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martes, 7 de abril de 2026

La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

 


La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Lloramos también nosotros en medio de la desolación que podamos encontrar alrededor y con las lágrimas nuestros ojos se oscurecen para no ser capaces de encontrar por algún lado algún rayo de sol que nos haga descubrir la luz? Desolación porque parece que la esperanza se nos apaga, desolación porque el dolor y el sufrimiento se nos hace inaguantable en enfermedades en las que parece que nunca encontraremos la salud, por las cosas que no comprendemos, porque nos parece que en lugar de abrirse caminos parece que todo se encierra con los problemas, con los contratiempos que van surgiendo, con las luchas que de una manera o de otra nos vienen de frente y algunas veces de los que menos las esperamos, por las desilusiones y los desencantos cuando no alcanzamos lo que deseamos o nos sentimos frustrados porque lo conseguido no es lo que habíamos soñado.

Muchas sombras y muchas lágrimas que nos confunden y nos hacen desconocer incluso aquello que nosotros más apreciamos. ¿Sería el estado de desánimo y desencanto que estaba sufriendo María de Magdala en aquella mañana que se había vuelto fría para ella? Al llegar al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús terminando de cumplir con los ritos o protocolos para su entierro que no habían podido terminar porque aquel atardecer del viernes llegaba el descanso sabático, ahora se habían encontrado la piedra del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús. ¿Se lo habían robado? ¿Lo habían trasladado de lugar porque aquel sitio había sido provisional por las prisas del sabat?

Ni a las preguntas e indicaciones de los Ángeles podía hacer caso porque lo que ella quería y buscaba no estaba allí. Se le acerca alguien que ella en sus llantos no reconoce y pensaba que era el encargado del huerto con las mismas preguntas a las que ella sabe dar solo una respuesta. ¿Dónde se lo han llevado? Que ella es capaz de ir a buscarlo y traerlo para darle buena sepultura. Se olvidaban incluso las palabras que ella había escuchado tantas veces. Con qué facilidad olvidamos y no somos capaces de ir más allá cuando estamos envueltos en nuestras lágrimas y tristezas. No son solo depresiones pasajeras sino una cerrazón de nuestra mente que nos hace olvidar lo que más apreciamos.

Solo cuando escucha su nombre en labios de quien ella pensaba que era el hortelano despierta de su estado de animo depresivo y reconoce la voz de quien ella sabía que tanto le amaba. Solo una palabra, pero quizás con una cadencia especial; una palabra que en su sonido llevaba toda una canción de amor; una palabra que ya no solo escucha con los oídos sino que la está sintiendo en el corazón. ¿Seremos capaces de ir con una palabra así hasta aquellos que están envueltos en sus penas y sufrimientos a nuestro lado? Son tantos los que necesitan escuchar una palabra así llamándoles por su nombre en medio de este mundo de anónimos; nosotros necesitamos también escuchar nuestro nombre en quien se dirige a nosotros, porque significa que somos reconocidos en medio de tanto anonimato; no somos una grano de arena perdido en medio de esa gran masa que camina por el mundo, por eso nuestro nombre también es tan importante.

‘¡María!’, ‘Rabonni, Maestro’ son las pocas palabras que resuenan en aquellos momentos y todo se transforma, las lágrimas se secan y reaparecen las sonrisas del rostro y las alegrías del alma. No son solo dos palabras, es una experiencia de vida, un encuentro que se convierte en vital, un instante para abrirse caminos donde todo parecía oscuridad. ‘Ve y dile a mis humanos’, es un mandato y una misión. Es el impulso para una nueva carrera en aquella mañana en que ya sí parece que ha salido el sol que calienta el alma.

‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Desde esta experiencia de pascua que estamos viviendo ¿seremos capaces de hacer como aquella primera misionera y llevar el anuncio del Evangelio a los que están a nuestro lado? ¿Se difuminarán para siempre tantas oscuridades que pesan sobre nosotros y sobre nuestro mundo?

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