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viernes, 14 de junio de 2019

Somos un instrumento de barro llenos de debilidades pero que llevamos en nosotros el tesoro de la fe y de la gracia de Dios


Somos un instrumento de barro llenos de debilidades pero que llevamos en nosotros el tesoro de la fe y de la gracia de Dios

2 Corintios 4, 7-15; Sal 115; Mateo 5, 27-32
Según el valor de la joya que queramos guardar probablemente busquemos el joyero apropiado también rico en valor y belleza en consonancia con la riqueza del preciado tesoro. En ocasiones nos encontraremos el cofre aparentemente es de mayor riqueza y belleza que la misma joya que contiene, pero que sin embargo para nosotros puede tener un valor especial según nuestros propios sentimientos. No es difícil encontrarnos en exposiciones o en museos obras de arte en preciados cofres que un día contuvieron cosas de gran valor.
Me hago esta consideración como a contraluz de lo que hoy nos dice la Palabra de Dios que nos habla de un tesoro que sin embargo portamos en vasijas de barro. Una vasija de barro que fácilmente se puede quebrar y romper y en consecuencia poner en peligro ese tesoro que contienen. Pero es así para que no nos quedemos en la vasija sino que realmente vayamos a buscar ese tesoro que es lo que en verdad tiene que enriquecer nuestra vida. En lo que mencionábamos como introducción nos encontramos con valiosos cofres que un día contuvieron preciados tesoros, pero ese tesoro se perdió quedando solo el cofre que la contenía. ¿A qué tenemos que dar más valor?
Hablaba el apóstol como el tesoro de la predicación, el tesoro de la Palabra de Dios que hemos de proclamar, está contenido en vasijas de barro, para hablarnos de nuestra propia debilidad y que entonces la Palabra de Dios tiene su riqueza y belleza por si misma, porque es la Palabra de Dios, y no por el valor o sabiduría del predicador que la proclame.
Podemos hablar de nuestra fe como podemos hablar del Reino de Dios, podemos hablar de esos valores y principios fundamentales de la vida cristiana como de toda la gracia maravillosa del Señor que nos llega a través de la Iglesia y a través de aquellos que en la Iglesia tienen la especial misión del anuncio del Evangelio; podemos hablar de la grandeza del sacerdocio que ejerce el presbítero en nombre de Cristo de Sacerdote o podemos hablar de la maravilla del matrimonio formado por un hombre y una mujer con sus valores y cualidades o también con la pobreza de sus vidas. Pero ahí está el tesoro que tenemos que descubrir, como nos hace ver hoy también el evangelio.
No son nuestras elocuencias o sabidurías humanas los que le dan valor a la fe, a la Palabra de Dios, al Reino de Dios o al mismo evangelio. El hombre o la persona a quien se le ha confiado esa misión o que tiene ese ministerio en la Iglesia es solo el instrumento, vasija de barro lleno de debilidades, pero que sin embargo tiene la excelsa misión de ese anuncio del Reino de Dios. Lo importante es esa Palabra que en nombre de Dios nos trasmite con maravillosa elocuencia o tartamudeando en la pobreza de sus valores o cualidades personales.
Es no quita para que cuidemos que el instrumento sea bueno y procuremos su dignidad y también esté cultivado por así decirlo. Pero sabemos que la maravilla de la gracia es obra del Señor, es un don de Dios. Instrumento de barro somos porque, es cierto, estamos llenos de debilidades, pero es la gracia de Dios la que nos transforma y la que obra maravillas aunque nosotros seamos pobres y pequeños. En esa pobreza y pequeñez se manifiesta lo que es la maravilla de la gracia del Señor.
Hoy Jesús en el evangelio nos recuerda la maravilla que es el matrimonio tal como es querido por Dios, pero conscientes somos de nuestras debilidades, de la pobreza de los instrumentos de nuestra vida que muchas veces pueden poner en peligro esa estabilidad del amor matrimonial. Vasijas de barro somos pero capaces de contener el amor más hermoso vivido en la entrega y en la fidelidad, también en el sacrificio y aún a pesar de nuestras debilidades. No podemos dejar que se empañe esa maravilla del amor matrimonial a causa de los egoísmos y los orgullos que se meten tantas veces por dentro con afán de destruirlo. Y es que por encima de lo que somos valemos – que por supuesto hay que tenerlo en cuenta – está la gracia del Señor que todo lo engrandece haciéndolo incluso sobrenatural.



jueves, 13 de junio de 2019

Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes


Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26
El evangelio nos ofrece hoy de nuevo la oración sacerdotal de Jesús, que ya escuchamos y reflexionamos en los últimos días del tiempo pascual. La razón es que hoy la Iglesia nos ofrece celebrar a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
Como un colofón del tiempo pascual que habíamos venido celebrando y, aun cuando ya estamos inmersos de nuevo en el tiempo ordinario, se nos ofrece esta celebración para contemplar una vez el misterio de Cristo en su profundo sentido pascual. Es quien por nosotros se ha ofrecido en sacrificio con su entrega de amor en la cruz. Una muerte con pleno sentido cuando tantas veces nos preguntamos por el sentido de la muerte. Una pasión y muerte que es ofrenda de amor.
Cuando en nuestro amor queremos regalar algo a quien amamos no nos importa lo que nos cueste aquello que vamos a ofrecer. Dar de lo que nos sobra porque ya no lo necesitamos no tiene ningún mérito ni valor. Pero cuando damos algo que arrancamos de nosotros mismos aunque nos cueste dolor estamos manifestando qué grande es el amor que tenemos, que verdadero es ese amor porque amar siempre es donación y es entrega.
No ofreció cualquier cosa por nosotros Jesús. Había venido para hacer en todo semejante a nosotros y a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo, porque quiso hacerse el último y el servidor de todos y así se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y a la muerte más ignominiosa, la muerte de cruz. Y es que ya El nos lo había dicho que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por aquellos a los que ama. Y es lo que hizo Jesús. Es su ofrenda de amor, es su sacrificio ofrecido en el ara de la cruz.
Pero no es alguien ajeno quien hace la ofrenda y el sacrificio, sino que es El mismo quien se ofrece, se sacrifica y quien como sacerdote presenta la ofrenda al Padre. Es el mayor signo del sacrificio y del sacerdocio, porque se ofrece a su mismo, porque entrega su vida, porque así nos regala su amor llenándonos de nueva vida. Así de infinito es el valor de su ofrenda y sacrificio.
Pero El ha querido hacernos partícipes de su sacerdocio porque con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Desde nuestro bautismo con la unción del Espíritu hemos sido también nosotros consagrados para unirnos a El y ser una misma cosa con El. Allá en el Jordán tras el bautismo de Juan al que quiso someterse apareció el Espíritu del Señor sobre El en forma de paloma mientras se escuchaba la voz del cielo que lo proclamaba como el Hijo de Dios. Fue como su unción y su consagración aunque por si mismo ya era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre y por quien todo se ha hecho, como proclamamos en el credo de nuestra fe.
En el nuevo bautismo también se va a manifestar sobre nosotros el misterio trinitario de Dios, para que por la unción del Espíritu, la unción con el crisma, nosotros podamos ser unos también con Cristo y con Cristo hacernos también participes de su sacerdocio. Lo solemos llamar el sacerdocio común de los fieles para diferenciarlo del sacerdocio presbiteral, pero diríamos que es el más importante porque nos consagra y nos hace uno con Cristo para que también nosotros todos podamos hacer la misma ofrenda de Jesús.
La vida del cristiano ha de ser también esa ofrenda de amor de cuanto es, de cuanto hace, de cuanto tiene, de lo que es su vida toda. Todo en la vida del cristiano ha de ser siempre para la gloria de Dios, con toda nuestra vida siempre y en todo momento hemos de glorificar al Señor. Por eso con Cristo somos también sacerdotes. Es lo que hoy tenemos que considerar cuando celebramos esta fiesta de Cristo, sumo y eterno sacerdote.

miércoles, 12 de junio de 2019

Nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser la de amor desde los pequeños detalles realizados con fidelidad


Nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser la de amor desde los pequeños detalles realizados con fidelidad

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19
El amor entre las personas que se aman de verdad se manifiesta desde los más pequeños detalles y en las cosas que nos pueden parecer más ínfimas o insignificantes. No damos por presupuesto que nos amamos sino que lo manifestamos en la fidelidad de cada día hasta en las más pequeñas cosas. Decir que queremos a alguien no nos ha de hacer que nos saltemos esas pequeñas cosas sino que nos obliga por así decirlo desde el amor a realizarlas con más extraordinaria fidelidad.
A todo esto tenemos que decir que nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser una relación de amor. Todo parte, por supuesto, del amor que Dios nos tiene y al que tratamos de corresponder. Como nos dice el apóstol el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero.  Y así nosotros amamos y queremos cumplir su voluntad, porque sabemos que haciendo su voluntad manifestamos nuestro amor y buscando siempre lo que es su voluntad damos gloria al Señor.
Pero algunas veces da la impresión que somos raquíticos en nuestra respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Y comenzamos a hacer rebajas, y en esas rebajas queremos saltarnos aquellas cosas que a nosotros nos puedan parecer insignificantes. Total,  nos decimos, son pequeñas cosas sin importancia. Pero en la fidelidad de esas pequeñas cosas, como nos dice hoy Jesús en el evangelio, es donde manifestamos la fidelidad de nuestro amor.
 Escuchemos lo que nos dice hoy Jesús. Nos señala que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y la plenitud esta en el amor. Por eso nos habla de la fidelidad en el amor hasta en lo que nos parece pequeño. ‘El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos’.
Ahí manifestamos nuestra grandeza. En la humildad de lo pequeño y de lo sencillo. Eso que nos podemos saltar con tanta frecuencia. Algunas veces nos queremos considerar tan espirituales y de tanta altura, que ya no nos queremos quedar en los detalles de lo pequeño. Pero ya vemos como  nos dice Jesús donde está nuestra grandeza. En lo  humilde y en lo pequeño. Y todo eso se va a traducir en cercanía para con los demás bajándonos de nuestros pedestales. Y así nos hacemos humildes y nos ponemos en la fila de los que parece que nada valen o no son considerados. Y ahí vamos repartiendo nuestras sonrisas, nuestros detalles y delicadezas, nuestro amor.
Es lo que hizo Jesús. Y nosotros no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus huellas. Tenemos en la Iglesia, los cristianos y también los pastores, aprender a caminar por esos caminos, que fueron los caminos que recorrió el Maestro y el Señor.
Arranquemos todo lo que significa boato y vanidad. Tenemos muy lleno nuestro corazón de esas apetencias y ya no sabemos caminar por los caminos humildes de las cosas pequeñas y sencillas y así nos ponemos por encima de los que consideramos más pequeños que nosotros, cuando en realidad son más grandes. Hay mucha ceguera en nuestros corazones. Esas son las cosas que tenemos que cambiar para que mejore nuestro mundo. Pero nos llenamos la boca hablando de grandes proyectos y programas.
Aprendamos el camino de Jesús.

martes, 11 de junio de 2019

Bernabé, hombre bueno, lleno del Espíritu Santo que se dejó conducir por el Espíritu para encontrar caminos nuevos de anuncio del evangelio



Bernabé, hombre bueno, lleno del Espíritu Santo que se dejó conducir por el Espíritu para encontrar caminos nuevos de anuncio del evangelio

Hechos 11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13
Hoy celebramos la fiesta de san Bernabé, que es considerado como un Apóstol, aunque él no formara parte del grupo de los Doce que fueron los que estuvieron con Jesús y fueron testigos de la resurrección del Señor. El es fruto de aquellos primeros grupos que se convirtieron con la predicación de Pedro y los Apóstoles después de Pentecostés.
Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe’ lo define el libro de los Hechos de los Apóstoles. Natural de Chipre de él se decía que era un hombre justo y se desprendió de sus posesiones para poner a los pies de los apóstoles el dinero obtenido para compartirlo con la comunidad como tan ejemplarmente aparece en aquella primera comunidad de Jerusalén donde tenían una sola alma y un solo corazón y nadie poseía nada propio sino que todo lo ponían en común.
Veremos cómo la misión que le encomienda la comunidad de Jerusalén es bajar a Antioquia para constatar el progreso del camino de la fe, porque muchos eran los que se adherían a la comunidad creyendo en el nombre del Señor Jesús. ‘Y así mucha gente se adhirió al Señor’, que dice el autor sagrado. Será quien vaya a Tarso a buscar a Saulo, convirtiéndose en un valedor suyo ante las desconfianzas que tenían por haber sido un perseguidor de los cristianos.
Más tarde les veremos elegidos los dos, Bernabé y Saulo, por el Espíritu en medio de aquella comunidad de Antioquia para comenzar lo que seria el primer viaje apostólico de Pablo primero por Chipre y luego por toda aquella región del Asia Menor. Lo veremos en otras actuaciones con la Iglesia de Jerusalén participando en aquel primer concilio y más tarde ya emprendería viaje apostólico por su cuenta separándose de Pablo.
Es por ello por lo que es considerado Apóstol, aunque no formara parte del grupo de los Doce, como ya decíamos. Pero de él destacaríamos esa generosidad de su vida, desprendiéndose de todo para que nadie en la comunidad pasase necesidad, pero también la iniciativa y el coraje apostólico para emprender la maravillosa tarea de la evangelización.
Fue un hombre que se dejó conducir por el Espíritu en esa generosidad mencionada de desprenderse de todo pero también en la tarea de la evangelización. Elegido por la comunidad y guiado por el Espíritu baja a Antioquia, como elegido por el Espíritu en medio de la comunidad orante va con la misión del anuncio del evangelio por el mundo. Pablo en sus cartas hace mención a las dificultades y hasta persecuciones con que se encontraron y tuvieron que sufrir, y en esas andaba también Bernabé en aquel primer recorrido que hacen por Antioquia de Pisidia, Iconio, Listra y otros lugares de donde en ocasiones tuvieron que salir a la carrera y donde sufrieron acoso y persecución por anunciar el nombre de Jesús.
No era tarea fácil la evangelización como no lo sigue siendo hoy. No todos eran momentos idílicos y de paz y armonía, porque igual que Jesús fue rechazado el que lleva el encargo de anunciar el Evangelio también se ve rechazado en multitud de ocasiones. Cuando con toda radicalidad queremos anunciar y vivir el mensaje de Jesús nos vamos a encontrar que las tinieblas rechazan la luz, y fuerte es la hora de las tinieblas como lo dice Jesús mismo en el evangelio.
Creer en el evangelio exige conversión como Jesús mismo pedía desde el principio de su predicación. Y conversión significa aceptar algo nuevo dejando atrás nuestra vida condición. Y no es fácil porque muchos con los apegos de la vida de los que nos cuesta arrancarnos. Es necesario una fe profunda que nos siempre se encuentra con toda claridad y desde lo más hondo de nosotros mismos sentimos turbación, dudas, incertidumbres, apegos que nos confunden y nos llenan de desasosiego.
Todos lo sentimos en nuestro interior y aquel al que se le anuncia por primera vez la novedad del evangelio no estará siempre dispuesto a aceptar o puede ver un peligro para sus conveniencias y comodidades. Para muchos eso se convertirá en un rechazo que será enfrentamiento con aquel que hace el anuncio del Evangelio.
Hoy contemplamos a este Apóstol, Bernabé, que se convierte para nosotros en ejemplo y estímulo para nuestra tarea de evangelización. Que tengamos esa generosidad de corazón para dejarnos conducir por el Espíritu, para descubrir de verdad esa fuerza e ímpetu del Espíritu para saber encontrar esos caminos nuevos para responder también a los retos de nuestros tiempos, para ir a donde el Espíritu quiera conducirnos, para sentir la fortaleza del Espíritu en medio de las dificultades que podamos encontrar. No es que tengamos que hacer cosas extraordinarias, sino solamente abrirnos a la acción del Espíritu para que en esos momentos sencillos quizás de nuestra vida de cada día ser testigos de nuestra fe.

lunes, 10 de junio de 2019

Los hijos quieren tener la confianza de la presencia de la madre en los momentos difíciles, la Iglesia quiere invocar también a su Madre para con ella llenarnos de esperanza



Los hijos quieren tener la confianza de la presencia de la madre en los momentos difíciles, la Iglesia quiere invocar también a su Madre para con ella llenarnos de esperanza

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 87; Juan 19, 25-34
Litúrgicamente retomamos hoy el tiempo Ordinario; ayer terminamos el tiempo pascual con la celebración de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, pero hoy la liturgia nos invita a mirar a María, la madre de Jesús, la Madre de la Iglesia.
Cuando ayer de alguna manera celebrábamos que con la venida del Espíritu Santo comenzaba el tiempo de la Iglesia y no podemos menos que mirar a María, a quien Pablo VI invocó en el concilio Vaticano II como madre de la Iglesia. Desde que Jesús confiara a María al cuidado y atención de su discípulo amado en lo alto del Calvario, no es solo que aquel discípulo en quien estábamos todo representados ha de cuidar de la madre, sino que es la Madre, con ese cariño maternal y único es la que cuida de los hijos, es la que cuida de nosotros la Iglesia.
Ya la contemplamos en el tiempo que media entre la Ascensión de Jesús al cielo y la venida del Espíritu Santo unida al grupo de los discípulos – la Iglesia naciente – allí en el Cenáculo. Bella imagen de María en medio de sus hijos; ahí está como madre, en sus funciones de madre que cuida y que protege, que camina al lado de sus hijos y que siempre les estará recordando el camino recto diciéndonos como a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’.
Siempre ha estado presente María en la vida de la Iglesia como  no podía ser menos. Y a ella con devoción de hijos la Iglesia la invoca, la Iglesia la tiene siempre presente, implora de ella que nos alcance las gracias celestiales que tanto necesitamos. En los momentos duros y difíciles de la vida cómo los hijos ansiamos la presencia de la madre a nuestro lado; nos sentimos fuertes, nos llenamos de esperanza, sentimos el calor de su cariño que tanto bien nos hace y que tanto nos estimula, sus lágrimas que se unen a nuestras lágrimas en nuestras angustias y sufrimientos son como una sal nueva para nuestra vida que nos impulsa a mantenernos firmes y en la lucha para saber seguir adelante, porque una madre siempre nos enseña a mirar a lo alto, a no rendirnos, a superar momentos negros y a llenar de luz nuestra vida.
Cada tiempo ha tenido sus dificultades y sus momentos oscuros y nuestro tiempo también los tiene para nosotros y para la Iglesia. En el cambio y evolución de nuestro mundo podemos sentirnos turbados porque nos puede parecer que los valores espirituales no se tienen en cuenta o que otros son los valores que se quieren imponer en nuestra sociedad. Necesitamos serenidad y confianza y eso es algo que la presencia de una madre nos puede dar.
Por eso en estos momentos que pueden ser difíciles para la Iglesia y para los cristianos queremos sentir esa presencia estimulante de María que nos haga encontrar esa serenidad y esa seguridad en lo que es nuestra fe, en lo que son nuestros valores. Invocamos a la Madre, invocamos a María, Madre de la Iglesia como en este día queremos llamarla para seguir confiados y llenos de esperanza nuestro camino. Ella nos alcanza esa gracia del Señor que nos fortalece y que nos da esperanza, que llena de paz nuestro espíritu y nos da seguridad en nuestro camino.
Con ella a nuestro lado queremos caminar porque estamos seguros que sus caminos son los caminos del Señor.

domingo, 9 de junio de 2019

La vida cristiana no se reduce al cumplimiento de unos protocolos o reglamentos sino a dejar que el Espíritu santo irrumpa en nosotros para hacernos vivir una vida nueva


La vida cristiana no se reduce al cumplimiento de unos protocolos o reglamentos  sino a dejar que el Espíritu santo irrumpa en nosotros para hacernos vivir una vida nueva

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Podemos escuchar una canción o una pieza musical técnicamente bien interpretada, ajuntándose perfectamente a las medidas y ritmos musicales señalados en la partitura pero podemos encontrarnos que alguien que la escuche con una cierta sensibilidad pueda decirnos que está bien interpretada, pero que a esa canción o a esa pieza musical le falta algo, la falta calor, la falta alma, la falta espíritu, decimos, y que por ello no produce en nosotros ninguna reacción anímica que nos conforte y avive nuestros sentimientos. No nos podemos reducir a llevar un compás, un ritmo establecido, sino que el interpreta tiene que darle vida, poner todo su espíritu en ello para que esa melodía nos pueda llevar a emociones y vivencias profundas.
Así nos puede suceder en la vida. Hacemos las cosas bien, hacemos lo correcto y hasta desde una preocupación social quizá desarrollamos programas para atender a necesidades y problemas, cumplimos todos los protocolos establecidos, porque ya hoy todo se rige por unos protocolos, unas normas o reglamentos que diríamos en otro tiempo, que nos marcan lo que debemos hacer y como se ha de reaccionar ante esas situaciones, y sin embargo nos quedamos en eso, en cumplir.
¿Solamente así estaremos dando vida a lo que hacemos, o nos estaremos reduciendo a una realización mecánica de una serie de cosas que ya nos han preestablecido? Y encontraremos frialdad en el profesional que nos atiende, el que está detrás del mostrador o de la mesa de despacho se reduce a hacer las cosas, pero no le da calor humano al trato y al encuentro con las personas, y así podríamos pensar en muchas cosas.
¿No podría pasar algo así también en el ámbito de la fe y de nuestra religiosidad? Algunas veces pudiera sucedernos que andamos así. Y se hace fría y rutinaria nuestra fe, y nos quedamos en la realización mecánica de unos actos o servicios religiosos; fijémonos que hasta llegamos a llamarlos servicios porque se reducen a algo así como a unos cumplimientos de unos ritos, hablamos mucho de pastoral pero falta el calor de ese pastor que está al lado de su rebaño. Falta algo importante en ese ámbito de nuestra fe y de nuestra religiosidad, le falta espíritu.
Nuestras celebraciones y nuestras oraciones terminan volviéndose frías y rutinarias; analicemos por ejemplo las carreras en nuestros rezos, las prisas que nos damos mirando continuamente el reloj en nuestras celebraciones para no pasarnos de un tiempo determinado y no nos cansemos o cansemos a la gente. Nos falta entusiasmo para hablar de nuestra fe, para contagiar a los demás de aquello en lo que nosotros creemos, acabamos haciendo dejación de nuestros compromisos, nuestro testimonio es apocado y pobre y terminamos siendo ahogados por el ambiente que nos rodea.
¿Qué nos está faltando a los cristianos? ¿Qué le está faltando a la Iglesia quizá? ¿Nos habremos contentado en cumplimentar mecánicamente la partitura de nuestra vida cristiana y por eso al final nos vamos llenando de normas y más normas y parece que ya no hay nada en la vida de la Iglesia que no está marcado por un reglamento, un protocolo que hemos de cumplir fríamente? Será una melodía técnicamente interpretada hasta de forma magistral, pero a la que le falta el calor de la vida.
¿Nos habremos olvidado de quien en verdad es el alma de nuestra Iglesia y tiene que llenar de calor, valor y sentido a cuanto hacemos los cristianos? Hoy decimos con mucha facilidad que el Espíritu Santo ha sido el gran olvidado de la Iglesia y sin embargo hoy hablamos enseguida del Espíritu Santo y ya hasta somos capaces de decir maravillas, pero ¿no se quedará en lo que decimos pero que realmente no le dejamos ser ese verdadero motor de nuestra vida y de la vida toda de la Iglesia?
Quizá hoy incluso hemos vuelto a llenarnos de miedos cuando contemplamos el ambiente en que nos movemos, los desprestigios que de todas partes se quieren hacer de la Iglesia y de los cristianos, quizás volvemos a sentirnos acosados y hasta perseguidos y tenemos la tentación de volvernos a encerrar en nuestros cenáculos.
Necesitamos que de nuevo irrumpa el Espíritu santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, por una parte para que desterremos de una vez por todas esos miedos que son cosa bien lejana del sentido de nuestra fe; pero necesitamos que irrumpa el Espíritu Santo en nosotros y en la Iglesia para que en verdad nos sintamos de nuevo renovados, hechos nuevos, llenos de una nueva vida, con fortaleza y gallardía en nuestra fe, con valentía en nuestros compromisos y en nuestro testimonio, con verdadero espíritu en nuestro corazón y en todo lo que hacemos.
Hoy estamos celebrando Pentecostés y quizás alguien de los que leen estas semillas de cada día podría haber estado pensado que me había ido por los cerros de Úbeda en estas reflexiones. Es que quería resaltar cómo a pesar de que celebremos Pentecostés y contemplemos en la Escritura lo que significó en la Iglesia primitiva la presencia del Espíritu, seguimos nosotros sin llegar a sentir de verdad esa presencia del Espíritu en nosotros y en nuestra Iglesia. Sigue faltando esa alma, ese espíritu vivo en nosotros, en la Iglesia.
No nos podemos contentar con admirar lo que significó, como nos narra el libro de los Hechos, la irrupción del Espíritu en el Cenáculo aquel día o lo que veremos luego en textos sucesivos de la Escritura. Es que eso tenemos que vivirlo y sentirlo nosotros hoy y sentir toda esa renovación como una revolución que se produce en nosotros.
Tenemos que llenarnos de la presencia del Espíritu para que todo lo que hagamos sea impulsado por esa fuerza del Espíritu Santo, y de verdad todo esté lleno de vida y de verdadera profundidad. Ya resaltábamos muchas cosas negativas que se van produciendo en nosotros cuando nos falta esa vida, por la contra veamos cómo con la fuerza del Espíritu Santo todo tiene que ser distinto, todo tiene que estar de verdad lleno de vida.
Es así como se realizara esa renovación en nosotros, en nuestra vida y como se realizará esa renovación en nuestra Iglesia, renovación que tiene que ser mucho más que unos protocolos, reglamentos o leyes de los que tan fácilmente estamos tentados de darnos una y otra vez.

sábado, 8 de junio de 2019

‘Tú, sígueme’ le dice Jesús a Pedro y nos dice a nosotros para que no nos distraigamos y nos alejemos de la Buena Nueva del Evangelio


‘Tú, sígueme’ le dice Jesús a Pedro y nos dice a nosotros para que no nos distraigamos y nos alejemos de la Buena Nueva del Evangelio

Hechos 28,16-20.30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25
Algunas veces por prestar atención con nuestra buena voluntad a cosas que nos encontramos en el camino podemos distraernos de la meta que pretendemos alcanzar, de objetivos que consideramos fundamentales en la vida y podemos perder el ritmo de entusiasmo con que hemos de emprenderlas.
Ya sabemos que el que va por un camino con un vehículo en sus manos toda su atención tiene que estar centrado en la responsabilidad que significa conducir dicho vehículo y no nos podemos entretener mientras pretendemos conducir fijándonos en otros espectáculos que pudieran aparecer alrededor. Tenemos que darnos cuenta de cual es nuestra principal responsabilidad, hemos de tener claros los objetivos que pretendemos alcanzar y no podemos prestarle atención a lo que en ese momento con cosas secundarias. Y esto puede significar muchas cosas para el camino de nuestra vida, que ya entendemos que cuando decimos caminos no nos estamos refiriendo a carreteras por las que circulamos.
En aquel diálogo tan intenso que habían mantenido Jesús y Pedro aquella mañana a la orilla del lago este había hecho una gran promesa de fe y amor a Jesús que seguía confiando en él, como ya reflexionamos, en la tarea que le confiaba de pastorear al pueblo de Dios. Clara era la misión que Jesús le confiaba y era importante el camino que emprendía.
Sin embargo Pedro viendo cerca al discípulo amado de Jesús con quien es cierto se veía también profundamente unido muestra ahora interés por él queriendo saber quizá cual era la misión que también Jesús le confiaba a Juan. Pero la palabra de Jesús es de una exigencia radical. ‘Tú, sígueme’. Y añade Jesús que nada ha de importarle si acaso Jesús quisiese que Juan se quedara hasta su segunda venida. Ya nos dice como entre paréntesis el evangelista los comentarios y expectativas que estas palabras de Jesús hicieron surgir entre los primeros cristianos. Pero ahora la importante para Pedro era seguir a Jesús.
Es lo importante también para nosotros. Sin distraernos. Sin olvidar lo que significa seguir a Jesús. Sin olvidar nuestra misión. Sin buscar sustitutivos. Sin caer en enfriamientos y rutinas. Sin dejarnos influir por ese mundo que lo relativiza todo. Sin dejarnos influir por nuestras desganas o deseos de cambios a otras cosas.
Y es que tenemos el peligro los cristianos de entrar en los roles del mundo que nos rodea, de comenzar a dejarnos influir por otros criterios, de comenzar a escuchar y darle crédito a tantos que nos dicen que no hace falta comprometerse tanto, que hay que tomarse las cosas con calma, de comenzar a aceptar los parámetros de nuestro mundo para caer bien, para quedar bien, para no tener que nadar siempre a contracorriente.
Comenzamos a veces a utilizar las reglas del mundo y olvidamos el evangelio. Comenzamos a ponernos duros, porque parece que eso es lo que exigen muchos a nuestro alrededor con los problemas a los que se enfrenta la Iglesia y olvidamos la misericordia tan esencial en el mensaje de Jesús que nos dice que seamos compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo. Y así tantas cosas en que cambiamos los criterios del evangelio para acomodarnos a las exigencias del mundo.
‘Tú, sígueme’, le dice Jesús a Pedro, y te lo dice a ti y me lo dice a mí, y lo dice a la Iglesia y lo dice a sus pastores. Cuidado que no escuchemos esa exigencia de Jesús.

viernes, 7 de junio de 2019

Presentes están nuestras dudas y negaciones cobardes, pero simplemente confiemos como Jesús sigue confiando en nosotros y dejémonos llevar por el amor


Presentes están nuestras dudas y negaciones cobardes, pero simplemente confiemos como Jesús sigue confiando en nosotros y dejémonos llevar por el amor

Hechos, 25, 13-21: Sal 102; Juan 21, 15-19
Cuando la hemos fallado a un amigo o hemos defraudado a alguien que había puesto su confianza en nosotros, luego nos sentimos mal y de alguna forma aunque quisiéramos arreglar el entuerto sin embargo algo así como que no nos gustaría encontrarnos con ese amigo o con esa persona porque tememos sus reproches por otra parte bien justificados.
Sin embargo si al encontrarnos con esa persona no salen a flote inmediatamente los reproches en cierto modo nos sentimos aliviados, pero aun así, por su silencio, sigue habiendo una cierta desconfianza dentro de nosotros mismos temiendo que de un momento a otro aparezcan esos reproches. Es nuestra vergüenza y arrepentimiento aunque quizás no sepamos expresarlo con palabras, pero trataremos con humildad de mostrarnos de alguna manera solícitos y atentos hacia aquel a quien defraudamos.
¿Qué pasaba en la mente y en el corazón de Pedro? A pesar de todas sus promesas de fidelidad y el amor grande que por Jesús sentía, le había defraudado; se había metido en la boca del lobo a pesar de los anuncios de Jesús ante sus valentías y desoyendo aquello que Jesús les había dicho de orar sin desanimarse para no caer en la tentación porque somos débiles y aunque queramos estar prontos sin embargo en nuestra debilidad fallamos con demasiada facilidad. Es lo que le había sucedido a Pedro.
Pero Jesús resucitado se las había mostrado y todos se habían llenado de alegría; Pedro también había tenido un encuentro particular con Jesús resucitado del que no conocemos detalles, pero seguían con sus miedos y sus dudas y marchando a Galilea se habían vuelto a sus faenas de siempre. No habían cogido nada aquella noche, y solo en la mañana a la voz de un desconocido que desde la orilla les señalaba donde estaba el cardume de peces, habían cogido una redada tan grande que reventaban las redes. No había sido él a pesar de su amor, había sido Juan el que había señalado que quien estaba a la orilla era el Maestro y el Señor, y se había lanzado al agua para ser el primero en llegar a los pies de Jesús.
En la orilla se habían encontrado todo preparado porque Jesús ya tenia unos panes y unos peces sobre las brasas y les había invitado a almorzar. Como comenta el evangelista nadie le preguntaba quien era porque todos sabían que era Jesús. Se repetía lo de la pesca milagrosa un día tiempo atrás, se encontraban unos panes y unos peces como cuando lo de la multiplicación de los panes allí en las cercanías, y ahora parece que se rememoraba de alguna manera la cena pascual de días atrás en Jerusalén.
Pero es ahora cuando Jesús le pregunta a Pedro una y otra vez por su amor. A la tercera vez que Jesús pregunta Pedro se pone triste porque a su mente acuden los recuerdos. Tres veces había negado conocer a su Señor. Quien un día había recibido la promesa de ser piedra para aquella nueva Iglesia, había fallado; a quien le habían dicho que se mantuviera firme para que cuando se recobrara alentara la fe de los hermanos, era quien había dudado cobardemente allá en lo patios de la casa del sumo sacerdote.
Ahora Jesús le pregunta por su amor. ¿Qué podía responderle si Jesús lo conocía todo? Y Jesús conocía también cuanto era el amor que había en su corazón. Impulsivo era el primero en responder a las preguntas de Jesús, pero esos impulsos lo traicionaron y había fallado, ahora quería prometer con toda su fuerza su amor. Y Jesús seguía confiando en El, ‘apacienta mis ovejas, apacienta mis ovejas’, le iba repitiendo Jesús.
¿Dónde están también las veces que nosotros hemos defraudado con nuestras dudas y con nuestras negaciones cobardes? ¿Dónde está nuestro amor que queremos prometer para vivir en toda fidelidad y para siempre? Jesús lo sabe todo, simplemente nosotros confiemos también y dejémonos llevar por el amor.

jueves, 6 de junio de 2019

La clave de la unidad y comunión entre nosotros la tenemos en la comunión de amor que existe entre Jesús y el Padre


La clave de la unidad y comunión entre nosotros la tenemos en la comunión de amor que existe entre Jesús y el Padre

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26
Por naturaleza podríamos decir que estamos impulsados a la convivencia, porque no hemos sido creados para nosotros mismos sino que necesariamente necesitamos estar en relación con los demás. Pensemos que desde que nacemos hay una dependencia de los demás en nosotros, porque empezando necesitamos de nuestra madre que nos cuide y que nos alimente hasta que vayamos valiéndonos por nosotros mismos, pero es que siempre hemos de estar en relación con los demás.
Es cierto que pesa en nosotros una sombra de individualismo que pudiera encerrarnos en nuestro egoísmo, autocomplacencia o autosuficiencia. Somos individuos, es cierto, con nuestra propia naturaleza, nuestra propia personal manera de ser y de vivir, pero eso  no nos debería llevar a un individualismo egoísta; desarrollamos nuestro ser y nuestras capacidades como individuo pero también en medio de la sociedad y del mundo en que vivimos con esa interrelación y mutua dependencia.
Eso nos hace que tengamos que caminar juntos en la vida, unidos a los que están a nuestro lado, pero no siempre significa que lleguemos a vivir en comunión con los demás. Vivir en comunión con el otro es mucho más que estar al lado del otro, que tengamos que estar juntos o que de alguna manera dependamos los unos de los otros. La comunión entre las personas es algo mucho más profundo, porque afecto a lo más hondo de nuestro propio ser en una comunicación que es algo más que unas palabras que nos podamos decir.
Hablar de comunión es algo más excelso y más espiritual que necesita de otra hondura para conseguirla. No siempre es fácil, porque es de alguna manera dejar entrar en nuestro corazón o que el otro nos deje penetrar en su corazón. Entra en juego no solo un raciocinio sino también los sentimientos y una comunicación podríamos decir espiritual en la que estará además como base que lo aglutina todo el amor.
En el evangelio que nos ha ido proponiendo la liturgia en estos días hemos escuchado la frecuencia que en la oración sacerdotal Jesús pide por la unión de quienes le siguen. ‘Que todos sean uno’, repite una y otra vez Jesús. Es la señal de que en verdad le seguimos y cumplimos su mandamiento de amarnos los unos a los otros. No quiere Jesús una unidad formal, sino que entre todos los que le seguimos haya una comunión real y profunda. Muchas veces hemos reflexionado del anti-testimonio que damos los cristianos cuando no estamos unidos; enseguida pensamos en la división de las Iglesias, como todos teniendo una misma fe en Jesús sin embargo andamos divididos y tantas veces enfrentados haciéndonos la guerra los unos a los otros.
¿Por qué no logramos esa unidad y esa comunión? Las palabras de Jesús las conocemos, conocemos cual es su voluntad y el mandato que nos ha dejado, pero seguimos sin amarnos de verdad, seguimos divididos y no es solo ya al nivel de las Iglesias, sino en nuestras propias comunidades donde tendría que brillar esa comunión de hermanos, y en el testimonio que tendríamos que dar en medio del mundo.
Quizá no nos hayamos fijado lo suficiente en las palabras de Jesús y cual es el modelo y estilo de comunión que tendría que haber entre nosotros. No solo es estar juntos, sino vivir en comunión. ¿Y cuál es el modelo y sentido de esa comunión? Nos dice Jesús: ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Ahí tenemos la clave, la unidad en el amor, la comunión viva y profunda entre Jesús y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mi, y yo en ti’.
Es la meta, es el ideal, es el modelo, es el sentido de nuestra comunión de amor. No son ya raciocinios ni sentimientos humanos, que también hemos de tenerlos, sino el misterio de comunión que hay en Dios. Y ya eso nos es difícil expresarlo con palabras humanas. Se trata entonces de meternos en el misterio de Dios, meternos en el corazón de Dios, como El también ha querido habitar en nosotros. Y por esas sendas ha de ir entonces el amor a los hermanos, la comunión de amor que hemos de vivir entre nosotros.
Solo lo podremos comprender y llegar a vivir si nos dejamos inundar por el Espíritu de Dios. Es lo que con intensidad pedimos en estos días.


miércoles, 5 de junio de 2019

No rompamos nuestra unidad y comunión en el amor para hacer el anuncio del nombre de Jesús y sembrar la semilla del Evangelio aunque sea adverso nuestro mundo



No rompamos nuestra unidad y comunión en el amor para hacer el anuncio del nombre de Jesús y sembrar la semilla del Evangelio aunque sea adverso nuestro mundo

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19
Si quieres destruir algo que con esfuerzo y con la colaboración de todos se está intentando construir siembra discordia y división y si esa semilla llegar a prender en el corazón de alguien pronto lo verás todo destruido como sería quizá tu deseo. Las envidias entre los que intentan caminar juntos serán algo que entorpecerá el paso de esos ilusionados caminantes; la discordia y la desconfianza destruye las más hermosas amistades; las semillas de desunión nacidas quizá del orgullo o del amor propio de alguno de los miembros pronto destruirá ese grupo que con tanto esfuerzo queremos crear para alcanzas unos objetivos determinados y muy ansiados.
Esas desavenencias, discordias, recelos, desconfianzas, envidias, orgullos heridos aparecen con demasiada frecuencia en nuestro caminar en la vida y son tremendamente destructivas impidiendo alcanzar las metas tan soñadas y deseadas. Y eso aparece con facilidad en cualquier grupo humano porque a pesar de nuestra buena voluntad nos corroe por dentro el egoísmo destructivo. Y eso podía y puede aparecer en nuestros grupos cristianos, en los grupos de los que queremos seguir a Jesús.
Hoy escuchamos en el evangelio al Sacerdote y al Pontífice en su oración sacerdotal pidiendo la unidad de todos los que le siguen. Es importante la comunión entre todos los que seguimos a Jesús con un mismo amor. Es importante esa unidad y a Jesús que sabe de nuestras inconstancia y de nuestras debilidades le preocupa que se nos pueda meter en nuestros corazones ese gusanillo que todo lo destruye. Y es que además esa unidad y comunión entre todos los que seguimos a Jesús además de ser nuestro distintivo como distintivo es nuestro amor, será precisamente lo que hará más creíble ese mensaje del Reino que queremos trasmitir.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura’. A lo largo de esta oración sacerdotal en varios momentos Jesús insistirá en esa necesaria unidad entre todos los que creen en su nombre.
Sabe Jesús que nos veremos asediados por todas partes porque en el mundo en que vivimos no siempre se entenderá el mensaje de Jesús. Será de los extraños, de los que nunca han oído hablar del nombre de Jesús o no creen en El, pero será también muchas veces dentro del mismo grupo donde surgirán esas discordias y se pueda romper esa necesaria unidad.
Aunque vivamos en un mundo adverso sin embargo Jesús no quiere arrancarnos de ese mundo sino que pide al Padre que nos mantenga en esa unidad y en esa firmeza de nuestra fe. ‘Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad’. 
Y es que precisamente en medio de ese mundo es donde tenemos que proclamar el mensaje. ¿Cómo podremos anunciarlo si estamos alejados de él? Es en ese mundo donde hemos de plantar la semilla, donde tenemos que sembrar el evangelio, donde tenemos que hacer el anuncio del nombre de Jesús como nuestro salvador, aun que no nos entiendan ni acepten, pero  no podemos dejar de anunciar. Lo podremos hacer con la fuerza del Espíritu Santo prometido. Estamos en vísperas de Pentecostés, con cuánta fuerza hemos de pedir que se derrame su Espíritu sobre nosotros. No rompamos nuestra unidad y comunión en el amor.

martes, 4 de junio de 2019

Con Jesús aprendemos a que toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor y nosotros seamos glorificados en El


Con Jesús aprendemos a que toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor y nosotros seamos glorificados en El

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
Siente uno admiración cuando se encuentra con una persona cuando se encuentra ya casi en el final de sus días – al menos son ya muchos los años que tiene y en los que ha desarrollado quizá una intensa vida – es capaz de hacer como una pausa y una recopilación, por llamarlo de alguna manera, de lo que ha sido el recorrido de su vida, pero resaltando quizá lo que han sido los valores que han marcado su vida, el sentido que le ha dado a lo que ha hecho y con espíritu de fe profundo hace como una ofrenda de lo que ha sido su vida para presentarla ante de Dios. De alguna manera sentimos la ‘magua’ como decimos en mi tierra de nosotros no poder hacer una cosa semejante con nuestra propia vida.
No es querer dejar la hoja de servicios, nuestra hoja de vida bien completada para facilitar quizás que alguien pueda cantar nuestras alabanzas por lo que hemos hecho – echaríamos a perder lo bueno que hayamos podido realizar si con esas intenciones lo hiciéramos-, sino más bien ver qué es lo que llevamos en nuestras manos para presentarnos ante Dios, pero para alabarle y glorificarle por esa presencia de Dios que hemos sentido en nuestras vida y al mismo agradecer la misericordia que ha tenido con nosotros para borrar esas sombras – tantas que hay – en nuestra hoja de vida porque así de grande es el amor que se ha ido derramando en nuestra vida.
Hoy nos encontramos en el evangelio esa ofrenda de Jesús en lo que solemos llamar su oración sacerdotal. Al final de la cena cuando ya el Pontífice está dispuesto a subir al altar de la redención escuchamos esa hermosa oración de Jesús. Es ahora la hora de la ofrenda y del sacrificio, es la hora del amor extremo, sin límites, como nadie ha amado como solo en Jesús podemos encontrar en toda su plenitud. Siente la gloria de Dios en su vida y quiere glorificar al Señor. Y su gloria está en la ofrenda que va a realizar.
Entendemos como esa glorificación de la que habla Jesús es su propia muerte, porque será cuando sea levantado hasta lo alto del madero cuando atraerá a todos junto a si; será el momento de la glorificación, porque todo en su vida es obediencia al Padre – no se haga mi voluntad sino la tuya exclamará en Getsemaní cuando siente la amargura del cáliz de la pasión que ha de beber – porque su alimento ha sido siempre hacer la voluntad del Padre.
Ahora reconoce que ha hecho cuanto el Padre le ha encargado y por eso va a rogar y con gran intensidad por los que el Padre les confió y aquí quedan para seguir haciendo la obra de Jesús. Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste…’ Tantas veces había dicho que aun no era su hora, pero ahora dice que ‘ha llegado su Hora’, como recordaba el evangelista al principio de la cena pascual  que había llegado ‘la hora de pasar de este mundo al Padre’.
En un breve comentario como son las líneas de esta semilla de cada día no podemos llegar a comentar con todo detalle todas las palabras de Jesús. Seguiremos en los próximos días en que la liturgia nos irá ofreciendo la totalidad de la oración sacerdotal de Jesús y tendremos oportunidad de destacar otros aspectos. Sea una semilla que dejamos sembrada en nuestro corazón.
Valga este breve comentario para que sintamos también en nuestro interior ese deseo de tomar en nuestras manos lo que es y ha sido nuestra vida hasta este momento para hacer esa ofrenda de glorificación a nuestro Padre del cielo. Bien recordamos aquella consigna de san Ignacio de que todo sea siempre para la gloria de Dios. Así seremos en verdad glorificados en El.

lunes, 3 de junio de 2019

Pidamos la fortaleza del Espíritu para que nos mantengamos firmes en nuestro camino y no desfallezcamos, no nos desinflemos ni nos enfriemos de ninguna manera


Pidamos la fortaleza del Espíritu para que nos mantengamos firmes en nuestro camino y no desfallezcamos, no nos desinflemos ni nos enfriemos de ninguna manera

Hechos 19,1-8; Sal 67; Juan 16,29-33
Ojalá en la vida siempre supiéramos mantener una línea estable en nuestros sentimientos, nuestras actitudes hacia los demás, en ese querer superarnos cada día en un deseo de crecimiento interior, pero también en un ir mejorando cada vez más nuestras mutuas relaciones y nuestro compromiso en medio de la sociedad y el mundo.
Pero bien nos conocemos y sabemos de nuestros altos y bajos, de nuestra inconstancia, de cómo en momentos nos sentimos enfervorizados por algo que hemos descubierto, una amistad nueva encontrada en la que parece que hay una buena sintonía, pero que vemos como pronto nos desinflamos ante la menor cosa que aparezca que nos pueda llenar de dudas, que nos produzca cansancio en esa lucha de superación, o por los contratiempos que nos da la vida.
Ahí están nuestros compromisos que se desinflan y lo que nos habíamos tomado con mucho interés y a lo que dedicábamos mucha energía, pronto fácilmente nos enfriamos o los dejamos de lado. Ahí están esas amistades que nos aparecen que en principio vivimos con gran entusiasmo, pero que pronto nos vamos alejando y hasta podemos llegar al desinterés y el olvido; hoy con las redes sociales que nos hacen entrar en comunicación fácil con gentes de todas partes es algo que suele suceder, al principio parece que hemos encontrado al amigo que va a ser único en la vida y enseguida prometemos poco menos que amistad eterna, y pasan los días, las semanas, los meses y los vamos dejando en el olvido. Hay que ser cautos cuando andamos en medio de estas redes, que fácilmente nos pueden enredar.
Son hechos y experiencias que vamos teniendo en la vida y podríamos señalar muchas más cosas. Me surgen estas consideraciones viendo lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Los discípulos, y en especial aquel pequeño grupo más cercano a Jesús, estaban realmente entusiasmados por Jesús. Le seguían por todas partes, escuchaban con interés sus palabras, se sentían amigos de Jesús, y Jesús así los llama, ‘sois mis amigos’, les dice. Pero van a llegar momentos difíciles.
Los textos que estamos comentando y que nos ofrece la liturgia de cada día, están haciendo referencia a la última cena de Jesús que fue el comienzo de su pasión y de su pascua. Y Jesús les habla claro. Quiere que no se llamen a engaño. Y Jesús que conoce bien la condición del hombre sabe lo que va a pasar. Y ahora se los anuncia con toda claridad aunque a ellos les cueste entender esas palabras de Jesús. Les dice Jesús: -¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’.
Las palabras de Jesús pueden sonar a un mazazo fuerte. Pero Jesús les dice que les está comunicando todo esto para que  no pierdan la paz, para que no pierdan la confianza en El. Han de pasar ellos también por su noche oscura, que será en cierto modo su pascua, su aprender a morir para poder renacer a una vida nueva. Es lo que va a significar todo lo acontecido aquellos días. Vendrá luego el día de la resurrección del Señor y va a renacer en ellos la alegría y la esperanza; vendrá Pentecostés y se sentirán renovados totalmente en el Espíritu para sentirse con valentía a salir a anunciar el nombre de Jesús.
Estamos en esta semana que media entre la Ascensión de Jesús al cielo y Pentecostés con el cumplimiento de la promesa del Padre. Los discípulos se han quedado reunidos en el cenáculo, ahora ya no encerrados con miedo que ese velo se cayó con la resurrección sino en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús.
Nosotros también queremos entrar en ese cenáculo en la espera de la venida del Espíritu Santo. Será quien fortalezca nuestras vidas y nos hará crecer de verdad; será el Espíritu de paz que llenará nuestros corazones para mantenernos unidos, para mantenernos en ese camino de esperanza, en ese camino de renovación interior para que se acaben nuestros miedos y nuestra inconstancia.
Pidamos para nosotros esa fortaleza del Espíritu para que nos mantengamos firmes en nuestro camino y no desfallezcamos, no nos desinflemos, no nos enfriemos de ninguna manera.

domingo, 2 de junio de 2019

No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni encerrados en nuestros temores, ni tampoco adormecidos en nuestras primeras experiencias pascuales sino que con Jesús hacemos Ascensión


No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni encerrados en nuestros temores, ni tampoco adormecidos en nuestras primeras experiencias pascuales sino que con Jesús hacemos Ascensión

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53
Cuarenta días después de la pascua celebramos en este domingo – hubiera correspondido el pasado jueves – la Ascensión del Señor al cielo. Como el texto sagrado nos hablaba de que durante cuarenta días Jesús se les aparecía resucitado a los discípulos hablándoles del Reino de Dios, la liturgia nos marca esos cuarenta días pascuales y nos señala esta fecha para llegar así a la culminación del tiempo pascual, la fiesta de la Ascensión del Señor.
Como más tarde explicará Pedro en el sermón de Pentecostés a Jesús, a quien habían crucificado Dios lo resucitó de entre los muertos constituyéndole Señor y Mesías. Es el centro de nuestra fe y viene a ser así la culminación de la obra de Jesús y su exaltación para contemplarlo sentado a la derecha del Padre desde donde ha de venir con gloria para juzgar a vivos y muertos como proclamamos en el Credo de nuestra fe.
Esa expresión ‘sentado a la derecha del Padre’ viene a expresarnos cómo contemplamos a Jesús con su mismo poder y gloria. El que se había rebajado y humillado hasta la muerte en la Cruz Dios lo exaltó dándole el nombre sobre todo nombre para recibir el mismo poder y gloria. Por eso a El todo poder y gloria y con El y por El todo honor y gloria a Dios Padre por los siglos de los siglos como proclamamos también en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la plegaria eucarística.
Contemplamos gozosos la Ascensión de Jesucristo al cielo y celebramos hoy una de las fiestas más entrañables del calendario litúrgico tan lleno de signos en sus perfumes, en sus flores olorosas y en el resplandor de una luz especial como la piedad popular ha sabido adornar esta fiesta de la Ascensión. Muchas cosas hermosas se han hoy en nuestras parroquias.
Nos quedamos absortos, es cierto, mirando al cielo viéndole irse, pero como nos enseñaban aquellos Ángeles del Señor no queremos quedarnos solo mirando al cielo sino que por el suelo de esta tierra tenemos que seguir caminando con la esperanza, primero, de la vuelta gloriosa de nuestro Señor Jesucristo como le hemos visto irse, pero también con la esperanza de que un día nosotros también seremos llevados a participar de esa gloria porque El ha ido para prepararnos sitio y llevarnos también con El.
Pero también nosotros tenemos que hacer ascensión. Aun nos quedan los miedos de los discípulos encerrados en el cenáculo de los que tenemos que irnos desprendiendo que para eso hemos de sentir la presencia de Cristo resucitado que viene a nuestro encuentro, que camina a nuestro lado, que nos hace arder el corazón cuando desde lo más hondo de nosotros mismos le escuchamos, y quitándonos todo temor nos llena de su paz. Tenemos que saber levantarnos y no seguir arrastrándonos porque mientras nos llega el momento de esa ascensión definitiva para nuestra vida una misión tenemos que realizar.
Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo’. Tenemos que ser testigos y no dejarnos agarrotar por esos miedos que aun anidan en nuestro corazón. ‘En su nombre hemos de predicar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos’, como nos encarga Jesús. Esa buena nueva del evangelio no podemos quedárnosla para nosotros solos sino que tenemos que anunciarla en todas partes del mundo.
Tenemos que levantarnos y ponernos en camino. No nos quedamos extasiados mirando al cielo, ni nos encerramos en nuestros miedos y temores, ni nos quedamos tampoco adormecidos gozándonos en lo que fueran nuestras primeras experiencias pascuales. Comenzaremos por la Jerusalén de los que están a nuestro lado, donde quizá muchas veces nos pueda resultar más difícil hacer ese anuncio sobre todo cuando tantos quizá están de vuelta y desconfiados del mensaje que la Iglesia les pueda trasmitir; pero tenemos que ir hasta los confines del mundo, ese mundo de los lejanos, pero ese mundo de las periferias que quizá geográficamente no está tan lejano, pero que anímicamente se ha creado barreras que muchas veces nos pueden parecer infranqueables.
La tarea no es fácil porque nosotros mismos también nos hemos metido en nuestros abismos de los que tanto nos cuesta salir. La tarea no es fácil porque todo lo que significa ascender siempre nos exige esfuerzo y nos resulta costoso. Pero con Jesús a nuestro lado podemos realizarlo, con la fuerza de su Espíritu podemos hacer ese anuncio y por su gracia todopoderosa podremos realizar el camino.
Es la Ascensión del Señor. Es también la esperanza de nuestra ascensión. Es la contemplación de la gloria del Señor, pero es también la esperanza gozosa de que un día también nosotros podamos gozar de esa gloria del Señor.