Es el
amor el que tiene que envolver todos los gestos de nuestra vida, el que va a
poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá hacer nacer un mundo nuevo
2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Salmo 59; Mateo
7, 1-5
Decía san Agustín ‘si corriges,
hazlo con amor; y si perdonas, hazlo con amor’. Una hermosa sentencia que
tendríamos que recordar al albur de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el
evangelio. Si lo haces así habrás aprendido a hacerlo con humildad.
Vamos demasiado de autosuficientes y de
maestros por la vida. Somos los que nos lo sabemos todo y lo que todo lo
hacemos bien. Que nadie nos diga nada. Porque ya estaremos preparados con la
regla en alto para humillar a quien trate de decirnos algo en contra de
nuestras opiniones. Cuando empleo esta expresión de la regla en algo lo hago
recordando aquellos tiempos en que el maestro quizás corregía más con la regla
que con las palabras de convencimiento para hacernos ver nuestro error. Hoy la
regla es la descalificación, es el tener en cuenta la lista de errores que tú
en otro momento hayas podido cometer para ahora echártelo en cara y hacerte
perder autoridad para lo que tratas de decirle buenamente, son las palabras
hirientes que quieren hacer creer como un tonto que nada sabes ni nada puedes
decir, es el querer imponer mis criterios porque tú ya estás trasnochado. De
cuántas cosas nos valemos para aceptar una corrección.
Que la corrección nunca sea un juicio
condenatorio porque se volverá contra nosotros por nuestra falta de humildad.
Nos habla Jesús de la paja en el ojo ajeno que queremos retirar mientras
tenemos una viga en el nuestro. Qué importante es que nos miremos a nosotros
mismos primero en toda su crudeza, pero comenzaremos a ser más humildes y a
tener mayor delicadeza cuando vamos a ayudar a los demás.
Jesús nos está planteando en el sermón
del monte que venimos escuchando en el evangelio ese sentido nuevo de nuestras
relaciones mutuas cuando nos está dando las características del Reino de Dios
que anuncia. Un mundo nuevo de fraternidad cuyos lazos son los del amor de
hermanos. Los hermanos no se imponen los unos a los otros, los hermanos saben
caminar juntos y a la par, los hermanos se respetan y valoran cada uno en sus
valores y capacidades sabiendo ocupar cada uno su lugar, los hermanos se ayudan
a salir de los atolladeros de la vida con los menos daños y consecuencias, los
hermanos no humillan ni discriminan.
Son características muy valiosas en
nuestras mutuas relaciones y que van a contracorriente de un mundo de
prepotencias y discriminaciones, de manipulación y dominio de la manera que sea
de los unos sobre los otros, de desconfianzas y zancadillas porque siempre
queremos prevalecer y quitamos de en medio a quien nos pudiera hacer sombra. Y
nos cuesta remar a contracorriente pero nosotros tenemos unos valores que son
los realmente van a dar grandeza a nuestra vida. Hoy se habla mucho de dignidad
y de derechos humanos pero seguimos poniendo barreras en el camino de la vida
difíciles de sortear para muchos porque siempre trataremos de arrimar el ascua
a nuestra sardina.
Tendrá que ser siempre la humildad y la
sencillez los que guíen nuestros pasos, moderen nuestros gestos y llenen de
delicadeza nuestro trato con los demás. Será ahí donde estaremos manifestando
nuestra verdadera grandeza; como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio
será el más importante el que sea capaz de ser más servidor. Por eso nos dirá
que quien quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Y
ahí tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar los que nos decimos
seguidores de Jesús. Es el amor el que tiene que envolver todos los gestos de
nuestra vida, el que va a poner humanidad en nuestro corazón y el que podrá
hacer nacer un mundo nuevo.
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