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sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

jueves, 2 de enero de 2025

En medio de vosotros está y no lo conocéis y son tantas las señales de Dios a nuestro lado mientras seguimos con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios

 


En medio de vosotros está y no lo conocéis y son tantas las señales de Dios a nuestro lado mientras seguimos con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios

1Juan 2, 22-28; Salmo 97; Juan 1, 19-28

No sé quien es del que me estás hablando, habremos dicho o nos habrán dicho en alguna ocasión cuando no terminamos de entender aquello de lo que nos están hablando o aquel de quien nos hablan. Si está ahí, a tu lado, nos vienen a decir, lo ves cada día pero no terminas de saber quien es; parece que pasa desapercibido en medio nuestro, no terminamos de ver las señales, no terminamos de reconocerle; quizás porque nosotros nos imaginamos otra cosa, nos habíamos hecho otra idea, nos habíamos dejado llevar por aquello que habíamos imaginado.

Sucedía con Jesús. Como nos dice hoy el Bautista ‘en medio de vosotros está y no lo conocéis’. Las gentes se habían hecho una idea, la propia figura de Juan podía resultar engañosa, no porque Juan quisiera engañar, sino que su presencia profética podría parecer extraña o extraordinaria y por eso la gente podía pensar que Juan era el Mesías esperado. De ahí las preguntas que hoy le hacen, la embajada que le envían de Jerusalén. Pero El les dice y les repite que en medio de ellos está y no le quieren reconocer.

Bien sabemos también la idea que se habían hecho del Mesías, como un poder fáctico que aglutinara a la gente en contra de los que consideraban sus opresores porque eran los que en aquellos momentos dominaban Palestina, y se habían hecho la idea poco menos que de un Mesías guerrero, de un Mesías libertador, pero sin comprender bien las palabras de los profetas que hablaban de esa liberación, como Jesús mismo recuerda en la proclamación que hará en la sinagoga de Nazaret.

Venía, sí, lleno del Espíritu de Dios para ser la liberación de los oprimidos, y los ciegos recobrarían la vista, los inválidos el movimiento de sus miembros atrofiados, y los cautivos la libertad. Pero el profeta habla del Año de gracia del Señor, de otro sentido de esa amnistía. Por eso no reconocerán a Jesús que perdona los pecados antes de liberar al paralítico de su camilla; no entenderán que ofrezca el perdón a la mujer pecadora que le lava los pies con sus lágrimas; no entenderán que coma con publicanos y prostitutas porque el médico viene a sanar a los enfermos.

‘En medio de vosotros está y no le conocéis’, les dice Juan Bautista a los que vienen en embajada desde Jerusalén. Es el que viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego, porque será la verdadera transformación que quiere realizar en nuestra vida.

Nosotros decimos que confesamos nuestra fe en Jesús y le reconocemos, pero ¿seremos capaces de hacerlo presente de alguna manera en nuestro mundo para que el mundo le reconozca? ¿Seremos también capaces de reconocer a Jesús que se hace presente en medio de nosotros, en nuestro mundo, en cuanto nos sucede, en aquellos que están a nuestro lado?

Son también las señales de Dios que nosotros hemos de saber reconocer. Nos ha dicho que cuando hagamos a los demás, a El se lo hacemos, pero en los otros no sabemos verle, ni en el pobre ni en el que nos tiende la mano en el camino, ni en ese que ha llegado a nuestra tierra desde otros lugares y ahora seguramente vaga en medio nuestro buscando un trabajo o una acogida y nosotros dejamos pasar de largo porque con él no queremos mezclarnos, ni en ese anciano que calladamente sufre su soledad porque nadie atiende, porque nadie visita, para quien nadie tiene un momento para hacerse presente o tener una palabra de aliento y de consuelo, ni en ese que vemos sentarse solitario en la plaza y con quien nadie habla porque quizás su presencia nos intimida y tratamos de ignorarlo a causa de nuestros temores o nuestros prejuicios…

Son tantas las señales de Dios a nuestro alrededor y seguimos viajando con nuestra imaginación buscando milagros extraordinarios, y seguimos pasando sin prestar atención a esas cosas sencillas donde se hace presente Dios. Aunque en estos días hablamos mucho de un niño nacido en la pobreza de un portal y recostado humilde entre las pajas de un pesebre, con señales semejantes tenemos a mucho en derredor nuestro y no sabemos ver cómo a través de ellos nos llega la salvación de Dios, a través de ellos tiene que hacerse navidad en nosotros.