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jueves, 12 de febrero de 2026

Creemos en lo que pedimos y somos perseverantes y nuestra moneda de cambio es el amor, porque nos confiamos en lo grande que es el amor que Dios nos tiene

 


Creemos en lo que pedimos y somos perseverantes y nuestra moneda de cambio es el amor, porque nos confiamos en lo grande que es el amor que Dios nos tiene

1Reyes 11, 4-13; Salmo 105; Marcos 7, 24-30

En la vida nos aparecen muy pronto los cansancios y pronto, al menos desaire o contratiempo, desistimos de aquello que anhelamos y buscamos; es imposible, nos decimos, yo no soy capaz o no tengo fuerzas, nos vamos argumentando a nosotros mismos, nos olvidamos que echamos la semilla a la tierra y no brota de inmediato, tiene su tiempo para la germinación, pero vivimos en un mundo de prisas y de lo inmediato, queremos que todo sea como tocar una tecla o un botón para que de inmediato se enciendan todas las luces, a eso nos va llevando la tecnología moderno, aunque tenemos que reconocer que siempre hemos sido impacientes, y por eso se nos quedan las cosas a la mitad.

Pero yo quiero ver detrás de todo eso algo que quizás nos falta que es el amor por eso o en medio de eso que buscamos. Tan tecnificados estamos que vamos perdiendo esos valores de humanidad, fácilmente nos quedamos en superficialidades o en lo externo y no ponemos corazón en aquello que buscamos. Quizás estamos acostumbrados a sustituir fácilmente unas cosas por otras que desde esa superficialidad no valoramos lo que verdaderamente buscamos con ese grado de humanidad.

Hoy el evangelio nos sitúa a Jesús fuera del territorio de Israel, se ha ido por el norte y por las afueras ya en territorio de los fenicios; eran territorios paganos y aunque Jesús luego nos dejará el mandato de ir a anunciar el evangelio por todos los pueblos y naciones, sin embargo su predicación y su presencia el evangelio lo recorta a las tierras de Israel; en contadas ocasiones, como en esta, lo veremos fuera de la Palestina judía; aquí que quiere pasar desapercibido, y cuando atravesando el lago llega al territorio de los gerasenos que incluso le pedirán que se vaya de aquel lugar; cuando envía en distintos momentos a los discípulos a anunciar el Reino les dirá que solo vayan a los territorios de los judíos; bien sabemos que su mensaje final tendrá un carácter universal.

Centrándonos en este episodio que hoy nos ofrece el evangelio una mujer fenicia tiene una hija enferma y en su desesperación acude a Jesús. Pero la veremos que acude a Jesús con fe; al principio no es escuchada, pero los desaires no lo impiden seguir insistiendo. ¿Es que el amor de una madre por su hija que se le muere se puede apagar de cualquier manera? El amor de madre le hizo ser insistente, porque también los cachorritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos, será la respuesta de aquella mujer.

Jesús movido por su fe y por ese amor de madre accederá a lo que le pide aquella mujer. Grande es su fe, grande es el amor de madre. ¿Nos valdrá este pensamiento para mantenernos con insistencia en aquello que pedimos o que buscamos? Decíamos antes que pronto nos llegan los cansancios, pero el amor verdadero no se cansa nunca; es lo que tiene que envolver nuestra vida, es lo que amasamos con nuestra fe para ser en verdad constantes y profundos en nuestra oración o en la consecución de aquellas metas que nos hemos propuesto, de esos ideales por los que luchamos.

Creemos en lo que pedimos o buscamos, pero nuestra fe y nuestra constancia la vamos a poner en aquel a quien pedimos porque sabemos qué grande es el amor que Dios nos tiene. Por eso tenemos que saber apelar al amor. Y entonces no habrá cansancio ni abandono por mucho que sea lo que nos cueste conseguirlo, nuestra moneda es el amor. Es la perseverancia de nuestra fe alimentada y amasada en el amor.

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