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jueves, 7 de mayo de 2026

Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

 


Despertemos los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y el gozo de nuestro amor del que nos sintamos envueltos y contagiemos a los demás

Hechos 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

En un buen ambiente de alegría y de fiesta no podemos menos que sentirnos contagiados por ese buen ambiente y mantener el tono de esa alegría; se dice que quien viene con cara de tristeza y de circunstancias a un lugar así donde todos están disfrutando de esa alegría viene a aguar la fiesta; tenemos que participar de esa alegría común y saber ponernos a tono porque nos sentiremos contagiados y hasta comenzaremos a ver nuestros problemas o nuestras situaciones personales de otra manera.

¿Estaremos muchos cristianos aguando la fiesta que tendría que ser la vivencia de nuestra fe y el sentirnos cristianos y amados de Dios? Primero decir que no siempre estamos manifestando nuestra alegría en medio de la vida y que nosotros tendríamos los mayores motivos para vivir esa alegría; somos cristianos porque nos sentimos amados de Dios, envueltos por su amor y en ese amor hemos de permanecer; claro que aguamos la fiesta también porque en muchas ocasiones no se nota tanto el amor como los ramalazos de egoísmo que aparecen en nuestras actitudes y posturas. Muchas veces somos cristianos tristes, de excesivas lágrimas y angustias lo que nos estaría convirtiendo en tristes cristianos, con lo que eso connota.

Hoy nos está diciendo Jesús que permanezcamos en su amor. No es un mandato, aunque en algún momento lo llamemos mandamiento del amor, es una consecuencia de vida cuando nos sabemos amados. ‘Yo os he amado’, nos dice Jesús, pero nos dice que es toda una corriente de amor que parte del amor de Dios ‘como el Padre me ha amado’, así llega ese amor a nosotros y en que hemos de permanecer.

¿Qué significa ese permanecer en su amor? Algunas veces interpretamos en que en determinados momentos tenemos que hacer algunas obras de amor; claro que ese amor se va a ir manifestando en lo que hacemos, pero no con cosas sueltas a las que queremos unir como en cadena, porque claro pensado así habrá momentos en que nos podríamos saltar esas acciones de amor. Es algo mucho más profundo. Quien se siente amado con un amor como el que Dios nos tiene le ha de parecer lo más natural del mundo amar también; nos sentiremos envueltos y empapados de ese amor para que lo único que se refleje de nuestra vida sea precisamente eso, el amor.

Tendríamos que sentirnos envueltos en ese buen ambiente, como decíamos al principio, de manera que tan contagiados nos sintamos que no sea otra cosa que amor lo que vaya fluyendo de nuestra vida. Y cuando fluye el amor qué lejos quedan las actitudes egoístas e insolidarias, qué tan espontánea surge de nuestro corazón la comprensión y el perdón, cómo apartamos de nosotros todo lo que sea resentimientos, recelos y rencores, posturas vengativas, perversas dobles intenciones, envidias, malas ambiciones que nos lleven al orgullo o a la malicia, a la violencia o a la malquerencia. Serían cosas que irían aguando nuestro amor, ese buen ambiente de comunión que entre nosotros tendría que haber.

Y termina diciéndonos hoy Jesús ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. ¿Será esa la alegría que envuelve nuestra vida de cristianos? Sería la alegría de nuestra vida que tendría que manifestarse de mil manera en todo momento, nuestro corazón siempre tendría que estar cantando, pero algunas veces no lo manifestamos ni en nuestras mismas celebraciones; si decimos celebraciones tendríamos que decir fiesta, pero de cuanto aburrimiento las llenamos a veces.

¿Cuándo despertaremos de verdad los cristianos para vivir la alegría de nuestra fe y del amor que con gozo vivimos?

 

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