jueves, 1 de enero de 2026

Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

 


Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Hoy es un día muy especial, y me vais a hablar de fin de año y de años nuevos, me vais a presentar las imágenes de las fiestas que se hacen por todas partes, me vais a recordar los buenos deseos que en estos días tenemos los unos con los otros y las felicitaciones que cruzan el mundo… todo eso está muy bien, recordamos estos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y esos como rituales que nos imponemos o que nos ayudan a marcar las páginas del calendario de la vida, están bien todos esos buenos deseos y felicitaciones, pero ¿hay algo detrás de todo eso? ¿Serán cosas que no solo marcan el ritmo del tiempo sino que marcan nuestra vida de una forma definitiva? Cuidado que después de todo esto nos quedemos en un vacío que hasta nos produce hastío.

Yo sigo repitiendo que para nosotros los cristianos sí es hoy un día especial aunque algunas veces el ruido de todas las otras cosas atenúen la verdadera luz que tenemos que encontrar en este día. Lo importante incluso nos puede pasar desapercibido y los cristianos tenemos que reivindicar lo que es centro de nuestra vida y no lo podemos ni enmascarar ni olvidar. Nosotros seguimos celebrando la Navidad, hoy es la octava de la celebración del Nacimiento de Jesús en Belén.

Hoy la primera lectura nos ha recordado la fórmula de bendición que desde Moisés se utilizaba en Israel. Es muy hermosa, tenemos que captar todo su sentido porque además nos dará profundo significado a lo que ahora mismo estamos celebrando. ‘El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz’. Y nos insiste Moisés que esta será la fórmula de bendición que deben usar. ¿En qué consiste esa bendición? En que Dios haga brillar su rostro sobre nosotros. Si cuando vamos a encontrarnos con alguien le vemos con el ceño fruncido y un gesto torvo en su rostro, ya estamos sabiendo que aquel encuentro no es nada agradable; una sonrisa en el rostro puede cambiar todas las sensaciones.

Pues Dios vuelve su rostro sobre nosotros, y cuando nos sentimos mirados por Dios nos sentimos llenos de paz, porque con esa mirada de Dios estamos sintiendo cómo Dios nos ama. Somos sus criaturas y nunca somos desagradables para Dios porque Dios siempre nos ama, y por eso nos hace hijos. Es la bendición de Dios sobre nuestra vida. Tenemos que aprender a reconocerla, que es reconocer su amor. Y esto es lo que hoy celebramos, lo que hace este día tan especial, como decíamos desde el principio de nuestra reflexión.

Pues tendríamos que decir que lo que estamos celebrando es esa bendición de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén, se nos manifiesta en Jesús. Y nos sentimos felices porque aunque nosotros nos consideramos indignos porque nos sentimos pecadores tenemos la certeza del amor de Dios, que vuelve su rostro sobre nosotros, rostro de misericordia y de amor. Es Jesús ese rostro de Dios a quien podemos mirar sin temor en su cercanía. Los antiguos decían que no podían mirar a Dios, más aún decían que ver el rostro de Dios era morir. Pero tenemos que decir que Dios sí quiere mostrarnos su rostro y en Jesús podemos conocer el rostro de Dios, porque es la manifestación más sublime de lo que es el amor que Dios nos tiene.

Y hoy tenemos en cuenta dos cosas, por así decirlo, que se derivan de esta mirada de Dios, de esta bendición de Dios. Por una parte necesariamente hoy tenemos que mirar a María. ‘Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer’, que nos decía san Pablo. Aquellos pastores que se sintieron bendecidos de Dios cuando reciben el anuncio del ángel de que en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, siguiendo las señales que les dejó el ángel llegaron a encontrar a aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, junto a su madre.

Queremos nosotros seguir también esas señales y hoy nos encontraremos a Jesús en brazos de María. Por eso la liturgia la celebra este día con el mayor don que Dios le ha concedido, ser la Madre de Dios. De María recibimos a Jesús, porque Dios quiso encarnarse en su seno para nacer entre nosotros y tenemos así la posibilidad de contemplar ese rostro de Dios que se vuelve sobre nosotros con ojos de niño, pero con la mirada amorosa de Dios.

Y la otra derivación es la paz. Hace brillar su rostro sobre nosotros y nos concede la paz. ¿Cómo no vamos a llenarnos de paz desde lo más hondo de nosotros mismos cuando así nos sentimos amados de Dios? La paz que cantaban los Ángeles para todos los hombres que son amados de Dios; esa paz que el mundo necesita, que necesitamos nosotros en lo más hondo de nosotros mismos; esa paz que nos llena de vida y hace posible la vida; esa paz que tiene que hacer de nuestra tierra un hermoso jardín; esa paz que vamos nosotros sembrando con semillas de amor, en múltiples gestos y detalles que tengamos de cercanía y de amistad con los que nos rodean, esa paz que va allanando camino de encuentro haciendo crecer la verdadera amistad, esa paz que tira por tierra los oscuros cortinajes de nuestra intolerancia y de nuestra incapacidad para la comprensión y el perdón.

Mirad, aprendamos a ser bendición para los demás porque sepamos volver también nuestro rostro sobre los que  nos rodean, hagamos que quienes están a nuestro lado se sientan amados para que comience a florecer la paz en sus corazones, seamos siempre verdaderos instrumentos de paz que comienza con una nueva mirada hacia nuestro mundo y cuantos en él habitamos. No son solo bonitas palabras de felicitación lo que tenemos que decirnos hoy, serán nuestros gestos con lo que haremos bendito el año que comienza.

 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

 


El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es lo que hoy nos ha dicho la Palabra de Dios. No terminamos de considerar el misterio de amor, el misterio de Dios que estos días venimos celebrando. Es necesario decir sí, es necesario acoger ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Es mucho más que una anécdota o una historia muy bucólica y muy emotiva, no nos podemos quedar en lo superficial. Tenemos el peligro de que con nuestras representaciones, aun teniendo la mejor buena voluntad del mundo, nos quedemos en lo superficial, en lo que nos puede sonar a una anécdota, algo que quizás pueda despertar nuestra ternura y nuestros sentimientos, pero no lleguemos a captar todo lo que significa el nacimiento de Jesús que venimos contemplando en estos días.

Puede parecernos anecdótico y luego hasta buscamos mil justificaciones o explicaciones cuando se nos dice que no había sitio en la posada para aquellos caminantes y peregrinos que llegaban desde la lejana Galilea con las circunstancias de que María estaba ya de parto. Pero ¿no hemos escuchado ahora en el evangelio de Juan que vino a los suyos  y los suyos no lo recibieron? ¿No hemos escuchado que la luz brillaba en medio de la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, la rechazó?

Cuidado nosotros sigamos envueltos en esas tinieblas y no terminemos de llegar a reconocer la luz, como la posada de Belén estamos nosotros también cerrando puertas. Pudiera ser nuestra superficialidad, el tomarnos las cosas como una ocasión de una fiesta más para pasarlo bien pero sin tener en cuenta cuál es de verdad el motivo y el sentido de esa fiesta que celebramos. Terminamos celebrando la navidad sin Jesús, aunque pongámonos imágenes muy bonitas en el portal, terminamos celebrando la navidad sin Dios.

Puede ser un motivo esta reflexión que nos hacemos a punto de culminar nuestra octava de la navidad para preguntarnos si hemos celebrado una auténtica navidad. Y tiene necesariamente que pasar por la fe, por la aceptación de ese misterio de Dios en nuestra vida con todo lo que nos compromete. No es un barniz, no es un adorno bonito que nos ponemos en algunas ocasiones porque toca o así lo exige el momento. ‘A los que creen en su nombre les dio poder ser hijos de Dios’.

Nos lo decimos tantas veces que ese niño que contemplamos en Belén es el Hijo de Dios necesariamente tenemos que pensar que a nosotros también nos ha hecho hijos. Es algo maravilloso y sublime, algo de lo que no nos creemos merecedores, algo que no tenemos por derecho propio, ‘éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón…’ nos dice el evangelio; es una filiación distinta, algo que nos viene de Dios que nos ha regalado su Espíritu para hacernos hijos. ‘Han nacido de Dios’, termina diciéndonos el evangelista. Todo es un regalo de amor, un regalo del amor de Dios.

Por eso hablamos tantas veces de la profundidad que le hemos de dar a la Navidad. Desde esa raíz es como luego tiene que florecer la alegría, es como tienen que aparecer tantos gestos y detalles de amor, es desde donde tenemos que crear y trabajar ese jardín florido de paz, de entendimiento entre todos, de armonía y de felicidad. Será así como tienen verdadero sentido nuestras felicitaciones y desde donde brotarán todo esos buenos deseos que tenemos los unos con los otros estos días. Si no tuviera esa raíz bien hundida en la fe y el amor de Dios pronto se nos secaría y arruinaría ese jardín.

¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo en nuestro mundo que en estos días todo son felicitaciones y alegría pero pronto cuando pasen estos días volveremos de nuevo a la insolidaridad y a seguir haciéndonos la guerra los unos con los otros? Algo, hemos de reconocer, nos estará fallando. Motivos de reflexión y revisión.


martes, 30 de diciembre de 2025

Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 


Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 Juan 2, 12-17; Salmo 95; Lucas 2, 36-40

En medio de los relatos en torno a Jesús en su nacimiento y en lo acaecido en su entorno que se nos van ofreciendo en el texto del evangelio en estos días de Navidad se nos cuela como por un resquicio una anciana mujer que además era viuda de las que quizás merodeaban por el templo en el cumplimiento quizás de sus devociones y que por otra parte hubiera pasado desapercibida como a tantos mayores les sucede también en nuestro entorno.

Una anciana viuda y pobre nos aparecerá en otro momento en el evangelio pero será Jesús el que nos la haga notar por la generosidad y desprendimiento en que vivía dando lo poco que tenía para el culto del templo. Ancianos aparecerán en el evangelio en el caso del sacerdote Zacarías y su mujer Isabel, y también en estas circunstancias hemos contemplado al anciano Simeón.

Creo que puede ser significativo y tenga todo el sentido de evangelio - para nosotros también nos trae una buena noticia - la aparición de estos ancianos de los que nos habla el evangelio pero que están haciendo referencia de alguna manera a tantos que aparecen en nuestro entorno en estos momentos incluso que nosotros estamos también viviendo en la Navidad que celebramos. También muchos nos pueden pasar desapercibidos, aunque nos aparecen en momentos puntuales pronto quizás pasamos página, como hacemos tantas veces.

Total, pensamos, unos ancianos que ya han vivido su vida, que no tienen mayores responsabilidades familiares o en su entorno social, ya hicieron lo que tuvieron o pudieron hacer, su presencia se puede quedar como un adorno o simplemente es el paso de unas personas que no teniendo que hacer pues van al templo, o están allí donde la gente se reúne y hablan de sus cosas o de las cosas de sus tiempos, o de sus sueños de algo distinto pero que nosotros quizás miramos como sueños de viejos.

¿Será así como veían a aquel anciana que nos aparece por un rincón hoy en el evangelio a la manera como hoy nosotros nos podemos sentir tentados de pensar de esa gente mayor de nuestro entorno y que muchas veces son las que más pronto encontramos en el entorno de nuestras iglesias o de nuestras celebraciones? Creo que con reflexiones que tenemos que hacernos que nos interpelen por dentro ante tanta gente que pasa desapercibida a nuestro lado, pero quizás porque nosotros no nos fijamos o damos una oportunidad,  o nos quedamos a distancia de ellos.

Aquellos ancianos que aparecieron aquel día por el templo, Simeón y Ana, eran personas de grandes esperanzas pero también de una fe muy grande. Tenían confianza de que lo que esperaban podrían verlo con sus ojos, y aunque ojos cansados por el paso de los años, sin embargo supieron descubrir el misterio. Dios se les reveló en su corazón, el Espíritu de Dios estaba actuando en ellos, cuando nosotros somos tantas veces ciegos para ver cómo Dios se nos revela, cómo Dios nos habla en los acontecimientos, como Dios quiere seguir actuando por nuestra vida, aunque seamos quizás también del grupo de los que pasan imperceptibles por la vida.

Dejemos actuar al Espíritu de Dios en nuestro corazón y dejemos que nos abra los ojos para ver con claridad tantas cosas que algunas veces nos parecen oscuras. Un rayo de luz puede llegar a nuestros corazones, pero nosotros también podemos ser un rayo de luz para muchos a nuestro lado. Aquella anciana no paraba de hablar y de contar la experiencia de Dios que ella estaba viviendo y a todos anunciaba el cumplimiento de las promesas divinas. Y nosotros que tenemos tanto miedo de hablar de Dios a los demás y habrá muchos que lo están esperando.

lunes, 29 de diciembre de 2025

No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

 


No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

1Juan 2,3-11; Salmo 95; Lucas 2, 22-35

Todo lo vivido en estos días es mucho más que un juego de luces de colores que con el brillo de sus parpadeos nos llaman la atención aunque sabemos que pronto se difuminarán y se apagarán. Nuestras calles y nuestras casas, nuestros lugares de reunión y de convivencia social se han llenado de parpadeantes luces de colores con sus diversas intensidades – y todo nos parece tan bonito – pero que tienen fecha de caducidad y pronto dejarán de parpadear hasta otra ocasión. Algunos han puesto en ello toda su navidad que así pasará como un soplo por la vida sin dejar ningún rastro.

Pero, como decíamos desde el principio, la luz que encontramos en la navidad es mucho más que todo eso y mucho más hondo. El resplandor de la navidad verdadera no tiene por qué difuminarse hasta apagarse sino que si lo hemos vivido con toda la intensidad del mundo será una luz que nos va a iluminar para siempre. Por algo los profetas hablaban de un pueblo que caminaba en tinieblas pera al que una luz le brilló para renacer a algo nuevo y más vivo.

Hoy contemplamos en el evangelio a un anciano que canta y da gracias a Dios porque sus ojos han podido contemplar ya para siempre luz que nos ilumina. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

No tenía él que conocer cuanto había sucedido en torno a este niño desde su nacimiento. Ahora guiado por el Espíritu Santo lo ha reconocido entre tantos que probablemente en aquellos momentos eran presentados al Señor en el templo y siente que ya puede morir en paz, porque todas las promesas y las esperanzas se han cumplido. No sabía él de los pastores a los que se les iluminó la noche de Belén con el coro de ángeles que cantaba la gloria del Señor; no tenía que saber de unos magos venidos de Oriente que guiados por una estrella llegaron a adorar al Niño en Belén. Pero sí tiene certeza de la luz, no de una luz que parpadea y se difumina, sino de la luz que va a iluminar a la humanidad para siempre.

Es lo que nosotros seguimos viviendo y seguimos celebrando. Pero vivirlo y celebrarlo nos compromete. No son luces que pasan y luego dejan de nuevo todo en tiniebla. Es una luz que va a prender en nosotros para convertirnos en luz, una luz que hará brillar nuestros ojos con un resplandor especial, como le estaba sucediendo al anciano Simeón. Dentro de nosotros hay una alegría especial desde que nos encontramos con la luz, desde que nos encontramos con Jesús y en El hemos puesto toda nuestra vida y eso se va a manifestar en el resplandor de nuestro rostro, como a Moisés cuando bajaba de la montaña de contemplar a Dios, y se tiene que reflejar en el brillo de nuestros ojos. ¿No nos hemos fijado en el brillo de unos ojos cuando hay pureza en el corazón y cuando hay alegría en el alma?

Somos ahora nosotros los que tenemos que ir dejando a nuestro paso destellos de luz con esa alegría que nace de lo más hondo de nosotros mismos, pero con esos gestos de cercanía, de amistad que vamos dejando como rastro de nuestro paso al que ya le daremos una alegría y un entusiasmo especial. El testimonio de nuestras vidas, el testimonio de nuestra entrega y amor van a ser faros que iluminen y que hagan orientar el rumbo de los que están a nuestro lado. Cuánto necesita nuestro mundo envuelto en tan tormentosas nubes de esos faros de luz para que nuestra vida no encalle en cualquier bajío, o no se despeñe por cualquier barranco.

Es el testigo de luz que recibimos en nuestra navidad, un testigo de luz que tenemos que ir pasando para que todos se sientan iluminados. Cuánto coraje tenemos que poner para enfrentarnos a esas sombras, pero es el testimonio valiente que los cristianos tenemos que dar.

Es hora de despertarnos, de hacernos verdaderos misioneros y evangelizadores, no nos podemos dejar comer por el ambiente de cansancio de aburrimiento que nos rodea; cuánta desgana, cuánta acomodación, cuánta comodidad, cuánta falta de inquietud encontramos en muchos cristianos a nuestro alrededor que tendrían que ser guías que impulsen nuevas iniciativas; tenemos que ser comunidades más vivas que hagan brotar mil iniciativas para ser verdaderos misioneros en medio del mundo.

 

domingo, 28 de diciembre de 2025

Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

 


Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Hoy, en este domingo más próximo al día de la Natividad del Señor, mientras seguimos celebrando con toda solemnidad la semana de la octava de la Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret. No es para menos; Dios al encarnarse y hacerse hombre por nuestra salvación quiso nacer en el seno de una familia, así en todo quiso ser semejante a nosotros, pero para que también en el seno de un  hogar encontremos y escuchemos la buena noticia de nuestra salvación, haciendo así que aquel hogar de Nazaret, como tienen que serlo también nuestros hogares cristianos, sean evangelio para el mundo.

Son pocos los detalles en el evangelio en el que se plasman las características de aquel  hogar, de aquella familia, pero aun así tenemos que reflexionar y saber ahondar en ese evangelio que, como decíamos, es para nosotros y así aprendamos a ser nosotros también evangelio para el mundo. Detalles que nos descubren la fe, la humanidad y la grandeza de aquel hogar siempre abierto a la revelación de Dios, al misterio de Dios que se les manifiesta y les señala caminos a través de diversos signos pero que saben acoger e interpretar.

Podíamos decir mucho de la actitud de fe de María en disponibilidad siempre para lo que sea la voluntad del Señor; es la acogida al Ángel del Señor que se le manifiesta y ese meditar y rumiar en su corazón con disponibilidad total ese evangelio que se le transmite, esa buena noticia que no lo será solo para ella sino para toda la humanidad. Y María se sentirá llena del Espíritu para hacer que de ella nazca el Hijo de Dios, pero será la que se deja guiar por el Espíritu para aceptar el plan de Dios. Pero junto a ello veremos la grandeza de su humanidad que prontamente se pone en camino para el servicio, para visitar a su prima Isabel ante el próximo nacimiento de Juan.

Pero es la fe y la grandeza humana que también contemplamos en José. ‘Era bueno’,  nos dice el evangelista cuando se ve envueltos en dudas y elucubraciones cuando aun no entiende el misterio que en María se está realizando. Sabrá leer y escuchar los signos que Dios pone por boca del ángel en sueños para también dejarse guiar por Dios. Recibió a María, su mujer, como le había dicho el ángel en su casa.

Pero nuevos caminos se abrían ante José y aquel hogar a los que sabrá responder con su responsabilidad de esposo y padre. Cuando Dios entra en nuestra vida siempre nuevos caminos se abren ante nosotros y es donde vamos a manifestar la grandeza de nuestro espíritu y de nuestra humanidad. Los pocos datos que el evangelio nos da de José son todos como una peregrinación.

Primero Belén para el cumplimiento del edicto de empadronamiento y allí en la pobreza de un establo nacerá Jesús. Tras esos momentos familiares, aunque lejos de su hogar, de la circuncisión y de la presentación en el templo y la visita de los Magos de Oriente, de la que nos hablará el evangelio de san Mateo, su peregrinar será hasta Egipto evitando la matanza del airado Herodes, como más tarde su regreso a Nazaret. Ahí contemplamos la fe, la madurez humana, la responsabilidad que se refleja en la personalidad de José. Siempre en silencio, siempre dispuesto a escuchar a Dios en su corazón, siempre dispuesto a ponerse en camino desde su responsabilidad.

Toda una buena nueva para nosotros, todo un evangelio vivo que tenemos que hacer vida también en nosotros. Tenemos que aprender a centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente fundamental; tenemos que aprender a darle hondura a nuestra vida familiar y de quien mejor podemos aprender que de este hogar y familia de Nazaret.

Dios estaba en el centro de aquel hogar, por supuesto, porque estaba Jesús que era el Hijo de Dios hecho hombre, pero Dios estaba desde siempre en el centro de aquel hogar porque habían centrado su vida en la fe para abrirse a Dios y descubrir el plan de Dios para sus vidas – qué claro lo vemos en María y en José como hemos venido reflexionando – pero eso no les restaba humanidad y responsabilidad ante la vida asumiendo el lugar que les correspondía, caminando juntos en todas las circunstancias, afrontando con un solo corazón desde esa comunión de amor que vivían las dificultades o los imprevistos que iban surgiendo, no perdiendo nunca el buen ánimo para ir dando cada paso que fuera necesario con toda responsabilidad, siempre además disponibles para el servicio aunque eso significaba en ocasiones olvidarse de sí mismo para atender a las necesidades de los demás.

Todo un evangelio para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias; toda una senda y un recorrido que se abre también ante nosotros para el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea. Sepamos centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente importante y comprendemos lo que es lo verdadero en el amor que hemos de vivir, y podremos crecer y madurar en humanidad para hacer resplandecer los verdaderos valores que realmente nos hacen grandes.

¿Será algo así lo que vivimos en nuestros hogares? ¿Será ese el caldo de cultivo de los mejores valores que tiene que ser la vida del hogar? ¿Será por ahí por donde ayudaremos a crecer a nuestros hijos y a cada uno de los miembros de nuestro hogar y familia?