasar. Escogió el camino de la vida y de la bendición, vivir no para sí, sino para los demás.

Si nos dijeran a nosotros, a ti o a mí, tienes que morir, pero con tu muerte vas a salvar muchas vidas, ¿cuál sería nuestra reacción? Así, en frío, ¿qué es lo que haríamos? Porque podemos ser héroes en un momento extraordinario que seríamos capaces de arriesgarnos a meternos en un edificio en llamas por salvar la vida de los que están dentro. Podemos morir en el intento, pero no es que lo busquemos. Distinto es que nos digan que vamos a morir irremediablemente para salvar unas vidas. Se necesitaría un heroísmo especial. Y hasta quizá intentáramos buscar otras soluciones o remedios o ver si se puede salvar esas vidas sin tener que perder yo la mía. Pero el caso de Jesús es distinto.

‘El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y se venga conmigo’, nos está diciendo Jesús. Es necesario el heroísmo del amor de cada día. Pero no podemos amar con un amor así si no estamos bien plantados en el Señor. ‘Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor… será como un árbol plantado al borde de la acequia; da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. Cuanto emprende tiene buen fin’.

Tenemos que enraizar nuestra vida en esa fuente de vida. Tenemos que meter hondamente nuestras raíces, nuestra vida, en el Señor. Sin esa fuente de agua viva de la gracia seríamos incapaces de amar con un amor como el que el Señor nos pide.

Que este camino cuaresmal que estamos iniciando sea ese ahondar las raíces de nuestra vida profundamente en el Señor para que nos falten nunca los frutos del amor.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Camino de un nuevo éxodo que nos lleva a la Pascua definitiva

Miércoles de Ceniza

Joel, 2, 12-18

Sal. 50

2Cor. 5, 20-6, 2

Mt. 4, 1-6.16-16

Todo se centra en la Pascua del Señor, en su muerte y su resurrección. Es el centro de la vida del cristiano, el centro de la vida de la Iglesia y en torno a lo cual gira toda la liturgia de la Iglesia. Por eso el camino que hoy iniciamos tiene esa meta, la Solemnidad de la Resurrección del Señor.

Como expresaremos en uno de los prefacios de este tiempo cuaresmal ‘por Cristo concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua’. Así iniciamos este camino de cuarenta días que nos recuerda el éxodo por el desierto del pueblo de Israel o también los cuarenta días de oración y ayuno en el desierto antes de comenzar la vida pública. ‘Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza…’

Es lo que expresamos en diferentes oraciones de la liturgia de estos días. Que podamos ‘llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual… merezcamos celebrar piadosamente los misterios de la pasión’ de Cristo. Por eso todo es una invitación a la renovación de nuestra vida, a la conversión. Es tiempo de gracia ‘para renovar en santidad a tus hijos…’ diremos en otro de los prefacios.

De ahí la importancia que tendrá en nuestro camino cuaresmal la Palabra de Dios que cada día escucharemos y asimilaremos en nuestro corazón. La liturgia es rica en la Palabra de Dios que cada día nos ofrece como un itinerario, con una gran catequesis que nos irá conduciendo a esa respuesta que hemos de dar al Señor con la santidad de nuestra vida.

Ello nos hará descubrir el gran regalo, el gran don que Dios nos hace con su gracia. Esa escucha de la Palabra, esa respuesta que iremos dando con nuestra vida, esa penitencia que realicemos en primer lugar nos enseña a reconocer y agradecer los dones que Dios nos da – ‘con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones’ – pero también será una buena escuela de aprendizaje para esa superación personal que día a día tenemos que realizar. ‘Dominar nuestro afán de suficiencia… refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa… y repartir nuestros bienes con los necesitados’. Cuántas cosas entran aquí en ese plan de renovación de nuestra vida cristiana que queremos emprender.

Hoy hemos escuchado con fuerza esa llamada del Señor a la conversión. ‘Convertíos a mí de todo corazón… rasgad los corazones no las vestiduras… convertíos al Señor Dios vuestro’, nos repetía el profeta. ‘Ahora es tiempo de gracia, ahora es tiempo de salvación’, nos gritaba el apóstol. De ahí esa respuesta que nosotros tenemos que dar con la autenticidad de nuestra vida como nos enseña por otra parte el evangelio. ‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’. ¡Qué hermosa imagen! No seamos ese saco roto que desaprovecha la gracia de Dios.

Pero fijémonos en el detalle. Nos dice ‘ahora es tiempo de gracia’. Ahora, hoy, en este momento, no mañana. Ahora tenemos que aprovechar esa gracia que Dios nos da, esa llamada que nos hace. No podemos pensar, mañana comenzaremos. Es ahora cuando el Señor nos llama y es ahora cuando tenemos que comenzar ya a darle nuestra respuesta. Un ahora y una respuesta que tiene que tener toda la carga y el compromiso personal.

Cuando el sacerdote ponga la ceniza de nuestra cabeza, como un reconocimiento de nuestra condición pecadora, nos dice: ‘Conviértete y cree en el evangelio’. Es el Señor el que te lo dice a ti de manera personal. No es un plural que se puede diluir pensando que es cosa que se dice a los demás. Es un tú personal que nos dirige el Señor al que tenemos que responderle con nuestro yo personal. Luego seremos la comunidad que se siente pecadora y que juntos hacemos ese camino penitencial y de conversión. Pero no podrá ser esa comunidad, si no está el yo de nuestra respuesta personal. Escuchemos, pues, esa llamada directa que el Seños nos hace a cada uno de nosotros. Conviértete, dale la vuelta al corazón. Conviértete y cree en la Buena Noticia de Jesús. Conviértete e inicia esa nueva vida que nos viene con la salvación que Jesús nos ofrece.

Así llegaremos a la celebración de la Pascua con corazón limpio y renovado, llenos de santidad y de gracia y podremos gustar profundamente toda la alegría de la resurrección del Señor.

martes, 24 de febrero de 2009

El oro se acrisola en el fuego

Eclesiástico, 2, 1-13

Sal. 36

Mc. 9, 20-36

‘Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mi y yo para Cristo’. Esta aclamación que hemos hecho al evangelio está tomada de la carta de san Pablo a los Gálatas. Y en verdad que nos gloriamos en la Cruz de Cristo porque en ella está nuestra salvación. Pero nos gusta mirar a la Cruz cuando la lleva Cristo, pero ¿y cuando nos toca llevarla a nosotros? ¿La aceptamos de igual manera o nos rebelamos contra ella?

Efectivamente cuando aparece el dolor y el sufrimiento en nuestra vida, ya sea por la enfermedad, porque nos veamos llenos de incapacidades y debilidades, o porque los problemas nos acosan, bien que nos rebelamos, tratamos de quitarnos la cruz de encima, o nos preguntamos por qué ese castigo, qué hemos hecho para merecerlo.

La palabra hoy proclamada puede ayudarnos. Ayer comenzamos a leer unos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, el Eclesiástico, que ya mañana no seguiremos escuchando porque iniciamos la cuaresma con su ritmo propio de lecturas. Ayer se nos hablaba de la Sabiduría de Dios manifestada sobre todo en la Creación. Pero en lo que hoy hemos escuchado nos da luz para lo que nos planteábamos al principio.

Nos habla del oro que se purifica en el crisol. Efectivamente el oro cuando lo sacamos de la mina donde haya sido encontrado está lleno de escorias que sólo al fuego se pueden eliminar. Ha de pasar por el crisol del fuego que lo purifique y lo abrillante. Pues así nos dice de nosotros. ‘Porque el oro se acrisola en el fuego, y el hombre que Dios ama en el horno de la pobreza…’

Ese dolor, ese sufrimiento, esos problemas a los que nos tenemos que enfrentar tendrían que servirnos para purificar nuestra vida, para madurar. ‘No te asustes en el momento de la prueba… acepta cuando te suceda, aguanta enfermedad y pobreza…’ nos decía el libro del eclesiástico.

Pero, ¿dónde encontrar la fuerza para ello? ‘Confía en Dios que El te ayudará, espera en El y te allanará el camino…’ En el Señor vamos a encontrar nuestra fuerza y nuestra sabiduría. El Señor premia a los que confían en El a pesar de las pruebas y dificultades. Por eso hay que saber perseverar. Perseverar en la humildad y en la paciencia. ‘Fijate en las generaciones pretéritas: ¿quién confió en el Señor y quedó defraudado? ¿quién esperó en El y quedó abandonado? ¿quién gritó a El y no fue escuchado? Porque el Señor es clemente y misericordioso…’

Y del evangelio escuchado tres palabras clave: humildad, servicio y acogida. Es lo que contemplamos en Jesús antes de que El nos lo pida a nosotros. Anuncia hoy su entrega hasta la cruz y hasta la muerte. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado… lo matarán, y después de muerto a los tres días resucitará’. Es el que llevó el amor hasta el final, hasta el sacrifico, hasta la muerte.

Servicio. Después de este anuncio de Jesús que los discípulos no acaban de entender como siempre que nos sucede cuando se nos habla de sufrimiento y de entrega, todavía andaban discutiendo sobre quién iba a ser el mayor y más importante. Por eso cuando llega a casa, les dirá ‘que quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos’. Pero nos lo dice quien se hizo esclavo y lo contemplamos por ejemplo con el oficio de los esclavos lavándoles los pies a los discípulos en la última cena.

Acogida. Como Jesús acoge a todos, hasta el más pequeño o el más pecador. Es algo repetido en el evangelio. Y nos dice hoy: ‘El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.

¿Seremos así nosotros acogedores para los demás? ¿terminaremos de entender el valor que le damos a nuestra vida cuando la llenamos de amor?

lunes, 23 de febrero de 2009

Todo es posible para el que tiene fe

Eclesiástico, 1, 1-10

Sal. 92

Mc. 9, 13-28

El hecho que nos narra hoy el evangelio viene a ser para nosotros como una parábola o un ejemplo de lo que nos sucede en nuestra vida. Es ciertamente un hecho real lo que pos cuenta el evangelista, no es una parábola en el sentido estricto de las otras parábolas que Jesús nos propone en el evangelio, pero dada la ejemplaridad que tiene para nuestra vida cristiana digo es ‘como’ una parábola.

Muchas veces en la vida nos vemos zarandeados por las tentaciones que nos acosan y nos atraen al mal y nos sentimos como sin fuerzas y débiles para no dejarnos vencer por la pasión o por los apegos que pueda haber en nuestro corazón y de los que quisiéramos arrancarnos; o podríamos hablar también de las dificultades que tenemos que afrontar cuando quizá tenemos un proyecto bueno en nuestra vida pero que no sabemos cómo llevarlo adelante y todo son problemas a los que no vemos en principio un camino de solución; o simplemente pensamos en ese camino de superación y de crecimiento en nuestra vida como personas y como cristianos, pero donde nos cuesta avanzar y nos sentimos algunas veces débiles y desorientados.

Jesús baja de la montaña con los tres discípulos que han sido testigos de un hecho extraordinario que fue la Transfiguración. Se encuentran con gran revuelo entre el grupo de los discípulos restantes y la gente que los rodea. ¿Qué ha sucedido? ‘Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no le deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. He pedido a tus discípulos que lo echen, y no han sido capaces’.

‘No han sido capaces…’ No somos capaces. Nos sucede igual tantas veces. Y Jesús se queja. ‘¡Gente sin fe!...’ ¿Inseguridad? ¿falta de creer en sí mismo? ¿dudas de que la victoria es posible? Hoy se nos dice continuamente que tenemos que creer en nosotros mismos. Que somos capaces de muchas cosas. Se nos habla de la autoestima y de valorarnos a nosotros. Todo eso está bien y es necesario. Pero también tenemos que caminar por un piso superior. No sólo vemos las cosas de tejas abajo. Hay un ámbito espiritual y sobrenatural que realmente nos sobrepasa. Tendremos que valorarnos, es cierto, pero también tenemos que saber a dónde tenemos que acudir, quién es de verdad nuestra fortaleza que nos dará esa autoestima pero que nos dará también la gracia sobrenatural que nos ayudará a vencer el mal.

Jesús entra en diálogo con aquel hombre. Hermosos detalles de la conversación de Jesús que se interesa por la situación concreta de aquel hombre y de su niño. Pero surge la súplica, hermosa súplica, de aquel hombre con dolor en su alma por lo que le pasa a su hijo. ‘Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’. Súplica hermosa, pero también con una duda en el alma. ‘Si algo puedes…’ De ahí la respuesta de Jesús. ‘¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe’.

Y viene ahora otra súplica si cabe más hermosa por la sinceridad y la humildad con que está expresada. ‘Entonces el padre del muchacho le gritó: Tengo fe, pero dudo, ayúdame’. Que bueno es que vayamos con humildad hasta Jesús. ‘Tengo fe, pero dudo…’ Dudamos, es cierto, tantas veces cuando pedimos. ¿Me lo concederá o no? ¿me escuchará el Señor o no? ¿será posible? ¿se realizará lo que pido? Somos débiles en nuestra fe y tenemos que reconocerlo. Somos débiles pero tenemos que pedir la fortaleza de la fe.

Dudo, Señor, se me llenan los ojos de tinieblas. Dudo, porque no he puesto toda mi confianza en ti. Dudo, Señor, porque quizá confíe más en mi mismo que en ti. Dudo, Señor, pero ayúdame a arrojarme en tus brazos, a confiar ciegamente en ti. Tú eres mi fuerza, mi fortaleza, mi roca de salvación. Dame la fuerza de tu Espíritu. Que me acompañe siempre tu gracia.

‘Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros? El les respondió: Este espíritu solo puede salir con oración…’ Los discípulos observaban. Quizá se sentían frustrados porque no habían conseguido hacer aquello que Jesús les había enseñado e incluso mandado realizar. ‘Curad enfermos, expulsad demonios…’ Por eso preguntan. Pero la respuesta está en esas dos palabras clave: Fe y oración. No somos nosotros ni por nosotros mismos. Lo haremos en el nombre del Señor. A El hemos de estar unidos entonces por nuestra fe y por nuestra oración. Ya nos había día: ‘Sin mí no podéis hacer nada’. ¿Tenemos respuesta a lo que nos planteábamos al principio?

domingo, 22 de febrero de 2009

Levántate... y vete a anunciar la Buena Noticia de la Salvación

Is. 43, 18-19.21-22.24-25;

Sal. 40;

2Cor. 1, 18-22;

Mc. 2, 1-12


‘Nunca hemos visto una cosa igual…’ decían las gentes de Cafarnaún. La Buena Noticia de lo que Jesús decía y hacía corría de boca en boca y ‘cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún y se supo que estaba en casa, acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta’.

Algo nuevo estaba sucediendo, como decía el profeta. ‘Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?...’ Y en verdad era algo nunca visto. Jesús no sólo sana, sino que salva; no sólo cura, sino que perdona. Distintas eran las reacciones. Pero allí estaba Jesús y era una Buena Noticia su presencia, su vida, su Palabra, la gracia que derramaba, el perdón que ofrecía, la salvación que llegaba.

Vayámonos fijando en los detalles del Evangelio que hemos escuchado. La gente se agolpaba a la puerta de la casa y ‘Jesús les proponía la Palabra’. ‘Llegaron cuatro llevando un paralítico…’ y pronto se encontraron con la dificultad para poder llevarlo ante Jesús. Un paralítico en sus angarillas. La gente que no quiere dar paso porque todos querían estar cerca para escuchar. Luego será la desconfianza de algunos que aunque están allí cerca de Jesús están con recelo mirando lo que sucede e interpretando lo que Jesús hace.

Ya podemos descubrir la solidaridad de quienes conducen a aquel pobre hombre discapacitado. Y el amor toma iniciativas valientes y arriesgadas. Es lo propio del amor que no se duerme. Es el arrojo de una fe grande nacida del amor solidario. ‘Como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico’.

Jesús se admira de la fe de aquellos hombres y cuando todos pensaban que lo que iba a hacer Jesús era curarlo para que pudiera marchar restablecido, lo único que dice es ‘hijo, tus pecados quedan perdonados’. Y allí está la reacción de los que miraban recelosos a Jesús. ‘Unos letrados que estaban allí sentados pensaron para sus adentros: ¿Por qué habla así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’

‘Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?’ Allí estaba la salvación y el perdón. Allí estaba quien era nuestro Salvador y que venía a derramar su Sangre para el perdón de los pecados. ¿Era difícil de entender? ¿Harían falta ojos de fe para ver? ¿Habría que pedir más señales a Jesús para descubrir todo lo que El venía a hacer por nosotros? Un día esas señales serán claras. Ahora quedaba solamente el obsequio de la fe. ‘Para que veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados… le dijo al paralítico; Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’.

Lo que hizo Jesús entonces lo sigue haciendo ahora con nosotros. No nos quedemos en lo antiguo, como nos decía el profeta. Tenemos que ver lo nuevo que está brotando ahora en nosotros, en la Iglesia, en el mundo. Y tenemos que comenzar por reconocer nuestras parálisis y discapacidades. Las que tenemos en el alma, en nuestro espíritu. ¡Cuántas cosas nos paralizan también! Habrá que pensarlo y analizarlo. Pero siempre habrá a nuestro lado hombres solidarios como aquellos que llevaron el paralítico hasta Jesús, que también quieran ayudarnos a que nosotros lleguemos también hasta Jesús.

También hay obstáculos y dificultades, es cierto. Como entonces, quizá algunas veces se creen barreras en torno a Jesús, a la Iglesia, a lo sagrado que quieran impedir que se pueda llegar hasta Jesús. Habrá también quienes no entiendan que nosotros acudamos a Dios, que tengamos fe, que pongamos nuestra confianza en el Señor, que vivamos unas actitudes y unos actos de índole religiosa. Bien conocemos campañas de ateismo que de una forma u otra quieran minimizar el hecho religioso en nuestra sociedad o quieran reducirlo simplemente al ámbito de lo privado.

Pero nosotros tenemos que seguir queriendo vivir nuestra fe, proclamarla con total valentía frente a los embates paganos de nuestro mundo. Tenemos que saber saltar todas las barreras que quieran interponerse porque queremos llegar hasta Jesús porque en El sabemos que está nuestra salvación y nuestra vida.

Jesús sigue ofreciéndonos su perdón y su salvación. A nosotros y a nuestro mundo, a todos los hombres. El perdón que Jesús nos ofrece libera al hombre en sus raíces más profundas. La curación que libera de ataduras al paralítico nos está hablando del sentido profundo de la salvación. Jesús nos libera del pecado que nos esclaviza y nos pone a caminar un camino nuevo de vida. Nos hace un hombre nuevo perdonado y liberado; un hombre nuevo que se deja conducir por la gracia y por el Espíritu; un hombre nuevo abierto a la solidaridad y al amor.

Ahora cuando nos sentimos así liberados por Jesús con su salvación, tendremos que ser nosotros los que traigamos a ese mundo paralizado por el pecado y por tanto mal hasta Jesús para que también Jesús lo libere y lo salve. El quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. ¿Qué barreras tendremos que saltar? ¿Qué techos que romper para que la gracia y el perdón de Jesús lleguen a todos? Aquí nosotros, como aquellos hombres del evangelio, tendremos que tener la iniciativa, el arrojo y valentía de la fe y del amor para buscar esos caminos, para buscar esa forma de que la Buena Noticia de Jesús pueda llegar todos y todos puedan alcanzar un día la salvación.

A nosotros Jesús también nos dice: ‘Levántate, coge tu camilla y vuelve a casa…’ vuelve a tu mundo, a los tuyos, a esa sociedad que te rodea y llévale la Buena Noticia de la salvación que tú has recibido. Recordemos que siempre que salimos de escuchar la Palabra y de celebrar la Eucaristía vamos enviados al mundo para hacer el anuncio del Evangelio de salvación de Jesús.