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viernes, 20 de septiembre de 2019

Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo



Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo

1Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3
De camino. Es la vida. No estamos en un estado permanente, aunque muchas veces queremos como anclarnos en lugares, en situaciones, en cosas que convertimos en absolutos de la vida, pero pronto nos damos cuenta cuán efímeros son.
Pensemos, si no, en lo que ha sido nuestra existencia; cuantas cosas nos han sucedido, cuantas situaciones distintas hemos vivido y no es necesario hacer una historia muy larga sino pensemos en lo más inmediato; cuantas cosas van cambiando en nuestro pensamiento, en la manera de enfrentarnos a la vida y a las cosas, cuantos encuentros hoy con unos mañana con otros.
Y no es que vivamos superficialmente – aunque a veces lo hacemos demasiado así – sino que en el progreso de nuestro vivir cambiamos porque maduramos, porque aprendemos a profundizar y nos damos cuenta que hemos de actuar de otra manera. Es un camino que vamos haciendo, y en el que vamos al mismo tiempo aprendiendo. Vamos haciendo camino, aunque algunos físicamente no salgan del mismo lugar geográfico, porque el camino es algo más profundo, dentro de nosotros.
Si hablábamos de los encuentros que vamos teniendo, también podemos pensar en los que van junto a nosotros en ese camino. Primero la familia, nuestros padres, porque ahí nacimos y ahí dimos los primeros pasos, pero en ese encuentro en el crecimiento muchas de esas personas se convierten en compañeros de camino; y pensamos en aquellos con los que nos relacionamos más y tenemos mejor sintonía, los amigos, pero pensamos en tantos que nos rodean, vecinos, compañeros de trabajo, gente de la comunidad o entorno en el que nos movemos. No hacemos camino solos. Para bien o para mal son muchos los que van caminando a nuestro lado, aunque hemos de saber aprovechar las mejores oportunidades y las mejores cosas que nos ofrecen.
Estamos hablando de camino, ese camino humano, ese camino social que vamos realizando, pero pensamos también en el camino de nuestra fe. Hoy nos habla el evangelio de que Jesús iba en camino, unas veces recorriendo los pueblos y aldeas de Galilea, otras veces en su subida a Jerusalén. Hoy nos habla del grupo de los doce que se había formado junto a El – El los había llamado de manera especial en medio de todo el resto de discípulos que le seguían – y de un grupo de mujeres que lo acompañaban y lo atendían de diversas maneras. Unas con corazón agradecido porque se habían visto liberadas de muchos males por la presencia de Jesús  - María la de Magdala de la que había expulsado siete espíritus malos – y otras que le ayudaban incluso con sus bienes.
Pensemos en ese camino de nuestra fe que nosotros también vamos haciendo. Un camino que personalmente cada uno debe hacer porque tiene que dar sus propios pasos, pero un camino que nunca se hace en solitario. Igual que decíamos que en el camino humano estaban nuestros padres y el seno de la familia en la que nacimos y recibimos los primeros principios de vida, también en este camino de la fe, ésta se nos transmitió a través de nuestros padres y los que más cercanos estaban junto a nosotros en el inicio de nuestra vida.
Pero tenemos que mirar a la Iglesia, a la comunidad de los cristianos en la que estamos insertados desde nuestro bautismo y que vivimos en un lugar concreto como son nuestras comunidades y parroquias. Así tendríamos que sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estímulo y ejemplo.
Y cada uno puede pensar de forma concreta en esas personas que en nuestra parroquia nos han ayudado de una forma o de otra. Un día hay que pararse a pensar en eso para reconocer lo que recibimos de esas personas cercanas a nosotros en nuestra propia comunidad y de la que tanto hemos recibido, catequistas, monitores de algunas acciones, tanta gente comprometida a nuestro lado que casi sin darnos cuenta han sido nuestro estímulo y una gran ayuda para ese camino de nuestro ser cristiano.
Demos gracias a Dios porque en ese camino no hemos estado solos. A través de ellos se nos ha hecho presente el Señor.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Ojalá nosotros tuviéramos también mucho amor para acercarnos a todos, para ser luz para todos, para que todos entren también en el camino del verdadero amor


Ojalá nosotros tuviéramos también mucho amor para acercarnos a todos, para ser luz para todos, para que todos entren también en el camino del verdadero amor

1Timoteo 4, 12-16; Sal 110; Lucas 7, 36-50
No nos mezclamos con cualquiera. Aunque digamos lo contrario, que yo si me trato con todo el mundo, pensemos cuáles son nuestras amistades, aquellos con los que nos gusta más estar, los que admitimos habitualmente en nuestra compañía. Nuestros amigos, las personas cercanas a nosotros, aquellos como decimos que nos puedan dar buena sombra; si conocemos que aquella persona es viciosa, evitamos que nos vean con ella porque nos van a comparar con ella y van decir que todos son iguales y que yo soy como ellos; si es una persona que tiene unas ideas, unos pensamientos distintos a nuestra manera de ver las cosas evitamos la diatriba, el encuentro que se puede convertir en encontronazo; y así podíamos decir muchas cosas más.
Y lo hacemos casi de una manera inconsciente, evitando que nos comparen, que digan de nosotros, que vayan a pensar, porque en todo esto cuenta mucho lo que pueda ser la opinión de los demás o la fama que nos ganemos. Decimos que no discriminamos pero ¿cómo se puede llamar a esta forma de actuar, aunque mucho lo disimulemos?
Me lleva a pensar en estas situaciones humanas en nuestra relación con los demás lo que escuchamos hoy en el evangelio. Primero que vemos a Jesús en casa de un fariseo principal que lo había invitado a comer. ¿Es que a Jesús le gustaba codearse con los poderosos o los influyentes en aquella sociedad? Alguien podría pensar también que El es de los que se arriman a las altas esferas de la sociedad, de la misma manera que otros pensarán lo contrario. Bien sabemos que Jesús es signo de contradicción. Pero a todos busca Jesús, la semilla arrojada a la tierra es en toda clase de tierra.
Pero es el otro gesto en el que queremos fijarnos con más atención. Mientras se desarrolla la comida una mujer irrumpe en la sala de los comensales y se pone a los pies de Jesús. Trae un frasco de frasco de perfume con el que unge los pies de Jesús, pero sobre todo son sus lágrimas los que bañan sus pies que cubre de besos mientras los seca con su propio cabello. Y Jesús se deja hacer.
Sorpresa en todos los comensales. Sorpresa y estupor en el fariseo principal que había invitado a Jesús porque esto no estaba previsto; sorpresa y estupor porque aquella mujer es una mujer pecadora, una prostituta. Si supiera quien es esta mujer, él que es un profeta, no le dejaría hacer nada de esto, piensa en sus adentros aquel hombre que no ve cómo salir de aquella situación incómoda. ¿Cómo una mujer pecadora se atreve a entrar en su casa y llegar hasta los pies de Jesús? Ellos que eran tan puritanos jamás la hubieran dejado entrar y menos hacer lo que está haciendo con Jesús.
Jesús conociendo los pensamientos de aquel hombre y el mal momento que está pasando le propone una breve parábola. Dos deudores, uno en gran cantidad, otro en una pequeña minucia, pero ambos son perdonados en su deuda, ¿Quién estará más agradecido? ¿Quién le amará más? la respuesta es lógica, quien eran mayor deudor.
Y Jesús le hace recapacitar, es verdad que aquella mujer es una pecadora, ha pecado mucho, pero también ama mucho. Por eso se ha atrevido a hacer lo que tú no has hecho según las reglas de la hospitalidad, agua para lavarse, perfumes, el beso de la paz para la acogida; aquella mujer lo está realizando. Sabe que será perdonada y pone mucho amor y su vida se verá del todo renovada. Por eso, porque tiene mucho amor sus muchos pecados le son perdonados. No tienen nada que decir, salvo reconocer que quién es Jesús que tiene tal poder de perdonar los pecados.
Jesús rodeado de publicanos y pecadores nos lo presentará el evangelio con frecuencia. Jesús rodeado también de aquellos que teniéndose por justos no serán capaces de reconocer que también son pecadores, también rodean a Jesús, como en este caso. ¿Con quién está Jesús? Con la oveja perdida a la que tiene que buscar; es el médico no para los sanos o los que se creen sanos, sino para los que sienten la enfermedad en su vida. Jesús está con todos, a todos se acerca y deja que todos se acerquen a El. Hoy lo vemos, porque igual come rodeado en este caso de fariseos, que se deja tocar por aquella mujer pecadora. Y es que en Jesús tenemos que decir también, porque tiene mucho amor.
¿Qué nos falta a nosotros? ¿Seremos capaces de hacer como Jesús? ¿Tendremos amor suficiente en nuestro corazón para acercarnos a todos porque en medio de las mayores oscuridades también tenemos que ser luz? No nos van a manchar ni llenar de impureza pero nuestro mucho amor sí podrá hacer que ellos se encuentren con la luz, la vida, el amor verdadero para que también tengan mucho amor. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser


Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35
A veces no hay quien nos entienda, o quizás no nos entendemos ni nosotros mismos. Así andamos sin saber lo que buscamos, lo que queremos, lo que son en verdad nuestras aspiraciones. Estamos a lo que salta y andamos como veletas según el viento que nos toque. Nos sucede por falta de personalidad, porque no hemos llegado quizá a tomarnos las cosas en serio y no hemos llegado a madurar, o quizá por muchos miedos interiores que nos impiden tomar una decisión, dar una orientación a la vida. Hemos vivido cómodamente así y así queremos seguir, porque ¿para que esforzarnos?
Decimos que tenemos las cosas claras pero somos los más inseguros del mundo; llega el momento de una decisión y damos vueltas y vueltas, y no es porque estemos seriamente reflexionando para buscar lo mejor, sino por miedo a no acertar, a poder equivocarnos, a lo que puedan pensar los demás, a no querer tomar una opinión clara y firme porque puede contradecir a los demás. No es fácil vivir así, aunque lo hacemos por comodidad pensando que así es mejor, pero al final nos encontraremos perdidos porque nadie nos entiende ni nosotros, como decíamos, nos entendemos a nosotros mismos. Al final somos como niños indecisos.
Nos pasa en muchos aspectos de la vida con lo que nos manifestaremos irresponsables y realmente no se nos puede confiar una responsabilidad. Y vamos pasando por una vida gris y sin brillo, nos sentiremos frustrados porque no terminamos de llegar a ninguna meta o es que realmente no la tenemos. Nos sentimos a la larga insatisfechos de nosotros mismos. Todo eso se nos puede volver en contra en nuestra desorientación.
Hoy en el evangelio vemos a  Jesús que no termina humanamente de comprender lo que le sucede a la gente que no quiere aceptar sus palabras, que tan pronto están entusiasmados quizá por los milagros que ven que hace,  o por otro lado se dejan influir por los dirigentes en algún sentido de aquella sociedad o por los que más influencias tienen como los escribas, los fariseos, los saduceos. Jesús en un como suspiro de incomprensión les dice que son como niños en la plaza que no terminan de ponerse de acuerdo en sus juegos y andan discutiendo todo el tiempo.
¿Qué puede pensar Jesús de nosotros? ¿Qué puede pensar de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades? Porque así podemos andar tambaleantes en lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Queremos ser buenos y hasta vamos a Misa pero seguimos con las mismas rutinas de siempre, parece que no hace mella en nosotros la Palabra de Dios que escuchamos, nos nuestras indecisiones y cobardías, nuestra falta de arrojo para lanzarnos un paso adelante y vivir un mayor compromiso, o arrancarnos de esas rutinas, o dar el cambio que sabemos que tendríamos que dar y seguimos dando largas para otro momento que nunca llega.
Y así aparecen nuestras comunidades con tanta tibieza que no terminamos de dar el testimonio que necesita nuestro mundo. Tenemos en nuestras manos el evangelio de salvación y no terminamos de anunciarlo. Solo queremos poner parches, que todos estemos contentos pero esa palabra profética no se llega a pronunciar,  esos profetas no aparecen en nuestro mundo. Para decir esa palabra profética, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser.
Que el Espíritu del Señor nos despierte.

martes, 17 de septiembre de 2019

Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado


Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado

1Timoteo 3,1-13; Sal 100; Lucas 7,11-17
Dos comitivas que se encuentran en las puertas de la ciudad. Una con jolgorio normal de un grupo ajeno a mayores preocupaciones, que hablan, que comparten alegremente como lo hacen los amigos que van de camino, que se sienten a gusto porque van con el Maestro y que de alguna manera se ve cortada en seco al encuentro con la otra comitiva llena de dolor en la que solo se escuchan suspiros y lagrimas, palabras dichas como en un susurro y que respetan el silencio del dolor y la soledad de una madre que va a enterrar a su único hijo.
No median palabras ni explicaciones, no se escucha ningún clamor de súplica como en otras ocasiones otros pedían la curación de su criado enfermo, o que pusiera sus manos sobre su hija que está en las últimas; nadie pide compasión ni suplica nada especial. Como alguien ha dicho la misma madre que llora y nada dice es oración con su presencia dolorosa.
Pero Jesús al contemplar el cortejo, al ver aquella madre desconsolada y sola siente que se le conmueven las entrañas. Será quien se adelante en medio de los dos cortejos para detener a los que iban fuera. Será quien ordene al joven que cadáver yace sobre aquellas parihuelas que se levante y se lo entrega a su madre. La compasión y la misericordia se han adelantado a la confesión de fe. Pedía fe Jesús en otras ocasiones cuando venían a que los curase. La fe oculta y hundida en medio del dolor surgirá de nuevo aunque antes todo pareciera oscuro. Luego todo serán alabanzas y bendiciones porque Dios ha visitado a su pueblo.
Cuando el dolor atenaza el alma todo se vuelve oscuro y parece que no hay palabras que puedan abrir camino para el encuentro de nuevo con la luz. Aunque sintamos deseos de gritar desde la angustia algunas veces se hace silencio dentro de nosotros, un silencio impenetrable y lleno de oscuridad.
¿Qué necesitamos entonces? Quizás dejarse hacer, dejar que alguien llegue y nos toque en lo hondo de nuestras entrañas, pero que nosotros nos dejemos tocar, a pesar de que no veamos resquicios sin embargo dejemos la posibilidad de que llegue la luz por alguna parte. Como aquella mujer, su silencio y su amargura – el evangelio no nos deja palabras suyas – se hicieron oración para conmover las entrañas de Dios, para hacer que Jesús sintiera compasión de ella y la llenara de nuevo de vida y de luz.
Dejarnos mirar por Dios, así como estamos, con nuestro dolor, con nuestros silencios o nuestros gritos quizá desesperados, con el alma rota, con todas las miserias aflorando de golpe en nuestra vida cuando parecemos más hundidos, con nuestras oscuridades que nos impiden ver una salida, con nuestras lagrimas reprimidas pero que se nos escapan envolviéndonos en más dolor. Hemos de tener la certeza de que Dios no mira, que su corazón compasivo y misericordioso se va a acercar a nosotros, que no volverá su rostro para otro lado ni dará un rodeo, sino que vendrá directamente a sanar nuestro corazón. Pero tenemos que dejarnos mirar, dejarnos tocar por esa mirada de Dios que nos levanta, que nos pone de nuevo en camino, que nos va a hacer encontrar la vida.
Pero esta lección tiene una parte también para nuestras actitudes, para que no nos quedemos nunca insensibles ante las lagrimas de los demás, para que no miremos para otro lado como tan fácil nos es hacer en tantas ocasiones, para que no demos el rodeo para evitar el encuentro cuando sabemos que está allí en la acera, a la puerta, al lado de ese camino por el que vamos todos los días tan distraídos.
Nos quedaremos en silencio quizás tantas veces porque no sabemos qué decir, pero no hacen falta palabras; basta solo nuestra presencia, aunque no sepamos qué hacer; solo es necesaria nuestra mirada que se encuentre con los ojos del que allí vemos por los suelos. Lo demás surgirá casi espontáneamente si aun nos queda sensibilidad en el corazón, solo es necesario que nos demos cuenta que entonces somos nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y seremos signos de la misericordia de Dios para esas personas. También nosotros tenemos que dejar actuar a Dios a través nuestro porque así quiere llegar con su misericordia a tantos que encontramos sumidos en el dolor en el camino.

lunes, 16 de septiembre de 2019

La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás


La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás

1Timoteo 2,1-8; Sal 27;  Lucas 7,1-10
Nos sorprendemos porque eso no nos lo esperábamos de esas personas. De alguna manera hacemos una cierta discriminación porque por la condición de las personas, por lo que prejuzgamos que sea su manera de pensar o su sentido de la vida, porque en este caso no son personas que nos parezcan religiosas o al menos a nuestra manera, esa reacción, esas respuestas que les vemos dar nos sorprenden. De alguna manera estamos haciendo referencias a aspectos religiosos de la vida, pero nos sucede en otros muchos aspectos. Vamos con desconfianza o con prejuicios en la vida, y de repente no encontramos lo que esperábamos y nos sorprendemos.
Siempre recuerdo una conversación que escuché siendo aún joven a una persona que se daba por muy religiosa de toda la vida, que hablaba haciendo referencia al entusiasmo que mostraban algunos en ese aspecto religioso y cristiano porque habían tenido un encuentro especial en un cursillo o unos ejercicios; y esta persona desconfiaba de esas reacciones de aquellas personas y sacaba a colación su historia pasada o la de las familias de aquellas personas; ‘ya sabemos, decía, quienes de donde vienen y cómo actuaban en otros tiempos…’ No le cabía en la cabeza que aquellas personas pudieran cambiar realizando una conversión de su corazón al Señor. Se sorprendía porque aquellas personas actuaran así, como yo me vi. Sorprendido por la ceguera de quien hacía aquellos comentarios tan llenos de desconfianza cuando además se tenia por una persona muy religiosa y muy cristiana.
Algo así nos sucede con el evangelio que hoy escuchamos. Nos habla de un centurión romano, por tanto un pagano, no de religión judía. Acude a Jesús porque tiene un criado enfermo y al que aprecia mucho. Ha hecho todo lo posible por lograr que sane de su enfermedad y ahora acude a Jesús. Se vale de unos intermediarios que interceden por él ante Jesús y Jesús se dispone a acercarse a la casa del centurión. Pero de nuevo le envía mensajeros diciendo que no es digno de que Jesús entre en su casa. Confía en la palabra de Jesús. Podemos decir que tiene una fe ciega en Jesús a pesar de no ser judío pero algo ha descubierto en su corazón que le hace poner toda su fe en Jesús.
Proclamará Jesús a continuación que nunca ni en todo Israel ha encontrado nadie con tanta fe. Es la sorpresa de Jesús, pero será la sorpresa más bien de los discípulos y de cuantos les rodean por esa alabanza que Jesús hace de la fe de aquel hombre. Nos ha servido de paradigma para nosotros de manera que hasta en la liturgia hemos tomado prestadas sus palabras para expresar nuestra oración y la humildad del corazón cuando nos acercamos a Dios. Para nosotros un buen ejemplo de cómo poner nuestra confianza con humildad en el Señor que nos escucha y que se acerca a nosotros para limpiarnos, para llenarnos de su vida y de su gracia.
Buen ejemplo también para nosotros para esas actitudes que hemos de tener en la vida, para esa apertura del corazón, para descubrir también las maravillas del Señor que se realizan también en aquellos en los que menos pensamos. Desde el saber descubrir que siempre hay algo bueno en el corazón de los otros, sea quien sea, hasta ese descubrir ese actuar de Dios en la vida de todos y que todos pueden dar una respuesta positiva a la gracia del Señor.
Lejos de nosotros desconfianzas que discriminan, miradas torvas que quieren ver segundas intenciones en el actuar de los otros, miradas negativas llenas de prejuicios ante lo que pudiera ser el actuar de los demás. Y es que muchas veces lo negativo sigue pesando en nuestro corazón y por eso nos llenamos de miradas turbias de desconfianza.
Que brille de verdad la fe en nuestra vida y nos haga tener una mirada distinta y un actuar lleno de amor.

domingo, 15 de septiembre de 2019

El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios




El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Hoy estamos de fiesta. Sí, de fiesta. Y no es porque en mi pueblo se están celebrando estos días las fiestas del Cristo de Tacoronte, como en todos otros lugares en torno a este catorce de septiembre se celebren muchas fiestas. No es ese el camino por donde voy o a lo que queremos referirnos en el comentario al evangelio.
Claro que tendríamos que decir ya por adelantado de lo que vamos a comentar que cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía es eso lo que estamos haciendo. Estamos de fiesta. Es la fiesta de nuestra fe; es la fiesta de nuestro encuentro, del encuentro de los hermanos como una gran familia, de nuestro encuentro con el Señor. ¿No tendríamos que hacerlo siempre con esos sones de fiesta? Si no lo hacemos algo nos está fallando.
Pero fijémonos en la Palabra de Dios que hoy nos propone la liturgia. No habla sino de alegría y de fiesta. Es la alegría y la fiesta del pastor que ha encontrado la oveja que se le había extraviado; es la alegría y la fiesta de aquella mujer que había perdido allí en su propia casa una moneda valiosa y busca y rebusca hasta encontrarla y cuando la encuentra llama a sus amigas para compartir su alegría, hoy diríamos que se tomarían una taza de café juntas celebrando lo perdido y encontrado; es la fiesta del padre que hace un banquete y llama hasta los músicos para hacer una fiesta porque el hijo perdido ha vuelto a la casa, aunque aparezcan los tintes envidiosos del otro  hijo que no se alegra en la vuelta del hermano. Pero todo es fiesta.
Y es a lo que nos está invitando el Señor a que vivamos nuestra fe como una fiesta, con alegría desbordante que nos lleve no solo a celebrarla sino también a compartirla, a llamar a todos para decir cuanto nos ama Dios. Porque esa es la maravilla de la que  nos quiere hablar Jesús. Dios que nos ama y que nos busca aunque andemos perdidos, que nos enviará muchos mensajeros como nos dirá en otra parábola, pero que estará El también buscándonos como el pastor a la oveja perdida, o como padre paciente que esta a la puerta siempre esperando el regreso del hijo pródigo.
El evangelio nos dice que venían a escucharle los publicanos y los pecadores, mientras por allá andaban al acecho y siempre con sus críticas demoledoras los fariseos y los maestros de la ley que no terminaban de entender el mensaje de Jesús. ¿Cómo no iban a venir a escucharle los pobres y los humildes, los que nadie tenia en cuenta o los que eran despreciados por todos, los que estaban atribulados bajo tantos pesos o aquellos que eran discriminados de todos y nadie valoraba sino todo lo contrario, los pecadores, los publicanos?
Cuando escuchaban a Jesús tenían que sentir un gozo grande en el alma. Jesús les estaba hablando de un Dios que se acerca a todos y a nadie discrimina, a nadie quiere condenar como los condenan los demás, que nos tiene en cuenta a pesar de nuestras debilidades y de nuestros fracasos en la vida, que nos mira a los ojos porque quiere llegar a lo hondo del corazón, que no recrimina al pecador que ha sido débil porque no quiere hundirlo sino que a todos tiende su mano como fue en búsqueda del paralítico olvidado y al que nadie ayudaba, que se mezcla con los que son despreciados del mundo de los que se creen más justos o con más dotes de liderazgo. Tenían que sentir alegría en alma, sus corazones tenían que llenarse de esperanza, renacía la fe en sus vidas con deseos de algo nuevo.
Es una experiencia que nosotros también hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos amados de Dios. Dios nos tiene en cuenta, Dios nos ama. El mundo podrá mirarnos con malos ojos, los que se creen justos nos mirarán desde la distancia, pero Dios está a nuestro lado manifestándonos siempre su amor y pondrá muchos signos de su amor quizá en muchos que están a nuestro lado y si nos tienen en cuenta, nos ofrecen su amistad y su cariño que se convierte así en una manifestación de la ternura de Dios.
Tenemos que reconocer por un lado que quizá en la misma iglesia, en muchos cristianos que se creen justos no encontramos ese signo de la ternura de Dios; hay muchos leguleyos intransigentes como aquellos fariseos que todavía no han aprendido a perdonar y amar de verdad. Pero tenemos que reconocer que quizá en gente sencilla encontraremos esa amistad, esa cercanía, esas señales de la ternura de Dios para nuestra vida.
Y tenemos que aprender. Que nuestra comprensión, nuestro corazón compasivo y misericordia, que la sencillez de nuestros gestos y la humildad con que nos acercamos a los demás manifieste esa ternura de Dios. Es el mejor evangelio que podemos anunciar cuando ahora tanto hablamos de nueva evangelización. No nos quedemos en palabras, en gestos pomposos y aparatosos, sino vayamos por lo humilde, lo sencillo, los pequeños gestos y así nos convertiremos de verdad en evangelio de Dios. Así podremos celebrar con alegría esa fiesta a la que nos está invitando a Jesús. Que nuestros gestos y signos la hagan verdadera fiesta.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Celebramos hoy la Cruz de Jesús; miramos a Jesús y miramos su cruz, y aprendemos a mirar la cruz con una mirada de amor


Celebramos hoy la Cruz de Jesús; miramos a Jesús y miramos su cruz, y aprendemos a mirar la cruz con una mirada de amor

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17
Todo es una historia de amor. Es así como tenemos que contemplar la cruz de Jesús. Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Cruz. Desde el sentido de la liturgia de la Iglesia para este día hoy celebramos en muchos lugares y también en los días cercanos la fiesta de Cristo Crucificado.
Aunque para algunos les pudiera parecer un contrasentido celebrar una fiesta donde contemplamos a Alguien muerto en una cruz o celebrar la misma fiesta de la cruz por lo que para ellos significa de muerte, para nosotros los cristianos es un día grande, un día glorioso, un día de victoria porque por esa muerte por amor nosotros nos sentimos vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.
Y lo celebramos con alegría de fiesta, lo celebramos con la alegría de quienes quieren dar gracias porque contemplamos la victoria del amor sobre el pecado. A ese Cristo que contemplamos atravesado y muerto en la cruz nosotros no dejamos de contemplarlo victorioso, porque lo contemplamos resucitado y vencedor de la muerte.
Es cierto que en si misma la imagen de la cruz implica sufrimiento y muerte, castigo e ignominia, aparentemente fracaso y derrota. A nadie le gusta el sufrimiento, rehuimos si pudiéramos la muerte y hasta quisiéramos ocultarla y alejarla de la vida ordinaria; eran los reos más ignominiosos los que eran condenados a tan duro suplicio, y era señal del fracaso de la vida que había merecido tal castigo. Y no ponemos la cruz en si misma delante de nosotros como paradigma de nada, porque a nadie queremos ver en tan cruel sufrimiento. Humanamente, es cierto, es algo horrible que rehuimos como no queremos ni para nosotros ni para nadie tal tipo de sufrimiento.
Pero cuando contemplamos nosotros a Jesús en la cruz, aunque le vemos atormentado por tan crueles sufrimientos en El contemplamos otro sentido y otro valor que daría sentido y valor a los dolores y sufrimientos que en la vida tengamos que soportar y hasta en el sentido de la propia muerte. Y es que en Jesús estamos contemplando el amor y la obediencia al Padre.
Todo en Jesús es amor, porque El es la manifestación más excelsa de lo que es el amor de Dios por nosotros. Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su propio Hijo. Jesús es pues el rostro de amor y de misericordia de Dios. Y Jesús pasó en medio nuestro derrochando amor, enseñándonos el camino del amor, hablándonos del amor más sublime de aquel que es capaz de dar la vida por los otros. Nadie tiene amor más grande. Y es lo que contemplamos en Jesús.
No busca Jesús la muerte sino la vida y lo que quiere es que nosotros tengamos vida en abundancia. Fue su evangelio, fue la buena nueva de salvación que nos ofrecía, es la buena nueva del camino que traza para nosotros cuando nos habla del Reino de Dios. Y si Jesús llegó a la suprema entrega de su vida es por su fidelidad a su misión, al anuncio y construcción del Reino de Dios. El poder de las tinieblas rechaza la luz y pretende apagarla. Es lo que querían hacer con Jesús todos aquellos que no llegaron a comprender su mensaje. Por eso tramaron la muerte de Jesús. Pero Jesús fue fiel en su amor hasta el final, hasta su entrega suprema en el más sublime sacrificio de su vida en su muerte en la cruz.
Y la cruz se convirtió para nosotros en el signo del amor, en la prueba suprema de lo que es el amor que Dios nos tiene manifestado en Cristo Jesús. En el amor se subliman todos aquellos sufrimientos y toda aquella muerte, en el amor manifestado en la entrega de Jesús se transforma nuestra vida con un nuevo sentido y con un nuevo valor; para nosotros tiene pues valor de salvación eterna, de triunfo de la vida sobre la muerte, de triunfo del amor sobre el pecado, de lluvia de gracia y de vida para nosotros.
Fue la entrega de Jesús, fue su sangre derramada. Es el nuevo valor y sentido que tiene para nosotros la cruz del sufrimiento que se convierte en camino de vida desde esa ofrenda de amor. Lo fue en Jesús y lo tiene que ser en nosotros en el sentido nuevo que le vamos a dar a nuestra vida, en el valor que le vamos a dar a nuestros dolores y sufrimientos, en el sentido último que tiene la muerte que es ya para nosotros un abrirnos las puertas a la vida.
Celebramos hoy la Cruz de Jesús; miramos a Jesús y miramos su cruz, que es contemplar su amor, que es sentir como se derrama sobre nosotros la gracia de la salvación. Celebramos la Cruz de Jesús y aprendemos a mirar a la cruz con una mirada de amor que es responder a la mirada de amor infinito de Dios para todos los hombres.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás


Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42
Conocida es la anécdota de la señora que comentaba a su marido cada mañana que su vecina era una persona descuidada y nada limpia; le decía que mirara por la ventana desde la que se veía el patio de la vecina con su ropa tendida a secar y le decía que se fijara en lo mal lavada que tendía su ropa hasta que un día el marido abrió la ventana y le señaló que la ropa no estaba sucia, sino que eran los cristales de su ventana los que había que limpiar porque era mirando a través de ellos como se veía manchado todo lo que estaba en el exterior. Eran los cristales a través de los que miraba los que tenían falta de limpieza.
Mucho de esto nos pasa en la vida; cuando miramos a los demás con qué facilidad lo vemos llenos de defectos, de cosas que no nos gustan y con qué facilidad criticamos la vida y lo que hacen los demás. ¿Pero no serán nuestros ojos, o más bien nuestro corazón los que no están límpidos para mirar a los demás? Vemos a través de nuestros ojos, vemos a través de lo que hay en nuestro corazón y con qué frecuencia la malicia de la que hemos llenado nuestro corazón es lo que nos hace ver malicia en la vida de los demás.
Nuestros propios sentimientos, las actitudes o las posturas que tengamos dentro de nosotros hacia los demás marcan la mirada que tenemos hacia los otros. De la misma manera que nos dejamos influenciar por lo que nos dicen los otros, cualquier cosa que nos digan y que siembre duda en nosotros en relación a los demás, hará que nuestra postura sea diferente, que ya estemos con recelos hacia lo que los otros hacen, y esas dudas que siembran en nosotros con comentarios y murmuraciones interesadas corroen muchas veces una amistad hasta hacerla desaparecer.
Ojalá fuéramos capaces de ir siempre con buen corazón hacia los demás, arrancando de nosotros sentimientos de desconfianza, olvidando y borrando viejas cicatrices para que nuestra mirada sea limpia y seamos así capaces de ver todo lo bueno que hay en los otros. Sabemos que no somos perfectos y todos tenemos nuestras debilidades y flaquezas, pero ¿por qué fijarnos en eso y no ser positivos para ver lo bueno que hay en los demás? Digo muchas veces que seamos capaces de ir siempre con una sonrisa en nuestro semblante, porque eso puede significar lo positivo con que andamos en la vida y no solo  nos hacemos agradables a los demás, sino que también seremos capaces de ver todo lo positivo que hay en los otros.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que cómo un ciego puede guiar a otro ciego. Y ciegos vamos caminando por la vida cuando la pupila de los ojos de nuestra vida los tenemos enturbiados por la malicia que hay en nosotros. Seamos capaces de arrancar esa malicia de nuestro corazón, pongámonos ese colirio del amor que todo lo limpia para que nuestra vida y nuestra postura al lado de los demás sean siempre positiva.
Nos habla Jesús de que quitemos esas vigas que llevamos en nuestros ojos, antes de querer limpiar las pequeñas pajuelas que pueda haber en los ojos de los demás. Así no seremos ciegos guía ciegos, sino que con luz y claridad, la luz y la claridad del amor, de la ternura, de la comprensión, de la humildad podremos caminar junto a los otros y ayudarnos mutuamente.

jueves, 12 de septiembre de 2019

El amor del cristiano tiene otra sublimidad mayor que amar solamente a los que me aman porque tiene que ser tan generoso y universal como es el amor de Dios


El amor del cristiano tiene otra sublimidad mayor que amar solamente a los que me aman porque tiene que ser tan generoso y universal como es el amor de Dios

Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas 6,27-38
Soy bueno con los que son buenos conmigo, soy amigo de mis amigos son expresiones que escuchamos con frecuencia y que sustentan la mayoría de las relaciones con mantenemos con los demás. En principio una buena base, ya que si actuáramos al menos así nos estamos rodeando de un buen clima al menos con aquellos con los que nos sentimos más cercanos. Si ese es un tacaño que nunca ayuda a nadie, por qué voy a ayudarle, que se las arregle ya que él no cuenta con nadie, alguna vez nos aparece una reacción así en nuestro interior o en nuestra manera de reaccionar en nuestras relaciones con los demás. Y creamos abismos que se nos hacen intransitables, y que evitamos quizá en muchas ocasiones.
Son complejas las relaciones humanas que en alguna ocasión pueden caer por una pendiente de inhumanidad porque nos hacemos separaciones poniendo barreras, encerrándonos en nuestros círculos donde nos sentimos a gusto y no queremos complicarlos la vida. Por qué voy a mezclarme con esas personas que buscan su aislamiento, nos decimos sin darnos cuenta que nosotros estamos haciendo también esos círculos que nos aíslan.
Humanamente hablando, si pertenecemos a una misma humanidad, que es decir como a una misma familia, no tendría que ser otra relación más generosa la que tengamos. Pero el estilo que impera se nos impone y comenzamos a entrar en esos círculos cerrados. ¿No tendríamos que romper esa inercia?
¿Cuál ha de ser nuestro estilo como cristianos? Hoy Jesús nos lo propone de manera sublime si lo queremos entender. Hemos de reconocer que por más que escuchemos el evangelio se nos resisten las palabras de Jesús. Tan influenciados estamos por el estilo del mundo que hasta pensamos que haciendo así como veníamos diciendo hasta somos buenos cristianos.  Pero ¿no tendría que haber una diferencia?
Jesús nos lo dice claramente, si saludamos solo a los que nos saluda qué hacemos de especial. Si prestamos solo a los que nos prestan, ayudamos solo a los que nos ayunan, eso, nos dice Jesús, lo hacen también los paganos, los que no tienen a Dios como centro de sus vidas. Por eso, tenemos que pensar seriamente qué hacemos de especial si hacemos lo que todos hacen.
Hoy Jesús directa y claramente nos habla del amor a los enemigos. Sí, a los que tenemos enfrentados con nosotros, a los que  nos han hecho mal, a los que nos han ofendido, a los que nunca nos prestan nada, a los que piensan de manera distinta, a los que tienen otro sentido de la vida. Jesús es tajante y radical y con oídos bien abiertos tenemos que escuchar sus palabras.
Y nos pone la referencia de que tenemos que diferenciarnos de lo que hacen todos, porque el estilo del amor que nos propone es más sublime. No podemos llamar amor de verdad cuando lo que hacemos es como una compraventa, porque tú me ayudas y yo te ayudo. Y es que si nos trataran así no nos quedaríamos contentos, por eso nos dice Jesús que tratemos a los demás como queremos que ellos nos traten.
Pero nos pone otra referencia aun más sublime, y es el amor que Dios nos tiene y que es el que tenemos que copiar en nuestra vida. ‘Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo’, nos dice tajantemente. El modelo del nuestro amor tiene que ser el amor que Dios nos tiene. Y de ahí tiene que arrancar todo. Y entonces porque amamos con un amor como el que Dios nos tiene seremos compasivos, seremos misericordiosos, estaremos siempre dispuestos a perdonar, no juzgaremos ni condenaremos a nadie, sino que siempre prevalecerá en nuestro corazón la comprensión y el perdón.
Y esto claro no lo hace todo el mundo; el amor cristiano es algo más que tenemos unos sentimientos recíprocos en que correspondemos a lo que nos hacen. Es algo más a lo que estamos llamados y que con la fuerza del Espíritu de Jesús es como podremos realizar. Ahí sí tenemos que diferenciarnos y es que tenemos otra motivación más sublime para el amor.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, pareciéndonos una paradoja y seguimos corriendo detrás de risas vacías y de vanidades


Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, pareciéndonos una paradoja y seguimos corriendo detrás de risas vacías y de vanidades

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26
Queremos vivir en un mundo de risas. Entendámonos. Soy de los que dicen que una sonrisa en el semblante hace agradable la vida de aquellos con los que te encuentras en el camino aunque su camino sea costoso y duro. Ojalá sepamos ir con una agradable sonrisa en nuestros labios aunque nos llore el corazón, pero porque queremos hacer felices a los demás. Pero ahora estamos queriendo decir otra cosa.
Un mundo de risas, decíamos. La risa, es cierto, es expresión de alegría pero tanto una como no siempre tiene la verdad de lo autentico. Reímos porque nos sentimos satisfechos y llenos quizás de nosotros mismos, de nuestros orgullos o de esas cosas en que decimos que vencemos porque nos parece tenerlo todo; nos sentimos llenos pero con una riqueza, podríamos decir, externa y muchas veces vacía, porque simplemente nos apoyamos en nuestros tesoros, en nuestros poderes, en esos ‘prestigios’ con los que queremos estar por encima de los demás. No queremos ni aceptamos ningún tipo de sufrimiento o de lagrimas y quizá queremos ocultarnos con esos sucedáneos que se nos puedan ofrecer desde el poder del dinero, por ejemplo.
Y ocultamos ese vació interior con una carcajada, con una ostentación, con mucha vanidad porque nos creemos estar por encima de todo, de sufrimientos, de carencias y no endiosamos con esos poderes que creemos que tenemos. Es por eso por lo que diferencio una sonrisa de una risa, aunque quizá cueste entenderlo o nos parezca contradictorio lo que estoy diciendo.
Hablando de contradicciones es lo que parece decirnos Jesús hoy en el evangelio. Las palabras de Jesús forman parte de lo que solemos llamar el sermón del monte, aunque en este caso nos las ofrece Lucas, con sus características especiales. Por eso digo que las palabras de Jesús pueden sonarnos contradictorias porque llama felices a los pobres, los que lloran, los que nada tienen, los que están hambrientos o los que son perseguidos. Por el contrario dice que no pueden ser felices ni los ricos ni los que se sienten satisfechos en si mismos porque se sienten saciados de todo, ni los que convierten su vida en una risa superficial y vacía.
Son las paradojas del evangelio. Unas palabras que cuando las pronunció Jesús en medio de aquella multitud que le seguía y quería escucharle en medio de tantos sufrimientos pero también de aquellos que en la orilla estaban al acecho y en actitud distante porque no se iban a mezclar con toda clase de gentes, tenían que haber sonado como un aldabonazo muy fuerte, una campanada que restallaba en sus oídos pero sobre todo en sus corazones.
Todos se verían sorprendidos aunque no todos lo escucharan de la misma manera. Sorpresa en cierto modo llena de dudas en principio, con esperanza después al ir asimilando el mensaje la gran mayoría de los que allí estaban; estupor por otro lado en quienes allí estaban satisfechos de si mismos que no comprendían lo que Jesús les quería decir o que rompía todos sus esquemas y maneras de entender la vida y las cosas.
Ahí estaba el mensaje de Jesús. Era la novedad del Reino de Dios para el que había que convertirse para creer en él. Porque si Dios es en verdad el Rey y Señor las cosas tienen que cambiar; Dios no se hace sordo al gemido de los que sufren y de los que lloran, son los preferidos del Señor y para ellos Jesús tiene una palabra de vida, que no son solo palabras sino que es en verdad salvación, salir de ese estado de sufrimiento para ofrecerles una dicha y una alegría verdadera.
Claro que esas palabras de Jesús lo cambian todo, porque quienes creemos en El, quienes queremos pertenecer a su Reino otras tienen que ser ya para siempre sus actitudes, su manera de ver la vida y de ver a los demás, la manera de actuar. También nosotros tenemos que estar al lado de los pobres y de los que sufren, también nosotros vamos a transformar todo en esa alegría nueva; también nosotros tenemos que comenzar por despojarnos de esas grandezas y de esas vanidades con que tantas veces queremos llenar la vida, tenemos que vaciarnos de nosotros mismos y de esos orgullos nuestros para sentirnos pobres ante de Dios y dejar que solo sea El quien llene nuestro corazón.
Siguen sorprendiéndonos las palabras de Jesús que nos cuesta entender, siguen pareciéndonos una paradoja y todavía seguimos corriendo detrás de esas risas vacías y de esos orgullos nuestros. ¿Cuándo cambiaremos para vivir todo el sentido del evangelio de Jesús?

martes, 10 de septiembre de 2019

Una reflexión que se hace oración para sentirnos impulsados a ir al llano de la vida y encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás



Una reflexión que se hace oración para sentirnos impulsados a ir al llano de la vida y encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás

Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19
La persona madura es una persona reflexiva. No se toma las cosas a la ligera. No solo rumia en su interior una y otra vez lo que le va sucediendo, lo que va recibiendo de la vida, lo que puede aprender de los demás, sino que a la hora de tomar decisiones se lo toma con calma, como solemos decir, porque reflexiona hondamente sobre la decisión a tomar, la tarea a emprender, o simplemente al enfrentarse cada día a lo que ha de vivir. Sopesamos una y otra vez lo que tenemos que decidir para hacer la mejor opción viendo los ‘pros’ y los ‘contras’ cuidando siempre que sea lo mejor y que no podamos dañar a nadie con nuestras decisiones. Tenemos unos principios, unos valores, nos hemos trazado unas metas y ahora vamos planificando objetivos en el día a día desde una reflexión profunda.
Pero el creyente añade algo más a esta reflexión. Quiere que su reflexión no sea algo por si mismo desde nuestros pensamientos o desde nuestra fuerza de voluntad, sino que en todo momento queremos sentir la mano de Dios, el Espíritu de Sabiduría divina que nos inspire y nos ayude dándonos fuerza para lo que decidimos y para lo que tenemos que realizar. Por eso, nuestra reflexión se convierte en oración; nuestra reflexión nos la queremos hacer en la presencia del Señor, invocándole, sintiéndole presente, dejándonos iluminar. No es solo ya pensar por nosotros mismos sino dejarnos inspirar, escuchar allá en lo hondo del corazón la voz del Señor que nos habla también a través de muchos signos que se van realizando en nuestra vida.
Es la verdadera oración con la que llenamos de sentido y de fuerza sobrenatural la vida, es un diálogo de amor porque siempre nos sentimos amados y queremos responder de la mejor manera a ese amor con lo mejor de nuestra vida. Nunca emprenderemos una tarea sin sentir esa presencia de Dios en nosotros.
Es lo que hoy estamos contemplando en Jesús. ‘Subió Jesús a la montaña y pasó la noche orando a Dios’, nos dice el evangelista. Algo que veremos repetido muchas veces a lo largo del evangelio. Lo veremos en la sinagoga en el día de la oración y de la escucha de la Palabra como lo veremos en la montaña o en descampados; lo veremos en el templo de Jerusalén o cómo se retira al monte de los Olivos para orar. Por algo sabia Judas donde encontrar a Jesús; en lo alto del monte de los Olivos hoy se levanta también un templo, el templo del padrenuestro, allí donde la tradición nos recoge que Jesús lo enseñara a los discípulos cuando le piden que les enseñe a orar, después de verlo pasar largos ratos en oración.
Jesús ahora va tomar decisiones importantes. Se nos dice que al amanecer llamó a los discípulos y escogió aquellos Doce a los que iba a llamar apóstoles, enviados, y a los que les iba a confiar un misión especial como centro de aquel grupo que eran los discípulos que le seguían. Luego bajará al llano y se encontrará multitudes que le esperan y que cada uno viene con sus dolencias y su vida cargada de sufrimientos y frustraciones. Para todos tendrá Jesús un signo de vida, curando a los enfermos y despertando la ilusión y esperanza de algo nuevo para todos.
Seguro que tras esos momentos que no son solo reflexión sino también oración nos sentiremos impulsados a ir al llano de la vida para encontrarnos con el sufrimiento, las frustraciones y también las esperanzas y alegrías de los demás. Ojalá seamos capaces de llevar siempre un signo de vida y de esperanza con nuestra presencia a todos esos que nos vamos a encontrar en el camino de la vida.

lunes, 9 de septiembre de 2019

No nos preguntamos solamente qué es lo que está permitido sino lo seríamos capaces de hacer en colaboración con los demás sea quien sea



No nos preguntamos solamente qué es lo que está permitido sino lo seríamos capaces de hacer en colaboración con los demás sea quien sea

Colosenses, 1, 24-2, 3; Salmo 61; Lucas, 6, 6-11
‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’, la pregunta viene a cuento de que un sábado al entrar Jesús en la sinagoga los escribas y fariseos están acechando a ver la actitud de Jesús, a ver lo que hace Jesús.
Ya todos conocían cómo Jesús curaba a los enfermos pero también con lo que enseñaba se estaba enfrentando a los rigoristas de turno que no comprendían ese sentido nuevo que Jesús quería darle a las cosas cuando les trasmitía el mensaje del Reino de Dios. Por una parte se habían hecho unas ideas de lo que tendría que ser el Mesías que no concordaba según sus apreciaciones con la manera de presentarse Jesús, aunque todo el mundo estaba admirado con lo que decía y con lo que hacia; pero por otra parte quizá podían ver en peligro su situación de dominio y prepotencia con la que ellos se presentaban como únicos maestros de la ley ante el pueblo.
Había en la sinagoga un hombre que tenía una mano paralizada. ¿Qué iba a hacer Jesús? Era sábado y en el sábado no estaba permitido ningún tipo de trabajo. ¿Se podía considerar un trabajo el que Jesús milagrosamente curara a aquel hombre con sus discapacidad, con su invalidez? Para ellos quizá podía considerarse un trabajo porque en la multitud de normas y explicaciones que ellos se habían hecho de la ley de Moisés todo estaba muy reglamentado, muy pormenorizado. ¿Qué haría Jesús cuando viera la discapacidad de aquel hombre?
Pero es Jesús el que se les adelante y le pide a aquel hombre que se ponga en pie allí en medio. Y lanza la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ Poniéndolo así como ahora Jesús se los platea, nadie se atreve a decir nada. No iban ellos ahora a ponerse en contra de lo que sabían que querían todas aquellas personas, que era salvar a aquel hombre, que se viera curado de su invalidez. No serían ellos los que ahora se opusieran. Pero Jesús sí actuó. Y curó a aquel hombre.
Allí estaban aquellos que ni comían ni dejaban comer, como se suele decir en el dicho refranero. Como sigue sucediendo. No vamos ahora a quedarnos en el hecho de que fueran tan legalistas y estuvieran con tantos rigorismos, como hemos comentado muchas veces. Pero la actitud de aquellos que estaban allí al acecho es algo que se repite. Los que ni comen ni dejan comer, como decíamos.
Siempre hay gente que está al acecho, que está a la contra de todo, que no hace nada pero que todo son críticas a lo que los otros hacen; los que no mueven un dedo, pero los vemos allí por detrás observando, fijándose en detalles para luego criticar, para juzgar, para decir que las cosas no se están haciendo bien, para decir que ellos lo  hubieran hecho de otra manera, pero al final hablan y hablan pero nunca hacen nada. Y lo malo que con sus críticas y entorpecimientos tampoco dejan que otros hagan.
Nos encontramos con gente negativa, siempre con sus juicios y comentarios, siempre por detrás pero no se ponen en medio y toman la iniciativa; son los que frenan continuamente las cosas buenas que se pueden hacer; son los que ven siempre dobles intenciones en los que se atreven a hacer alguna cosa buena; son los que no son capaces de ver ni aceptar lo bueno que hacen los otros, porque son de otra manera de pensar, porque son de otra ideología, o de otro partido político, nada bueno pueden ver en los otros y cuando puedan si ellos llegan a tener el mando, por decirlo así, lo que harán será destruir todo lo que han hecho los otros. Lo vemos tantas veces en la vida social.
No podemos ir con esas negatividades en la vida. Tenemos que saber ser constructores sabiendo aceptar y valorar la colaboración de los otros. No podemos ir buscándonos méritos y galardones sino que tenemos que ser capaces de poner siempre nuestra colaboración a todo eso bueno que entre todos podemos hacer. Cuando será el tiempo en que entre todos, aunque tengamos opiniones distintas, maneras de enfrentar las cosas de forma distinta, seamos capaces de ponernos a colaborar, a buscar entre todos eso bueno que es necesario hacer y que tenemos que ser capaces de hacer.
Es un mundo nuevo que tenemos que crear y en eso tenemos mucha parte los cristianos, porque desgraciadamente muchas veces colaboramos o no según de donde vengan las ideas o las propuestas, seguimos haciéndonos nuestras discriminaciones que son tan lejanas del amor del evangelio. Es la pregunta que tenemos que hacernos no solo de lo que está permitido o no en determinados momentos, sino qué es lo que tenemos que ser capaces de hacer en nuestra colaboración con los demás sea quien sea, tenga el pensamiento o ideología que pueda tener.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Ser cristiano es haber encontrado el tesoro escondido que es Jesús y el evangelio y estar dispuesto a todo por vivirlo


Ser cristiano es haber encontrado el tesoro escondido que es Jesús y el evangelio y estar dispuesto a todo por vivirlo

Sabiduría 9, 13-19; Sal 89; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33
Necesitamos tener criterios claros en la vida para no andar dando bandazos de un lado para otro, sentirnos frustrados porque no alcanzamos nuestras metas, sentir quizá el fracaso de que lo intentamos pero no sabíamos bien a donde queríamos ir y por una parte nos sentimos desorientados o no tenemos las fuerzas ni los medios para conseguirlo.
Tener criterios claros significa saber bien a lo que aspiramos pero de alguna manera ver las fuerzas o los medios con los que contamos. Cuando estamos seguros, tenemos clara la meta o los objetivos y consideramos que aquello que buscamos es la mejor y mayor riqueza que podamos obtener, ya pondremos todo nuestro esfuerzo, ya buscaremos los medios, las orientaciones, los caminos para lograrlo.
Claro que eso significará tener que dejar a un lado aquello que no es tan importante para centrarnos en lo que merece la pena. Para comprar, por ejemplo, una propiedad que anhelamos, haremos sacrificios por un lado o por otro sabiendo que lo que vamos a conseguir es lo mejor y que merece la pena. El que estudia y quiere conseguir un carrera universitaria que él ve como la vocación de su vida donde pueda en verdad realizarse, tendrá que poner todo su esfuerzo, renunciando incluso a momentos buenos cuando tiene que rendir de una materia, pero sabe que aquello es el sueño de su vida y merece la pena todo ese esfuerzo. Y así en tantas cosas de la vida.
Quizá llegue el momento en nuestra reflexión de preguntarnos si tenemos criterios claros en lo que comporta el seguimiento de Jesús. ¿Es en verdad Jesús ese tesoro escondido por el que merece venderlo todo, como nos dirá Jesús en otro momento del evangelio? Es importante este planteamiento porque es cuando adquieren todo su sentido las palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio.
Ser cristiano no es una religión en la que simplemente se nos pide que renunciemos a cosas y más cosas así porque si. Quizá ha sido la confusión que muchos hemos tenido en nuestra cabeza y es la razón por la que tantos abandonan y ya no les dice nada lo de ser cristiano. Es una opción que hacemos por Jesús y por el Reino de Dios que El nos anuncia. Pero tenemos que ver que es importante, pero no con una importancia cualquiera. Tantas cosas que vemos importantes en la vida pero que en un momento nos decidimos por unas y en otro momento elegimos otras. El seguimiento de Jesús tiene una radicalidad mayor.
Tampoco es que digamos que somos cristianos porque lo hemos sido de toda la vida, por eso fue lo que me enseñaron, esa fue la religión de mis padres y de mis antepasados y solamente lo vemos como una tradición más que hay que seguir. Escuchando en estos días declaraciones y comentarios que se hacen desde los medios de comunicación con motivo, por ejemplo, de las fiestas de la Virgen o del Cristo que se proliferan en estos meses por todas partes, las gentes o los comentaristas de los medios hablaban de por qué iban a aquellos santuarios en estas ocasiones.
Respuestas de las más variadas con muy buena voluntad, que si es la fe que le tengo a esta Virgen o este Cristo que es muy milagroso, que si lo hacemos por devoción y como un sacrificio que ofrecemos, que así nos lo enseñaron nuestros padres y nosotros lo hemos hecho siempre, que son unas tradiciones que no hemos de perder, y no digamos nada en los que van por la fiesta o simplemente por pasarlo bien y hasta como un deporte. No me lo invento, lo he escuchado hoy mismo. Sin quitar la buena voluntad de estas personas ¿vemos aquí unas convicciones profundas sobre lo que es el ser cristiano y lo que nos dice el Evangelio para hacer un seguimiento total de Jesús con toda mi vida?
¿Significa que nos hemos encontrado con Jesús como la verdadera luz de mi vida, mi única salvación? Es que tenemos que ver que es lo que en verdad significa creer, creer en Jesús, decir que soy cristiano. Un nuevo sentido de vivir que me hace entrar en otra orbita de relación con Dios, pero también de relación con los demás y con el mundo en el que vivo.
Claro eso significará clarificar muy bien los criterios que tengo en la vida, purificando, cambiando si es necesario para emprender ese camino nuevo que se nos ofrece. Tendré que desprenderme mi yo, de mis antiguos criterios, de otras formas de vivir la vida, pero lo hago por conseguir lo mejor, por vivir lo mejor que es lo que encuentro en Jesús. Ya mencionábamos antes lo de venderlo todo para conseguir el tesoro escondido pero que hemos encontrado. Ahí nos dice Jesús que tenemos que aprender a decir no, a renunciar a muchas cosas que no son compatibles con el sentido del evangelio, con el sentido de Jesús.
Hoy nos habla Jesús de renunciar incluso a aquellos que más amamos, si son un obstáculo para alcanzar a vivir esa sabiduría de Dios; nos habla de negarnos incluso a nosotros mismos, que es por donde tenemos que empezar, aunque eso signifique abrazarme a la cruz del sufrimiento, porque será algo doloroso y algo que cuesta.
No nos pide Jesús el negarnos por negarnos, el cargar la cruz por hacer un sacrificio de sufrimiento, significa desprenderme de aquello que me puede producir desgarro en el corazón, pero por alcanzar la vida. Y claro mientras vamos caminando por la vida con estos nuevos criterios, los del evangelio, vamos a encontrar la cruz de los que no nos entienden e incluso se nos van a poner en contra, pero que en mi fidelidad he de mantenerme firme.
Pero todo eso porque nos hemos encontrado con el tesoro que es Jesús y el evangelio para nosotros. Y merece la pena. Y lo vivimos con alegría aunque haya cruz, porque en todo eso hay amor y el amor nos llena de plenitud.