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lunes, 23 de febrero de 2026

No olvidemos nuestro sello y nuestro distintivo, en otros tiempos decían de los cristianos mira cómo se aman, ¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?

 


No olvidemos nuestro sello y nuestro distintivo, en otros tiempos decían de los cristianos mira cómo se aman, ¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?

Levítico 19, 1-2. 11-18; Salmo 18; Mateo 25, 31-46

El sello, podríamos decir, que es lo que marca o da identidad a una determinada cosa. Un documento es refrendado con un sello que nos va a indicar su autoría o su autoridad, nos identifica quien le da validez y oficialidad a ese documento y de alguna manera nos señala su propiedad; un sello va a marcar, por ejemplo, una mercancía señalándonos su lugar de origen y su destino; un sello marcado en el ganado nos indicará su propietario y de alguna manera también su categoría. Es como la firma en nuestros documentos más cercanos, en la carta que escribimos o en la publicación que queremos hacer.


Pero hay un sello muy importante que va a marcar nuestra vida, señalará nuestra propia identidad e indicará el sentido y valor de nuestra vida. El amor será siempre el sello de los que quieren creer y vivir según Dios “que es amor”. Borrar ese sello es abandonar lo más importante de nuestra condición de creyentes, sería quitarnos nuestra identificación muy esencial, sería desligarnos de quien es en verdad el sentido de nuestra vida.

Es lo que nos viene a recordar y señalar la Palabra de Dios que se nos ofrece en el inicio de la primera semana de Cuaresma. Estamos buscando lo que tiene que ser la verdadera identificación de nuestra vida y no la podemos encontrar sino en el amor. Es el sello que tiene que marcar para siempre nuestra vida como seguidores de Jesús.

El libro del Levítico, la primera lectura de este día, nos recuerda que tenemos que ser santos como Dios es santo y nos da las pautas de esa santidad que ha de resplandecer en nuestra vida. Todo ha de caminar por los caminos del amor, primero que nada porque nos sentimos inundados por el amor de Dios, y porque esa tiene que ser la respuesta que hemos de dar, a Dios mismo al que hemos de amar sobre todas las cosas, pero también ha de marcar nuestras relaciones con los demás. Nos ofrece como un código de santidad donde tenemos por encima de todo que fomentar las relaciones de fraternidad siempre teniendo como referencia el actuar de Dios. Nos está hablando de lo que compone nuestra vida de cada día en nuestra relación con Dios y en nuestra relación con el prójimo, por eso todo aquello que significa mentira, desconsideración de los demás, abuso, egoísmo, insolidaridad tiene que desaparecer de nuestra manera de actuar. Es el amor en que nos sentimos hermano en el que tenemos que envolver nuestra vida, como una jarra preciosa que no queremos que se estropee y pierda su belleza.

Es lo que nos va a repetir Jesús en el Evangelio porque nos enseñará una nueva manera de ver al prójimo, al que nunca podemos ver lejano sino cercano, por eso es prójimo, pero tanto que en él tenemos que ver a Jesús. Cuanto hacemos o no hacemos con el prójimo es a Jesús a quien se lo estamos haciendo. Una nueva perspectiva, una nueva mirada, un nuevo sentir, unos nuevos lazos que nos unen, el amor que va a ser el sello que identifique nuestra vida, como antes decíamos. Son muy claras las palabras de Jesús que ni necesitan explicaciones ni en ellas nos valen rebajas.

El trato que les damos a los demás equivale al trato que le damos a Cristo. Por eso, a la pregunta de cuándo te vimos…Jesús responde ‘cuando lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis’. De ahí que todo necesitado por el hambre, la sed, la desnudez, la prisión o la enfermedad, se convierta en camino de encuentro con Jesús.

Es necesario abrir los ojos con una mirada nueva, es necesario desconectar de nuestro corazón todo lo que sean distinciones y discriminaciones, no  nos importa ni el color de la piel ni su lugar de origen, no serán solo los que ya son amigos sino también el desconocido que vemos por primera vez; es necesario que aprendamos a bajar a pie de calle para caminar con los que van haciendo camino a nuestro lado, pero también para aprender a mirar a los ojos para descubrir los sufrimientos que tras ellos se esconden, para dejarnos envolver sin reticencias por el perfume de sus vidas, que para nosotros ya será siempre agradable porque será el perfume y el olor de un hermano.

No olvidemos nuestro sello y nuestro distintivo. En otros tiempos decían de los cristianos mira cómo se aman, ¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?

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