Despertemos,
vivamos la alegría de nuestra fe en nuestras celebraciones, ha de notarse en
nuestra vida para contagiar, para trasmitir, para comunicar, es nuestra tarea de
cristianos
Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Salmo 117;
Marcos 16, 9-15
Hay noticias que no podemos callar.
Cuando son buenas noticias mucho más, enseguida nos apresuramos a compartirlas
con quienes tenemos cerca o con quienes mantenemos un aprecio especial. Dicen
que las malas noticias corren como un reguero de pólvora, y será así
probablemente porque hacen mucho ruido, pero pronto se esfuman como el humo.
Pero una buena noticia deja huella; tengo un recuerdo en mi mente desde que era
niño cuando mi madre recibía carta ya de mi padre o de mis hermanos que estaban
en el extranjero, pronto llamaba a las vecinas para compartir la alegría de
haber recibido cartas tomándose un buen café.
¿No será eso lo que nos está diciendo
hoy la Palabra de Dios en este tiempo y en esta octava de Pascua que estamos
celebrando? Hemos ido escuchando distintos momentos de aquellas manifestaciones
de Cristo resucitado a los discípulos; siempre queda como una coletilla el
encargo de ir a comunicarlo a los demás, o la impaciencia en algunos casos por
correr al encuentro con los otros para comunicarles lo que habían vivido.
El evangelista Marcos es mi escueto en
la narración de la resurrección de Jesús y los acontecimientos que siguieron;
hoy hemos escuchado como un resumen que hace de aquellos distintos momentos, ya
fuera a las mujeres que fueron al sepulcro, a María Magdalena, a los discípulos
que estaban encerrados en el cenáculo a los que echa en cara su falta de fe, o
a los que habían marchado a Emaús. Pero hoy también termina el relato con el
envío de Jesús a sus discípulos por todo el mundo con el encargo de hacer el
anuncio de esa buena nueva, el evangelio. ‘Id al mundo entero y proclamad el
Evangelio a toda la creación’.
Es nuestro compromiso de Pascua, es
más, es lo que tiene que surgir espontáneo en nuestra vida cuando de verdad
hemos vivido la Pascua. No se puede quedar todo en unas bonitas y solemnes
celebraciones; cargamos demasiado el aspecto de la solemnidad con el peligro de
que perdamos la intensidad de la vida, lo que tiene que brotar de manera
espontánea de nuestro corazón cuando estamos viviendo de verdad lo que
celebramos, lo que es nuestra fe. La celebración podíamos decir que es como el
ramillete de flores de todo aquello que es el centro de nuestra fe y de nuestra
vida y que vamos a ofrecer como una acción de gracias al Señor; una fiesta que
hacemos con la que queremos alabar a Dios por tanto que nos ha regalado y que
lo centramos en el misterio de Cristo.
Pero la celebración es también Palabra
que recibimos que alimenta nuestra vida y que nos pone en camino; la
celebración vivida así no se puede quedar en el momento en que nos reunimos – y
es importante este aspecto de que nos reunimos porque no es una cosa que
hacemos nosotros solos – sino que luego ha de prolongarse en el día a día, en
cada momento de nuestra vida; y cuando todo eso lo estamos viviendo con toda
intensidad se nota, se contagia, se trasmite, se comunica a los demás.
No nos podemos quedar inertes e
impasibles tras ese momento intenso de encuentro vivo con Cristo, a partir de
ahí somos otros, a partir de ahí tiene que haber otro movimiento en nuestra
vida; tenemos que salir presurosos a compartir el café con los demás
llevándoles la buena noticia que hemos recibido.
Hoy el evangelio nos recuerda que ese
es el encargo de Jesús por si acaso lo olvidamos, aunque son cosas que no se
pueden olvidar cuando tan intensamente lo hemos vivido. ¿Seremos capaces de
hacerlo así? Tristemente hemos de reconocer que no siempre los cristianos
actuamos de esa manera, que nuestras vida cristiana es demasiado amorfa, poco
intensidad le damos a nuestras celebraciones, parece que nos falta esa alegría
de la fe. Desde unas celebraciones rutinarias no podemos esperar otra cosa que
una vida cristiana rutinaria. ¿No tendremos que despertar ya de una vez?
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