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sábado, 25 de mayo de 2019

Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad


Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad

 Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
Podríamos pensar algunas veces que porque somos creyentes, unas personas piadosas quizá, y queremos vivir con toda fidelidad nuestra vida cristiana y nuestro seguimiento de Jesús, ya todo tendría que salirnos bien, que los problemas tendrían que desaparecer, que a nosotros no nos puede pasar nada malo. Un poquito aquello del orgullo de sentirnos cristianos pero al mismo tiempo la seguridad de que nuestra vida va a discurrir siempre con toda paz y armonía, porque en algo tendría quizá que premiarnos el Señor ya que nosotros queremos ser buenos.
Y claro cuando nos surgen problemas y contradicciones quizá con aquellos que más cercanos están a nosotros y no nos comprenden, nos puede entrar el desaliento y un poco ponernos quizás contra Dios que así nos trata y no escucha nuestras peticiones y las cosas que le ofrecemos cada día.
Para algunos la tentación puede ser tan fuerte que pudiera ponerse en peligro su fe y su confianza en el Señor; casos podemos conocer de gente que por esas circunstancias adversas de la vida todo lo abandona y al final hasta nada quieren saber de religión ni de cristianismo. Claro que eso estaría demostrándonos la debilidad de nuestra fe, y también lo poco que quizá escuchamos la palabra del Señor. ¿Buscamos la vivencia de la fe solo como un remedio o una solución de nuestros males o nuestros problemas?
Pero no nos dice el Señor que por seguirle lo vamos a tener todo solucionado en la vida y no nos aparecerán problemas. Cuántas veces nos habla Jesús de las persecuciones incluso con que nos podremos encontrar. Cuando Pedro un día le dice qué es lo que les espera a ellos que lo han dejado todo por seguirle, Jesús además de decirle que todo aquello que han dejado lo van a ver multiplicado pero quizá en otro sentido, pero también les dice que no les faltarán persecuciones, pero que al final alcanzarán en su fidelidad la vida eterna. Tendemos a ir buscándonos premios por lo que hacemos, y cuanto más pronto nos aparezcan esos premios mejor.
Pero Jesús ya nos advierte que el siervo no es más que su amo, ni el discípulo mayor que su maestro. Y nos dice Jesús que si a El lo persiguieron, también nosotros vamos a encontrar persecuciones en nuestra vida. Nos habla de que el mundo nos odia, como le odiaron a El. Ya el anciano Simeón le anunció a María y a José allá en el templo cuando la presentación que aquel niño iba a ser signo de contradicción. Y ya lo vemos a través del evangelio la gente se va decantando ante El, unos le seguirán, alabarán sus palabras y su mensaje por tanta esperanza que va sembrando en sus corazones, pero otros se pondrán en contra, nunca querrán entender sus palabras y le llevarán hasta la Cruz.
Eso es lo que significa el mensaje de Jesús en medio del mundo, un signo de contradicción. Unos lo entenderán, otros se pondrán en contra. Eso es la Iglesia en medio del mundo, eso tenemos que ser nosotros en medio de los que nos rodean.
No es que busquemos la contradicción porque siempre nuestro mensaje, con nuestras palabras y con el testimonio de nuestra vida, tendría que ser un mensaje de esperanza, un rayo de luz en medio del mundo, pero ya decía el evangelio de san Juan desde el principio que las tinieblas no quisieron recibir la luz, la rechazaron; y es lo que vamos a encontrar nosotros en la medida en que seamos fieles de verdad al mensaje de Jesús.
No entenderán nuestro mensaje, sino que mas bien lo malinterpretarán, querrán hacernos decir cosas que no hemos dicho ni entran en nuestros principios, querrán arrimar siempre el ascua a su sardina, se van a creer en la posesión de la verdad absoluta y se mostrarán siempre enfrentados al mensaje del evangelio aunque muchas veces se haga de una forma muy sutil.
Pero eso nos obliga a ser fieles de verdad al mensaje del evangelio, a no tratar de hacernos rebajas para ganarnos a los otros, porque ese no es el camino. Tampoco tenemos que amoldarnos a los deseos del mundo, y esa es una gran tentación que sufrimos los cristianos y que padece también la Iglesia.
Cuidemos que no nos pongamos a hablar de tantas cosas que le interesan al mundo, y olvidemos el auténtico mensaje del evangelio. Es cierto que tenemos que preocuparnos por los problemas del mundo, pero nunca podemos obviar ni ocultar lo que es el mensaje del evangelio que es el que da verdadera vida al mundo. Hay quien denuncia que nos puede estar pasando eso también en la Iglesia de hoy y olvidemos el mensaje de Jesús. No nos importe ser signo de contradicción porque puede ser signo de nuestra fidelidad.

viernes, 24 de mayo de 2019

Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción


Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción

Hechos 15,22-31; Sal 56: Juan 15, 12-17
Alguien ha definido la pascua como el tiempo del amor. Es el tiempo en que se derrama el Espíritu sobre nuestros corazones y es Espíritu de amor. Ya en el primer día de la pascua contemplábamos como Jesús derramaba su Espíritu sobre los apóstoles en el cenáculo para el perdón de los pecados y concluiremos el tiempo pascual en la fiesta del Espíritu, Pentecostés, que se derrama como espíritu de amor sobre todo los que creemos en Jesús.
Repetidamente en el evangelio vamos escuchando, como lo hacemos estos días, la invitación y el mandato de Jesús que es el amor que ha de ser de verdad nuestro distintivo, nuestra auténtica señal de identidad, y al mismo tiempo vamos invocando al Espíritu que nos anuncia Jesús para que se derrame sobre nosotros y nos transforme los corazones.
Nos pide Jesús que nos amemos y que nos amemos como El nos ha amado y a continuación nos pone el listón bien alto.Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y nos dice que somos sus amigos, que El ha sido quien nos ha elegido y que hemos de dar en consecuencia frutos de amor. Significará entonces la entrega que nosotros hemos de vivir para amar con un amor como el de Jesús. ¿Estaremos nosotros también a dar la vida por nuestros amigos? Es el amor más grande, es el amor que nosotros hemos de vivir.
Pero como nos ha ido señalando a lo largo del evangelio no solo hemos de amar a los que nos aman, saludar a los que nos saludan; como nos dice El mismo, eso lo hace cualquiera. Pero nosotros no somos cualquiera, nosotros somos los que hemos experimentado en nuestra vida el amor del Señor, somos los amados de Dios que hemos de amar con un amor igual. Por eso nos hablará de la comprensión y de la misericordia de las que hemos de llenar nuestro corazón, para amar a todos, para ser comprensivos y misericordiosos con todos, para parecernos al Padre que es compasivo y misericordioso, que ha de ser nuestra meta y que vemos reflejado en el rostro de Cristo.
Pero esto no puede ser una doctrina o una teoría, esto hemos de traducirlo en las obras de cada día de nuestra vida, con aquellos que están a nuestro lado que decimos que amamos pero que tantas veces tienen que soportar nuestros desaires y nuestro mal humor, pero que hemos de traducir en lo que hagamos con cualquiera que nos vayamos encontrando en el camino de la vida.
Quien ama con un amor como el de Jesús no podrá ir por la vida con los ojos cerrados para no ver, para que no nos hieran los sufrimientos de los demás, para desentendernos de los problemas de los otros. Nuestro corazón nunca se podrá cerrar, siempre ha de ser un corazón abierto en el que vayamos poniendo el sufrimiento y las carencias de los hermanos con los que nos vamos encontrando. Claro, se necesita llevar los ojos bien abiertos, con las pupilas bien dilatadas con los colirios de la fe y del amor para que quepan todos en nuestro corazón.
Es el tiempo de la pascua que es el tiempo del amor, como decíamos al principio. Es el paso de Dios por nuestra vida que llega a nosotros en tantos crucificados que nos vamos encontrando en los caminos, pero a los que hemos de conducir a la pascua de una nueva vida de amor, el amor que nosotros seamos capaces de compartir con ellos.

jueves, 23 de mayo de 2019

Cuando nos amamos de verdad estamos haciendo el verdadero camino que nos conduce a la felicidad plena


Cuando nos amamos de verdad estamos haciendo el verdadero camino que nos conduce a la felicidad plena

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11
Qué felices son los que aman de verdad. Es la mayor felicidad, la más honda, la que nace de lo más profundo de nosotros mismos cuando por amor nos damos hasta casi olvidarnos de nosotros mismos. Claro que tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque es el camino para aprender a valorar a los demás, para amar a los demás.
Alguien podría pensar que el que se ama a si mismo no es capaz de amar a los demás, pero creo que tenemos que darnos cuenta bien lo que es el amor. Amarse a si mismo no es hacerse egoísta ni insolidario; amarse a si mismo es conocerse en su total realidad también con nuestras debilidades y defectos, con nuestros tropiezos y también con nuestros fracasos, y somos capaces de aceptarnos, de valorar por otra parte lo que hay de bueno en nosotros y superar lo que nos debilita y nos llena de cicatrices. No nos destruimos porque veamos que somos débiles, tenemos tropiezos o incluso fracasos, sino que tratamos de levantarnos. Y es también amarnos.
Pues bien, si aprendemos eso de nosotros mismos lo aprendemos también para los demás. Alguien puede decir que no puede amar a quien está lleno de debilidades o hasta de maldades en su corazón. Mira como nosotros nos amamos, porque nos aceptamos para superarnos. Pues amamos a los demás aceptándolos como son, también con sus debilidades y sus defectos, porque el amor que les tengamos a ellos les ayudará a superarse, a querer ser mejores, a corregir sus errores y sus defectos. Ya sé que no es fácil, porque delante de nuestros ojos o nuestra mente aparecerán muchos fantasmas que nos quieren hacer ver solo defectos o debilidades. Pero es posible amar, tenemos que hacer posible ese amor.
Y con nuestro amor nosotros los estamos ayudando a crecer porque les estamos diciendo que les tenemos en cuenta, que creemos que sean capaces de superar muchas cosas y crecer, les ayudaremos a  creer también en si mismos, como nosotros queremos creer también en nosotros mismos.
¿Y no se siente uno feliz entonces cuando ama y ve que con su amor el otro crece, el otro se siente más y más dignificado a pesar de sus debilidades? Amamos y amamos de verdad y sentiremos un gozo muy hondo en nuestro espíritu, pero haremos también que todos nos sintamos más felices. Con nuestro amor verdadero, libre de todo egoísmo, haremos que nuestro mundo sea mejor; desde nuestra fe decimos que estamos construyendo el Reino de Dios.
Es lo que nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. Las palabras de Jesús forman parte de aquella despedida en la última cena donde estaba dejando escapar cuanto llevaba en su corazón y lo que deseaba para quienes fueran sus discípulos a los que tanto amaba. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, y nos pide que nosotros amemos de la misma manera. Es su mandamiento, es su deseo para nosotros, es como su última voluntad. Amarnos como El nos ha amado. Por eso termina diciéndonos que ese es el camino de la dicha, de la felicidad. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.
Vivamos, pues, en esa plenitud de amor haciendo lo que es su voluntad. Es el amor que nos conduce a la felicidad plena. Es el amor que haremos que nuestro mundo sea mejor; es el amor que es la mejor flor del Reino de Dios que queremos construir.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida



Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Todos entendemos la alegoría que nos propone hoy Jesús. Aunque no seamos del campo ni agricultores. Más o menos todos entendemos del cuidado de las plantas y de los árboles. Una planta que no es cuidada debidamente no nos dará ni la flor ni el fruto que de ella esperamos. Serán los cuidados de la tierra, la humedad necesaria, los nutrientes que necesita, la eliminación de ramas inútiles o que se secan, la poda que la fortalece.
Y Jesús nos dice que así tiene que ser nuestra vida. En la material, por así decirlo, ya tratamos de cuidarnos, de alimentarnos debidamente, de hacer los ejercicios que necesitamos para la agilidad de nuestros miembros o la fortaleza de nuestro cuerpo, de protegernos o de prevenir enfermedades y cuando surgen acudimos a quien nos pueda ofrecer remedio para recuperar nuestra salud. Hoy en la vida esto es algo que se tiene muy en cuenta, a pesar de tantas cosas nocivas que nos rodean y que pudiera atentar contra nuestra salud como atentan también contra la naturaleza. En eso hay como una nueva cultura y son muchas las campañas que surgen de un lado y de otro en este sentido. Y también el Señor quiere esa buena salud para nuestro cuerpo y para nuestra vida.
Pero bien sabemos que es mucho más lo que nos quiere decir hoy Jesús con esta alegoría de la vid y de los sarmientos que nos ofrece el evangelio. Porque tajantemente nos dirá que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Ya podemos recordar aquel episodio en que Pedro haciendo las cosas en nombre de Jesús, fiándose de la palabra de Jesús echó la red y la redada de peces fue muy grande.
Hoy nos está pidiendo que vivamos unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vida para que circule la savia, para que puedan llegar los nutrientes hasta sus ramos y sus hojas, para que pueda florecer el racimo y ofrecernos hermoso fruto. Es la gracia del Señor que necesitamos, porque es nuestra vida y nuestra fortaleza; porque es su Vida la que nos va a nutrir, la que tenemos que vivir, la que hará que tengamos buenos frutos.
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Tenemos que escuchar estas palabras de Jesús con mucha atención. Hemos de buscar la manera de permanecer bien unidos a Jesús. Quiere El estar presente en nuestra vida; hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra cosa la que vivamos.
Así tenemos que escucharle, así tenemos que meterle bien en nuestra vida, así tiene que ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Ahí está la escucha de su Palabra; ahí tiene que estar muy viva nuestra oración de cada día no hecha de una forma rutinaria sino de una forma muy viva porque es meter a Dios en nuestro corazón y nosotros meternos en el corazón de Dios; ahí está la vivencia de los sacramentos en los que El se hace presente con su gracia, porque los sacramentos no son sino presencia de Dios en nosotros.
‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’, termina diciéndonos hoy Jesús.

martes, 21 de mayo de 2019

Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea



Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea

Hechos 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a
En el devenir de la vida aunque quisiéramos vivir siempre con sosiego y paz hay, sin embargo, muchos momentos en que perdemos ese serenidad y esa paz por las cosas que nos preocupan, la incertidumbre quizá del mañana, de lo que no sabemos, de las sorpresas que nos podemos encontrar, un accidente o un acontecimiento que no esperamos, o ante la separación de un ser querido, un amigo o un familiar, que nos deja, que marcha por otros derroteros o cuando incluso sabemos que la muerte nos lo arranca de nuestro lado.
Queremos enfrentarnos con serenidad ante esos momentos y no podemos. Previamente al hecho nos sentimos intranquilos, después de lo sorpresa de lo que no esperábamos y nos impactó, quizás nos quedamos nerviosos y no encontramos la manera de serenarnos, de seguir con el ritmo normal de la vida, o de centrarnos en lo que quizá por obligación tenemos que seguir haciendo.
Hace falta, es cierto, mucha fuerza interior para encontrar esa serenidad, tener la madurez suficiente para comprender y para aceptar, para darle un sentido a lo que nos sucede y encontrar caminos de luz, rayos de esperanza, fuerza suficiente para no perder esa calma que necesitamos y más aún en los momentos difíciles. Es el espíritu con que nos enfrentamos a la vida, el coraje con que la vivimos, los recursos humanos y espirituales que hemos de saber encontrar. No siempre es fácil por nosotros mismos. El apoyo de una persona fuerte a nuestro lado puede ser un ejemplo y un aliciente.
Pero quienes ponemos en la vida toda nuestra confianza en Dios sabemos que El es nuestra fuerza, la roca salvadora sobre la que podemos apoyarnos y que nunca nos fallará. Hay personas que ante cosas así hablan de resignación, pero creo que es actitud en cierto modo negativa no es lo que mejor nos puede ayudar, aunque muchos se refugien en ello por no haber sabido encontrar otro sentido.
Bien nos viene escuchar las palabras que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Los momentos que vivían los discípulos no eran fáciles, aunque les costara comprender toda la trascendencia de lo que estaba sucediendo; parece que tenían una venda sobre los ojos que no les dejaba ver claro, pero algo intuyan por la solemnidad de todo lo que había sucedido en aquella cena con aquellos signos especiales que Jesús había realizado. Porque no terminaban de comprender estaban como nerviosos e intranquilos.
Por eso Jesús les dice que no pierdan la calma. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice. Es bueno escuchar bonitas palabras pero hay que enfrentarse a los hechos y era lo que les costaba. Por eso les dice Jesús que les da su paz, una paz que no es como la que el mundo pretende darnos. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’.
No es la paz impuesta por la fuerza, la que se gana en batallas y guerras, es la paz que hemos de saber encontrar en el corazón, que es mucho más difícil y costosa en muchas ocasiones. Y es que Jesús les está diciendo que se va, porque se vuelve al Padre, pero les asegura su presencia. Es lo que tenemos que saber descubrir a pesar de las tormentas y de los miedos, la presencia de Jesús no nos falla.
Nos dirá que está con nosotros hasta el final de los tiempos, pero nos prometerá también que nos dará su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza y de verdad. Nos quita los miedos, nos hace sentirnos seguros y fuertes, nos descubre la verdad, nos revela en nuestro corazón todo el misterio de Dios, nos hace comprender cuando Jesús nos ha dicho y nos ha costado entender.
Es cierto que en los momentos oscuros parece que nadie está a nuestro lado, pero hemos de saber vislumbrar las rendijas de luz que nos hacen sentir que El está ahí y que a pesar de todo el corazón nos comienza a latir con fuer.za porque El está llenándonos por dentro. Pero rendijas de luz pueden ser también personas que se acercan a nosotros quizá de una forma ocasional y nos dicen una palabra, nos tienden una mirada, nos hacen sentir el calor de su amor, nos están haciendo sentir también la presencia de Dios.
Es entonces cuando comenzaremos a sentir paz a pesar de que las tormentas puedan ser fuertes. Porque la presencia de Jesús no es hacer el milagro para arrancarnos de esas situaciones, sino que la presencia de Jesús nos serena y da paz para mirar las cosas de otra manera, para encontrar un sentido, para sentir una fuerza interior que nos viene de Dios y que nos hace seguir caminando. Muchas señales de su presencia tenemos que saber descubrir y encontraremos la paz que necesitamos

lunes, 20 de mayo de 2019

Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos


Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos

Hechos 14,5-18: Sal 113B; Juan 14, 21-26
No sé para que te explico yo todo esto si no me vas a hacer caso; te lo digo y te lo explico una y otra vez con toda claridad pero no hay manera que hagas lo que te digo, sabiendo además que lo que te estoy diciendo es por tu bien… Así reacciona a veces un padre ante el hijo que no hace caso y sigue por sus malos caminos; así reaccionamos nosotros y hasta perdemos las ganas de querer ayudar a alguien cuando una y otra vez le decimos las cosas, pero  no hay manera de que nos atienda a lo que le decimos e intente seriamente seguir los cosas, los consejos que le demás para su bien.
¿No será así, de alguna manera, cómo actuamos ante la Palabra del Señor? Continuamente escuchamos el evangelio, escuchamos a aquellos que tratan de comunicarnos la Palabra de Señor, pero no hay manera que cambiemos actitudes, posturas, el actuar de nuestra vida sino que queremos seguir por nuestros propios caminos haciéndonos oídos sordos a lo que el Señor nos dice.
¿Qué nos pide el Señor? Que cumplamos sus mandamientos, lo que es la voluntad del Señor que siempre nos llevará por caminos de felicidad, nos llevará por caminos que nos conducen a la vida eterna. Son los caminos de la bondad y de la rectitud, los caminos de la solidaridad y de la generosidad, caminos de sinceridad, de autenticidad, de verdad, caminos que nos llevarían a ser más hermanos los unos con los otros y a llenar de misericordia nuestro corazón, a mirar con una mirada nueva a los que caminan a nuestro lado, a ser capaces de aceptar a todo persona que llega junto a nosotros alejando todo tipo de discriminación; son caminos que nos llenan de vida.
Pero fijémonos en lo que nos dice hoy Jesús. Con cosas verdaderamente sublimes. Aceptar lo que la voluntad de Dios en nuestra vida nos lleva a la sublimidad de llenarnos de Dios. ¿No preguntaba aquel joven qué tenía que hacer para heredar la vida eterna? Y recordamos que Jesús le decía que cumplir los mandamientos. Hoy nos lo dice con otras palabras pero que es lo mismo.
Primero nos dice: El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él’. Qué hermoso, nos vamos a sentir amados de una manera especial por Dios y tanto es su amor que nos manifestará toda la intimidad de su ser. ‘Lo amaré y me revelaré a El’. Por eso dirá a los discípulos que los llama amigos, amados de Dios, y que los llama amigos porque a ellos les ha revelado todo lo que ha recibido de su Padre.
Pero luego abunda más en este concepto. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Como decíamos antes llenarnos de la vida eterna, llenarnos de Dios. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’. Dios que viene a habitar en nosotros. ¿Qué otra cosa es la vida eterna de la que nos habla y que nos promete?
Por eso decía que es sublime lo que Jesús nos revela, lo que Jesús nos ofrece. Pero tenemos que escucharle, tenemos que aceptar su Palabra, tenemos que cumplir su voluntad, los mandamientos. Porque quien no los cumple es que no ha puesto toda su ve en El. Algo maravilloso que nos ofrece Jesús y que nos dirá que nos enviará su Espíritu para que lleguemos a la plenitud de la verdad. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Finalmente pensemos que si ahora estamos reflexionando sobre todo esto, es una manifestación del Espíritu en nosotros. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios y nos llenaremos de la vida de Dios, El habitará en nosotros.


domingo, 19 de mayo de 2019

Al momento de la despedida y manifestación de lo que es su última voluntad nos deja el testigo de la misión y el distintivo del amor que como onda expansiva transformará nuestro mundo




Al momento de la despedida y manifestación de lo que es su última voluntad nos deja el testigo de la misión y el distintivo del amor que como onda expansiva transformará nuestro mundo

Hechos 14, 20b-26; Sal 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35
Imaginemos que en una inmensa superficie de agua cristalina y en total quietud en un momento determinado vemos caer una gota, solamente una gota, y veremos cómo inmediatamente surgen ondas expansivas en aquella superficie que se van extendiendo paulatinamente sobre ella, podríamos decir que casi hasta el infinito. Es la imagen también con la que reflejamos ese punto de luz que surge en medio de la oscuridad pero que va igualmente expandiéndose y llenando todo de luz, y la misma imagen utilizamos para el sonido. Son incluso los signos gráficos con que lo significamos.
Es la imagen que nos puede reflejar igualmente lo que significó la presencia de Dios hecho hombre en Jesús en medio de la humanidad y toda la creación que como esa gota expansiva, como ese punto de luz que extiende sus rayos en su entorno así ilumina y transforma nuestra vida y nuestro mundo. ¿Cuál es la fuerza de la honda que se expande y quiere abarcar a toda la humanidad? En una palabra lo podemos decir, el amor. Es la fuerza expansiva del amor que nos arranca de la quietud para ponernos en movimiento a una nueva vida, a un nuevo sentido de vivir, a un mundo nuevo que hemos de crear.
Es lo que Jesús nos ha dejado como testamento y como mandato, que nos amemos. El testamento, manifestación de la última voluntad que se nos quiere dejar como consigna cuando llega el momento de la partida. Hoy plasmamos – que así ha sido también a lo largo de la historia – esa última voluntad, ese testamento en un documento con todas las garantías de la legalidad para designar a quien dejamos aquello que poseemos o de qué manera se ha de repartir en quienes sean nuestros legítimos herederos.
Pero esa última voluntad es mucho más que un documento debidamente legalizado, porque quienes amamos a quien nos va a dejar queremos acompañarle en esos últimos momentos para bebernos sus palabras, sus gestos, los signos y señales de su amor y eso algo mucho más profundo que unos bienes materiales que es decirnos lo que quiere que sea nuestra vida y lo mejor que de esa persona podemos recordar, podemos heredar, que llevaremos para siempre en el corazón.
Me estoy haciendo esta explicación y reflexión escuchando en el corazón lo que hoy el evangelio nos ha ofrecido. Son los últimos momentos de Jesús con sus discípulos, aquellos a los que El ha querido llamar amigos porque a ellos ha querido manifestarles todo lo que es el misterio de Dios, lo que es el Reino de Dios que hemos de construir.
La cena pascual ha ido discurriendo con todos aquellos signos y señales que nos ha ido dejando con el lavatorio de los pies o con la institución de la Eucaristía. Ha llegado el momento de la glorificación y de la entrega, y así lo manifiesta tras la salida del que lo iba a entregar. Es el momento de las últimas confidencias, es el momento en que desde el corazón nos está pidiendo aquello en lo que ha de resplandecer nuestra vida y en lo que ha de notarse para siempre que hemos creído en El y que le hemos seguido. Es cuando nos deja el mandamiento del amor.
No nos viene a decir nada nuevo, porque ese ha sido el tenor de su vida, aquello en lo que El nos ha dejado ejemplo y que continuamente nos ha venido enseñando. Nos ha hablado continuamente de entrega y de servicio, nos ha hablado de comprensión y de perdón cuando nos ha señalado en el evangelio tantas veces que seamos misericordiosos y compasivos como nuestro Padre es misericordioso y compasivo, nos ha hablado de hacernos servidos y esclavos los unos de los otros en el amor, nos ha ido señalando como tenemos que ser humildes y cercanos los unos de los otros mostrándolo El en su propia vida.
Ahora nos dice sencillamente: Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros’.
Es el momento de la despedida y esta es la manifestación de lo que es su última voluntad para nosotros. En nuestras manos deja el testigo, porque a nosotros los confiará la misión de ir por el mundo llevando esa Buena Nueva, ese Evangelio de salvación. Vamos a comunicar al mundo que Dios es amor, que Dios es nuestro Padre, que nos regala su amor y nos ofrece su salvación, y que en consecuencia hemos de comenzar a construir un mundo nuevo, a vivir una vida nueva.
Pero no son solo palabras las que hemos de transmitir. Hemos de transmitir lo que nosotros vivimos, hemos de manifestar en nosotros aquello que nos ha de distinguir como seguidores de Jesús y a quienes nos ha confiado el testigo. Y eso tenemos que manifestarlo en nuestra forma de vivir, en la forma como nosotros nos amamos.
Ese amor que vivimos es esa gota que ha de caer en nuestro mundo y que se ha de expandir a todos los hombres y lugares creando esas ondas expansivas del amor. Es la fuerza expansiva del amor, es la fuerza de la vida nueva en el amor con el que tenemos que contagiar a cuantos nos rodean, y con la que tenemos que transformar nuestro mundo.
Muchas preguntas podrán surgirnos en nuestro interior. Si esa es la fuerza que llevamos en nosotros, ¿por qué el mundo no se ha transformado desde ese amor? ¿Será acaso que no está resplandeciendo ese distintivo en nosotros, no se nos distingue a los que nos llamamos cristianos precisamente por el amor? Mucho tiene que hacernos pensar.


sábado, 18 de mayo de 2019

Hemos de tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, creciendo en el conocimiento de Jesús que nos lleve a la madurez de nuestra vida cristiana


Hemos de tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, creciendo en el conocimiento de Jesús que nos lleve a la madurez de nuestra vida cristiana

Hechos 13, 44-52; Sal 97;  Juan 14, 7-14

No nos contentamos con saber las cosas de oídas, o tener un conocimiento elemental o superficial de aquello que nos dicen. Es por un lado la curiosidad innata que hay en toda persona, sobre todo cuando se conserva un espíritu joven, en que todo lo queremos saber, pero es además desde el razonamiento que toda persona realiza y desde su propia madurez, no nos contentamos con algo superficial sino que queremos profundizar más y más el conocimiento que vayamos adquiriendo. No nos quedamos en una intuición sino que queremos un conocimiento mas profundo. Es la madurez con que queremos vivir todas las cosas y todo conocimiento.
Esto que decimos en referencia a cualquier conocimiento humano y también a las relaciones que tenemos las personas unas con otras en que no queremos quedarnos en la superficialidad, lo llevamos también a aspectos mas fundamentales de nuestra existencia, desde la razón y el sentido de nuestro vivir, desde la apertura trascendente que hacemos de nuestra vida, y en el ámbito espiritual a todo aquello que nos lleve a un mayor conocimiento de Dios.
Y es que cuando hablamos del misterio de Dios en él queremos ahondar no quedándonos en una mera intuición que desde ese sentido espiritual de nuestra existencia podamos tener, sino que queremos conocer más y más a Dios. Pero ¿cómo adentrarnos en ese misterio? ¿Cómo llegar a ese conocimiento más auténtico y genuino de Dios? Por nosotros mismos nos parece imposible, sino fuera la revelación que Dios hace de sí mismo. ¿Dónde encontrar el centro de esa revelación de Dios? Tenemos que decir que en Jesús. Miremos a Jesús, conozcamos a Jesús que se nos hace cercanía de Dios, y conoceremos a Dios. Sigamos las huellas de Jesús y estaremos caminando al encuentro más profundo que tengamos de Dios.
‘Muéstranos al Padre y nos basta’, le pedían los discípulos a Jesús. ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre’, responde Jesús. Decimos de Jesús – El mismo se ha definido así – que es la Verdad; es la Sabiduría de Dios. Decimos de Jesús que es la Luz y El nos dice que quien le sigue no camina en tinieblas, y se nos convierte así en la revelación de Dios. Contemplamos a Jesús en su amor eterno por nosotros, que se manifiesta en sus signos pero también en su cercanía, que se manifiesta en la acogida que hace de todos incluso de los pecadores, que se hace misericordia para todos y estaremos descubriendo el amor eterno de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo único hasta la muerte por nosotros. Los rasgos de Jesús, las actitudes de Jesús, las reacciones de Jesús… son los de Dios. Dios es como Jesús. Jesús, que es el Hijo de Dios, es el rostro auténtico de Dios.
Antes decíamos que en la vida no  nos queremos quedar en superficialidades sino que todo conocimiento queremos crecer más y más. Sin embargo hemos de reconocer que eso no lo hacemos siempre en lo que atañe a Dios, a nuestra relación con El, al conocimiento que de El tengamos y a todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. Tendríamos que tener más hambre de Dios, de querer conocer más y más a Dios, y para ello crecer en el conocimiento de Jesús que nos lleve a esa madurez de nuestra vida cristiana. Leamos más el evangelio y escuchémoslo en nuestro corazón. Creceremos así en el conocimiento de Jesús y en el conocimiento de Dios.

viernes, 17 de mayo de 2019

Si ponemos toda nuestra fe en Jesús nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz no tiene sentido


Si ponemos toda nuestra fe en Jesús nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz no tiene sentido

Hechos 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Hay ocasiones en que nos sentimos preocupados y nerviosos por situaciones que esperamos y a las que tenemos que enfrentarnos y esa intranquilidad nos hace perder la paz y la serenidad y nos hace estar sin estar porque andamos como ausentes en la incertidumbre en que vivimos. Serán acontecimientos anunciados que nos hacen interrogarnos sobre como vamos a enfrentarnos a ellos, o serán situaciones que vivimos en el momento que nos preocupan y nos agobian y que se nos hace duro quizá vivirlas, o serán cosas que nos sorprenden, sorpresas que nos da la vida y que en ese sobresalto nos quedamos como con los pies en el aire sin saber en qué apoyarnos o a donde nos llevarán esas situaciones.
Son momentos que se nos hacen difíciles, que nos crean desorientación, que nos pueden producir incluso angustia, pero que tenemos que afrontar con madurez, aunque la madurez la iremos adquiriendo en la medida en que vayamos sorteando todas esas situaciones y que con su solución nos dan madurez y ecuanimidad para vivir las cosas de otra manera.
A ponerme a pensar en situaciones o momentos que se nos describen en el evangelio de la reacción o las posturas de los discípulos de Jesús o de las que gentes que le siguen o que en otros momentos se enfrentan con Jesús, me gusta hacer como comparación con situaciones similares por las que podamos estar nosotros pasando y que con la luz del evangelio aprenderemos nosotros a afrontarlas con verdadera madurez cristiana desde nuestra fe y lo que nos enseña el propio evangelio.
Los discípulos de Jesús y en este caso los más cercanos, los apóstoles, están pasando por una situación similar en la última cena. Hay incertidumbres y dudas en sus corazones, presienten que algo va a suceder porque no terminan de entender las palabras y los gestos que Jesús va teniendo con ellos, aunque claramente ha hablado Jesús. Todo aquello suena a despedida y las despedidas son tristes y son amargas porque nos llenan de dolor el corazón e intuyen que lo que le va a pasar a Jesús va a ser algo doloroso. Están intranquilos y podemos decir que no las tienen todas consigo, que les falta paz en su corazón.
De ahí las palabras de Jesús. Que no pierdan la calma, que la paz no falte en sus corazones, que lleguen a entender, a comprender todo lo que les ha anunciado y que va a suceder. Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí’Y les habla que las despedidas no son definitivas porque El volverá para llevarlos consigo porque quiere tenerlos para siempre a su lado. Y habla de las estancias del reino de los cielos, de cómo han de estar junto a Dios para siempre, porque El les prepara sitio. Pero como dicen, no saben a donde va, y no saben el camino. Siguen sin entender a pesar de todo lo que Jesús les ha dicho y enseñado. ‘Volveré y os llevaré conmigo’, les dice.
Y es cuando les dice algo hermoso, porque nos está abriendo los horizontes, nos está abriendo ante nosotros camino de plenitud. ‘A donde yo voy ya sabéis el camino’, les dice. A las preguntas de los discípulos sobre el camino y a donde han de ir ellos también, les responde y en cierto modo les recrimina. Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, le dice unos de los discípulos.  ‘Jesús le responde: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí’.
No tenemos otra cosa que hacer. Vivir a Jesús, porque eso es seguir el camino, porque eso es vivir la plenitud de la verdad y de la vida. Así tenemos paz porque tenemos a Jesús para siempre en nuestro corazón. Nuestros agobios y tristezas, nuestra falta de paz en tantas ocasiones ¿no será porque no hemos puesto toda nuestra fe y toda nuestra vida en Jesús?

jueves, 16 de mayo de 2019

Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia


Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia

Hechos 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
‘Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Corresponden estas palabras de Jesús a la última cena, en el momento posterior al del lavatorio de los pies. Ellos están desconcertados, sorprendidos por el gesto mawestrde Jesús. Ya alguna había querido rechazarlo. ‘Tú a mi no me lavarás jamás los pies’, había dicho Pedro, aunque finalmente se había sometido a lo que Jesús quería hacer.
El es el Maestro y el Señor, como le llaman pero Jesús ahora les dice que ‘el criado no más que su amo y el enviado más que el que lo envía’. Pero es que Jesús quiere algo más. Algo que ha venido enseñándoles continuamente aunque en su cerrazón no habían querido o sabido comprender. Les hablaba de hacerse niños, de acoger un niño, de hacerse el último y el servidor de todos, que no podían ser como los poderosos de este mundo que se subían sobre pedestales y lo que buscaban era la pleitesía y el servilismo. Ahora les dice que ‘puesto que sabéis esto, dichosos si lo ponéis en práctica’.
Nos viene bien recordar estas palabras de Jesús que nos valen para muchas cosas en la vida. Nos explican o nos enseñan algo, y antes de terminar la explicación ya estamos diciendo ‘sí, yo lo sé’; sabemos muchas cosas que quizá tenemos metidas en la cabeza, pero no las hemos llevado al corazón, no las hemos llevado a la vida. ‘Sí, eso yo lo sé’, decimos tantas veces, pero luego en la hora de la verdad hacemos lo contrario. Nos dejamos llevar por rutinas o costumbres, nos dejamos influir por lo que todo el mundo hace, no queremos destacarnos haciendo lo contrario aunque sepamos que no lo debemos hacer y así en tantas cosas.
Igual que los discípulos tantas veces iban discutiendo por los primeros puestos, con añoranzas de grandezas, con ínfulas de superioridad, así vamos por la vida arrasando, manipulando, imponiéndonos. Nos falta el espíritu de servicio; nos falta el que aprendamos a colaborar con los demás; nos falta la humildad de hacer las cosas y de no aparecer; nos falta el abajarnos para caminar al lado mirando a la misma altura de los ojos de los demás.
Dichosos, nos dice Jesús, si hacemos lo que El hace, si aprendemos lo que El nos enseña, si somos sencillos no importándonos ser los últimos, si tenemos la humildad de reconocer que el otro también hace las cosas bien y muchas veces mejor que nosotros, si somos capaces de tender la mano a todo el que pasa a nuestro lado sin mirar antes el color de su piel o la apariencia que nos pueda mostrar, si somos capaces de detenernos en el camino para hablar e interesarnos por aquel con quien nadie habla o de quien nadie se interesa, si somos capaces de mirarle a los ojos al que está enfrente de nosotros dejando que él también nos mire y penetre hasta el fondo de nuestra alma.
Son actitudes y posturas que tendrían que brillar mucho más en nosotros los cristianos. Es la actitud y la postura que tendría que brillar más en nuestra iglesia. Es el testimonio que también tendrían que dar los pastores que van delante de nosotros para ayudarnos y guiarnos, pero que se saben mezclar con el rebaño no importando que se manchen sus ropajes demasiados suntuosos en muchas ocasiones. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Aprendamos a gozarnos de la luz del evangelio, que es la luz de Jesús, la luz que nos llena de plenitud


Aprendamos a gozarnos de la luz del evangelio, que es la luz de Jesús, la luz que nos llena de plenitud

Hechos 12, 24-13, 5; Sal 66; Juan 12, 44-50
‘Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas’. Es un pensamiento y un mensaje repetido en el evangelio, sobre todo en el evangelio de san Juan. Las cosas muchas veces repetidas tenemos el peligro que al final nos acostumbremos y no lleguemos a sacarle todo el jugo que se merecen. Pero si se nos repiten es por la importancia del mensaje en el que tenemos que reflexionar y ahondar para hacerlo vida de nuestra vida.
Nuestra fe en Jesús nos abre a la verdadera luz de nuestra vida. Nuestra fe en Jesús no es solamente admitir su existencia que pudiera quedársenos lejos en la distancia de tiempo o de la inmensidad del misterio. Nuestra fe en Jesús ha de ser comprender todo el sentido de su vida y todo el sentido y valor que da a nuestra vida. No es algo que podamos mirar como a distancia, sino que hemos de reflejarlo en lo que es nuestra vida, nuestro actuar, nuestras actitudes, en esos valores que van a darle sentido y profundidad a nuestra vida.
Nos encontramos nosotros en ocasiones, y contemplamos como sucede a tantos a nuestro alrededor que se vive como en una desorientación, como quien no encuentra camino, quien no sabe cómo actuar. No es ya el hacer una cosa u otra, sino encontrar aquello que da sentido y valor a lo que vivimos y a lo que hacemos. Es un caminar a oscuras y así nos sentiremos al final vacíos.
Hemos de saber encontrar lo que da profundidad a nuestra vida. Saber hacia donde caminamos, tener metas, poner ideales en nuestro corazón, darle una trascendencia a nuestro vivir, para que no se nos acabe todo un día cuando llegue la muerte. En el corazón del hombre hay siempre unas ansias de plenitud. Hemos de saber encontrar eso que de plenitud a nuestro corazón.
Quienes creemos en Jesús lo hacemos porque todo eso lo encontramos en El. Por eso decimos que es nuestra luz. El nos dice por otra parte que es la Verdad y quien encuentra esa verdad de Cristo encuentra la verdadera sabiduría de su vida. Por eso necesitamos ir una y otra vez al evangelio, escuchar una y otra vez su palabra, sentirlas como nuevas en nosotros cada vez que las escuchamos. El evangelio tiene que ser siempre novedad para nosotros.
Por eso hemos de aprender a saborearlo. Como una comida que nos gusta y que nos agrada, no simplemente nos la tragamos de forma glotona, sino que la saboreamos y así disfrutamos con aquello que comemos. Así hemos de hacer con el evangelio, saborearlo, paladearlo, rumiarlo, meditarlo gozándonos en la buena noticia que es siempre para nosotros.
Cuando nos dejamos conducir por el evangelio encontraremos los valores más hondos para nuestra vida. Cuando seguimos el evangelio no nos encontraremos en tinieblas sino que siempre nos llenaremos de luz. Aprendamos a gozarnos de la luz del evangelio, que es la luz de Jesús, la luz que nos llena de plenitud.

martes, 14 de mayo de 2019

Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también


Quitemos las colgaduras oscuras de tristeza porque tiene que resplandecer siempre la alegría de sentirnos amados para comenzar a amar nosotros también

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
Amor y amistad, elección y alegría, revelación de Dios y cumplimiento de los mandamientos son ideas, pensamientos que se entremezclan en el texto del evangelio que acabamos de escuchar. Forma parte de aquel diálogo intenso de Jesús con sus discípulos en la despedida de la última cena. Como a borbotones van saliendo las cosas del corazón de Cristo y aunque parezca que se entremezclan las ideas y los pensamientos, es que Jesús va derramando cuanto desborda de su corazón lleno de amor por sus discípulos en aquellas horas en que era inminente la entrega para el comienzo de la pascua de Cristo.
Hay momento en la vida en los que llenos de emoción por los acontecimientos que vivimos y sobrepasados por la inmensidad de sentimientos que brotan de nuestro corazón parece que balbucimos las cosas pero es que estamos dejando que broten de nosotros como un torrente toda aquello que en nuestro amor queremos expresar. Nos puede surgir a nosotros ante la emoción de lo inesperado o también ante el nerviosismo de lo que se nos viene encima que sabemos que es grande y que nos embarca en acontecimientos o aventuras que sabemos que van a tener especial trascendencia para nosotros o para aquellos a los que amamos.
Insiste Jesús una y otra vez en que tenemos que amarnos y  nos manifiesta como el gran motivo el amor que nos tiene el Padre. Es que hay como una cadena de amor que no podemos, no debemos romper. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos lo dice una y otra vez, nos lo repite. Y quiere que vivamos en alegría, una alegría que no puede faltar en nuestra vida desde que sabemos que somos amados de Dios. Qué gozo el sentirse amado.
Que expresión nueva y bonita vamos a encontrar en aquel que sintiéndose quizá poca cosa en la vida y que piensa que nadie le tiene en cuenta, un día descubre o alguien le ayuda a que pueda descubrirlo que él es amado, que hay alguien importante que quiere contar con El, que le ama y que de alguna manera le elige para que emprenda una inmensa tarea. La alegría llenará su corazón y desbordará en mil señales que le hacen como sentirse un hombre nuevo.
Pues a nosotros nos dice que somos sus amigos, primero porque ha sido El quien nos ha elegido en su amor y luego porque también nos revela los grandes misterios de Dios allá en lo más profundo de nuestro corazón. Y nos pide entonces que correspondamos a esa amistad que nos regala, y no lo podemos hacer sino haciendo lo que es la voluntad de Dios. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’, nos dice.
Y continúa diciéndonos: ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’. Y nos manifiesta cómo El nos ha elegido; y ser elegido es por así decirlo que El ha pensado en nosotros con su amor. No elegimos a quien no amamos, y amar es poner no solo en nuestro pensamiento sino en nuestro corazón a aquel a quien amamos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
¿No tenemos motivos más que suficientes para vivir siempre con una alegría grande en nuestro corazón? Y la alegría no la podemos encerrar, la alegría se desborda, se trasmite, se contagia. ¡Qué triste cuando vemos cristianos que van por la vida siempre con el ceño fruncido! Quitemos de nuestros rostros esas señales de tristeza y amargura que parece que siempre fuéramos por la vida con dolor de estómago. Quitemos esas colgaduras oscuras de la tristeza porque siempre tendría que resplandecer la alegría de sentirnos amados de Dios. Y cuando así nos sentimos amados necesariamente tendremos que ponernos a amar con el mismo amor

lunes, 13 de mayo de 2019

Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente


Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente

Hechos 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10
Ayer en el comentario que hacia el sacerdote al evangelio del día contaba la experiencia que tuvo de niño que ahora transcribo aunque sea con mis palabras por la relación que tiene también con el texto que hoy nos ofrece el evangelio.
Vivía en el mundo rural y en su entorno había un pastor con sus rebaños de ovejas, contaba que de pequeño cuando los niños salían de la escuela les gustar ir a dar con el pastor y su rebaño; ellos le insistían que les enseñara cómo él llamaba a las ovejas que obedientes acudían a su voz; ellos querían aprender a hacerlo también y aunque trataban de imitar al pastor con sus silbos y llamadas, las ovejas sin embargo no se inmutaban y seguían olisqueando la hierba. Le preguntaban por qué no les hacían caso si ellos hacían lo mismo, y el pastor se sonreía para sus adentros; luego con un solo silbo las ovejas levantaban cabeza y acudían presurosas hasta donde estaba el pastor. ¿Qué sucedía? Las ovejas solo reconocían la voz de su pastor, y a nadie que quisiera imitar o remedar su llamada hacían caso.
Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños’.
Atienden a su voz y lo siguen… las llama por su nombre… al extraño no lo seguirán, sino que huirán de él… no reconocen la voz de los extraños.  ¿Seremos en verdad así nosotros en nuestra relación con Jesús? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, por cuanto cuantas veces nos hacemos sordos a su voz y a su llamada, cuántas veces nos dejamos encantar por la voz de los extraños.
Esos cantos de sirena, esa voz de los extraños que pueden ser tantas influencias que recibimos del mundo que nos rodea – cuántos tratan de influir en nosotros haciéndonos dudar, enseñándonos otras cantinelas de otros sentidos y otros valores – pero que esa voz extraña la sentimos desde dentro de nosotros cuando nos dejamos llevar de nuestros caprichos y autosuficiencias, de nuestro orgullo que no nos deja bajar la cabeza o abrir el corazón a lo que verdaderamente es importante, de nuestras superficiales o de nuestra huida del compromiso.
Jesús es el pastor y Jesús es la puerta. A El escuchamos y seguimos. Por El entramos porque el que le ve a El ve al Padre, como nos dirá en otra ocasión. En El vivimos, porque viene para que tengamos vida y vida en abundancia. Nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama. Conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente.
‘Quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’. No nos dejemos confundir. Escuchamos la llamada del Señor y tendremos vida en abundancia.

domingo, 12 de mayo de 2019

Es necesario hacer un silencio contemplativo en medio de tantos ruidos para escuchar de verdad y sintonizar de forma auténtica con lo que el Señor nos transmite



Es necesario hacer un silencio contemplativo en medio de tantos ruidos para escuchar de verdad y sintonizar de forma auténtica con lo que el Señor nos transmite

Hechos 13, 14. 43–52; Sal 99;  Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’. Escuchar, conocer, seguir, vida eterna. Todo un proceso necesario. Son importantes cada uno de los pasos.
Es importante escuchar. No siempre es fácil. En medio de los ruidos no escuchamos, es una confusión de sonidos, de palabras, de ruidos que nos impiden escuchar de verdad y lo que es importante. No solo es tener silencio sino hacer silencio porque escuchar en cierto modo es como entrar en contemplación; es como entrar en una sintonía donde para captar la verdadera necesitamos prescindir, dejar de lado otras que nos confunden. La escucha ya en cierto modo es como un diálogo, entrar en comunicación porque nosotros hemos de querer escuchar, es poner nuestro corazón en sintonía. Y como decíamos no es fácil.
Hacemos muchas veces diálogo de sordos porque hablamos y no escuchamos porque ya vamos con nuestras ideas preconcebidas y si no escuchamos no hay verdadera comunicación. No son muchas veces los ruidos externos sino los ruidos que nos hemos creado dentro de nosotros con nuestros prejuicios o nuestras ideas preconcebidas, con nuestro yo y nuestro orgullos o con las vanidades de las que nos hemos rodeado que nos crearan a la larga un mundo irreal.
Aunque decimos que vivimos en la era de la comunicación, sin embargo vivimos en muchas soledades incomunicados muchas veces con los que están más cerca de nosotros. Los medios de los que disponemos hoy para comunicarnos nos pueden llevar a mundos irreales, porque no son los que auténticamente tendríamos que vivir. Soñamos con el que está lejos, pero no escuchamos al que está a nuestro lado y fácilmente nos llenamos de fantasías. No es necesario recordar la foto de aquellos que están sentados en un mismo lugar o alrededor de una misma mesa, pero cada uno tiene su smartphone en su mano atendiendo a las voces o llamadas que vienen de lejos, pero que no prestan atención ni tienen una palabra para quien entra o sale a su lado.
Comenzábamos nuestra reflexión recordando las palabras de Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz’. Es aquí donde tenemos que comenzar a preguntarnos si realmente escuchamos la voz del Señor o cuáles son realmente las cosas que nos gusta escuchar y a las que prestamos verdadera atención. Y aunque decimos que escuchamos o que nosotros creemos en Jesús como el que más, realmente nos resulta cansino porque ya nos lo sabemos o no prestamos verdadera atención a la escucha del Evangelio.
Os pido que con sinceridad nos preguntemos al terminar la proclamación de la Palabra de Dios en una celebración qué cosas son las que recordamos de aquello que en ese mismo momento acabamos de oír; o analicemos por donde ha andado nuestra imaginación y nuestro pensamiento mientras se hacían las lecturas. Y no digamos qué es lo que recordamos cuando al finalizar la celebración salimos del templo y volvemos a nuestros quehaceres. ¿Podríamos contarles a nuestros familiares o a nuestros amigos de qué iba el evangelio aquel domingo? Y, repito, no es ya que nos dé vergüenza hablar de ello, sino que realmente muchas veces no lo recordamos.
Y eso nos pasa a todos. Creo que es necesario que nos tomemos en serio ese prestar atención a lo que el Señor quiere decirnos y de forma concreta cada vez que acudimos a escuchar su Palabra. Es necesario como decíamos antes hacer ese silencio contemplativo para escuchar de verdad, para sintonizar de forma auténtica con lo que el Señor nos transmite.
No nos dejemos contagiar por ese mundo en el que vivimos donde nos creamos tantas sorderas, donde a pesar de ser la era de la comunicación con tantos avances en este sentido sin embargo vivimos tan incomunicados y nos llenamos de tantas soledades. Porque es necesario abrirnos a los demás, escuchar a los que están a nuestro lado, escuchar el gemido de nuestro mundo que se manifiesta a través de los problemas de nuestra sociedad, pero sobre todo a través del sufrimiento de tantos.
La voz del Señor nos llega a través de ellos, de esos acontecimientos, de esos sufrimientos de nuestros hermanos. Y es que a ellos tenemos que dar respuesta, hacerles saber que Dios nos escucha y nos ofrece una palabra de vida, una palabra de esperanza, una palabra de salvación. Y el testimonio de nuestra vida ha de ser esa respuesta.
Queremos conocer al Señor y seguirle. Queremos en verdad llenarnos de su vida, pero tenemos que saber escucharle. Que no falte en nuestra vida esa sintonía de Dios. Además vamos a escuchar claramente la misión que quiere confiarnos, porque no podemos estar cruzados de brazos ni en la Iglesia ni en medio de nuestro mundo.