Creemos
en lo que pedimos y somos perseverantes y nuestra moneda de cambio es el amor,
porque nos confiamos en lo grande que es el amor que Dios nos tiene
1Reyes 11, 4-13; Salmo 105; Marcos 7, 24-30
En la vida
nos aparecen muy pronto los cansancios y pronto, al menos desaire o
contratiempo, desistimos de aquello que anhelamos y buscamos; es imposible, nos
decimos, yo no soy capaz o no tengo fuerzas, nos vamos argumentando a nosotros
mismos, nos olvidamos que echamos la semilla a la tierra y no brota de inmediato,
tiene su tiempo para la germinación, pero vivimos en un mundo de prisas y de lo
inmediato, queremos que todo sea como tocar una tecla o un botón para que de
inmediato se enciendan todas las luces, a eso nos va llevando la tecnología
moderno, aunque tenemos que reconocer que siempre hemos sido impacientes, y por
eso se nos quedan las cosas a la mitad.
Pero yo
quiero ver detrás de todo eso algo que quizás nos falta que es el amor por eso
o en medio de eso que buscamos. Tan tecnificados estamos que vamos perdiendo
esos valores de humanidad, fácilmente nos quedamos en superficialidades o en lo
externo y no ponemos corazón en aquello que buscamos. Quizás estamos
acostumbrados a sustituir fácilmente unas cosas por otras que desde esa
superficialidad no valoramos lo que verdaderamente buscamos con ese grado de
humanidad.
Hoy el
evangelio nos sitúa a Jesús fuera del territorio de Israel, se ha ido por el
norte y por las afueras ya en territorio de los fenicios; eran territorios
paganos y aunque Jesús luego nos dejará el mandato de ir a anunciar el
evangelio por todos los pueblos y naciones, sin embargo su predicación y su
presencia el evangelio lo recorta a las tierras de Israel; en contadas
ocasiones, como en esta, lo veremos fuera de la Palestina judía; aquí que
quiere pasar desapercibido, y cuando atravesando el lago llega al territorio de
los gerasenos que incluso le pedirán que se vaya de aquel lugar; cuando envía
en distintos momentos a los discípulos a anunciar el Reino les dirá que solo
vayan a los territorios de los judíos; bien sabemos que su mensaje final tendrá
un carácter universal.
Centrándonos
en este episodio que hoy nos ofrece el evangelio una mujer fenicia tiene una
hija enferma y en su desesperación acude a Jesús. Pero la veremos que acude a Jesús
con fe; al principio no es escuchada, pero los desaires no lo impiden seguir
insistiendo. ¿Es que el amor de una madre por su hija que se le muere se puede
apagar de cualquier manera? El amor de madre le hizo ser insistente, porque también
los cachorritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos, será la
respuesta de aquella mujer.
Jesús movido
por su fe y por ese amor de madre accederá a lo que le pide aquella mujer.
Grande es su fe, grande es el amor de madre. ¿Nos valdrá este pensamiento para
mantenernos con insistencia en aquello que pedimos o que buscamos? Decíamos
antes que pronto nos llegan los cansancios, pero el amor verdadero no se cansa
nunca; es lo que tiene que envolver nuestra vida, es lo que amasamos con
nuestra fe para ser en verdad constantes y profundos en nuestra oración o en la
consecución de aquellas metas que nos hemos propuesto, de esos ideales por los
que luchamos.
Creemos en lo
que pedimos o buscamos, pero nuestra fe y nuestra constancia la vamos a poner
en aquel a quien pedimos porque sabemos qué grande es el amor que Dios nos
tiene. Por eso tenemos que saber apelar al amor. Y entonces no habrá cansancio
ni abandono por mucho que sea lo que nos cueste conseguirlo, nuestra moneda es
el amor. Es la perseverancia de nuestra fe alimentada y amasada en el amor.
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