El
Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las
naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios
Malaquías 3,1-41; Salmo 23; Hebreos
2,14-18; Lucas 2,22-40
‘De repente llegará a su santuario
el Señor a quien vosotros andáis buscando… el mensajero de la alianza… mirad
que está llegado, dice el Señor del universo’. Así nos hablaba el profeta. ‘¿Quien
resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?’. Pero
el salmo íbamos encontrando respuesta. ‘¡Portones! Alzad los dinteles, que
se alcen las puertas eternales: va a entrar el rey de la gloria’.
Nos llenamos de solemnidad porque el
momento es importante. Es importante lo que
hoy estamos celebrando que es algo más que el cumplimiento ritual de una
ofrenda, en la que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a
los cuarenta días de su nacimiento. Efectivamente para aquel cumplimiento
ritual de la ley de Moisés aquel matrimonio joven cruzó los umbrales del templo
con un niño en brazos. Podría parecer uno de tantos entre otras familias que
venían también para ese ofrecimiento ritual.
Y así nos lo va narrando el
evangelista, la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su
nacimiento. Pero allí había un anciano lleno del Espíritu del Señor que
aguardaba ese momento. Había recibido un oráculo del Señor de que no vería la
muerte sin haber contemplado sus ojos al Salvador esperado. Por eso, sin ser
sacerdote encargado de recibir aquellas ofrendas se adelanta tomando al niño en
sus brazos para sorpresa de todos y prorrumpe en un cántico de alabanza al
Señor. Allí se estaba cumpliendo lo anunciado por el profeta aunque pareciera
que el momento no tenía la solemnidad de los anunciado por el profeta y cantado
por los salmos.
Allí está aquel anciano que guiado por
el Espíritu del Señor viene todos los días al templo para prorrumpir en ese
cántico de alabanza al Señor. Es la entrada del mensajero de la nueva alianza;
tienen que abrirse y agrandarse los umbrales y los dinteles de las puertas
porque allí, en aquel niño, está ‘el Señor de la gloria, es el Señor, Dios
del Universo, es el Rey de la gloria’. Los hombres tendemos a poner toda la
solemnidad y hasta pomposidad de nuestros gestos y de nuestros ritos, pero la manera
de actuar de Dios es de otra manera. Había querido nacer pobre, tan pobre que
ni en la posada había sitio para su nacimiento, teniendo que refugiarse María y
José en un establo y ser recostado entre las pajas de un pesebre todo un Dios
que nacía haciéndose hombre. Ahora esa entrada que tendría que ser triunfal en
el templo pasa casi desapercibida en la presencia de un niño en brazos de sus
padres que por pobres harán la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.
Pero el Anciano Simeón está cantando la
gloria del Señor y siendo profeta que recibía a Dios en su templo pero que
anunciaba el signo de contradicción que significaba para ser nuestro Salvador. ‘Ahora,
Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos
han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz
para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.
El Salvador que ha sido presentado a
todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su
nuevo pueblo de Israel. Es el momento solemne que hoy nosotros celebramos en la
entrada de Jesús en el templo. Pero algo nuevo y distinto va a suceder porque
desde ahora el verdadero templo de Dios es Jesús, en quien Dios se nos
manifiesta, y por quien nos viene la salvación. Pero va a comenzar a haber un
nuevo templo en la medida en que aceptamos por la fe en Jesús y nos unimos a
El, para con El ser también sacerdotes, profetas y reyes.
Vamos nosotros a ser ungidos también
por el Espíritu del Señor para convertirnos en templos de Dios. Así tenemos que
ser esa señal de Dios en medio de los que nos rodean, en signos de la presencia
de Dios en medio de nuestro mundo. Si un día veremos a Jesús purificando aquel
templo de Jerusalén que en lugar de casa de oración parecía más una cueva de
ladrones, es la purificación con que hemos de vivir nuestra vida, la santidad
que ha de brillar en nuestra vida para que demos esas señales de Dios en medio
del mundo.
El anciano Simeón nos está enseñando a
descubrir esas señales de Dios en lo pequeño y en lo sencillo, como supo
encontrar al Mesías de Dios en aquel niño hijo de aquellos humildes padres.
¿Sabremos serlo nosotros para los demás?
Detrás de toda esta escena que
contemplamos en el evangelio vemos la figura de María que parece pasar desaperciba
aunque el anciano profetiza también el lugar de María, a quien una espada
atravesará su alma porque así la veremos siempre a la sombra de Jesús y
finalmente a la sombra de la cruz en el Calvario. Es la madre del
Sacerdote a quien se une para ella también
hacer su ofrenda, pero va a ser también la misionera que vendrá a caminar a
nuestro lado para ayudarnos a ir al encuentro de Jesús.
Nosotros los canarios en este día
tenemos un lugar especial para María, porque la contemplamos y la celebramos
como quien nos señala el camino de la luz. En un brazo su imagen porta a Jesús
pero en su otra mano porta una luz para ser señal en el camino que nos conduzca
hasta Jesús, para enseñarnos como no solo hemos de dejarnos iluminar por esa
luz de Jesús sino que tenemos que ser señales de luz en nuestra vida para que
todos vayan al encuentro de Jesús. Por eso la llamamos Candelaria, la portadora
de la candela, de la luz, y de alguna manera todos tenemos que ser
‘Candelaria’, como María, portadores de la luz de Jesús para nuestro mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario