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lunes, 4 de mayo de 2026

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él… una nueva y distinta comunión porque nada nos separará del amor de Dios

 


El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él… una nueva y distinta comunión porque nada nos separará del amor de Dios

Hechos 14, 5-18; Salmo 113; Juan 14, 21-26

El que mejor guarda los recuerdos es el amor. Cuando hemos tenido la experiencia de sentirnos amados será algo que nunca se borrará de nuestra vida. Es más la experiencia de amar y ser amado nos llevará a que no queramos separarnos del amado, sino a querer cada día más profundizar en esa comunión de vida nacida del amor. A los amigos les gusta estar juntos, no queremos separarnos de nuestros padres, de nuestra familia porque allí nos sentimos amados, los enamorados buscan ese encuentro, esa relación, esa unidad para que nada los separe. La memoria más grande es la del amor.

Esto es lo que está queriendo expresarnos Jesús; nos pide, es cierto, que tengamos fe en El, pero esa fe va más allá de aceptar unas verdades o dejarme entusiasmar por unas emociones; la fe que nos está pidiendo Jesús tiene que transformarse en amor. Por eso nos dice el que acepta sus mandamientos y los guarda, ese le ama; no es un mero cumplimiento como si fueran simplemente unos protocolos que tuviéramos que cumplir para que todo salga bien. Es algo más hondo, porque todo tiene que nacer de la fe y del amor. No son cumplimientos formales, hacer las cosas porque hay que hacerlas, sino que desde nuestra voluntad más hondo queremos ponernos en su camino.

Y ahora viene lo que a continuación nos dice que es entrar en esa órbita del amor; seguimos a Jesús porque lo amamos, claro que nuestro amor se ve enriquecido por la experiencia que hemos tenido del amor que El nos tiene. Las gentes, como los discípulos, se iban detrás de Jesús porque lo veían en El, lo que le escuchaban les entusiasmaba porque se les abrían nuevos horizontes para sus vidas, comprendían que con aquello que Jesús les proponía un mundo nuevo se abría en sus horizontes, y cuando encontramos a alguien que responde a nuestras expectativas, que pone una nueva esperanza e ilusión en nuestra vida poco a poco, podríamos decirlo así, nos vamos enamorando de El, comienza a actuar el amor en nuestro corazón, y eso se va convirtiendo en seguimiento de Jesús.

Pues ahora viene a decirnos algo maravilloso Jesús. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Estamos entrando en otra órbita, porque guardamos su Palabra el Padre nos amará, pero más aún, será Dios el que no querrá separarse de nosotros, querrá morar en nosotros. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’. ¿Habremos pensado de verdad en lo que esto significa? Vamos a convertirnos en morada de Dios. Es algo maravilloso.

No podemos decir que no lo sabíamos porque desde lo más elemental del catecismo siempre es algo de lo que se nos ha hablado cuando se nos dice que por el Bautismo nos convertimos en morada de Dios y templos del Espíritu. Pero quizás muchas veces se nos queda en unos conceptos que tenemos ahí en la cabeza, pero a lo que no le sacamos el suficiente jugo, no lo reflexionamos todo lo que tendríamos que reflexionarlo, pero aquí lo que hoy claramente Jesús nos dice en el Evangelio. Cómo tenemos que considerar la grandeza de nuestra vida, esa gran dignidad de la que Dios nos ha dotado cuando decimos que somos hijos de Dios, que Dios mora en nosotros.

Y para ello tenemos la garantía del Espíritu. Como nos dice, ‘nos lo enseñará todo’ e irá convirtiéndose en memoria de amor para que nunca lo olvidemos. ¿Será ese el amor con que vivimos y respondemos a nuestra fe que nos lleva a querer vivir profundamente esa unión con Dios?

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