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viernes, 1 de mayo de 2026

En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

 


En el camino de la vida no nos podemos dejar envolver por oscuridades o por agobios, sino que hemos de mantener la esperanza porque el Espíritu de Dios está con nosotros

Hechos 13, 26-33; Salmo 2; Juan 14, 1-6

La vida no siempre se nos presenta fácil; queremos una vida de tranquilidad, quizás incluso nosotros estamos queriendo poner todos los ingredientes con nuestro esfuerzo y nuestro trabajo para obtener la mayor felicidad en nuestra vida, vamos a decir incluso que tratamos de vivir en la mayor rectitud, pero no siempre encontramos esa serenidad para afrontar la vida misma, para mantener ese esfuerzo porque nos vienen cansancios y desilusiones, pero además es que encontramos tropiezos en el camino que se nos vuelve así dificultoso; podemos sentirnos abocados al desánimo, a perder la esperanza de poder lograr eso bueno a lo que aspiramos, y nos sentimos agobiados.

¿Dónde encontrar esos ánimos que necesitamos? ¿Cómo superar esos contratiempos que nos van apareciendo? ¿Cómo mantener esa serenidad de espíritu para no llegar a sentir esos agobios? ¿Habrá suficiente fortaleza en nuestro interior para mantener encendida esa llama de la esperanza? Preguntas que nos hacemos, búsquedas que vamos intentando, descubierto al tiempo de donde podemos sacar esa fortaleza. Lo necesitamos.

El evangelio de hoy ha comenzado con unas palabras de Jesús a sus discípulos para que no pierdan la calma, para que no se sientan embotados con tantos agobios. Sabemos que estas palabras fueron pronunciadas por Jesús en la última cena, la cena pascual que celebró con los discípulos antes de comenzar su pasión. En el ambiente se sentía esa carga de ansiedad por lo que seguramente sabían que se estaba tramando contra Jesús, pero también por los anuncios que Jesús había ido realizando. Los mismos gestos de Jesús en aquella cena sonaban a despedida, y eso estaba calando en el ambiente.

Como tantas veces nos sucede cuando barruntamos que nos pueden venir tiempos oscuros, que interiormente no nos sentimos bien, que parece que se nos cierra la mente y no podemos ver ni pensar con claridad. Necesitamos algo o alguien que nos serene, superponernos a esas ansiedades que van surgiendo en nuestro corazón, no adelantarnos a las negruras porque más negro se nos hace el camino.

Por eso escuchamos esas palabras de Jesús a sus discípulos en aquel momento en que les está hablando de su partida, pero quiere sembrar la esperanza y el buen animo en sus corazones. Más allá de lo que iba a significar la pasión que comenzaba, ellos estaban presintiendo que Jesús no iba a estar con ellos siempre, porque le hablaba de la vuelta al Padre. Por eso les habla de esas estancias junto a Dios que El va a prepararles. ‘Voy a prepararos sitios, volveré y os llevaré conmigo’, les dice.

Como luego seguirá prometiéndonos y ya tendremos oportunidad de reflexionar más sobre ello, le anuncia la presencia de su Espíritu que les hará sentir que Jesús siempre está con ellos, siempre está con nosotros. Por eso les dice que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Con Jesús, y la fuerza de su Espíritu nos lo hará sentir, lo tenemos todo, porque no tenemos que hacer otra cosa que vivirle a El, que es hacer sus mismos pasos, empaparnos de su Sabiduría dejándonos envolver por la Palabra de Dios, y vivir, no solo a la manera de Jesús, sino la misma vida de Jesús. ¿Qué será el amor para nosotros?

Es lo que tenemos que vivir en nuestro camino de fe, es lo que tenemos que vivir y expresar como Iglesia, es el sentido de evangelio que hemos de darle a nuestra vida. Y así encontraremos sentido para todo, así nos encontraremos con aquella fuerza que decíamos que necesitamos para no desencantarnos de la vida, para seguir con nuestros esfuerzos de superación, para buscar y encontrar esa paz y ese serenidad del espíritu cuando nos aparezcan los agobios y los momentos oscuros, para seguir encontrando la fuerza que necesitamos para seguir con nuestras responsabilidades y nuestros compromisos aunque no seamos entendidos, aunque tiren piedras a nuestro paso para entorpecernos el camino.

Caminamos apoyados en el Señor, la presencia de su Espíritu es nuestra fortaleza.

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