Cómo
tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo
con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús
Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2;
Juan 3, 1-8
¡Cómo ha
cambiado esa persona!, habremos dicho quizás más de una vez cuando hemos visto
a alguien que conocíamos con un estilo de vida, pero que ahora lo vemos
distinto. ¿Qué le han hecho?, pensamos; ¿qué es lo que le ha llevado a esta
transformación de la vida? Y como siempre somos tan dados a no pensar muy bien
y a andar con la sospecha por delante ya estamos pensando en manipulaciones que
alguien ha ejercido sobre esa persona, presiones que no sabemos bien por qué
motivo y hasta empleamos aquello del lavado del cerebro sin saber bien ni lo
que decimos. Pero seguramente notaremos que no es un cambio superficial, que no
es el quita y pon de un ropaje o de una máscara para dar la impresión de algo
que realmente no sea, algo profundo hay en esa persona que no terminamos de
desentrañar. ¿Experiencias del espíritu que en nuestro materialismo no somos
capaces de entender?
Si leemos con
atención el evangelio nos iremos dando cuenta de cómo son aquellas personas que
de forma muy cercana seguían a Jesús. No negamos la confianza que habían puesto
en Jesús, pero no dejaban de ser tan humanos como todos cada uno con sus
propias debilidades. Había entre ellos, como es muy normal suponer aunque lo
vemos reflejado en muchos momentos, sus ambiciones y sus caprichos quizás
ocultos, no dejaban de rondar por sus cabezas lo mismo que a casi todos en
Israel con sus deseos de liberación llamémosla política porque quería liberarse
de lo que consideraban una opresión de los romanos, había sus luchas por estar
por encima de los otros, por los primeros puestos y eran sueños que les hacían
en muchas ocasiones enfrentarse entre ellos, miedos y cobardías como le vemos
que en el momento crucial del prendimiento todos le abandonan y huyen, o como
la negación incluso de quien había sido ya preconizado por Jesús para ser una
piedra fundamental de aquella nueva comunidad, y así tantas cosas; en la cruz
estaba Jesús solo con una pocas mujeres entre ellas su madre, y solo el llamado
discípulo amado, los demás bien lejos y escondidos.
Pero ahora en
los Hechos de los apóstoles no parecen los mismos, han sufrido cárceles pero
ellos no tienen miedo, les prohíben hablar en nombre de Jesús pero ellos dicen
que no pueden callar lo que han vivido, lo que han visto y oído y tienen que
obedecer a Dios antes que a los hombres, hoy les vemos orando después de la prisión
de algunos para mantenerse firmes y seguir haciendo el anuncio que saben que
Jesús les ha confiado. ¿Qué ha sucedido en ellos para ese cambio?
Hemos
escuchado también hoy en el evangelio aquel encuentro de Nicodemo con Jesús a
quien va a visitar incluso de noche, dada su condición de maestro en medio de
Israel que no quería quizás que le vieran con Jesús pero que andaba también en
un camino de búsqueda. Y Jesús le dice una cosa muy clara, aunque siempre nos
ha costado entender. Para vivir el Reino de Dios hay que nacer de nuevo. Ya
había pedido Jesús desde el principio de su predicación conversión para creer y
aceptar la buena nueva que se les iba a anunciar. Ahora tajantemente Jesús
habla de un nuevo nacimiento. Difícil de entender cuando ya somos viejos, como
le dice Nicodemo. Pero Jesús no se retracta de sus palabras. Nacer de nuevo por
el agua y por el espíritu.
Ahí está la
clave. No por nosotros mismos por mucha voluntariedad que queramos poner porque
siempre seguiremos siendo débiles y aparecerán nuestros cansancios, solo por la
fuerza del espíritu se puede realizar ese cambio, ese nuevo nacimiento. Y esto
es fundamental. Claro que cuando escuchamos estas palabras pensamos en el
bautismo, pero no nos podemos quedar en un rito porque entonces no tendrían sentido
las palabras de Jesús. Es lo profundo que el espíritu del Señor realiza en
nosotros que nos hace ser distintos, que nos hace tener una nueva vida.
Es lo que
hemos venido diciendo de la transformación de los Apóstoles. Habían recibido la
fuerza del espíritu, pronto celebraremos Pentecostés. No es la cosa de un día,
o de una celebración, es el dejarnos transformar por el espíritu del Señor, el
que hizo de aquellos hombres cobardes y ambiciosos los que ahora no temen
persecuciones y con arrojo y valentía seguirán haciendo el anuncio del
Evangelio, por muchas que sean las prohibiciones y persecuciones.
¿Nos
sentiremos nosotros transformados así? Andamos como llorones muchas veces
quejándonos del mundo adverso que nos ha tocado vivir; un mundo como el de todos
los tiempos, porque siempre las tinieblas han rechazado la luz, pero ahí está
la fuerza del espíritu del Señor con nosotros para continuar con esa luz
encendida y nada podrá contra ella. Cómo tenemos que renovar nuestra fe para
continuar con arrojo y valentía haciendo el anuncio del nombre de Jesús.
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