No
olvidemos nuestro sello y nuestro distintivo, en otros tiempos decían de los
cristianos mira cómo se aman, ¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?
Levítico 19, 1-2. 11-18;
Salmo 18; Mateo 25, 31-46
El sello, podríamos decir, que es lo
que marca o da identidad a una determinada cosa. Un documento es refrendado con
un sello que nos va a indicar su autoría o su autoridad, nos identifica quien
le da validez y oficialidad a ese documento y de alguna manera nos señala su
propiedad; un sello va a marcar, por ejemplo, una mercancía señalándonos su
lugar de origen y su destino; un sello marcado en el ganado nos indicará su
propietario y de alguna manera también su categoría. Es como la firma en
nuestros documentos más cercanos, en la carta que escribimos o en la publicación
que queremos hacer.
Pero hay un sello muy importante que va a marcar nuestra vida, señalará nuestra propia identidad e indicará el sentido y valor de nuestra vida. El amor será siempre el sello de los que quieren creer y vivir según Dios “que es amor”. Borrar ese sello es abandonar lo más importante de nuestra condición de creyentes, sería quitarnos nuestra identificación muy esencial, sería desligarnos de quien es en verdad el sentido de nuestra vida.
Es lo que nos viene a recordar y
señalar la Palabra de Dios que se nos ofrece en el inicio de la primera semana
de Cuaresma. Estamos buscando lo que tiene que ser la verdadera identificación
de nuestra vida y no la podemos encontrar sino en el amor. Es el sello que
tiene que marcar para siempre nuestra vida como seguidores de Jesús.
El libro del Levítico, la primera
lectura de este día, nos recuerda que tenemos que ser santos como Dios es santo
y nos da las pautas de esa santidad que ha de resplandecer en nuestra vida.
Todo ha de caminar por los caminos del amor, primero que nada porque nos
sentimos inundados por el amor de Dios, y porque esa tiene que ser la respuesta
que hemos de dar, a Dios mismo al que hemos de amar sobre todas las cosas, pero
también ha de marcar nuestras relaciones con los demás. Nos ofrece como un
código de santidad donde tenemos por encima de todo que fomentar las relaciones
de fraternidad siempre teniendo como referencia el actuar de Dios. Nos está
hablando de lo que compone nuestra vida de cada día en nuestra relación con Dios
y en nuestra relación con el prójimo, por eso todo aquello que significa
mentira, desconsideración de los demás, abuso, egoísmo, insolidaridad tiene que
desaparecer de nuestra manera de actuar. Es el amor en que nos sentimos hermano
en el que tenemos que envolver nuestra vida, como una jarra preciosa que no
queremos que se estropee y pierda su belleza.
Es lo que nos va a repetir Jesús en el
Evangelio porque nos enseñará una nueva manera de ver al prójimo, al que nunca
podemos ver lejano sino cercano, por eso es prójimo, pero tanto que en él
tenemos que ver a Jesús. Cuanto hacemos o no hacemos con el prójimo es a Jesús
a quien se lo estamos haciendo. Una nueva perspectiva, una nueva mirada, un
nuevo sentir, unos nuevos lazos que nos unen, el amor que va a ser el sello que
identifique nuestra vida, como antes decíamos. Son muy claras las palabras de
Jesús que ni necesitan explicaciones ni en ellas nos valen rebajas.
El trato que les damos a los demás
equivale al trato que le damos a Cristo. Por eso, a la pregunta de cuándo te
vimos…Jesús responde ‘cuando lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo
hicisteis’. De ahí que todo necesitado por el hambre, la sed, la desnudez, la
prisión o la enfermedad, se convierta en camino de encuentro con Jesús.
Es necesario abrir los ojos con una
mirada nueva, es necesario desconectar de nuestro corazón todo lo que sean
distinciones y discriminaciones, no nos
importa ni el color de la piel ni su lugar de origen, no serán solo los que ya
son amigos sino también el desconocido que vemos por primera vez; es necesario
que aprendamos a bajar a pie de calle para caminar con los que van haciendo
camino a nuestro lado, pero también para aprender a mirar a los ojos para
descubrir los sufrimientos que tras ellos se esconden, para dejarnos envolver
sin reticencias por el perfume de sus vidas, que para nosotros ya será siempre
agradable porque será el perfume y el olor de un hermano.
No olvidemos nuestro sello y nuestro
distintivo. En otros tiempos decían de los cristianos mira cómo se aman,
¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?
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