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viernes, 7 de junio de 2013

El Corazón de Jesús nos contagia de amor y de deseos de santidad

Ez. 34, 11-16; Sal. 22; Rm. 5, 5-11; Lc. 15, 3-7
Una persona de corazón es una persona profunda y a la vez cercana; entrañable y comprensiva, capaz de sentir emociones a la vez que ir al fondo de las cosas y los acontecimientos. Ser una persona de corazón es ser una persona íntegra y de gran personalidad, que actúa siempre con rectitud, que no tiene que significar rigidez a ultranza, porque será alguien capaz de ponerse en el lugar del otro porque su corazón tiene como una capacidad especial para comprender y para perdonar, para animar y para impulsar a quien está a su lado a metas grandes. Una persona de corazón enamora, porque queremos parecernos a ella o queremos estar siempre a su lado porque allí siempre nos sentiremos bien, aunque al mismo tiempo sintamos en nuestro interior exigencias grandes que nos estimulan e impulsan hacia arriba.
Hoy hablamos del corazón, pero queremos hablar del corazón de Cristo. Y en todo esto que hemos venido diciendo refiriéndonos a personas de corazón nos quedamos cortos cuando queremos referirlo a Cristo. Todo eso y mucho más podemos encontrar en el corazón de Cristo de manera que nuestras palabras se quedan cortas y pobres para expresar en toda su hondura lo que es el corazón de Cristo. Solamente tenemos que vivir su amor, experimentar su amor en nuestra vida para así sentirnos también contagiados de ese amor para parecernos a El, para actuar como el actúa.
La descripción que nos hace el profeta Ezequiel de lo que es ese pastor de nuestra vida que El anuncia proféticamente hemos de reconocer que es entrañable y nos da gusto ser ovejas de ese rebaño guiadas y cuidadas por ese pastor. Nos busca, nos llama, nos ofrece el mejor alimento en los mejores pastos, nos cuida con mimo cuando nos podamos sentir dolorosamente con heridas producidas por los avatares y luchas de la vida. Aunque andemos perdidos y descarriados el nos busca con afán y con ternura nos lleva de nuevo al redil en sus brazos curando las heridas que nos hayamos hecho en los duros barrancos de la vida.
Y es que ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado’, como nos decía san Pablo. Sentimos y experimentamos ese amor cuando contemplamos todo lo que fue la pasión de Cristo con su muerte en la cruz que no es otra cosa que el pastor que termina dando su vida por las ovejas para que nosotros tengamos vida. Cristo es el Pastor, pero es también el Cordero inmolado, como es también ese pan que se nos da como alimento cuando nos da su propia carne como comida y alimento. Ya no es un alimento externo, ajeno a sí mismo el que nos da, sino que es El mismo el que se nos da, se nos ofrece en comida.
Somos la alegría y el gozo de Dios, a pesar de que tantas veces nos descarriemos por esos caminos que intentamos tantas veces recorrer apartándonos del buen camino. Pero Jesús, como Buen Pastor que nos conoce y nos conoce con nuestras virtudes y con nuestros defectos, con nuestros descarríos y con nuestras pérdidas muchas veces incluso interesadas, sin embargo siempre va a buscarnos, y sigue amándonos a pesar de nuestras sombras y oscuridades, y nos cargará sobre sus hombros lleno de alegría e invitando a todos a vivir la fiesta porque la oveja perdida ha sido encontrada y ha vuelto de nuevo al redil de las ovejas. Así es la alegría del cielo; así es la alegría del corazón de Dios cuando volvemos de nuevo a El.
¡Cómo nos conoce el Señor y cómo nos ama! ¡Cómo va continuamente en nuestra búsqueda y nos ofrece el bálsamo de gracia que con amor cure nuestras heridas para que nunca más haya nada de muerte en nosotros, sino que todo sea vida y felicidad! No terminamos de agradecer al Señor cuantas llamadas de amor nos está haciendo continuamente mientras nosotros quizá nos hacemos oídos sordos. Quizá nos permite que algunas veces nos descarriemos para que descubramos su amor cuando viene en nuestra búsqueda, o para que cuando andemos hundidos en nuestras sombras recapacitemos cayendo en la cuenta de lo que hemos pedido por habernos alejado.
Muchas veces sin que nosotros quizá nos demos cuenta El está llamándonos e impulsándonos con la fuerza callada de su Espíritu para que dejemos los malos caminos, emprendamos el camino nuevo y bueno. Ahí en nuestro corazón está trabajándonos con su gracia, permitiéndonos quizá en algunos momentos que tropecemos y nos duela en el alma el golpe que recibimos con esos tropiezos, pero que no son otra cosa que llamadas de amor, silbos amorosos que diría el poeta, con los que quiere atraernos por sus caminos de amor.
Y es que cuando nos acercamos a su corazón lleno de amor por nosotros nos sentimos más impulsados al amor; sentimos como su presencia junto a nosotros nos levanta y nos hace mirar a lo alto para que descubramos esas grandes metas de amor que tiene para nuestra vida y que hemos de alcanzar.
Cerca de su corazón nos sentimos contagiados de su amor y brota el deseo de parecernos a El, de hacernos una cosa con El, como los enamorados que se contagian mutuamente de amor y les hace buscarse para vivir en la unión más honda y profunda. Así queremos unirnos a Cristo, vivir su vida, dejar que El penetre en lo más hondo de nuestra alma o querer nosotros al mismo tiempo introducirnos hasta lo más hondo de su corazón de amor para sentirnos abrigados y acariciados por su ternura, levantados con su misericordia e inundados de alegría por participar y gozar de su amor.
Qué dicha poder gozarnos en su amor; qué paz más profunda sentimos en nuestro espíritu cuando estamos unidos a Jesús; qué impulso más grande sentimos en nuestra alma para dar ese salto grande que nos lleve a la santidad; qué confianza más esperanzada llena nuestro corazón porque sabemos que en El siempre vamos a encontrar misericordia y perdón.


jueves, 6 de junio de 2013

El Señor nuestro Dios es el único Señor

Tobías, 6, 10-11; 7, 9-17; 8, 4-10; Sal. 127; Mc. 12, 28-34
Ayer escuchábamos que eran los saduceos los que venían con preguntas y planteamientos a Jesús sobre el tema de la resurrección; hoy vemos que es un escriba el que viene con preguntas. ‘Un escriba se acercó a Jesús y la preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’
Una pregunta que pudiera tener su importancia, pero es una pregunta en cierto modo ociosa por parte de un escriba o letrado, cuya misión era enseñar al pueblo y debía conocer con todo detalle, porque era además lo fundamental y esencial que en todo momento repetía todo buen judío. Pero Jesús no rehuye la pregunta, sino que responde con las propias palabras del Deuteronomio que todo buen judío conocía de memoria porque además era algo que repetían al entrar o salir de casa, al iniciar cualquier actividad o en cualquier momento de oración.
En esa respuesta de Jesús, tomada del Deuteronomio, se comienza con una profesión de fe, de la que arranca luego lo que va a ser el primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Y es que hemos de amar a Dios sobre todas las cosas porque Dios es único, no hay sino un único Dios y para El ha de ir todo nuestro amor y nuestra adoración. Es como  una confesión de fe al tiempo que una adoración, porque es reconocer a Dios como el único Señor de nuestra vida.
‘Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor’. Es el Dios en quien creemos; es el Dios a quien adoramos; es el Dios en quien ponemos toda nuestra vida; es el Dios de nuestra esperanza y nuestra vida; es el Dios al que hemos de hacer la ofrenda más profunda y más hermosa de nuestra existencia; es el Dios a quien hemos de ‘amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser’. Nuestro corazón y nuestra vida, para Dios; nuestro pensamiento y nuestro actuar, para Dios; todo siempre por amor de Dios y todo con todo el amor de nuestro corazón y nuestra vida.
Esto puede ser fácil de decir con palabras; pero han de ser palabras salidas desde lo más hondo de nuestra vida; y eso compromete y mucho. No es un amor de palabras, sino que tiene que ser el amor de toda nuestra vida, con toda nuestra vida. Estamos reconociendo que El es el único hacedor de nuestra vida y nuestro mundo, luego en El encontramos todo el sentido y el valor de lo que vivimos y de lo que hacemos. Estamos reconociéndole como el único Señor de nuestra vida al que hemos de amar, luego siempre y en todo momento hemos de buscar lo que es su voluntad. Estamos diciendo que es el único Dios a quien adoramos, eso es un reconocimiento pero también un deseo de vivir en la más íntima y profunda unión con El; lo que nos va a exigir una vida santa, alejada del pecado, buscando siempre lo que es la gloria del Señor.
Y todo eso sabiendo que vamos a ser tentados, que podrá haber otras cosas que en momentos determinados nos atraigan y nos quieran apartar de esos caminos de Dios; que tendremos la tentación de crearnos ídolos o falsos dioses a los que apegar nuestro corazón, porque podríamos tener la tentación de pensar que dejándonos seducir por esos falsos señuelos, de eso ídolos nuestra vida puede ser más fácil o podríamos alcanzar más fácilmente la felicidad. Pero cuando reconocemos al Señor como nuestro único Dios es porque no queremos dejarnos seducir por nada de esas cosas sino siempre buscar lo que es la gloria del Señor.
Pero Jesús dice algo más. Nos habla de un segundo mandamiento que es tan importante, porque no hay mandamiento mayor que estos. ‘El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No podremos separar nunca el amor que le tengamos al prójimo del amor de Dios. Y cuando amamos a Dios tenemos que amar necesariamente también a nuestro prójimo. Ya Jesús luego a lo largo del evangelio nos hablará repetidamente de cómo ha de ser ese amor al prójimo.

El escriba no puede menos que estar de acuerdo con las palabras de Jesús. Ya vemos su respuesta, a lo que Jesús le dirá que no está lejos del Reino de Dios. Ojalá nosotros amando así como nos enseña Jesús estemos también viviendo con toda intensidad el Reino de Dios.

miércoles, 5 de junio de 2013

El Dios de la vida me llama a una vida en plenitud junto a El

Tobías, 3, 1-11.24-25; Sal. 24; Mc. 12, 18-27
En la lectura continuada que vamos haciendo día a día (en medio de la semana) del evangelio de Marcos va apareciendo la reacción y la oposición de ciertos grupos religiosos a la acción y al mensaje de Jesús. Hemos ido viendo como la gente sencilla acoge a Jesús, los pobres y los enfermos se acercan a El con toda fe y confianza y son muchos los que le siguen para escuchar sus enseñanzas. Pero también va surgiendo la oposición de ciertos grupos.
En el caso del evangelio que hoy se nos ha proclamado serán los saduceos los que vienen con sus cuestiones porque los saduceos eran un grupo en la época de Jesús que entre otras cosas negaban la resurrección de los muertos. De ahí la pregunta que le plantean en el cumplimiento de la ley del levirato en relación al matrimonio, como hemos escuchado, que no es realmente lo más importante del mensaje, aunque nos prepara para encontrar el más hondo mensaje.
La respuesta de Jesús, que es además una afirmación de la fe en la resurrección de los muertos, sin embargo quiere hacerles profundizar algo más en el sentido de su fe en Dios. ‘Estáis equivocados y no entendéis la Escritura ni el poder de Dios’, les dice. Por una parte no se puede pensar en el cielo y en la vida eterna desde esas categorías humanas de matrimonio o no, o de vivir a la manera material que vivimos aquí en la tierra, porque es algo muy distinto y más sublime en el vivir en Dios, y por otra parte está la afirmación que les hace: ‘Dios no es un Dios de muertos sino de vivos’.
Aunque muchas veces en nuestras reflexiones, para tratar de ahondar en la trascendencia de nuestra vida, decimos que habríamos de mirar la vida como si la viéramos desde el momento de la muerte, creo que en eso incluso nos quedaríamos en cierto modo cortos. Eso sería de alguna manera pensar que la muerte es el final y un final tras el cual no hay nada más. Es el final de una existencia terrera pero podríamos decir es una puerta abierta a la eternidad, a la vida eterna.
El final para el cristiano, para el creyente cristiano no es en sí la muerte sino la vida, la vida en plenitud que estamos llamados a vivir. Desde la vida, la vida eterna, y no desde la muerte, es desde donde en verdad vamos a pensar en esa trascendencia que tiene nuestra existencia. Si fuera simplemente desde la muerte, una muerte que es el final de toda existencia, sí que no habría trascendencia, porque sería un acabarse todo; trascendemos porque vamos más allá, estamos llamados a una vida eterna. Estas cosas las hemos de tener bien claras porque en nuestro entorno en la sociedad actual muy materialista se piensa de esa manera sin darle verdadera trascendencia a la vida.
El Dios en quien creemos es el Dios de la vida, que nos ha dado la vida porque nuestra existencia depende de su voluntad creadora, pero que nos llama a la vida y a una vida sin fin, una vida eterna. Miramos a Jesús, pero no nos quedamos en un Jesús crucificado, muerto y sepultado, sino que contemplamos al vencedor de la muerte, al que ha resucitado y tiene una vida sin fin de la que nos quiere hacer partícipes a nosotros. Su Pascua ha sido redentora porque nos ha abierto las puertas de la vida, de la vida eterna con su salvación.
Mirando, pues, nuestra existencia terrena, no desde el umbral de la muerte, sino desde una vida sin fin a la que estamos llamados es cuando encontramos verdaderos caminos de plenitud para lo que ahora en este mundo cada día vamos viviendo. Es desde esa vida que es una participación plena de la vida de Dios desde donde encontrará verdadero sentido y valor todo lo que ahora hacemos y vivimos.
Y claro que lo que ahora vamos viviendo queremos que tenga esa trascendencia de eternidad feliz y dichosa; por esos nuestros actos no podrán ser nunca de muerte sino de vida; por eso envolvemos nuestra vida en el amor porque es el que nos lleva por caminos de plenitud; por eso podemos toda nuestra fe y nuestra esperanza en Dios, porque creemos en El como el Señor de la vida que quiere que tengamos vida en plenitud, dichosa y feliz, para siempre. Es por eso por lo que nos apartamos de la muerte y de todo lo que nos puede dar muerte, nos apartamos del pecado.
Si pensáramos más en esa vida de plenitud en Dios a la que estamos llamados seguro que nuestra vida sería distinta; seríamos capaces de esforzarnos más por buscar lo que es la voluntad de Dios para irlo realizando en nuestra vida y nos apartaríamos del pecado. Si Dios me ha prometido una vida de felicidad plena junto a El, ¿cómo es que yo ahora prefiero la muerte y me dejo arrastrar por el pecado?
Esa vida que Dios me ofrece me llena de esperanza; desde esa vida a la que Dios me llama me siento impulsado cada día a vivir más unido a Dios con una vida santa, pregustando ya de alguna manera lo que va a ser esa unión con Dios en total plenitud y en felicidad que dura para siempre.

¿No serán esos motivos para ser cada día más santo y llenar mi vida de más amor?

martes, 4 de junio de 2013

La sinceridad, la humildad, la rectitud hacen un mundo mejor

Tobías, 2, 10-23; Sal. 111; Mc. 12, 13-17
‘Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa nadie: porque no te fijas en las apariencias, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente’. Aunque sabemos que sus intenciones no eran buenas, porque estaban llenas de hipocresía y falsedad, sin embargo hacen una hermosa afirmación de Jesús. Hablan de su sinceridad y su rectitud. Tendría que hacernos pensar.
Recordamos que Jesús nos dirá en el Evangelio que El es la Verdad y la Vida. En Jesús no cabe la falsedad y la mentira. Como a Jesús tampoco podemos ir desde nuestras falsedades y mentiras. Jesús es la verdad y Jesús nos conoce desde lo más hondo de nosotros mismos. Esa sinceridad y esa rectitud le llevarían a ser odiado por los hijos de las tinieblas que no pueden aguantar la luz; rechazan la luz y todo lo que pueda conducirnos a la luz; por eso rechazan a Jesús.
Una primera consideración que tendríamos que hacernos habría de ir por este sentido. Que obremos siempre con sinceridad y según la verdad; que no nos dejemos confundir nunca por las apariencias y ya no es simplemente que no nos dejemos engañar por las apariencias de los demás, sino que nosotros mismos no ocultemos la verdad de nuestra vida detrás de ese velo falso de las apariencias. Es la rectitud con que hemos de actuar en todo momento; es no dejarnos comprar nunca por ningún plato de lentejas de falsedades y disimulos. Que podemos tener esa tentación. Juzgamos y condenamos fácilmente a los demás cuando nos parece que están actuando desde las apariencias y la vanidad, pero luego nos sentimos tentados a actuar también en muchas ocasiones de esa forma.
La vanidad nos puede seducir porque nos agradan los halagos y las alabanzas. Y alimentados por esas vanidades llenamos al mismo tiempo nuestro corazón de orgullo y de soberbia; con qué facilidad pretendemos subirnos a pedestales queriendo mostrar lo que no somos, alimentando nuestro ego que nos endiosa y nos llena de soberbia.
Cuando se nos mete el orgullo y la soberbia en el corazón vamos arrasando cuanto encontremos a nuestro paso, o más aún, vamos arrasando y destruyendo a cuantos se crucen en nuestro camino y nos puedan hacer sombra. Por algo decimos que son pecados capitales. Son generadores de egoísmos, de insolidaridades, de violencias, de malos tratos a nuestros semejantes, de mentira, de injusticia, de pasiones descontroladas… y podríamos seguir haciendo una lista bien grande de los males que vamos provocando.
Los caminos de la sencillez, de la humildad, de la sinceridad, aunque a veces nos cueste abajar nuestros orgullos, sin embargo son los caminos que contribuyen mejor a la felicidad y al bienestar de todos. Nos sentiremos nosotros bien cuando actuamos así con sinceridad y sencillamente, pero haremos agradable nuestra presencia ante los demás y contribuiremos así a su felicidad. Ya sabemos lo desagradable que es estar al lado de una persona orgullosa y vanidosa y lo insoportable que se puede volver el estar a su lado, pues con nuestra sencillez y con nuestra humildad hagamos agradable la vida de los que nos rodean.
Otras consideraciones podríamos hacernos con las preguntas que le plantean a Jesús, pero ahí tenemos tajantes lo que son sus respuestas. La reflexión primera que nos hemos venido haciendo creo que nos puede ayudar mucho, sin embargo. Que todo sea siempre para la gloria del Señor. Humanamente tenemos unas responsabilidades en esa sociedad, en esa comunidad humana en la que vivimos que no podemos nunca desatender, porque sería además enterrar los talentos que el Señor nos ha dado para mejorar nuestro mundo. Pero siempre por encima de todo la gloria del Señor. ‘A Dios lo que es de Dios’, que respondió Jesús.


lunes, 3 de junio de 2013

Una viña y una vida cuidadosamente preparada por la gracia que ha de dar fruto

Tobías, 1, 1-2; 2, 1-9; Sal. 111; Mc. 12, 1-12
‘Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje…’ Así comienza la parábola que Jesús propone a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los ancianos. Una parábola que de alguna manera recuerda el canto de amor del amigo a su viña, que nos había dejado el profeta. Esa viña preparada con tanto espero por su propietario y que confía a los labradores para que saquen sus frutos es una imagen muy llena de significado.
Cuando escuchamos la parábola, ya en su mismo relato, hacemos la interpretación para referirnos a la respuesta no tan positiva, sino muy llena de sombras del pueblo de Israel a lo largo de toda la historia de la salvación. Al final de la parábola el mismo evangelista nos dice que los sumos sacerdotes, letrados y ancianos comprendieron que la parábola iba por ellos y por eso mismo estaban buscando la manera de acabar con Jesús.
Por supuesto que el reflexionar sobre este aspecto de la parábola también nos puede ayudar a preguntarnos por nuestra respuesta y es en lo que hemos de incidir. Nos sería fácil y cómodo quedarnos en constatar cómo el pueblo de Israel no respondía a todo el amor que el Señor manifestaba sobre su pueblo a lo largo de la historia. Pero nos quedaríamos en mucha pobreza de mensaje si solo nos quedáramos ahí y no viéramos nuestra vida reflejada en ella.
Esa viña tan cuidadosamente preparada y podríamos decir enriquecida con tantos medios - la cerca, el lagar, la casa del guarda, etc… - nos está hablando de cuánto hace Dios con nosotros. La riqueza de esa viña, de la gracia divina que Dios ha puesto en nuestras manos derramando su amor sobre nosotros. Pero, ¿seremos en verdad conscientes de cuanto nos da el Señor?
Confieso que ayer tarde, mientras participaba en la procesión del Corpus en una parroquia, observando la gente que iba en la procesión, los que la veían pasar como meros espectadores, o aquellos con los que nos cruzábamos que iban a sus cosas y que se tropezaban de paso con la procesión, todo eso me hacía reflexionar y me hacía muchas preguntas en mi interior.
¿Éramos en verdad todos conscientes del misterio del amor de Dios que allí llevábamos entre nosotros al llevar a Cristo en la Eucaristía? No digo tanto los que iban en la procesión, pero quizá de aquellos que se asomaban a su paso o de aquellos con los que nos cruzábamos y tropezaban con la procesión, probablemente habrían hecho un día la comunión, o en aquellos que eran más jóvenes o más niños quizá no hacía tanto tiempo, pero ahora ¿qué les pasaba por la cabeza al ver o encontrarse con la procesión? ¿Recordarían en verdad lo que les enseñaron de la Eucaristía?
Pongo esto como ejemplo, por decirlo de alguna manera. Pero yendo a la imagen de la parábola y pensando en todos nosotros ¿seremos conscientes de esa viña que Dios ha puesto en nuestras manos, de esa riqueza de gracia que nos ha dado a lo largo de nuestra vida? ¿qué respuesta le estamos dando? Ya veíamos en lo que decíamos antes que algunas personas se quedaban como meros espectadores, y otros quizá se sorprendían al encontrarse con la procesión, y muchos pasaban de largo como siguen pasando de largo tantos ante la fe, la religión, la vida cristiana.
Pero no queremos juzgar a los demás, sino juzgarnos a nosotros mismos, analizarnos a nosotros mismos para ver cuál es la respuesta que nosotros le damos al Señor. Ante el hecho de aquellos criados que el amo envió a recoger sus frutos que en la historia de la salvación los podríamos ver como los profetas enviados por Dios a lo largo de los tiempos, nosotros tendríamos que preguntarnos cómo acogemos nosotros a quienes Dios pone a nuestro lado para trasmitirnos la Palabra de Dios. Y la misma Palabra del Señor, ¿cómo la acogemos? Porque muchas veces ponemos nuestros filtros para aceptar o no aceptar aquello que nos conviene o no nos conviene. Y así podríamos preguntarnos por muchas cosas de nuestra vida cristiana de cada día.

Sí, tenemos que sentir que la parábola el Señor la pone por nosotros, no por otros ni por gente de otro tiempo, sino para mi y para ti hoy, con lo que es nuestra vida. Y a la luz de esa Palabra tenemos que examinar nuestra vida y ver cuál es la respuesta que damos en ese cuidado de esa viña de gracia que Dios ha puesto en nuestras manos.

domingo, 2 de junio de 2013

La fiesta de la Eucaristía un compromiso de amor: dadles vosotros de comer

Gén. 14, 18-20; Sal. 109; 1Cor. 11, 23-26; Lc. 9, 11-17
‘Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que los repartieran. Comieron todos y se saciaron…’ Es lo que hemos escuchado en el evangelio pero con casi las mismas palabras san Pablo nos trasmitía la tradición que había recibido ‘que procede del Señor’, como nos dice: ‘En la  noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo repartió… esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros’. Pero ahora  nos añade: ‘haced esto en memoria mía’.
Es lo que hoy nos congrega de una forma especialmente solemne en este día, pero que nos congrega cada día y de manera especial en el día del Señor. Hoy es la fiesta grande de la Eucaristía, la fiesta en que celebramos y queremos trasmitir a todo el mundo saliéndonos incluso de nuestros templos el Misterio, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Sacrificio de la nueva y eterna Alianza.
¿Qué es lo que contemplamos? ¿Qué es lo que celebramos? Un misterio infinito de amor. Cristo que se nos da; Cristo que se nos entrega. ‘En la última cena con los apóstoles, para perpetuar su pasión salvadora, se entregó a sí mismo como Cordero Inmaculado y Eucaristía perfecta’, que vamos a proclamar en el prefacio de nuestra acción de gracias de hoy. Sí, es el Cordero Inmaculado que fue inmolado en sacrificio de amor por nosotros. Cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio de Cristo, porque cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando su muerte hasta que vuelva.
Sacramento que nos alimenta y nos vivifica, que nos santifica y nos llena de vida. Sacramento de amor que nos congrega para que en el amor vivamos y en el mismo amor nos entreguemos y a su manera. Sacramento que nos hace presente a Cristo para que en El lo reconozcamos; presencia permanente en el sacramento eucarístico que nos enseña a reconocerle también en los hermanos, sacramentos que también se convierten para nosotros de su presencia.
Quiso hacerse pan, hacerse comida porque es el signo más hermoso que nos habla del amor y de la comunión que entre todos los que en él creemos hemos de tener. La multiplicación de los panes, que hemos escuchado en el relato del evangelio, es signo que nos anticipa lo que va a ser para siempre el signo de la Eucaristía. Una comida que nos congrega y nos reúne en torno a Jesús y donde vamos a comer a Cristo y a entrar en profunda comunión con El.
Ya sabemos que reunirnos en torno a una mesa para una comida suscita sentimientos de gozo, de comunicación, de amistad. Se reúnen los que se siente hermanos y amigos para compartir juntos y con alegría una comida. Se reúnen los que quieren sentirse hermanos y amigos quizá en un momento determinado para restablecer y alimentar un amistad, una comunicación y una comunión que pudiera estar perdida o en peligro.
En torno a la mesa nos sentimos alegres, nos comunicamos espontáneamente, entramos en una bonita comunión que estrecha los lazos del amor y de la amistad. Bien sabemos que no es solo lo que comemos, sino lo que compartimos, lo que hablamos y las nuevas e intensas relaciones que mutuamente establecemos. Compartimos y comemos juntos el pan de la amistad mejorando nuestras mutuas relaciones humanas y nuestra calidad de vida y relación. Es una bendición poder compartir juntos esa comida que se convierte siempre en banquete de vida.
Cristo así quiso hacerse Eucaristía, hacerse comida que nos congregue para compartir nuestro amor y nuestra amistad; comida que alimente y haga crecer ese amor y esa nueva relación de profunda comunión. No olvidamos el memorial que hacemos de su entrega y sacrificio de amor, sino que haciendo memoria de esa entrega y amor precisamente vamos a alimentar nuestro amor y nuestra comunión de hermanos. ‘Haced esto en memoria mía’, nos dijo porque en su mismo amor y entrega también nosotros hemos de vivir.
La Eucaristía celebra el amor y alimenta el amor. Celebra primero que nada el amor de Cristo que por nosotros se entregó, pero necesariamente al mismo tiempo estamos celebrando ese amor que nosotros en el nombre de Jesús queremos vivir; pero además cuando Cristo se hace alimento está significándonos la gracia que nos regala al darnos su Cuerpo como alimento para que así fortalezcamos nuestro amor y lleguemos a vivir en esa necesaria y profunda comunión entre nosotros para siempre. Nunca podrá haber una Eucaristía sin amor y que no nos conduzca a más amor. La Eucaristía siempre tendrá que terminar en compromiso de amor.
Por eso hoy queremos escuchar con especial atención esa palabra que Jesús nos ha dicho en el evangelio al contemplar aquella multitud hambrienta a su alrededor. ‘Dadle vosotros de comer’. Nos lo dice a nosotros también. Miramos a nuestro alrededor y contemplamos, sí, una multitud hambrienta; quizá primero que nada nos fijamos en la situación dura y difícil que puedan estar pasando tantos hoy en nuestra sociedad. No podemos cerrar nuestro corazón ni de ninguna manera insensibilizarnos ante la situación difícil que pasan tantos en su necesidad. Cuando hoy celebramos esta fiesta del amor que es la Eucaristía sentimos ese compromiso del amor.
No podemos decir que somos pobres y que poca cosa quizá nosotros tenemos o podemos hacer. San Basilio de Cesarea, un santo padre de la Iglesia antigua en el siglo IV decía: ‘Sólo sabes decir: no tengo nada que dar, soy pobre. En verdad, eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna’.
Cuando Jesús nos dice hoy en esta fiesta de la Eucaristía al mirar la multitud que  nos rodea ‘dadle vosotros de comer’, quizá quiere que nos fijemos en esos pobres de amor a los que tenemos que alimentar, en los que tenemos que despertar al amor; y no son solo los que no se sienten queridos o son abandonados, sino aquellos que no saben amar porque han llenado su corazón de egoísmo y cerrazón; aquellos que se han cerrado al amor verdadero porque solo saben amarse a sí mismo y se vuelven insolidarios, fríos, insensibles, injustos con los hermanos, porque esa insensibilidad es también una forma de injusticia. Es una gran pobreza que también tenemos que ayudar a curar, alimentándolos de amor.
Quienes estamos celebrando hoy esta fiesta grande de la Eucaristía y queriendo así proclamar a voz en grito, podríamos decir, nuestra fe en Jesús lo tenemos que expresar con nuestro amor, auténtico y verdadero. Si de cada Eucaristía siempre hemos de salir amándonos más, cuando hoy queremos darle especial intensidad a esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo mucho más comprometidos con el amor hemos de salir de nuestra celebración.
Y ese compromiso de amor ha de manifestarse en una comunión más intensa que vivamos entre nosotros los que cada día convivimos, ya sean nuestras familias, el círculo de nuestros amigos, los compañeros de trabajo o allí donde habitualmente compartimos nuestra vida. Más comunión que es querernos más, que es ser siempre comprensivos los unos con los otros en los achaques de cada día y saber perdonarnos en todo momento. Más comunión que es sentirnos verdaderamente solidarios los unos con los otros compartiendo nuestras alegrías pero también sabiendo acompañarnos en nuestras penas y sufrimientos poniendo una especial empatía con los que sufren a nuestro lado.
Y por supuesto ese compromiso de amor con el que hemos de salir de nuestra celebración por justicia y amor nos ha de hacer que nos sintamos solidarios de manera efectiva con los que pasan necesidad o padecen especiales sufrimientos. Cuánto tenemos que aprender a compartir y cuanto hemos de aprender a consolar para mitigar sufrimientos.

Y en ese compromiso de amor de nuestra Eucaristía hoy, como nos pide Cáritas, hemos de aprender a vivir más sencillamente para que otros, sencillamente, puedan vivir. Vive con sencillez y la convivencia nos hará más felices. Aprendamos del amor de Jesús y alimentemos nuestro amor en Jesús que para eso se nos da como alimento en la Eucaristía.

sábado, 1 de junio de 2013

Deseé la Sabiduría con toda el alma y mi alma saboreó sus frutos

Eclesiástico, 51, 17-27; Sal. 18; Mc. 11, 27-33
‘Deseé la sabiduría con toda el alma, la busqué desde mi juventud y hasta la muerte la perseguiré…’ Hermoso deseo y hermosas consideraciones que se hace el sabio del Antiguo Testamento que hemos venido escuchando en la primera lectura.
Llega hoy al final del texto y nos hace estas consideraciones finales que expresan sus deseos más hondos al mismo tiempo que expresan de alguna manera los frutos de esa sabiduría y la alegría de la que se llenaba su espíritu en la medida en que iba creciendo en esa sabiduría. ‘Crecía como racimo que se madura y mi corazón se gozaba con ella… mi alma saboreó sus frutos’.
Es un deseo profundo del hombre alcanzar esa sabiduría aunque algunas veces andemos confundidos, pero que hemos de saber buscar rectamente. Nos habla de esa sabiduría en lo  humano, pero también de ese crecimiento espiritual que da a la persona mayor plenitud. Buscamos la verdad; deseamos encontrar el sentido  hondo de nuestra existencia. Y el creyente sabe que en esa búsqueda puede caminar con seguridad cuando nos dejamos conducir por el Espíritu divino que nos hará alcanzar la verdadera sabiduría.
Como ya hemos reflexionado en otro momento al hilo precisamente de este texto del Eclesiástico, Cristo es nuestra Sabiduría. ‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo  hombre’, se nos dice ya en el principio del Evangelio de san Juan. Ya escuchamos luego en el evangelio que El se proclama la verdad y la vida y el camino verdadero que nos conduce a esa plenitud de la verdad y de la vida. Como le diría a Pilatos ‘yo para eso he nacido y para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad’.
No podemos dejarnos arrastrar por relativismos cambiantes sino saber que en Cristo encontramos esa verdad plena. No le tengamos miedo a la verdad de Cristo, pues en ella alcanzamos la verdadera Sabiduría y plenitud. Por eso el cristiano, el que cree en Jesús, acude al Evangelio porque ahí tenemos toda la revelación que Jesús nos hace y que nos conduce por esos caminos que nos llevan a la sabiduría verdadera de la vida. Si decimos que creemos en Jesús es porque en El hemos encontrado esa verdad que da sentido profundo a nuestra vida y siempre para caminar seguros confrontaremos nuestra vida, nuestro pensamiento, lo que hemos de hacer o no hacer con lo que El nos manifiesta en el Evangelio.
Cuanto les costaba a los judíos en los tiempos de Jesús aceptarle y aceptarle como esa verdad que nos conduce a la salvación. Todo eran dudas y oposición. Claro estaba el mensaje de Jesús y claras eran las obras que Jesús realizaba con las que nos manifestaba que era en verdad el enviado del Padre para ser nuestro Salvador. Conocemos la oposición de muchos sectores del judaísmo de entonces. Hoy mismo hemos visto en el evangelio que vienen a exigirle explicaciones de lo que hace. El texto inmediatamente anterior, que hubiéramos escuchado ayer, fue la expulsión de los vendedores del templo, que como les dice Jesús la han convertido en una cueva de ladrones.
Jesús quiere purificarnos desde lo más hondo para que podamos en verdad alcanzar el verdadero conocimiento de Dios y la auténtica relación con el Señor. Esa expulsión de los vendedores nos está hablando de cuánto hemos de purificar en muchas cosas de nuestra vida, y también quizás en la manera que tenían de expresar su religiosidad. Es la oposición y las preguntas y exigencias que le plantean.
Para que caminemos seguros Jesús no nos deja solos, sino que nos envía su Espíritu, que es Espíritu de Sabiduría y de Ciencia, Espíritu de conocimiento de Dios y de temor del Señor. El nos conducirá hasta la verdad plena. Así nos lo promete repetidamente como tantas veces lo hemos reflexionado. Y recientemente hemos celebrado Pentecostés proclamando nuestra fe en el Espíritu Santo que recibimos y que nos conduce a la plenitud de Dios.
Pidamos ese Espíritu divino que purifique nuestro corazón, pero que nos haga encontrar esa verdad de Dios. Que el Espíritu divino nos alcance esa Sabiduría divina porque nos haga conocer más y más a Jesús y saborear los frutos de esa Sabiduría de Dios que en Jesús, Palabra eterna de Dios, podemos alcanzar. Que en Jesús por la fuerza del Espíritu Santo encontremos esa verdadera Sabiduría que nos conduzca a la plenitud de nuestra vida.



viernes, 31 de mayo de 2013

La visita de María, la madre del Señor, a Isabel es la visita de Dios que nos trae la salvación

Sof. 3, 14-18; Sal. Is. 12, 2-6; Lc. 1, 39-56
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Allí ha llegado María desde Nazaret en la lejana Galilea. El ángel del Señor le había anunciado, un poco como para corroborar las palabras que antes le había dicho de que iba a ser la madre del Señor, que su prima Isabel estaba en cinta e iba a dar un hijo a pesar de su vejez.
Allá había corrido la que estaba llena del Espíritu divino, la que llevaba a Dios en sus entrañas para servir, para ayudar, para mostrar su amor. Nadie le podía haber dicho, porque era algo que nadie conocía, del misterio de Dios que se estaba realizando en María, pero Isabel prorrumpe en alabanzas y ese es su saludo: ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Y todo son bendiciones para María ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’
Más tarde también Zacarías bendecirá al Señor que ‘ha visitado y redimido a su pueblo’, cuando nazca Juan que va a ser el precursor del que había de venir, del Mesías de Dios. Reconocerá Zacarías cómo están llenos de las bendiciones de Dios que ha querido hacerse presente entre los hombres para traernos su redención y salvación.
Todo nos habla de visitas en este día, porque celebramos la visita de María a su prima Isabel allá en la montaña cuando está a punto de nacer Juan. Pero no es simplemente la visita de aquella jovencita llena y rebosante de amor que viene hasta la montaña con deseos de amar y de servir.
Es algo más lo que está sucediendo entonces, porque aquella jovencita venida de Nazaret es la Madre del Señor como reconocerá Isabel; pero es que en las entrañas de María va Dios, que visita y redime a su pueblo. Es la visita de Dios con su salvación; es el paso salvador de Dios por la historia humana para traernos gracia y redención.
Signo de esa presencia y de esa visita de Dios para aquel hogar de la montaña es que el niño que lleva también en sus entrañas queda santificado, porque ha sido elegido por Dios para una misión muy especial, cual era el preparar los caminos del Señor. Como una unción que lo marca y lo señala la presencia de Dios encarnado en el seno de María viene a ser como un derramarse también el Espíritu del Señor sobre aquella criatura que ha sido elegida con la maravillosa misión de ser el precursor del Mesías preparando los caminos del Señor.
Todo esto nos está diciendo muchas cosas. Dios sigue visitando y haciéndose presente en medio de su pueblo, porque Dios sigue derramando su amor y los dones de su Espíritu sobre la Iglesia y sobre todos los elegidos de Dios. Igual que Isabel con humildad y amor supo abrir no solo las puertas de su casa sino sobre todo de su corazón a la visita de María con todo lo que ello significaba, es la manera como nosotros hemos de abrir nuestro espíritu al Señor que sigue derramando su gracia sobre nosotros y que viene a nuestra vida para poner también su morada en nuestro corazón.
Son las actitudes de acogida de Isabel, como es todo el actuar de amor de María las que hemos de copiar en nuestra vida abriéndonos a la visita de gracia de Dios a nosotros. Es un amor como el de María del que tenemos que llenar nuestro corazón siempre con actitud de servicio para hacer el bien y para que a través de nuestro amor seamos capaces de llevar a Dios a los demás. Una misión y una tarea hermosa que hemos de saber realizar como lo hizo María. Nuestro mundo necesita de la presencia de Dios y nosotros podemos hacer presente a Dios en nuestro mundo. Hemos de ser signos y testigos del amor de Dios; hemos de ser portadores de Dios para que los demás alcancen también la santificación.
Creo que cuando hoy estamos celebrando la visita de María a su prima Isabel, cronológicamente estamos también a pocos días de la celebración del nacimiento del Bautista, este puede ser un hermoso mensaje que llegue a nuestro corazón y un serio compromiso para nuestra vida.
Como Isabel, como María, dejémonos inundar por el Espíritu de Dios y cantemos la alabanza al Señor.

jueves, 30 de mayo de 2013

¿Qué quieres que haga por ti?

Eclesiástico, 42, 15-26; Sal. 32; Mc. 10, 46-52
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ es la pregunta de Jesús a Bartimeo. Era ciego. Allí estaba al borde del camino en su pobreza y en su ceguera. Ser ciego encerraba como consecuencia inmediata su pobreza porque nada podía hacer por si mismo. Condenados estaban en su ceguera a pedir limosna al borde de los caminos, como en este caso, en Jericó en el camino por donde pasaban los peregrinos que se dirigían a Jerusalén o volvían de Jerusalén atravesando el valle del Jordán. ‘Maestro que pueda ver’, es la respuesta. La elemental, la primera que se le podía ocurrir.
‘¿Qué queréis que haga por vosotros?’ les había dicho a los hermanos Zebedeos cuando se postraron ante él para hacerle una petición. No eran ciegos. No estaban pasando por necesidad, pero en sus corazones había otros sueños. ¿Sueños que les cegaban? ¿sueños que les crearían enemigos en quienes pudieran corroerse por la envidia? Ya hemos escuchado y meditado cuales eran sus ambiciones de grandeza y de poder. Ya hemos escuchado también la respuesta de Jesús.
¿Qué quieres que haga por ti, o qué queréis que haga por vosotros? Podría seguir preguntando a aquella gente que lo acompañaba y para quienes los gritos del ciego les molestaban. ¿Nos molestan quizá los gritos de quienes sufren a nuestro lado? ¿Nos molesta quizá el grito mudo pero bien clamoroso que puede ser la vida de quien a nuestro lado pasa necesidad? ¿Nos puede molestar quizá quien nos pudiera hacer salir de nuestra comodidad o de nuestra cerrazón?
¿Qué quieres que haga por ti? quizá nos pregunta a nosotros Jesús cuando hasta El hemos venido en esta mañana con lo que es nuestra vida, las inquietudes que puedan haber en el corazón, o las rutinas que algunas veces nos adormecen, los buenos deseos de hacer algo bueno por los que estamos aquí, o simplemente el hecho de que hemos venido aunque algunas veces nos cueste abrir los oídos del corazón.
El ciego Bartimeo le respondió: ‘Maestro, que pueda ver’. Sí, Jesús es nuestra luz; Jesús viene a abrirnos los ojos del alma para que encontremos la verdadera luz y no nos encandilemos por luces de falsos oropeles que de nada nos sirven. Jesús viene a darnos esa luz que necesitamos para que le reconozcamos a El, pero también para que aprendamos a reconocer en los demás, en el rostro de los que sufren o pasan necesidad, el verdadero rostro de Jesús. El viene a darnos esa luz que necesitamos que nos hará cambiar de actitudes y nos hará actuar de una manera nueva y distinta.
Jesús es nuestra luz, esa verdadera luz que necesita nuestra vida para que  nos demos cuenta de que no podemos entorpecer el camino de los demás que les lleva a Jesús; que no podemos hacer acallar esos gritos que nos hacen volver la mirada con sinceridad a donde hay verdadera necesidad, o a donde hay sufrimiento. Jesús es la luz que llena nuestros ojos y nuestro corazón de amor y de misericordia para que aprendamos a tender la mano al que tembloroso camina a nuestro lado para ayudarle a hacer el buen camino.
Y el ciego Bartimeo ‘recobró la vista y lo seguía por el camino’ con gran gozo en su corazón y cantando las alabanzas de quien había llegado hasta él con la salvación para su vida; y los hermanos Zebedeos, como escuchábamos ayer aprendieron bien la lección de que primero está el servicio aunque eso signifique hacernos los últimos y servidores y esclavos por amor de todos; y aquellas gentes que primero querían hacer callar los gritos del ciego, ahora le ayudan y le llevan hasta Jesús porque saben que Jesús les está esperando, no solo al ciego sino a ellos también.
Y a nosotros ¿qué luz nos va a dar el Señor? ¿qué es lo nuevo que vamos a encontrar en el corazón tras ese paso de Jesús a nuestro lado en nuestro camino de la vida? Tenemos que ver cuales son nuestra cegueras, cuáles son las ataduras que hay en nuestro corazón, cuales son nuestras oscuridades, cuál es la pobreza que hay en nuestra vida para llenarla con la riqueza de la gracia del Señor.
Nos toca ponernos con toda sinceridad delante del Señor y gritarle desde nuestra ceguera y nuestra pobreza. Sabemos muy bien que El está esperándonos que vayamos hasta El. Dejémonos conducir por los que encontremos en el camino y nos quieran ayudar. En ellos se va a manifestar el Espíritu del Señor. Y al final también recobraremos la luz para nuestra vida y ahora tenemos que seguirle con entusiasmo dando gloria al Señor.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Unos discípulos que buscaban padrino para hacer carrera en el Reino

Eclesiástico, 36, 1-2.5-6.13-19; Sal. 78; Mc. 10, 32-45
Casi como comentario o como conclusión o compromiso de este texto del evangelio que acabamos de escuchar voy a comenzar haciéndoles una petición: que pidan al Señor en sus oraciones por aquellos que llamados por el Señor tienen alguna responsabilidad en medio del pueblo de Dios, como sacerdotes, como personas consagradas para que seamos capaces de vivir en el espíritu de servicio que nos enseña hoy Jesús en el evangelio.
Santiago y Juan habían sido llamados por Jesús, podíamos decir, que desde la primera hora. Juan lo siguió con Andrés allá junto al Jordán cuando el Bautista lo señaló como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y un día al pasar Jesús junto a ellos en la orilla del lago los había llamado para ser pescadores de hombres.
Con Jesús habían estado siempre y a ellos de manera especial Jesús les explicaba el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba e instauraba con su presencia en medio de los hombres. Ellos iban descubriendo en esa cercanía de Jesús que era el Mesías anunciado, pero eso hizo también que se despertara en su corazón la ambición humana con deseos de primeros y principales puestos en el Reino que Jesús anunciaba. De ahí surge la petición. ‘Queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir… concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.
Jesús les habla de cáliz que significa pasión y significa entrega hasta la muerte. Conscientes o no del todo ellos están dispuestos a lo que sea con tal de ocupar aquellos primeros puestos. Pero eso provocará la reacción del resto de los discípulos. ‘Se indignaron contra Santiago y Juan’. Cuando aparece el cardo de la ambición la mala semilla enseguida comienza a aparecer también en los demás. Fue necesario que Jesús una vez más les explicara el sentido del Reino y de cuál había de ser la actitud fundamental de los que le siguieran.
Si ya antes Jesús les había anunciado que subían a Jerusalén donde ‘el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán, y al tercer día resucitará’, ahora les habla y explica que ‘el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’. Por eso la actitud que han de tener no ha de ser la de imitar a los poderosos de este mundo, sino la del servicio y la del hacerse el último y el esclavo de todos.
Y esto es algo que todos sabemos. Esto es algo que, quienes hemos recibido una misión en la Iglesia o hemos querido consagrarnos de manera especial al Señor, lo sabemos muy bien. Pero reconozcamos que nos cuesta hacerlo. Reconozcamos que algunas veces podamos dar la impresión de todo  lo contrario a lo que es el espíritu de Jesús. Y pudiera ser que por nuestras actitudes, por nuestra manera de actuar no siempre lo hagamos bien y dejemos mala impresión en quienes nos rodean. Por eso les decía desde el principio de esta reflexión que recen al Señor para que seamos capaces de vivir en este espíritu y estilo de Jesús y nuestras vidas no sean nunca un contra testimonio.
Quienes nos rodean, sobre todo los que no terminan de entender lo que es el sentido de la Iglesia y lo que verdaderamente tendríamos que ser los pastores del pueblo de Dios, algunas veces nos juzgan según sus criterios humanos o políticos y me da miedo que nosotros por la manera que actuemos le demos pie a ello. Hace unos días una persona alejada de la fe de la Iglesia me decía y comentaba, refiriéndose a un sacerdote que había asumido un servicio de gran responsabilidad en la Iglesia, qué padrinos tendría esa persona para llegar a ese cargo. Es doloroso que demos esa impresión. Me ha hecho reflexionar en todo esto el evangelio proclamado porque parece que Santiago y Juan buscaban padrino para hacer carrera en el Reino anunciado por Jesús.

Por eso rezad por nosotros para que no nos dejemos encandilar por esas carreras mundanas y las llevemos al seno de la Iglesia. Recen por nosotros para que resplandezcamos de verdad por ese nuestro espíritu de servicio al estilo de Jesús. El Papa Francisco nos está dando hermosos ejemplos en el poco tiempo que lleva de su pontificado y además nos habla muy claramente en este sentido. Que como Jesús nuestros sentido sea, no el ser servidos, sino el hacernos servidores de los demás, porque es así como tenemos que ejercer nuestro ministerio pastoral en el estilo de Jesús. 

martes, 28 de mayo de 2013

Una ofrenda como flor de harina con nuestro amor

Eclesiástico, 35, 1-15; Sal. 49; Mc. 10, 28-31
 ¿Cómo ha de ser la ofrenda que le hacemos al Señor?  Podría parecer una pregunta innecesaria, pero creo que puede ser importante. Tenemos un peligro y una tentación. Ser interesados en nuestras relaciones con el Señor. Y cuando le ofrecemos algo es porque algo estamos buscando. ¿Qué son, si no, nuestras promesas, por ejemplo?
Un poquito quizá podría ir por ahí lo que Pedro le dice a Jesús hoy en el evangelio. Jesús había estado hablando de la necesidad de la generosidad en el compartir y había hablado de lo difícil que seria entender el reino de los cielos a los ponen su confianza solo en el dinero - recordamos el caso del joven rico que se marchó ante la invitación de Jesús - y Pedro le pregunta qué les va a tocar a ellos que lo han dejado todo por seguirle. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’, le dice. Ahora veremos la respuesta de Jesús.
El texto del Eclesiástico que hemos escuchado en la primera lectura nos ayuda a reflexionar sobre ello también. Progresivamente nos va hablando de cómo se va haciendo cada vez más sublime la ofrenda que le presentemos al Señor desde el cumplimiento fiel de la ley y de los mandamientos al compartir generoso de lo que somos y tenemos. Nos habla de ofrenda, de acción de gracias, de ofrenda de flor de harina - que viene a significar la ofrenda de lo más hermoso -, de sacrificio de alabanza. ‘No te presentes ante el Señor con las manos vacías… la ofrenda del justo enriquece el altar y su aroma llega hasta el Altísimo…’
No se trata, pues, simplemente de ofrecer cosas al Señor. Lo que agrada al Señor es el cumplimiento de su voluntad; lo que es agradable al corazón del Señor es el amor generoso que tengamos en nuestro corazón; sacrificio grato al Señor es apartarnos de todo mal y de toda injusticia; el aroma más agradable que le podamos ofrecer al Señor es el incienso de nuestro amor, de nuestra generosidad en el compartir y en el desprendernos de nuestro yo para buscar siempre al otro a quien amar.
No podemos andar como interesados en nuestras relaciones con el Señor. ‘No lo sobornes, nos dice, porque no lo acepta, no confíes en sacrificios injustos, porque es un Dios justo que no puede ser parcial’. Le ofrecemos nuestro amor como tiene que ser el amor siempre, como es el amor que el Señor nos tiene. El amor es darse y no porque se nos dé algo a cambio. Pero quien ama así generosamente se va a ver en verdad recompensado en el amor que recibe, al sentirse amado. Ya el Señor no se quedará atrás, porque su generosidad y su amor es de una medida sin medida, de una medida infinita.
De ahí la respuesta de Jesús a Pedro. ‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más… y en la edad futura, vida eterna’. Alcanzar esa vida eterna lo merece todo. ¿No era lo que le preguntaba aquel joven que había acudido a Jesús? ‘¿Qué haré para heredar la vida eterna?’, le preguntaba.
Pero fijémonos en un detalle. No nos dice Jesús que eso será fácil. Es más aunque nos promete cien veces más en su generosidad por lo que nosotros hayamos amado, no nos oculta las dificultades; no nos oculta que aun a pesar de todo seremos incomprendidos; no nos oculta que incluso vamos a sufrir persecuciones. ‘Cien veces más, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones’, nos dice. Pero, ¿no merecerá la pena todo eso por alcanzar la vida eterna? Cuando en otro momento nos anuncie esas persecuciones en concreto nos dirá que no temamos porque no nos faltará un Defensor y nos anuncia que nos enviará su Espíritu que estará junto a nosotros siendo nuestra fortaleza.

Por algo hemos repetido en el salmo que también es palabra que el Señor nos dice: ‘Al que sigue buen camino, le haré ver la salvación de Dios’. Por ahí ha de ir nuestra ofrenda y nuestra acción de gracias al Señor.

lunes, 27 de mayo de 2013

¿Quién puede salvarse? Con Dios todo lo podemos

Eclesiástico, 17, 20-28; Sal. 31; Mc. 10, 17-27
Después de todo este episodio que nos ha narrado el evangelio - el joven rico que se acerca a Jesús preguntando qué hay que hacer para heredar la vida eterna, su marcha pesaroso porque le parecía mucho lo que Jesús le pedía y los comentarios que hace Jesús sobre lo dificil que es a los ricos entrar en el Reino de los cielos - los discípulos comentan y se preguntan ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’
La salvación, nos preguntamos nosotros, ¿de quién depende? ¿es cosa solo de lo que nosotros podamos hacer? Cuando pensamos así tenemos la respuesta de Jesús: ‘Es imposible para los hombres, no para Dios’. Tenemos que empezar por reconocer que la salvación es un regalo del amor de Dios. Tendremos que dar una respuesta en nuestra vida, pero no es cosa que nosotros nos ganemos por méritos propios. Si fuera así, ¿para qué fue necesario que viniera Jesús?
Fue el  hombre el que se apartó del camino de Dios, como vemos reflejado ya en la primera página de la Biblia. La desobediencia del hombre, el no que el hombre da a Dios es lo que produce la ruptura. Y ante esa ruptura del hombre Dios se adelante ofreciéndonos una salvación, ofreciéndonos un salvador. Es el anuncio que ya allá en el paraiso nos hace Dios y es lo que jalona toda la historia de la salvación.
Cuando queremos hacer las cosas por nuestras fuerzas o por nuestra voluntad nada más como si no necesitáramos de nadie más, no necesitaramos de la gracia del Señor, sabemos como estamos abocados al fracaso; creo que tenemos la experiencia de nuestra debilidad, de cuánto nos cuesta avanzar seriamente en el camino del santidad y del amor porque una y otra vez nos sentimos tentados y nos sentimos sin fuerzas cuando no acudimos a la gracia del Señor.
¿Sería lo que le faltó a aquel joven rico de la página del evangelio? Cuando vio lo que Jesús le proponía y el camino de desprendimiento que habría de realizar en su vida, se sintió muy apegado desde su corazón a todas aquellas cosas que poseía y quizá pensaba que era algo que habría de realizar por si mismo o solo con sus propias fuerzas. Se sintió imposibilitado y esclavo de aquellas cosas en las que había apegado su corazón o que se habían adueñado de su corazón. Era bueno y cumplidor, tenía ansias de vivir algo más para alcanzar a vivir el Reino de Dios, pero quizá pensó que lo podría realizar por si mismo. Dio media vuelta y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Es lo que motivará el comentario de Jesús. ‘¡Qué dificil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos!’, ¡qué dificil a los que tienen su corazón apegado a sus cosas, a sus posesiones, a sus sueños, a los caprichitos de su vida! ‘¡Qué dificil es es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!’ Y habla Jesús del camello y del ojo de la aguja para ponernos la comparación de lo que puede parecer imposible de realizar.
Es necesario desprenderse, quitar las jorobas de los apegos del corazón, vivir con un corazón libre de apegos para poder tener disponibilidad para amar, para servir, para ayudar, para compartir; es necesario aprender a olvidarse de si mismo y de sus apegos. Será cómo podremos entender lo que es el Reino de Dios y podremos comenzar a vivirlo con toda intensidad.
Pero eso lo podremos realizar no por nosotros mismos sino si ponemos toda nuestra confianza en el Señor. ‘Es imposible para los hombres,  no para Dios. Dios lo puede todo’. Cuando tenemos a Dios con nosotros podremos; cuando contamos con la fuerza y la gracia del Señor no nos sentiremos derrotados; cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor, nos daremos cuenta de cuál es nuestra verdadera riqueza.

‘¿Quién puede salvarse?’ se preguntaban los discípulos. Dios nos ofrece y nos regala su salvación; Dios nos regala su gracia que nos fortalece y que nos libera el alma y el corazón; Dios es nuestra salvación y nuestra fortaleza. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor; pongamos, sí, nuestra voluntad y nuestro deseo, pero poniendo toda nuestra confianza en la gracia del Señor.

domingo, 26 de mayo de 2013

Adoración, alabanza y acción de gracias al Misterio santo de la Trinidad de Dios

Prov. 8, 22-31; Sal. 8; Rom. 5, 1-5; Jn. 16, 12-15
‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’, repetíamos en el salmo. ‘Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?’ Sí, contemplemos las maravillas que hizo el Señor pero cantemos al mismo tiempo nuestra mejor alabanza a su santo nombre.
‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?’ Nos sentimos pequeños, nos sentimos sobrecogidos ante el poder y la grandeza del Señor, su inmensidad que todo lo llena y su sabiduría, cuando contemplamos la gloria del Señor. No terminamos de alabar lo suficiente la gloria del Señor. Hemos de detenernos a contemplar su gloria admirando sus maravillas. Decimos que somos creyentes pero no terminamos de reconocerle. Es el Señor; es el Dios todopoderoso creador de todas las cosas que todo lo llena con su inmensidad. Es el Señor, nuestro Dios que nos llena, nos envuelve y nos inunda con su presencia. ¡Con qué intensidad tiene que ser nuestra alabanza!
Pero ahí está la maravilla, es un Dios que nos ama y derrama su amor sobre toda la creación; un Dios que nos ama y nos inunda con su amor. Un Dios que a pesar de su inmensidad y su grandeza no lo contemplamos alejado de nosotros allá en la lejanía de los cielos, como sentado en su trono de gloria, sino que podemos sentirlo junto a nosotros, más aún podemos sentirlo dentro de nosotros porque en nosotros quiere poner su morada, convirtiéndonos en templo y morada de Dios. ¿No hay ahí motivos suficientes para que con toda nuestra vida y en todo momento cantemos nuestra acción de gracias al Señor?
Hoy contemplamos de manera especial y celebramos todo el misterio de Dios. Estamos celebrando el misterio de Dios en su Santísima Trinidad que solo podemos conocerlo y reconocerlo porque El así nos lo ha revelado. Una fiesta y una celebración muy especial que celebramos en este domingo primero después de haber concluido el recorrido de la Pascua. Y es que a través de todo el misterio pascual que hemos celebrado hemos ido contemplando todo ese misterio de amor de Dios que se nos revela.
Hoy es el domingo de la Santísima Trinidad. Damos gracias y damos gloria ‘a Dios Padre, todopoderoso y eterno que con su único Hijo y el Espíritu Santo es un solo Dios, un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una sola naturaleza’, como confesamos en el Credo y cantamos en el Prefacio de nuestra Acción de gracias. ‘En verdad es justo y necesario darte gracias, siempre y en todo lugar’.
Lo creemos como lo confesamos en el Credo porque así quiso Dios revelársenos; damos gracias porque así ha querido hacernos partícipes de ese misterio de Dios, pero al mismo tiempo nos postramos para adorar este Misterio santo de Dios. Doblamos nuestras rodillas y nos postramos desde lo más hondo del corazón, porque con toda nuestra vida queremos adorar a Dios reconociéndolo como el único Dios y Señor de nuestra vida y queremos para siempre cantar su gloria. ‘Confesamos nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible’ pero nos postramos en adoración y en alabanza para cantar con todas nuestras fuerzas la gloria del Señor.
Todo honor y toda gloria a Dios uno y trino; todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Jesucristo, en Jesucristo y con Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Así llegaremos al momento cumbre de nuestra celebración donde queremos hacer la más hermosa ofrenda de nuestra vida para la gloria y el honor del Señor por toda la eternidad.
Vivamos ese momento de nuestra Eucaristía con toda intensidad. Démosle hondo sentido a cada una de las oraciones y a cada uno de los momentos de nuestra celebración. Que porque cada vez que celebramos la Eucaristía repitamos las mismas palabras, no bajemos la intensidad y la vida que ponemos en ellas para alabar de todo corazón al Señor.
No es momento hoy para hacernos grandes reflexiones ni para ponernos a hacer explicaciones teológicas del misterio de Dios. Serían otros los momentos para la catequesis y para esa reflexión que nos ayude a conocer más y más nuestra fe, a profundizar en su conocimiento y reflexión para que podamos llegar a dar profunda razón de nuestra fe y nuestra esperanza. El año de la fe que estamos celebrando tendría que motivarnos a querer hacer esa profundización y reflexión y podría ser un buen compromiso de la celebración de este día.
Ahora es momento para el reconocimiento y la adoración; es momento para la alabanza y la acción de gracias; es el momento de proclamar bien alta nuestra fe que nos convierte en testigos en medio de nuestros hermanos; es el momento de la celebración, una celebración es cierto que nos lleve a la vida y al compromiso de vida.
Pero no nos podemos cansar de alabar y bendecir al Señor, de darle gracias y de postrarnos ante Dios en adoración. Convertimos demasiadas veces nuestras celebraciones en unos listados de peticiones al Señor como quien viene a despechar con el que puede resolverle sus muchos problemas, pero no llegamos a expresarle todo lo que es nuestro amor con nuestras palabras y nuestros cánticos de bendición y de alabanza.
Que todas las criaturas alaben a su Señor; con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales queremos cantar el cántico que eternamente se escucha en el cielo con el que se proclama la Santidad de Dios. Estamos celebrando la acción de gracias de toda la creación. Los cielos y la tierra proclaman la gloria del Creador, la gloria del Señor.
Estamos celebrando en esta liturgia de la tierra los que aun caminamos en medio de este mundo la mejor acción de gracias que podemos ofrecer desde nuestra vida, desde nuestra fe y desde nuestro amor, uniéndonos a la liturgia del cielo con la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de la gloria del Señor, cuando podamos contemplar cara a cara a Dios y cantar eternamente sus alabanzas.

Que con toda nuestra vida y siempre cantemos la gloria del Señor. Que podamos decir con todo sentido y desde lo más profundo de nuestro corazón: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.