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jueves, 16 de septiembre de 2021

La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

 


La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

1 Timoteo 4, 12-16; Sal 110;  Lucas 7, 36-50

Nos sucede a veces que nos cruzamos con alguien con quien no nos gustaría tropezar, es más, que no nos gustaría que nos viesen con esa clase de personas; nos parecen mala sombra, la rehuimos, o nos hacemos los distraídos como si no las hubiéramos visto a ver cómo pasamos desapercibidos; que no se lo ocurra a aquella persona detenerse junto a nosotros, saludarnos o decirnos algo, pasaríamos un mal trago. Intentamos, quizás, que nadie se de cuenta, tratamos de disimular lo más posible, pero de alguna manera estamos huyendo de aquella persona, o más bien, queriendo desterrarla lejos de nosotros mismos.

Su mala fama, su conducta desordenada, algunas cosas muy escandalosas de las que la han acusado aunque realmente no tenemos pruebas ni seguridades de que lo que se dice de ellas es cierto, pero nosotros nos precavemos, mejor, como si no las hubiéramos visto. Aunque quizá tendríamos que preguntarnos ¿qué sabemos del interior de esa persona? ¿Cuáles pueden ser las tragedias que esté padeciendo en su interior o incluso también en los desaires que recibe de los demás? Nada sabemos ni parece que nos pueda interesar.

¿Sería así el mal trago que estaba pasando Simón el fariseo en aquella comida en que tanto interés había tenido que fuera Jesús? ¿Lo estarían pasando mal de la misma manera el resto de comensales, amigos del fariseo y probablemente de su mismo partido? La comida parecía que se iba a desarrollar dentro de lo normal, pero de repente aparece aquella mujer que nadie sabe cómo llegó hasta la sala de comensales que se puso de rodillas a los pies de Jesús lavándoselos con sus lágrimas y ungiéndolos con costoso perfume. Todos sabían quién era aquella mujer en aquella ciudad y la fama que la acompañaba; estarían pasando un mal rato porque parecía que todo el festejo de aquel almuerzo se estaba viniendo abajo.

Y eso es lo que estaba pensando en su interior el anfitrión de aquella comida. Si éste (Jesús) supiera quien es esta mujer… no le dejaría hacer lo que está haciendo. Pero Jesús le está leyendo los pensamientos. No hacía falta ser muy adivino viendo los rostros de circunstancias que todos estaban poniendo, aunque Jesús bien conocía el corazón de aquellas personas. Por eso es Jesús el que se adelanta para proponerle a Simón una pequeña parábola, los dos deudores que debían a su amo determinadas cantidades y a quienes su amo condonó la deuda en la generosidad de su corazón. ¿Cuál estará más agradecido? Seguro que aquel a quien se le perdonó más.

Y ahora es Jesús el que hace que todas las miradas se dirijan a aquella mujer. De alguna manera pone en un feo al anfitrión de la comida, porque no ha cumplido con los protocolos normales para esas ocasiones, de ofrecer agua y perfume a su huésped como signo de hospitalidad además del correspondiente saludo. Y Jesús le viene a decir que aquella mujer ha hecho todo lo que Simón había descuidado hacer. Pero que si aquella mujer lloraba hasta bañar sus pies es porque el amor de su corazón le hacía reconocer lo que había sido su vida y su pecado. Y a aquella mujer que estaba amando mucho, se le perdonaban sus muchos pecados.

Ya sabemos las reacciones de aquellos fariseos que no dan el brazo a torcer y no entienden de lo que es la misericordia. Les falta amor en su corazón y no entenderán nunca lo que es el perdón. Pero ahí queda el gesto de Jesús que nos tiene que hacer pensar, en nuestras discriminaciones y en nuestros juicios, en la hipocresía de nuestra vida y en las fáciles condenas que hacemos de los demás sin fijarnos en la viga que llevamos en nuestro ojo.

Un buen toque de atención que nos hace Jesús que nos hace mirar de manera nueva a los demás. Como decíamos antes no sabemos lo que hay en el interior del corazón de la persona, pueden estar las negruras que se van acumulando a lo largo de la vida, pero pueden estar también los buenos deseos que nos hacen levantarnos, pueden estar las tragedias que sufrimos a consecuencia de nuestros errores, pero puede estar también la intensidad del amor que ahora queremos poner porque queremos algo nuevo para nosotros.


miércoles, 15 de septiembre de 2021

Aprendamos del silencio de María o lo que es lo mismo aprendamos de su amor de Madre para que guardemos en nuestro corazón los sufrimientos y alegrías de los demás

 


Aprendamos del silencio de María o lo que es lo mismo aprendamos de su amor de Madre para que guardemos en nuestro corazón los sufrimientos y alegrías de los demás

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Juan 19, 25-27

Cuántas cosas guardan las madres en el silencio de su corazón. Es el silencio del amor, es el silencio del dolor y del sufrimiento, es el silencio que solo puede comprender una madre. Atrevido soy yo para hablar de eso.  Un corazón de madre que es todo amor; un corazón de madre que será siempre un cofre abierto para recibir de los hijos pero un cofre cerrado que guarda en silencio porque su sufrimiento es solo para ella.

Hoy contemplamos y celebramos a quien está en silencio al pie de la cruz de su Hijo. No le escuchamos decir palabras, como pocas son las que a lo largo de su vida nos trasmitirá el evangelio salidas de sus labios aunque todas son de una riqueza grande. Muda en silencio se quedó al sentirse invadida por el ángel en su casa de Nazaret y escuchar sus palabras. Se puso a considerar que significaban aquellas palabras; se hará preguntas en el silencio de su corazón aunque solo conocemos las que le hizo al ángel y su respuesta final. ‘¿Cómo será eso?’, se pregunta porque al mismo tiempo vislumbra todo el significado y repercusión que a la larga iba a tener en su vida lo que le proponía el ángel, pero el silencio se rompe luego para decir sí, hágase, ‘cúmplase en mi según tu palabra’. Y María comenzó a guardar en su corazón.

En silencio camina a la montaña donde sabe que tiene que ir a servir, pero cómo rumiaría por aquellos caminos todo el misterio que en ella se estaba realizando. En su mente podrían estar también las dudas que más tarde tratarían de amargar el corazón de José, pero sin tener respuestas deja que se realice el actuar de Dios que irá más allá de lo que ella pudiera pensar o intentara explicar. Son silencios que aunque la llenan de Dios no dejan a un lado los sufrimientos de su corazón cuando sospecha del sufrimiento de los demás en este caso de José.

Pero sorprendida se vio de nuevo cuando su prima la recibe con alegría y cánticos de alabanza como la madre de su Señor. Por eso sus labios romperán el silencio solamente para unirse a ese cántico de alabanza que seguramente había ido rumiando mientras hacía el camino desde Nazaret. Ella está viendo el actuar de Dios que se ha hecho presente también allí en la montaña entre los humildes como se ha hecho presente en su corazón que se siente pequeño; pero sus palabras sin ella quizás darse cuenta son también profecía de ese mundo nuevo, de ese Reino nuevo, donde los poderosos serán abajados de sus tronos mientras los pequeños y los humildes son levantados. Son los silencios de una madre que se hacen profecía.

En el camino que de nuevo hará desde Nazaret hasta Judea con todas aquellas maravillas que se sucederán en Belén con el nacimiento de Jesús, también escucharemos su silencio. Porque los silencios también hablan y podrán trasmitirnos muchas cosas. Y como nos dirá el evangelista María iba guardando su corazón todo cuanto ante ella y en ella se iba sucediendo.

El sufrimiento de una madre que no puede ofrecer el calor de una cuna a su hijo recién nacido, la pobreza de aquel establo que misteriosamente comenzará a brillar con una luz especial porque allí está el Sol venido de lo alto, la humildad y sencillez de aquellos pastores que allí llegan guiados por los anuncios del ángel, más tarde aquellos magos venidos de Oriente con sus ofrendas, son cosas que María va guardando en su corazón. Sufrimientos que se entremezclan con alegrías, oscuridades de una noche solo iluminada por las estrellas, silencio de las puertas que no se abren que serán imagen del rechazo que un día su Hijo sufrirá,  pero al mismo tiempo resplandores de cielo en los ángeles que cantan la gloria del Señor, serán cosas que se suceden y que María va guardando en su corazón.

Serán las palabras del anciano Simeón que por un lado reconoce la gloria del Señor porque llega el sol que viene de lo alto y quien va a ser la alegría de todo el pueblo, pero que a ella le anuncia espadas de dolor y de sufrimiento. Los silencios siguen amontonándose en el corazón de María a medida en que sigue creciendo su amor. Su huida a Egipto porque Herodes busca al Niño para matarlo y su peregrinar de un lado para otro hasta establecerse definidamente en Nazaret serán silencios de amor que se van acumulando en su corazón.

El ángel le había anunciado que sería el Hijo del Altísimo y por el significado de su nombre que será el que salvará al pueblo de sus pecados, pero la vida en Nazaret transcurre en la monotonía y el silencio. ¿Cómo se realizarán los planes de Dios? son preguntas como las que nosotros nos hacemos cuando estamos a la expectativa de algo pero vemos que no se realiza.

Un día marchará Jesús para el Jordán, a donde iban tantos a escuchar a Juan, y a su vuelta serán los caminos y las aldeas de Galilea las que se convertirán en el hogar de aquel nuevo profeta que la gente ve surgir. Pero, para María, silencio quedándose quizá en Nazaret o siguiendo de cerca los nuevos caminos que Jesús comienza a realizar. Y a ella llegarán toda clase de rumores, de lo que el mismo evangelio nos dice de la aceptación o no de Jesús por unos y por otros. Pero el silencio de la madre sigue en pie como se mantiene firme el amor en el corazón de la madre que nunca desfallece.

Ahora hoy la contemplamos al pie de la cruz de su hijo también en silencio. Ella está haciendo suyo todo el sufrimiento de su Hijo en la cruz, o lo que es lo mismo, todo el amor que Jesús está viviendo en su entrega en la cruz. Es la madre llena de dolor, como no puede ser menos, pero es la madre que sigue allí con corazón abierto porque allí recibirá el regalo de unos nuevos hijos. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús, mientras escucha que a Juan le dice ‘ahí tienes a tu madre’. Ya desde entonces la casa de Juan será la casa de María. Ella estará ya desde entonces haciendo suyo, metiendo en silencio en su corazón, todos los sufrimientos y las alegrías de los que desde ahora son también sus hijos.

Nos quedamos aquí contemplándola y reviviendo con ella todo lo que ha sido ese recorrido de silencio y de amor, todo lo que ha sido y seguirá siendo ese recorrido de Madre. Porque ahora seremos nosotros los que estamos también dentro del corazón de María, y María también guardará nuestros secretos porque desde entonces ella es también para nosotros la madre en la que confiamos. Y María conservaba, María sigue conservando muchas cosas en su corazón de Madre de nosotros, sus hijos.

¿Aprenderemos nosotros de los silencios de María? ¿Habremos aprendido de lo que es su amor de Madre? ¿Qué es lo que nosotros vamos guardando también en nuestro corazón? ¿Aprenderemos nosotros a ser como María corazón abierto para los demás? ¿Sabremos hacer nuestros en silencio, en el silencio de nuestro corazón, lo que son los sufrimientos y las alegrías de los demás que caminan a nuestro lado?

martes, 14 de septiembre de 2021

Miramos a lo alto de la cruz porque solo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo y arrancará de nosotros ese veneno del mal para llenarnos de su vida nueva

 


Miramos a lo alto de la cruz porque solo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo y arrancará de nosotros ese veneno del mal para llenarnos de su vida nueva

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

Nunca estamos satisfechos, de todo nos quejamos; siempre tenemos una queja o una crítica que hacer; aunque quizás nuestras cosas hayan cambiado para mejor, todavía queremos más. Andamos muchas veces como rebeldes por la vida. Hay también algo dentro de nosotros que no nos satisface y queremos algo mejor.

Por una parte puede estar nuestro espíritu de superación, nuestro espíritu inquieto que desea lo mejor y no nos contentamos con lo conseguido sino que queremos algo mejor, pero está también nuestro espíritu rebelde, que no lo hace por superación, sino porque siempre queremos ir a la contra y no estamos de acuerdo con aquellos que llevan la responsabilidad; es cierto que hay que exigir lo mejor, pero también hay que constatar los pasos que damos y que nos sirvan de estimulo para que seamos nosotros también los que pongamos de nuestra parte; nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho y muchos interesados casi nos camelan con algunas cosas para tenernos contentos, pero vete a saber lo que hay por detrás.

Algunas veces nos tocan momentos duros, difíciles, donde las cosas no marchan como nosotros quisiéramos o aparecen nuevas situaciones que nos lo revuelven todo. Como nos está sucediendo ahora con la situación que vivimos, y que muchas veces no sabemos a quien acudir, quien nos puede dar soluciones, quien nos ayudará de verdad a salir de donde estamos. Como nos puede suceder en tantas situaciones de sufrimiento por un motivo o por otro por donde tenemos que pasar tantas veces en la vida. No nos gusta sufrir y es algo que llevamos muy mal, muchas veces hasta podemos caer en la desesperación.

Quizá también se nos meten por medio muchas serpientes que enredan, que nos envenenan, que crean en nosotros situaciones difíciles; o quizá la serpiente la llevamos dentro de nosotros con nuestra malicia, con nuestras desconfianzas, con nuestros deseos de vivir bien sea como sea, con las apetencias que se nos meten en el corazón, con las vanidades con que podemos ir envolviendo nuestras vidas, con nuestros orgullos o con nuestras violencias. El mal se nos mete en el corazón, y con ese mal queremos muchas veces envenenar también a los demás. Con nuestra malicia manifestada de mil maneras podemos ser serpiente que envenene a los que nos rodean.

Me ha dado pie a toda esta reflexión lo que hoy se nos ofrece en lectura del libro de los Números. El pueblo caminaba por el desierto, lo que ya de por sí era algo bien duro, pero en búsqueda de la libertad; el Señor los había liberado de Egipto y los había hecho pasar el mar Rojo, ahora tenían que atravesar todo el desierto del Sinaí para llegar a la tierra que Dios les había prometido. El camino era duro y venían momentos de cansancio y desaliento, con deseos incluso de volverse a Egipto o haberse quedado en Egipto. Y de ese camino duro que les llevaba a la libertad como pueblo ahora se quejan y se rebelan contra Dios.


Como una imagen se nos habla de una invasión de serpientes en el campamento que les muerden y les envenenan llevándoles a muchos a la muerte. Algo que pudo suceder, pero que es imagen del estado de ánimo interior por el que iban pasando. Y aunque rebeldes contra Dios al final acuden a Yahvé que les libere de aquellas serpientes; como una señal había de levantarse en medio del campamento como en un estandarte la imagen de una serpiente. Era un reconocimiento de su mal ánimo pero una señal de liberación interior.

Toda esta reflexión nos la estamos haciendo en la fiesta litúrgica de la exaltación de la santa Cruz en este 14 de septiembre. Y en el texto que se nos ofrece en el evangelio, final de las palabras entre Jesús y Nicodemo, Jesús nos propone precisamente esa imagen de la serpiente levantada en lo alto. Pero ahora no será la serpiente, sino que Jesús nos dirá que será el mismo el que sea levantado en lo alto, a la manera de aquella serpiente que levantó Moisés en el desierto, porque es en El en quien encontramos la salvación.

Decíamos antes que lo que nos sucede nos hace andar desorientados, sentimos que el mal se nos ha metido en el corazón y está envenenando nuestro mundo, no nos sentimos satisfechos con el camino que hacemos y en el fondo todos queremos algún tipo de liberación. Pero no es una liberación cualquiera la que nos ofrece Jesús. No se trata de que nos aparezca un líder en nuestro mundo y nos dé caminos de soluciones a los problemas que tengamos; no son esas soluciones parciales las que necesitamos, sino algo más hondo que se produzca de verdad en el interior del hombre, en el corazón de la persona.

Como nos dirá Jesús en otra ocasión, es de dentro, del corazón de donde salen los malos deseos y toda clase de mal; pues es ese corazón el que tenemos que cambiar. Y nosotros miramos a Jesús, el que está levantado en alto, al que contemplamos en una cruz para señalarnos y decirnos como desde un amor como el que tuvo El por nosotros es como encontraremos esos caminos de liberación, esa transformación del corazón.

Miramos a lo alto de la cruz, como decimos en la tarde del Viernes Santo, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Es lo que hoy queremos celebrar, porque sólo Jesús es nuestro salvador, sólo Jesús es el que nos libera desde lo más profundo, sólo Jesús es el que arrancará de nosotros ese veneno del pecado, del mal, del sufrimiento, del odio y del desamor para llenarnos de su gracia, para llenarnos de su vida nueva.

Serán duros los caminos que vamos haciendo en la vida, o mejor con nuestro veneno hemos hecho duro ese camino porque nos hemos llenado de mal, pero sabemos donde encontramos la salvación. Miramos a la cruz y miramos a Jesús. Nos sentiremos renovados por su amor que es gracia y salvación para nosotros. Nos sentiremos transformados por su amor y comenzaremos a amar con un amor semejante porque así es como llevaremos esa liberación verdadera a nuestro mundo.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Lo que necesitamos nosotros es ser confiados, ser humildes, ser constantes en nuestra oración, con la seguridad además de podernos dirigir directamente a El

 


Lo que necesitamos nosotros es ser confiados, ser humildes, ser constantes en nuestra oración, con la seguridad además de podernos dirigir directamente a El

1Timoteo 2,1-8; Sal 27; Lucas 7,1-10

¿A quien tengo que acudir para resolver este problema? Pero algunas veces esa pregunta nos habremos hecho quizás más de una vez ante un problema que se nos presenta, ante una necesidad o una situación difícil, lleva emparejada algo más, porque más bien estamos preguntándonos quién nos podrá servir de intermediario, a quien podemos acudir que tenga influencias en aquella administración o ante aquellas personas concreta, estamos buscando un valedor

El centurión del que nos habla el evangelio parece ser que buscó buenos valedores, porque la carta de recomendación que presentaban ante la petición del centurión era ensalzarle por lo que había hecho por el pueblo colaborando incluso, a pesar de ser un gentil, en la reconstrucción de la sinagoga de Cafarnaún. Parece ser que méritos le sobraban, pero como veremos a continuación no era solo por aquellas obras altruistas que había realizado por los judíos de Cafarnaún sino que Jesús destacará algo mucho más importante aún.

El tema era que aquel hombre tenía un criado, a quien apreciaba mucho, enfermo de gravedad; no sabiendo ya a quien acudir para encontrar remedio, al oír hablar de Jesús piensa que es a El a quien tiene que acudir. Pero no se siente digno, por eso se vale de gentes influyentes e importantes de Cafarnaún. Y Jesús quiere atender a la petición de aquel hombre y se pone en camino. Pero el centurión insiste en su humildad porque si no había ido personalmente a hacer la petición era porque no se consideraba digno, pero su petición seguía en pie y ahora manifestando especial confianza. Sabe que la palabra de Jesús podrá salvarle y solo es necesaria esa palabra de Jesús.

Son tan importantes los sentimientos de fe y de humildad de aquel hombre que la Iglesia ha tomado esas palabras para que sean las que digamos cuando nos vamos a acercar a comulgar. ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para salvarme’. Pero en aquel hombre está la confianza y la fe al mismo tiempo que la humildad, pero con una certeza grande. El tiene autoridad y puede mandar a sus soldados o a sus criados que hagan una cosa u otra y bastará su palabra para que su orden se cumpla. Y es en lo que confía que puede hacer Jesús.

Jesús se sorprende de la fe de aquel hombre y así quiere resaltarlo y que todos los conozcan. ‘Ni en Israel he encontrado en nadie tanta fe’, es la exclamación de Jesús. Aquí están los verdaderos méritos de aquel hombre, su fe inquebrantable y humilde. Y cuando los enviados regresan a casa se encontrarán al criado ya sano. Creyó aquel hombre y creyó toda su familia, destacará el evangelista. ¿Creemos nosotros también? ¿Nos fiamos de igual manera de la palabra de Jesús? ¿Podrá decir Jesús lo mismo de nuestra fe?

Cuántas veces en nuestros aprietos y angustias nos llenamos de dudas. Queremos pedirle al Señor y decimos que no sabemos si vamos a ser escuchados. Pedimos y parece en ocasiones que los dioses somos nosotros porque Dios tiene que hacer las cosas tal como nosotros se lo pidamos. Queremos que las cosas sean a nuestra manera y en la prontitud que se vuelve exigencia y que de alguna manera pone a prueba nuestra fe. Pero los caminos de Dios no son nuestros caminos, aunque sí sabemos que el amor que Dios nos tiene nunca nos falla.

Y tenemos que saber descubrir las respuestas que el Señor va dando a nuestra vida, a nuestras inquietudes, a nuestras angustias, a nuestros aprietos. Algunas veces por la dureza de nuestro corazón tendrá que pasar tiempo para que nos demos cuenta de la respuesta del Señor a nuestras peticiones. Como Padre bueno siempre nos dará lo mejor.

Lo que necesitamos nosotros es ser confiados, ser humildes, ser constantes en nuestra oración, con la seguridad además que directamente nos podemos dirigir a El, no necesitamos de influencias ni valedores, aunque bien sabemos cual es la función de la madre, de María, y cómo también los santos desde el cielo también interceden por nosotros.

domingo, 12 de septiembre de 2021

No podemos vivir nuestra fe desde unos entusiasmos pasajeros sino decantándonos de verdad por el camino de Jesús que es camino de cruz y de amor

 


No podemos vivir nuestra fe desde unos entusiasmos pasajeros sino decantándonos de verdad por el camino de Jesús que es camino de cruz y de amor

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Hay momentos en que hay que hacer paradas en la vida porque son tantos los acontecimientos que nos envuelven, tantas las cosas que nos llaman la atención, que van surgiendo tantos estados de ánimo en nuestro corazón ante todo aquello que vemos, nos llama la atención y nos entusiasma, que crea como ciertas confusiones en nosotros y realmente no sabemos con qué quedarnos. Es necesario detenerse, ver que es lo principal y lo que merece la pena y decantarnos claramente por el camino que queremos seguir.

En torno a Jesús se habían ido creando sentimientos encontrados; estaba la multitud de la gente sencilla que era capaz de irse detrás de Jesús hasta los lugares más apartados, porque le entusiasmaban y daban esperanzas sus palabras al tiempo que eran curadas sus enfermedades y males y todo eran alabanzas y aclamaciones porque veían en Jesús un gran profeta y si acaso no era el Mesías, pero estaban también los que iban a la contra, los que estaban al acecho, los que iban poniendo trabas al camino de Jesús y que finalmente querían quitarlo de en medio.

Pero estaban también aquellos discípulos más cercanos que estaban siempre con Jesús, a los que El los había llamado de manera especial y a los que se revelaba especialmente en aquellas conversaciones que tenía con ellos donde les explicaba más detalladamente las cosas. Pero estos andaban también algunas veces confusos entre lo que decía la gente, lo que Jesús les explicaba y la oposición que descubrían que también había contra Jesús.

Y es Jesús, el que caminando con ellos casi en las fronteras de Palestina, allá por donde nacía el Jordán, les hace hacer ese parón. Y vienen las preguntas y las respuestas, vienen la profesiones de fe entusiastas, pero también los miedos que se les van metiendo en el alma porque lo que Jesús les va a decir ellos creen que no puede suceder.  Primero quiere Jesús que ellos le hagan como un resumen de lo que dice la gente. Que sin un gran profeta, que si alguien como Elías o los antiguos profetas, que si se parece a Juan el Bautista el que todos habían conocido allá en el Jordán, las respuestas son variadas.

Pero viene la pregunta directa. ‘Y vosotros, ¿quién decir que soy yo?’ ¿Qué piensan ustedes de mí? Y como suele suceder con las preguntas muy directas parece que nadie quiere responder; será Pedro el que se adelante a todos. ‘Tú eres el Mesías’. Otro evangelista cuando nos narra este acontecimiento pondrá palabras en labios de Jesús diciendo a Pedro que lo que ha acabado de decir no es algo solo de su propia cosecha, sino que el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Este evangelista simplemente dice que eso de esa manera no se lo comenten a nadie.

Hasta aquí estamos contemplando los entusiasmos por Jesús, aunque los discípulos también siguen aun medio confusos. Pero Jesús quiere poner los puntos sobre las ‘íes’ como se suele decir. Les ha dicho que no lo comenten con nadie, porque había un concepto de Mesías entre las gentes de aquel tiempo con una carga muy política. Era un libertador para el pueblo oprimido por los pueblos extranjeros e invasores. Pero el camino de Jesús no va por esas sendas, porque no es por esa senda por donde se ha de constituir el Reino de Dios. Es algo con otro sentido, lejano de los poderes humanos, porque es algo que tiene que sembrarse en el corazón de la persona y transformarla. Y eso sí que va a encontrar gran oposición.

‘Y empezó a instruirlos: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad…’ Pero esto era algo que les costaba entender a los discípulos y apóstoles que están cercanos a Jesús. Eso no le puede pasar. 

Y será Pedro también, el que había hecho la hermosa confesión de fe, el que se lleva aparte a Jesús para quitarle esa idea de la cabeza. ‘Tú piensas como los hombres, no como Dios’, le dirá Jesús quitándolo de su lado. Eres para mí también una tentación, como la del diablo allá en el monte de la cuarentena cuando le ofrece reinos y aclamaciones. Parece que eso es lo que quiere Pedro también. ¿No nos sucederá a nosotros de igual forma cuando nos queremos crear una cristiandad triunfalista y con las señales también de los signos del poder? ¿No serán de alguna manera también nuestros sueños?

Nos cuesta entender también lo de tomar la cruz para seguir a Jesús. Nadie nos obliga, Jesús simplemente nos invita, nosotros somos los que tenemos que dar la respuesta. Pero la respuesta se nos hace amarga en la garganta y en el corazón cuando Jesús nos habla de tomar la cruz, de negarnos a nosotros mismos, de ser capaces de perder la vida, porque es la unida forma de ganarla. Y es que Jesús nos ofrece un camino de amor y de entrega, porque será el único que salvará al mundo.

Y es que Jesús nos habla de un mundo de ternura y de cercanía, de aceptación de los demás y de comprensión incluso con sus debilidades, nos habla de un mundo de misericordia y de perdón que tenemos que saber ofrecer siempre generosamente porque es la base para lograr la paz, nos habla de un mundo del que tenemos que desterrar todo lo que suene a vanidad y a fantochada, un mundo del que desbanquemos los pedestales del orgullo y del poder avasallando a los demás, de un mundo donde vamos a aprender a valorar a los pobres, a los pequeños, a los que parece que nada cuentan porque lo importante siempre será la dignidad de la persona. Eso el mundo no lo entiende ni lo entenderemos nosotros si seguimos pensando como los hombres y no como Dios.

Muchas cosas tienen que cambiar en nuestra mente y en nuestro corazón y eso algunas veces se nos hará duro, por eso nos habla de cruz. Porque lo que hacemos es como Jesús abrazarnos a la cruz, porque nos estamos abrazando al amor y aunque parezca que muramos vamos a alcanzar lo que es la verdadera plenitud de la vida.

 

sábado, 11 de septiembre de 2021

No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

 


No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49


En las cercanías de mi casa van a levantar un edificio; llevan ya unos cuantos meses preparando la cimentación; uno que no entiende demasiado de edificaciones al ver todo el tiempo que han invertido en preparar la cimentación se pregunta si era necesario todo lo que han hecho excavando el terreno, quitando la tierra que lo conformaba, comenzando con un nuevo relleno y así no sé cuantas cosas más; ahora parece que ya van a comenzar a levantar el edificio. Pero si preguntamos a un perito o técnico nos dará muchas explicaciones sobre la necesidad de que la cimentación estuviera bien firme para poder dar seguridad a la edificación.

Pienso en la vida, en mi vida y en todo lo que es la formación de la persona a la que se ha de dedicar el tiempo que sea necesario para encontrarnos al final con una persona debidamente formada y preparada en todos los aspectos, una persona madura que pueda afrontar todos los retos de la vida. Quizá cuando estamos en ese periodo de formación, nos preguntamos muchas veces como aquel que veía la preparación de la cimentación del edificio, si todo eso es necesario, que ya la vida misma nos enseñará y cada uno sabrá salir adelante como pueda. Grave error que podemos cometer.

Es el ejemplo y la comparación que nos propone hoy Jesús en el evangelio para lo que ha de ser la verdadera cimentación de nuestra vida cristiana. Muchas veces lo dejamos al azar, a lo que salga, a lo que buenamente podamos ir aprendiendo, pero no nos hemos fundamentado la mayor parte de las veces en lo que en verdad tiene que ser nuestro fundamento. Y así vamos los cristianos con nuestra mediocridades, así vamos con nuestra superficialidad, así vamos con nuestra tibieza y nuestras desganas, con nuestra falta de compromiso y con nuestro testimonio pobre, así vamos con una espiritualidad que no tiene fundamento, así vamos simplemente dejándonos arrastrar por tradiciones pero no convirtiendo nuestra fe en el eje fundamental de nuestra vida.

Nos habla Jesús de la casa cimentada sobre roca o la casa cimentada simplemente sobre arena. Y como nos dice Jesús vendrán los temporales, vendrán las tempestades, vendrán los vientos y las lluvias y la casa no resistirá. Nos está pasando en la dejadez con que vivimos nuestra vida cristiana. Todos quizás muy preocupados de que el niño se bautice lo más pronto posible – cuantas angustias de muchas abuelas que ven que sus nietos no han sido bautizados a los pocos días – pero qué poca preocupación luego por darle a ese niño según vaya creciendo una verdadera formación cristiana que le haga madurar en su fe. Claro que muchas veces en los mayores la fe es poco madura y poco fundamentada. Luego nos parecerá mucho los años de catequesis, y veremos como una carga el pensar que tenemos que seguirnos formando y madurando en nuestra fe.

Cuando llegan los problemas de la vida no sabemos cómo afrontarlos desde un sentido cristiana; cuando vemos los problemas de nuestro mundo pronto queremos encontrar el milagro fácil que nos lo resuelva todo, pero cuando nos preguntan por la razón de nuestra fe nos quedamos callados y no sabemos cómo responder. Han faltado esos cimientos y esas columnas que sostengan de verdad el edificio de nuestra vida cristiana.

Por sus frutos los conoceréis, nos está diciendo Jesús en el evangelio. Y el árbol bueno tiene que dar frutos buenos, pero ¿cuáles son nuestros frutos? De lo que hay en el corazón habla la boca, nos dirá también Jesús, pero ¿qué es lo que hay en nuestro corazón muchas veces sino superficialidad? ¿Qué es lo que en verdad podemos decir de nuestra fe?

Interrogantes y planteamientos que nos tenemos que hacer. Dejemos que en verdad cale en nosotros el evangelio de Jesús. Muchas veces se ha quedado como una llovizna superficial que solo en algunas cosas externas nos ha empapado, pero no ha llegado a calar esa lluvia de la Palabra de Dios hasta la raíz profunda de nuestra vida.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás y los trataremos con respeto

 


Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás y los trataremos con respeto

Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42

Aunque con facilidad decimos que la vida es un camino que tenemos que saber hacer juntos, y hasta nos queda bonito el decirlo porque damos la impresión que tenemos la cabeza muy bien amueblada como se dice ahora, sin embargo en la verdad de la vida ¿en qué queda todo esto tan bonito que decimos?

No sé si habremos tenido la experiencia de hacer un camino juntos, bueno no se trata de ir a la esquina de al lado, sino proponernos hacer un trayecto, un recorrido, llegar a una meta, subir una montaña, algo que nos exija mayor intensidad y dedicación. Fácilmente vemos los que van corriendo siempre adelantándose y poco menos que arrastrando con sus quejas a los que no son capaces de ir tan rápidos, como nos encontramos los cómodos que no se esfuerzan y que a cada paso que dan ya están pidiendo ayuda o detenerse porque aquello les parece poco menos que imposible; claro están los que necesitan mayor esfuerzo porque quizá no están preparados para el camino y necesitarán el acompañamiento y la ayuda de los que se sienten más capaces; el verdadero camino juntos es cuando en verdad sabemos acompasar los pasos de los unos a los otros, cuando nos tendemos una mano o sabemos esperarnos, cuando ponemos de nuestra parte todo el esfuerzo también para hacer agradable el camino de los demás.

Es el camino de la vida y ya no nos referimos a ese trayecto que por alguna razón nos habíamos programado, sino lo que cada día tenemos que caminar conscientes de que estamos haciendo ese camino junto con los que están a nuestro lado. Y ahí nos tendemos la mano, nos ayudamos a levantarnos y nos proponemos juntos metas por alcanzar; es ahí donde sabemos contar también con nuestra debilidad como la debilidad de los demás y también aprendemos a dejarnos conducir por quien puede ser en verdad ese guía de nuestra vida.

Y estamos hablando de nuestra vida cristiana, del camino de nuestro seguimiento de Jesús, del camino en el que tenemos como meta el vivir el evangelio de Jesús en la mayor intensidad posible, y es el camino también que como iglesia estamos haciendo. Es el camino de los que se sienten hermanos porque se aman y entonces tratamos de ser estímulo los unos para los otros. Es el camino en el que nunca queremos pisar a nadie, de ahí la delicadeza con que nos tratamos y nos acercamos los unos a los otros. Es el camino que con humildad vamos realizando queriendo darnos cuenta de esas cosas que se nos atraviesan en la vida y tantas veces nos ciegan y que podrían ponernos en situación de poder tener una mirada turbia para con los demás.

Hoy nos habla Jesús del peligro y tentación en que podemos caer, porque tengamos turbia la visión y de alguna manera nos ceguemos a nosotros mismos en nuestro orgullo para no saber reconocer las debilidades que podamos tener en nuestra vida. Nos habla de la pajuela que intentamos muchas veces quitar del ojo del hermano, sin darnos cuenta de la viga que está atravesada en el nuestro que nos ciega de verdad. Nos está hablando del espíritu de humildad con que hemos de caminar en la vida, porque bien sabemos que nuestro orgullo y autosuficiencia hace mucho daño no solo a nosotros mismos sino también a los demás.

Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás. Porque el que es humildad porque reconoce con sinceridad sus debilidades tiene ya de antemano una capacidad de comprensión en su corazón para mirar las posibles debilidades de los demás. Quien ha experimentado en su vida la misericordia y ha sido capaz de reconocerlo, ha aprendido a ser también misericordioso y compasivo con los otros. Sabrá hacer camino con los demás para juntos alcanzar la meta, como decíamos antes.

jueves, 9 de septiembre de 2021

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas sino que siempre habrá un paso más allá que podamos dar

 


La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas  sino que siempre habrá un paso más allá que podamos dar

 Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas 6,27-38

Yo soy bueno con los demás, decimos con facilidad; los que son buenos conmigo no tienen por qué quejarse, porque yo soy agradecido y soy también bueno con ellos. Hemos escuchado muchas veces, hemos pensado también quizás, y es la forma de bondad natural que tenemos con los demás de forma habitual. Claro que así pronto cerramos el círculo y vivimos atentos solo a los que están más cercanos a nosotros y con los que nos llevamos bien, pero el campo de la humanidad tendríamos que pensar que es mucho más amplio. ¿Nos podemos quedar reducidos solo a esto?

Jesús nos viene a decir hoy en el evangelio que eso lo hace cualquiera, pero que quienes le seguimos a El no podemos actuar como cualquiera, sino que en algo que tenemos diferenciarnos; no porque nos vayamos a poner en un estadio superior, sino porque los que optamos por el Reino de Dios en algo se ha de notar que queremos vivir ese Reino de Dios. Un Reino de Dios que es para todos, al que todos estamos invitados, el que hemos de ir construyendo haciendo que de él todos participemos. Y cuando entramos en esa tesitura nos damos cuenta que otras son las medidas, que otro es el estilo de ese amor.

Es lo que nos enseña hoy Jesús en el evangelio. Nos da otras medidas para el amor. Porque ya no tenemos solo que amar a los que nos aman y hacen bien, porque como dice Jesús, eso lo hacen también los gentiles. Si saludas solo al que te saluda, no haces nada extraordinario, nos viene a decir. ‘Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo’.

Por eso Jesús nos hablará de amor también a los que no nos aman, de amor incluso a los que nos odian, de amor a los enemigos, de perdón generoso para todos, porque nosotros nos impregnamos del amor generoso de Dios que ha sido compasivo y misericordioso con nosotros y con esa misma compasión y misericordia tenemos nosotros que amar a los demás. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos’.

La medida de nuestro amor es el amor de Dios. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

 Cada vez que escucho este texto del evangelio en eso de que ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante’, y lo he comentado muchas veces recuerdo un gesto de mi padre cuando quería dar un cesto de papas a algún vecino después de la cosecha, no se contentaba con llenar más o menos el cesto sino que lo removía, lo remecía, para que pudieran ponerse aun encima un puñado más de papas. 

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas, como nos enseña Jesús, siempre habrá un paso más allá en nuestro amor que podamos dar. No solo al que ya es bueno conmigo sino también al que no me puede tragar. Cuando copiamos el amor de Dios en algo tiene que notarse la diferencia.

Qué hermoso lo que nos decía san Pablo en la carta a los cristianos de Colosas. ‘Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo’. Así el amor será el ceñidor que envuelva nuestra vida, así resplandecerá para siempre la paz.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 


María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Cuando llega el cumpleaños de una persona a la que amamos y apreciamos todos nos afanamos por desearle las mejores cosas, los días de mayor felicidad y quienes hayamos tenido una mayor cercanía en la vida recordamos acontecimientos vividos juntos, o momentos que fueron muy importantes en la vida de esa persona. Todos son felicitaciones, deseos de alegría y de felicidad y nos gustaría estar junto a esa persona en tal celebración para participar de esa fiesta. Más cuando es un ser querido como pueda ser una madre donde ya procuraremos ofrecerle las mejores muestras de nuestro amor.

Pues en este día celebramos un cumpleaños muy especial y en el que todos queremos celebrar fiesta. Hoy es el día del nacimiento de María, la Madre del Señor y nuestra Madre. Nuestros pueblos y la Iglesia toda se hacen fiesta en este día tan hermoso de la Natividad de nuestra Señora, aunque luego lo celebremos con distintas advocaciones según sea la devoción y amor que le tenemos a Maria y lo vinculada que la tengamos a la vida de nuestros pueblos. Podríamos hacer un elenco muy largo de Advocaciones de María con lo que hoy celebramos su fiesta según sean los pueblos y lugares. Pero todos estamos celebrando el cumpleaños de María, la fiesta de la Madre.

Igual que decíamos antes que en la fiesta de un cumpleaños de una persona cercana a nosotros hacemos memoria de esos distintos momentos vividos junto a esa persona, así queremos hacerlo con María recordando y celebrando esos momentos de la vida de María que tan transcendentales fueron en la historia de la salvación. Es cierto que si quisiéramos hacer una biografía de María, nos vemos cortados por tan pocos datos que nos ofrece el evangelio de la vida de María; cuando nos salimos de lo que nos dicen los evangelios y queremos rememorar otros momentos de la vida de la Virgen, muchas veces nos llenamos de imaginación o utilizaremos aquellos datos que nos ofrecen los evangelios apócrifos, que son escritos antiguos, pero que nunca entraron en el canon de la Iglesia reconociéndolos como Palabra de Dios.

Desde esos evangelios apócrifos y desde diversas tradiciones se suele situar el lugar del nacimiento de María en las cercanías de donde estuvo levantado el templo de Jerusalén y donde una hermosa basílica nos recuerda el lugar del nacimiento de María, muy cercana también a la piscina probática mencionada en el evangelio. Esa cercanía del templo nos da pie para entender la profundidad de la fe de María pues en sus aledaños seguramente fue educada, aunque luego el evangelio de san Lucas nos la sitúe siendo aún muy joven en Nazaret, una pequeña aldea de Galilea, donde se realizaría el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas.

Pero creo que más que tratar de bucear en tradiciones o llenarnos de imaginación en torno a la figura de María, hoy es un momento para la acción de gracias a Dios. Ella supo reconocer que el Señor había realizado obras grandes en su pequeñez y en su humildad, por eso nosotros queremos cantar hoy las alabanzas al Señor dando gracias porque nos ha dado a María; damos gracias por María y por su fe, por la disponibilidad de su vida y por la generosidad de su amor; damos gracias por María porque ella se convierte para nosotros en un canto de esperanza, porque su nacimiento lo vislumbramos como la aurora de la salvación como dice la liturgia, y porque de Maria aprendemos nosotros a abrirnos a Dios. Y damos gracias a Dios porque así Jesús quiso regalárnosla como Madre y junto a nosotros sentimos su presencia maternal para caminar a nuestro lado enseñándonos a caminar los caminos de Jesús.

Felicidades María en tu cumpleaños; felicidades María por tu fidelidad y por tu amor; felicidades María – y queremos cantarte con todas las generaciones – porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en ti; felicidades Madre y nos felicitamos nosotros por tenerte siempre a nuestro lado con tu amor y protección maternal.

martes, 7 de septiembre de 2021

Cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento y trata de saciar el hambre de Dios que hay en el corazón del hombre, ¿daremos nosotros señales de esa cercanía del Reino de Dios?

 


Cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento y trata de saciar el hambre de Dios que hay en el corazón del hombre, ¿daremos nosotros señales de esa cercanía del Reino de Dios?

Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19

‘Bajó Jesús a la llanura y se encontró con un grupo de gente grande de discípulos y una muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén, y de la costa de Tiro y Sidón’. Muchos con los que vienen al encuentro con Jesús, llamados por las noticias que les llegan y les hablan de la Buena Nueva de Jesús, de su acogida y cómo cura de toda clase de enfermedades, ‘porque salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

Pero no todos pueden llegar hasta Jesús; muchos serán las enfermos que serán portados por sus familiares como muchos vienen por su cuenta, pero como siempre habrá tantos que se sienten desplazados y marginados porque no tienen la posibilidad de llegar hasta Jesús; como aquel paralítico de la piscina de Jerusalén que cuando por sí mismo llega al agua recién removida otros se le han adelantado. Por eso contemplaremos a Jesús siempre itinerante de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, recorriendo los caminos de Galilea y también hasta Jerusalén y Judea atravesando incluso tierra de samaritanos, o llegando más allá hasta los territorios de Fenicia, en las cercanías de Tiro y de Sidón.

Pero el evangelio de hoy nos ha ofrecido algo más. Jesús se había pasado la noche en la montaña en oración, como tantas veces le veremos hacer, y a la mañana llamó a doce entre todos sus discípulos a los que constituyó apóstoles, sus enviados. Con su misión habían ellos de llegar a todos para hacer el anuncio de la buena nueva del Evangelio. Los veremos cerca de Jesús escuchando de El de manera especial sus enseñanzas e instruyéndoles en todo lo referente al Reino. Muchas veces les veremos incluso que les costará aceptar y comprender las enseñanzas de Jesús, pero formaba parte de esa instrucción especial para la misión que un día habían de recibir.  

Hoy con el mensaje del evangelio nos quedaremos con estos dos aspectos que de alguna manera mantienen una unidad. La cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento, la cercanía de Jesús que trata de saciar esa hambre de Dios que lleva todo hombre en su corazón, aunque no siempre lo quiera manifestar. Se detiene en la llanura ante aquella multitud que se encuentra; se detiene y se interesa por ellos; se detiene y palpa su necesidad y sus angustias; como le veremos en otros momentos ponerse en camino, porque a otros también tiene que anunciar el Reino de Dios. Es lo importante, ese anuncio que hace con su palabra, pero también con sus gestos y con sus signos, para significar ese mundo nuevo que ha de nacer, que hay que construir.

Pero unido a ello está la elección y el envío. Donde nosotros tenemos que sentirnos mencionados. Es la llamada y la vocación especial de los Doce a quienes constituye Apóstoles, pero es también la llamada que nos está haciendo. Escuchar el anuncio de la llegada del Reino nos tiene que interpelar de tal forma que al mismo tiempo nos sentimos llamados, nos sentimos comprometidos. También hemos de dar las señales del Reino, de que el Reino de Dios ha llegado en lo que manifestamos con nuestra vida.

Escuchamos y aprendemos a detenernos como Jesús en la llanura o allá al borde de los caminos por los que transitemos. Porque cuando escuchamos esa llamada que nos invita a mirar nos tenemos que dar cuenta de todo el sufrimiento que hay a nuestro alrededor, como también del hambre de Dios que hay en el corazón de los hombres aunque no siempre lo quieran reconocer. Y es entonces cuando tenemos que dar las señales, es cuando tenemos que ser signos para los demás de la llegada del Reino. Será nuestro amor y nuestra compasión, serán nuestras manos tendidas o será nuestra cercanía al corazón que sufre nuestro lado quizá calladamente pero que tenemos que saber descubrir.

Como signo y señal de la llegada del Reino Jesús los curaba a todos con esa fuerza que salía de El. ¿Y nosotros? ¿Daremos señales? ¿Saldrá de nosotros esa fuerza para curar a los demás? ¿Tendremos los ojos y el corazón abiertos para que salga de nosotros ese torrente de gracia con nuestro amor y generosidad para curar a tantos que sufren a nuestro lado?

lunes, 6 de septiembre de 2021

Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

 


Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

Cuántas veces nos sucede que hay personas en nuestro entorno que nos pasan desapercibidas; estamos en una reunión, hay muchas personas que aportan sus ideas, participan en el diálogo y discusión de los temas que tratamos, pero quizás allá por algún rincón hay alguien callado, que quizá no se atreve a hablar apabullado por la palabrería de los que mucho hablan, y casi no nos enteramos de su presencia. Gentes quizá que se autoexcluyen de la participación, gente que se siente poca cosa y cree que poco tiene que aportar, gente que quizá anulamos y no tenemos en cuenta y de alguna manera vamos dejando a un lado.

Pero hay otro aspecto también por el que anulamos a las personas; las vemos quizás con alguna limitación o deficiencia física o discapacidad de algún tipo y siempre nos encontraremos razones para no tenerlos en cuenta; ¿lo hacemos conscientemente? Casi nos hemos acostumbrado a tener a esas personas al margen porque nos podemos creer que son una carga para nosotros, porque para que puedan hacer algo siempre tendríamos que estarle prestando nuestra ayuda y eso, pensamos, nos restaría posibilidades de todo lo que quisiéramos hacer. Es cierto que la sociedad de alguna manera se ha despertado y personas así han comenzado a creer en sí mismas y reclaman su participación más activa y viva en la sociedad, y también en la Iglesia.

Me ha dado pie para toda esta reflexión que me voy haciendo algo que nos dice el evangelio y que también casi nos puede pasar desapercibido. Cuando comentamos este pasaje del evangelio normalmente nos fijamos en algo que puede ser, es cierto, mensaje principal, que es toda la relacion con el día del sábado y de su descanso. Por ahí arranca el texto cuando los fariseos y los escribas estaban al acecho de lo que iba a hacer Jesús, puesto que era sábado cuando habían ido a la sinagoga.

El evangelista, sin embargo, nos dice que Jesús fijándose en un hombre que estaba allí en cualquier rincón y tenía una mano paralizada, lo llamó y lo puso en medio. Viene, algo así, Jesús a convertirlo en protagonista del momento, cuando aquel hombre quizá lo que quería era pasar desapercibido. Bien sabemos el concepto que se tenía entonces de que una enfermedad o cualquier limitación que hubiera en la vida era un castigo de Dios por algún pecado. Justo podría parecer que tratara de ocultarse para no verse denunciado por su pecado. Recordamos aquella pregunta que se hacían los discípulos cuando lo del ciego de las calles de Jerusalén, ‘¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’

Pero Jesús quiso ponerlo allí en medio. Es un desafío de Jesús frente a todos aquellos que estaban al acecho. Allí estaba la pregunta de Jesús sobre qué es lo que se puede hacer el sábado. ¿Qué es lo que habría de prevalecer, la misericordia y la compasión o el estricto cumplimiento de la ley? ¿Importaba de verdad la persona o a la persona se le tenía que dejar en su sufrimiento?

Jesús lo puso allí en medio para que aprendamos a valorar a la persona, tenerla en cuenta, dejarle su protagonismo, hacer relucir y destacar sus valores que estarán siempre por encima de sus limitaciones. La curación que realizó Jesús va mucho más allá de que recobrara el movimiento de su mano, porque lo que Jesús en verdad le estaba haciendo recobrar era su dignidad.

Curar es arrancar a la persona de todo modo de vida indigna, es arrancar a la persona de la marginación y el desprecio, de ese hundimiento en el que vive cuando se cree que nada vale o que nada puede aportar; curar es hacerle creer en sí misma, hacerle descubrir sus posibilidades y sus valores, es comenzar a tenerla en cuenta y escucharle y darle su lugar que le corresponde en la sociedad en la que vivimos. Curar no es hacer nosotros las cosas en su lugar movidos por una compasión mal entendida – con nuestras prisas y carreras siempre queremos acabar pronto y preferimos hacerlo nosotros para terminar antes -, sino estimularle para que sea capaz de poner su mano, de su poner su esfuerzo, de decir su palabra, de prestar su aportación, porque eso le hace recobrar su dignidad.

Jesús lo puso allí en medio, ¿a cuántos tendremos nosotros que comenzar a poner también en medio?

domingo, 5 de septiembre de 2021

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

 


Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145;  Santiago 2, 1-5;  Marcos 7, 31-37

El mundo está necesitando de gestos proféticos; no son grandes palabras, grandes discursos lo que necesitamos porque a eso nos acostumbramos y al final no las oímos; gestos que nos despierten, gestos que nos hagan ver otras posibilidades, que nos inquieten pero que también en medio de las sombras nos hagan ver la luz. Un golpe dado sobre la mesa de manera contundente nos hace prestar más atención quizás que las palabras bonitas y persuasivas que nos puedan estar diciendo por los altavoces. Algo tiene que llamarnos la atención y hacer que nos despertemos de esa vida amorfa y anodina que estamos viviendo cada día. Aunque antes dije un golpe, quizá un pequeño detalle, un gesto sencillo nos puede hacer mejor pensar y despertar.

El mundo se nos vuelve convulso con nuestras prisas y con nuestros agobios, nos suceden cosas que nos inquietan y nos hacen perder el rumbo como toda esta situación que últimamente hemos ido viviendo, pero es que tampoco el estilo de vivir que teníamos era mejor, porque parecía que cada uno solo miraba por sí mismo y se desentendía de los demás, quizás no estábamos preparados para lo que se nos vino encima y no sabemos cómo salir adelante; vamos como ciegos y sordos por los caminos de la vida buscando algo y no terminamos quizá de encontrarlo.

Hoy nos ha dicho el profeta: ‘Decid a los inquietos: Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará’. Y hablaba de unas señales, los ciegos que recobran la vista, los oídos de los sordos que se abren, la lengua del mudo que comienza a cantar y los cojos que saltan como los ciervos. ¿Cuáles son esas señales, esos signos hoy?

El Evangelio que escuchamos nos viene a dar esa señal. Jesús caminaba por tierra de gentiles, venía de Fenicia, Tiro y Sidón y va atravesando la Decápolis. Y es allí donde le presentan un sordomudo para que lo cure. Y aquí vienen los signos y los gestos de Jesús.

En esta ocasión Jesús se ha detenido junto a aquel hombre, incluso lo toma de la mano y lo lleva a un lugar más apartado; no importa que no sea judío, están en tierra de gentiles, pero allí hay un hombre que sufre porque no oye y apenas puede hablar. Y Jesús sencillamente va a poner su mano sobre él tocando sus oídos y su lengua. Ya hemos escuchado muchas veces como entre los judíos evitaban tocar todo aquello que les pudiera volver impuros, pero Jesús no teme tocar los oídos y los labios de este hombre incluso con su saliva. Y será su palabra ‘¡Effetá!’ (Ábrete) lo que liberará a aquel hombre para que pueda oír, para que pueda hablar. Todo el episodio tiene el valor de un gesto profético que nos anuncia un mundo nuevo, un nuevo sentido de vivir.

Decíamos al principio que el mundo necesita gestos y señales proféticas que nos despierten para algo nuevo y distinto. Quienes nos dejamos iluminar por la luz del evangelio tenemos una responsabilidad muy grande. Primero porque hemos de dejarnos sorprender por esas señales que Dios va poniendo en nuestro camino; Jesús nos sale al paso de muchas maneras en la vida, estemos donde estemos, sea la que sea la situación que vivamos. Hemos de estar atentos a esas señales, porque podemos encontrar muchas cosas hermosas y enriquecedoras en las personas que están a nuestro lado o con las que nos cruzamos en los caminos de la vida; no siempre sabemos descubrir lo bello y lo positivo que los demás pueden ofrecernos y hemos, pues, de saber estar atentos.

Pero es que también nosotros podemos ser signos para los demás, tenemos que ser signos para los demás. No necesitamos quizá hacer grandes cosas sino sencillamente sabernos detener junto al que está al borde del camino y tender nuestra mano, como vemos que hizo Jesús en este texto del evangelio que estamos comentando.

¿Qué sabes del sufrimiento o de las alegrías de las personas que están cerca de ti? Vivimos muchas veces unos al lado de los otros, pero no nos enteramos; quizá nos extrañe una reacción determinada en algún momento, pero no sabemos cual es la situación por la que está pasando. Nos detenemos a hablar de cosas insulsas o siempre quejándonos de lo mal que anda nuestro mundo, pero no prestamos atención al que está al lado de nosotros. Ese detenerse de Jesús junto a aquel hombre e incluso llevárselo aparte para estar con él puede ser un buen signo que nosotros tengamos que aprender a realizar. Y así podíamos pensar en muchas más cosas.

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida; ahora con la disculpa de los contagios quizás nos hemos encerrado más y hasta nos hemos vuelto más inhumanos. Pues hay que dar señales de humanidad para que podamos hacer una humanidad mejor. ‘¡Effetá!’ nos está diciendo Jesús, para abrir nuestros oídos y nuestro corazón para ayudar a que también los demás puedan escuchar esa palabra de Jesús. Y, no lo olvidemos, nosotros tenemos que ser esas señales que el mundo está necesitando.

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

Hacer las cosas solo por cumplimiento no tiene sentido, démosle autenticidad a cuanto hacemos para hacer crecer nuestra vida cristiana

 


Hacer las cosas solo por cumplimiento no tiene sentido, démosle autenticidad a cuanto hacemos para hacer crecer nuestra vida cristiana

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5

Algunas veces algunos episodios que nos presenta el evangelio son de tal naturalidad que nos parecen hechos o cosas anecdóticas que escuchamos con mayor o menos simpatía; nos llaman la atención pero podemos quedarnos en la anécdota y nada más. Como lo que hoy nos cuenta el evangelista, de cómo al ir caminando en medio de los sembrados los que iban con Jesús, sus discípulos, hacían lo más natural del mundo, coger algunas espigas, estrujarlas en las propias manos para echarse a la boca los granos.

Se puede quedar en eso en una anécdota como cualquier otra cosa de la vida corriente que sucediera entre ellos, pero allá estaban ojo avizor los fanáticos de turno para querer ver algo no bueno en aquello tan sencillo y natural; era sábado, y la ley mosaica había establecido el descanso sabático, para que el día fuera para el Señor aunque podríamos ver una consecuencia social en el obligatorio descanso para buscar el bien del hombre, el bien de la persona; todo no se podía reducir al trabajo ni a la dependencia de quien nos pudiera ofrecer un trabajo, era necesario también el descanso para la persona, todo en bien del hombre que siempre es para la gloria del Señor.

Pero los que se creían más papistas que el papa, en expresión que utilizaríamos hoy, habían convertido la ley poco menos que en un tormento, porque en lugar de ayudar a liberar a la persona, los convertía en esclavos de esas mismas leyes; junto a la ley venían las normas, los protocolos, y ya se venía a establecer con detalles esclavizantes lo que se podía hacer y lo que no se podía hacer. De ahí nació esa rigidez que vemos ahora con el descanso sabático como lo veremos en otros momentos con el lavarse las manos y todo lo que tuviera relación con la pureza de la persona.

Jesús les cuenta otra anécdota, vamos a decirlo así, con el episodio cuando David y los que lo seguían comieron de los panes sagrados del culto, cuando eso le correspondía solo a los sacerdotes. Pero ¿qué era más importante? ¿Las normas que impedían o permitían comer de aquellos panes o dar de comer a unas personas hambrientas que no encontrarían bocado por otra parte? El bien del hombre, el beneficio de la persona, lo que podemos hacer para ayudar a los demás. Recordamos otros momentos en que el encargado de la sinagoga les dice a la gente que vengan con los enfermos a Jesús otro día y no el sábado.

Reflexionando sobre todo esto tendríamos que mirarnos porque acaso nosotros sigamos hoy también con esos legalismos, con esas normas y preceptos que nos hemos impuesto, o con esas medidas en lo que hacemos a ver si llegamos con lo que hacemos o acaso nos pasamos.

Cuántas veces la gente se preguntaba si llegaba tarde a Misa si había cumplido o no cumplido según el momento en que llegara, pero poca importancia por otra parte le dábamos a la escucha de la Palabra de Dios; muchas veces nos contentábamos con estar, aunque nuestra mente anduviera por otros derroteros o acaso nos entreteníamos con el rezo del rosario o la lectura de libros piadosos.

Pensemos cuántas tragedias nos hicimos con el ayuno eucarístico para poder recibir la comunión preocupándonos más si por error nos había bebido un vaso de agua, que si acaso no nos llevábamos bien con los vecinos, pero eso no nos impedía comulgar.

En muchas cosas de nuestra vida de hoy tendríamos que pensar en este sentido de lo que hoy nos plantea el evangelio y preguntarnos por la autenticidad de lo que hacemos, de lo que vivimos, de lo que celebramos.

¿Vamos a la Eucaristía el domingo, día del Señor, en el deseo del encuentro con el Señor para su alabanza y para su gloria o acaso vamos simplemente para quitarnos un peso de encima porque ya hemos cumplido? Cuántas veces escuchamos o acaso nosotros mismos pensamos cuando salimos de la Iglesia ya he cumplido, ya me puedo quedar tranquilo, pero quizá no recordamos lo que nos dijo el Señor en el Evangelio.