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domingo, 14 de junio de 2026

Sanemos las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad

 


Sanemos las heridas que muchas veces podemos llevar en el corazón con la medicina del amor y con tu actitud generosa podrás también repartir felicidad

1Reyes, 21, 1-16; Sal. 5; Mateo 5, 38-42

‘El cristianismo no es fácil, pero es feliz’, decía San Pablo VI en una ocasión a unos estudiantes romanos que asistían a una de sus audiencias. Como la vida, como los trabajos que realizamos, como el camino que hacemos, muchas veces no es fácil pero al final disfrutamos viviendo, como nos sentimos satisfechos y felices cuando hemos llegado a completar nuestro trabajo, como nos sentimos al final del camino por muchas que hayan sido los piedras que hayamos tenido que sortear en el camino. Pero es que tendríamos que decir algo más, es que incluso con esas piedras nos sentimos felices haciendo el camino; en medio de nuestros esfuerzos nos sentimos felices en nuestro trabajo; seguramente es algo que no todos entienden, porque no saben ser felices en lo que son y en lo que hacen.

Es lo que nos quiere Jesús enseñar en el llamado sermón del monte, que comienza precisamente proclamando las bienaventuranzas; quiere decirnos Jesús que el camino de su seguimiento es un camino de felicidad; por eso nos dirá que serán dichosos y felices los pobres y los que se ven perseguidos, los que sufren no solo en si mismos en sus carencias sino también por el sufrimiento de los demás porque lo hacen propio, y así podemos seguir desgranando todas las bienaventuranzas, que ya hemos meditado recientemente.

Hoy nos habla Jesús de esos detalles que nos pueden parecer pequeños en nuestro trato o en nuestra relación con los demás, pero que sin embargo muchas veces nos pueden producir amargura en el corazón; pero Jesús quiere que vivamos sanamente esas situaciones en que nos podemos ver contrariados por las dificultades que encontramos en esas relaciones; nos podemos sentir ofendidos, puede parece que son exigentes con nosotros los demás en lo que nos piden, nos cuesta quizás desprendernos de nuestras cosas para compartirlas con los demás.

Todo nos viene a decir Jesús tenemos que aprender a vivirlo de una manera sana. ¿De qué nos vale mantener esa herida abierta en nuestro corazón cuando alguien nos ha ofendido si al final seremos nosotros los que lo estaríamos sufriendo? Quienes guardan resentimiento en su corazón por algo malo que hayan recibido de los demás y hasta decimos pues no le perdono para que se aguante, el que está sufriendo eres tú por mantener ese resentimiento en tu corazón. Trata de sanar esa herida, y la mejor medicina es el amor, responde no con odio sino con amor. Es difícil, es cierto, porque nuestra reacción espontánea es la violencia, pero cuando calmas tu corazón con amor serás feliz, como nos venía a decir el Papa en la cita que mencionábamos al principio. ‘No hagáis frente al que os agravia’, nos decía Jesús.

Y en ese sentido iban las palabras de Jesús en lo que nos decía a continuación. Dale más de lo que te pide o te exige, y al final la generosidad de tu corazón te hará sentirte mejor, te hará sentirte más feliz. No nos escondamos de aquel que sabemos que nos va a pedir algo, como algunas veces espontáneamente sentimos ganas de hacer. No cruces a la otra acera para no encontrarte con aquel con quien tienes algo pendiente, vete de frente por la vida pero siempre haciendo rebosar de amor tu corazón. Se acabarán los miedos y florecerá la generosidad en el corazón. No será fácil pero al final te sentirás feliz.

Regala una flor.

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