Para
hacer que en las situaciones fluctuantes de la vida brille siempre la rectitud
y la humanidad hemos de saber poner cimientos sólidos de rica espiritualidad
Eclesiástico 47, 2-13; Salmo 17; Marcos 6,
14-29
No
pretendemos justificar a nadie, pero bien sabemos que la vida es muy compleja,
se nos torna muchas veces difícil, se van sucediendo situaciones que nos cuesta
comprender, muchas veces cosas que nos parecen absurdas, insensatas y
contradictorias y en medio estamos nosotros con nuestros sueños y ambiciones,
que siempre queremos más o queremos otra cosa, que nos halaga la vanidad en
muchas ocasiones pero que también nos dejamos influir por los respetos humanos,
que queremos mantener nuestro prestigio y con nadie queremos quedar mal
deseando contentar a todos, que muchas veces no sabemos lo que queremos y
andamos como veletas de un lado para otro, que nos sentimos sorprendidos por
cosas que nos agradan pero que luego no sabemos cultivar en nuestra vida. Y
terminamos haciendo quizás lo que no queríamos pero que por nuestro orgullo pensábamos
que no podíamos hacer otra cosa, y más tarde vendrá quizás la mala conciencia.
¿Cómo teníamos que haber actuado? Quizás lo pensamos tarde.
Algo así
quizás se sentía Herodes cuando oye hablar de Jesús. Son cosas buenas las que
escucha y le vienen los recuerdos y la trayectoria de muchos momentos de su
vida. Recuerda a Juan Bautista, aquel profeta del desierto a quien le gustaba
escuchar; pero luego había tantas sombras en su vida, tantas cosas que influían
en él que no supo como actuar. Es lo que nos está relatando hoy el evangelio
que se centra en lo que llamamos el martirio de Juan.
Nos detalla
el evangelista todo lo sucedido en aquel cumpleaños y fiesta de Herodes. Su
euforia con sus juramentos ofreciendo hasta la mitad de su reino a la bailarina
hija de Herodías que tan magníficamente les había alegrado la fiesta. Pide la
que quieras; instigada por su madre Salomé pide la cabeza de Juan Bautista. Una
sombra se atravesó por la mente de Herodes, pero estaba su prestigio y su
palabra dada aunque fuera algo injusto lo que se le pedía; estaba el respeto
humano lleno de amor propio por aquellos que le rodeaban. Era el fruto del
fluctuar de su vida, una vida llena de superficialidad y de vanidad. Su
ambición era el poder y todo lo demás estaba supeditado a sus deseos, no había
principios ni fundamento en una vida así.
Pero nos
tiene que ayudar a pensar. Hablábamos al principio de la complejidad de la
vida, de los vaivenes que nos llevan de un lado para otro como un barco a la deriva
que no ha sabido enterrar bien sus anclas o no ha sabido distribuir debidamente
la carga de la vida; son detalles que nos llevan a zozobrar como quizás tantas
veces nos habrá sucedido.
Es necesario
fundamentar bien nuestra vida en unos valores que nos den profundidad y nos den
estabilidad; tenemos que saber lo que queremos, lo que son nuestros objetivos y
nuestras metas, los medios que tenemos a mano para hacer esa navegación por la
vida sin zozobrar. No es fácil, porque muchas son las influencias que
recibimos, muchos son los cantos de sirena que la vida nos ofrece para
atraernos a cosas que parecen fáciles, a la comodidad de una vida sin esfuerzo,
a unas rutinas que nos arrastran sin tino por sus raíles que nos llevaran a
descarrilar.
Es necesario
saber crecer por dentro; los cimientos que van a dar fortaleza y estabilidad al
edificio no se ven porque quedan enterrados, pero tenemos que tener buenos
cimientos. Necesitamos de una espiritualidad profunda porque así nos sintamos
inundados por el Espíritu del Señor que es nuestra sabiduría y nuestra
fortaleza. Dejémonos envolver por el evangelio de manera que empape totalmente
nuestra vida para que así broten por gracia esos frutos que son frutos de vida
eterna. Sabremos entonces bien lo que tenemos que hacer en esas situaciones
fluctuantes de la vida y siempre va a brillar la rectitud y la humanidad en lo
que hacemos.
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